“El amigo librero”, Hernán Casciari

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Algunos sueñan con renunciar a todo para abrir un bar en Brasil y andar en patas todo el día —me decía Chiri en una larguísima sobremesa que duró un año—. Mi sueño loco siempre fue tener una librería y fumar en pipa, vos lo sabés. Sin embargo ignoraba todo del oficio hasta que decidí dar el salto y convertirme en librero. Ser librero es un oficio jodido, peligroso. Así como el mejor dealer es aquel que no consume la droga que vende, el mejor librero es el que no lee nada. Yo fui un librero muy vicioso.

Creía —me decía Chiri, cada vez más borracho— que ser librero iba a darme tiempo para leer las últimas novelas de Bolaño o de Vila-Matas sin pagar por ellas, con el tiempo a mi favor, sin que nadie me rompiera las pelotas.

—¿Pero no? —pregunté.

¡Ni en pedo! Una librería es como una ferretería, como una concesionaria de autos o un supermercado; es una industria sujeta a la dictadura del debe y el haber. Cuando me gasté toda la guita en la librería, cuando ya estaba endeudado, supe que en realidad yo no quería ser librero.

—¿Qué querías ser?

Bibliotecario.

—Qué pajerto…

En serio. Mis horas empezaron a consumirse en tareas administrativas y contables y, para peor, a las grandes editoriales no les interesa interactuar con librerías chiquitas, independientes. Las miran con desdén.

¿Cómo les explicaba yo a mis clientes que el best-seller que acababa de salir, apilado en impresionantes columnas en casi todos los Carrefour de Buenos Aires, no llegaba a mis estantes porque a las editoriales del orto sólo les importa distribuir en los supermercados?

—Te está saliendo espuma por la boca, calmáte.

Para subsistir con dignidad —me decía Chiri, que ya había empezado a tomar de mi botella— tenía que vender muchos libros, y los libros que más se vendían, oh paradoja, no eran los que a mí me interesaba vender.

—¿Te acordás que yo te llamaba por teléfono en marzo y vos nunca podías hablar? —recordé.

¡Ah, la temporada escolar! —gritó Chiri, subiéndose arriba de la mesa del patio— ¡Qué mierda más grande! Treinta días en los que no había tiempo para respirar; lo único que hacía era despachar libros a la velocidad de esas máquinas que disparan pelotitas de tenis. Todo eso con un margen de ganancia ridículo y soportando a padres y a maestras poseídos por el demonio. Una garcha.

—Pero otras veces te notaba contento.

Es que cuando sos librero también te pasan cosas buenas, Jorgito —Chiri me dice Jorge, nunca le pregunté por qué—. En cada desventaja aparecen oportunidades que vienen manteniendo en pie a todos los libreros independientes del mundo. ¿Sabés que es lo mejor? El trato personal con el cliente que lee de verdad.

Ése es el punto, creo yo, en el que el oficio de librero recupera toda su grandeza y su arte, y en el que las librerías dejan de ser un negocio expendedor de libros para convertirse en otra cosa. Porque el libro es un objeto hermoso, igual que la revista que queremos hacer, y merece una atención especial, y porque todavía hay clientes que confían en el librero como quien confía en su médico de cabecera.

—Acá en Sant Celoni hay dos librerías así, con libreros apasionados y buena gente —dije.

En todas partes hay una. Yo aprendí mucho de los buenos clientes de mi librería de Luján —me dijo Chiri emocionado, mientras intentaba besarme—. Los buenos clientes fueron, en realidad, quienes obraron el milagro de que pudiera sostener una librería durante varios años, y quienes a la vez permiten que esa misma librería todavía siga en pie, en otras manos y a paso firme.

Eso sí —dijo al final, justo antes de caerse entre unos helechos—. Nunca leí menos en mi vida que en mi época de librero. Pero a la vez fui, muchísimas veces, el puente entre un buen libro y su justo lector. Y eso, te lo digo de verdad, gordito puto, eso no me lo quita nadie.

Hernán Casciari© Fuente: http://editorialorsai.com/

Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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