“Reflexiones sobre Chile”, Eduardo Obregón Barreda

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De Chile, de lo que ha sucedido en Chile estos últimos días, no se puede hablar sin emoción. Lo que allí acaba de tener lugar no es tanto un golpe de Estado, es decir un golpe de fuerza destinado a hacer cambiar de manos el Estado chileno, como un golpe asestado en el corazón de millones de gentes –gentes humildes en su mayoría- que dentro y fuera de aquel país abrigaban la esperanza de haber encontrado un camino hacia la realización de ese sueño milenario de justicia que, con mayor o menor vigor, ha alentado siempre el espíritu de las masas populares.

Muchos, sin embargo, serán incapaces de situar los sucesos chilenos en este nivel de las ilusiones populares frustradas, en el nivel de las aspiraciones de los pueblos a la justicia. No es un partido, ni una ideología política, ni una orientación económica, lo que la fuerza ha “liquidado” estos días en Chile, sino algo de mucha mayor entidad: se han aplastado las esperanzas de los más humildes, se ha apagado una luz más en el oscuro horizonte en que están confinadas las masas populares de la América latina.

Todas las consideraciones sobre los errores, reales o supuestos, de la política del Gobierno de Unidad Popular son irrelevantes ante el drama que supone el aplastamiento de las esperanzas de las masa populares, en particular, de la esperanza de protagonizar ellas mismas el advenimiento de una situación de justicia, y solo de ellas podemos recibirla los demás. Por eso es tan grave aplastarla. Toda la humanidad pierde algo cuando esto sucede, independientemente del mayor o menor fundamento objetivo que las esperanzas frustradas puedan tener en cada caso concreto.

En el mundo de hoy –y esto es lo grave- son cada vez menos los que creen en la posibilidad de un “reino de justicia” (con las inevitables limitaciones humanas) en la tierra, tal como las masas populares han venido sonándolo a lo largo de los siglos de acuerdo con una de las intuiciones más nobles y profundas que el hombre puede tener sobre el sentido de su existencia y de su quehacer en la historia. En lugar de ese “sueño”, las nuevas filosofías sociales, ya se trate del Estado capitalista, o del Estado comunista, ofrecen el paraíso más o menos próximo de una sociedad “de abundancia” organizada desde arriba, en la que el pueblo no tendría, de hecho, otro papel que el de consumidor silencioso. Es una nueva versión del despotismo ilustrado, en la que, tanto la doctrina, como la práctica, dan luz suficiente sobre la nueva clase de déspotas –más o menos anónimos- que se disponen en todos los países a administrar la felicidad de los pueblos.

Si las cosas siguen así –Chile después de Praga, por no citar sino los ejemplos más expresivos y contrapuestos en las apariencias- llegaremos pronto a una situación en la que ya no habrá ningún pueblo con ganas de soñar en protagonizar cualquier clase de lucha por la justicia. La propia palabra “justicia” habrá perdido sus connotaciones morales y dejara de suscitar peligrosas emociones en el alma popular; será, simplemente, un vocablo de la lengua administrativa descargado de su viejo contenido, trivializado. Será también muy fácil gobernar. Sobre todo, los gobernantes no necesitaran morir por sus ideales, por los ideales de su pueblo. Allende será inconcebible.

Eduardo Obregón Barreda© Publicado en septiembre de 1973 en “La Hoja del Lunes de Santander”.

eduardo-obregon-barredaEduardo Obregón Barreda nació en Santander el 2 de octubre de 1916. Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, en la capital de España desempeñó el puesto de profesor adjunto durante dos años. En 1949 pasó a ocupar la cátedra de Lengua Griega en el Instituto de Santa Clara de Santander, donde también fue jefe de estudios y director (1960-1967). Posteriormente se incorporó al instituto José María Pereda de Santander hasta su jubilación.

Dirigente de organizaciones políticas durante el franquismo, militó en el Frente de Liberación Popular (FELIPE). El 21 de abril de 1968, fue detenido junto a catorce personas por la policía al salir de la sede de HOAC en Santander tras la celebración de un seminario sobre “ateísmo marxista”, que el propio Obregón dirigía; finalmente pasó la noche en comisaría y fue puesto en libertad tras ser interrogado y acusado de reunión ilegal. En 1977 fue candidato al Senado por una agrupación de izquierdas de Cantabria. Un año después fue uno de los fundadores del Partido Regionalista de Cantabria (PRC), siendo elegido concejal del Ayuntamiento de Santander (1979-83) y diputado regional (1983-87) por este partido. Entre 1987 y 1989 fue nombrado presidente de la Asamblea Regional de Cantabria (actual Parlamento), presentando la dimisión al ser condenado por una extravagante sentencia redactada por el magistrado Claudio Movilla, entonces presidente del recién creado Tribunal Superior de Justicia de Cantabria, lo apartó de mala manera de la política. Cuando el Tribunal Supremo echó abajo con estrépito aquella sentencia, habían pasado casi cuatro años y Obregón era ya un hombre desencantado, dolido por un acto judicial que consideró, con suma tristeza, “muy alejado del elemental sentido común”. Aquella sentencia se debió a que Obregón retiró a José Luis Vallines su condición de diputado, al ser este condenado por la Audiencia de Huesca a suspensión del derecho al ejercicio de cargo público por un delito de carácter social, en vez de suspenderle por el tiempo previsto en la sentencia, entonces Vallines presentó una querella criminal. Todo el mundo le dijo entonces a Obregón, que el fallo de Movilla no tendría pase en un tribunal superior al suyo, pero se empeñó en dar prueba de ética intransigente. Dimitió y se fue a casa, lejos de todo, también del partido que había contribuido a fundar y a triunfar. No volvió. Quedará como hombre íntegro, culto, amable y dialogante, barrido por una injusticia irreflexiva.

Entre sus libros se destacan “Las razones del proletariado”, “Las clases sociales: qué son y qué significan”, “El mundo de las palabras”, “Democracia” y “Las autonomías territoriales” (1989)

Murió en Santander el 17 de mayo de 2006 a los 86 años de edad.

Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

2 responses to ““Reflexiones sobre Chile”, Eduardo Obregón Barreda

  • javier

    Leo con nostalgia y revivo igualmente con tristeza los últimos años de la vida política de mi padre. Ante todo entendió la politica como un servicio al pueblo y como un compromiso firme. Creo que su recuerdo perdura áùn en mucha gente.
    Javier

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  • Magdalena

    Este artículo es de alguien que siente amor hacia la humanidad.Y es de una gran valentia moral haberlo escrito en la época que lo escribió.

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