Archivo del Autor: Juan Zapato

Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”.

«Masterclass de Danza Bharata Natyam y Ballet Clásico», Gloria Mandelik


«Descubre a Mina Weil», entrevista virtual por Zoom

Mina Weil El último día 400

Tercer encuentro en el marco del ciclo «El libro de la A a la Z» del Instituto Cervantes de Tel Aviv, en el cual tenemos el placer de acoger nuevamente a Mina Weil, en esta ocasión para conversación en línea sobre su novela «El último día», publicada por La Torre de Babel Ediciones®, que narra su infancia y juventud en la Italia fascista de Mussolini, hasta la partida de su familia a Argentina, donde pasó su adolescencia y formó su propia familia.

En el encuentro se abordarán, a través de la historia, temas relacionados con la escritura biográfica. El libro ha sido traducido por Weil al italiano y se ha publicado también en hebreo. Mina Weil es la presidenta de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana (AIELC).

INFORMACIÓN
Fecha: El 07/07/2020 de las 18:30 hasta las 20:00
Observaciones: Actividad en línea en directo a través de la plataforma Zoom.
ID de la reunión: 854 8184 6410
Password: 4pnuYp

Siguiendo las indicaciones de las autoridades locales, el Instituto Cervantes de Tel Aviv ha cerrado sus instalaciones y hemos trasladado nuestra actividad a Internet (web y redes sociales).
Lugar: Instituto Cervantes (Tel Aviv). Plataforma en línea.

Auspicia: La Torre de Babel Ediciones®
El último día: ISBN 978-965-91073-2-2
https://www.latorredebabelediciones.com/el-ultimo-dia
https://www.facebook.com/WeilMina/
https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-d%C3%ADa-Mina-Weil/dp/9659107323/ref=sr_1_2?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&dchild=1&keywords=el+ultimo+dia+mina+weil&qid=1593692036&sr=8-2

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«Ágora», Papeles de Arte Gramático Nº 8 Vol 2 Primavera Verano 2020

ÁgoraUN MUNDO FUERA DE LO COMÚN.

Nuevo número de la revista literaria Ágora Papeles de Arte Gramático. Han colaborado más de 50 escritores, profesores y artístas. Hecho para quienes vivan el arte, la poesía y la literatura como motor de supervivencia.

 

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«Yigdal (Credo De Maimónides 1135-1204) », Eduardo Paniagua · Jorge Rozemblum


«Pájaro que ensucia su propio nido», Juan Goytisolo

JuanGoytisoloGay

En varias ocasiones, con motivo de una conferencia o lectura pública, algún asistente me formula una pregunta: ¿qué lugar ocupa usted en la actual literatura española? Tras muchos apuros y un lamentable desconcierto, di al fin un día con la respuesta: ninguno. Como dijo el poeta Edmond Jabès, mi lugar es una ausencia de lugar o, por mejor decir, un no lugar.

Nacido en Barcelona, no me expreso en catalán. Tampoco soy vasco, no obstante mi apellido. Si bien escribo y publico en castellano, no vivo desde hace décadas en la Península y me sitúo al margen del escalafón. Por ello me etiquetaron primero como afrancesado, aunque sólo he redactado en francés un puñado de artículos. Ahora me llaman muy cortésmente moro, por el hecho de dominar el dialecto árabe de Marruecos y haberme afincado en Marraquech. Ni nuestros entomólogos universitarios, con sus rutinarias clasificaciones, ni nuestros críticos literarios, tan propensos a la vacuidad y redundancia, alcanzan a incluirme en el comodín de una generación; la que ellos denominan del ‘medio siglo’, por más que coincida cronológicamente con los agavillados en ella. Mi experiencia personal y literaria es radicalmente distinta, y, por consiguiente, mi obra, también. Si formé parte de aquel grupo en mi juventud, dejé de pertenecer a él a partir de Don Julián.

El reclamo generacional obedece a estrategias de promoción juvenil o de pereza intelectual. A nadie de buen seso se le ocurriría considerar a san Juan de la Cruz como un destacado poeta de la generación de 1575 o a Góngora de la de 1590. Si va a decir verdad, todo creador de fuste es irreductible a esquemas geográficos, temáticos, ideológicos, etcétera. La literatura, como la lengua, es móvil, mutante, bastarda: nadie puede canalizarla por mucho que se esfuerce la Academia.

Mi singladura del espacio político y ético es también solitaria. Prefiero equivocarme por mi cuenta a tener razón por consigna. Si inmerecidamente recibo algún lauro u honor, me inquieto y dudo de mí mismo; si me declaran persona non grata, como ha ocurrido ya dos veces a lo largo de mi vida, sé que tengo razón. A mediados de los sesenta, me alejé sin rencor de mis compañeros marxistas, pero Marx sigue siendo uno de mis autores de referencia. Abrazo desde entonces causas sociales, éticas o políticas que no atraen a nadie o casi nadie en razón de su escasa rentabilidad. Como los gitanos y los inmigrantes no votan, la defensa de sus derechos no moviliza a nuestras plumas.

Atento a la norma de escribir sobre lo poco que sé, y no sobre lo mucho que no sé, restrinjo el ámbito de mis intervenciones públicas. Por mi experiencia del racismo y xenofobia en Francia y otros países de la Unión Europea, detecté los primeros síntomas de su reaparición en la homogénea y compacta sociedad hispana cuando España cesó de ser un país desdichado y pobre, desangrado por sucesivas oleadas de inmigración económicas y políticas, para transformarse en otro -imán de inmigrantes- habitado por esos nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos que aborrecen al moro y desprecian al sudaca. Así, me he ganado a pulso, como en tiempos del franquismo, la triste reputación de un revoltoso ejemplar de pájaro que ensucia su propio nido. Guiado por mis simpatías y estudios de autodidacta, fui tres veces a Sarajevo durante el asedio; a una Argelia desgarrada, como Colombia, por los grupos islámicos radicales y las milicias patrióticas en una guerra despiadada contra los civiles indefensos; a Chechenia, en su penúltima destrucción por los zares de antaño y de hoy día. Pues el pájaro que ensucia su propio nido no se recata y enmugrece también algunos ajenos. Soy así un pájaro aguafiestas en todas las acepciones del término; ajeno a grupos de intereses, estamentos y bandas, preocupado tan sólo por afinar el canto. Pero, como señaló el poeta Joseph Brodsky en su prólogo a la obra del gran Osip Mandelstam, ‘cuanto más clara es una voz, más disonante suena. No hay coro a quien le guste y su aislamiento estético adquiere dimensiones físicas’.

¿Quiere decir todo eso que no tengo raíz alguna y floto en el espacio como un globo o colgado de un hilo como una planta aerícola? Nada más lejos de la verdad. El escritor que concibe su obra como una aventura y a la vez como una tarea de sostenido empeño intentará que su creación conjugue una experiencia vital única y un saber literario profundo y vasto. La busca y hallazgo de antepasados con los que forjará su propio árbol, de esa genealogía de autores cuya existencia prolonga y vivifica, le mostrará sus afinidades secretas con otros escritores abiertos también a una multiplicidad de culturas y lenguas, tanto a la tradición oral en la que bebieron nuestros antepasados antes de la invención de la imprenta como a lo que comúnmente se juzga alta literatura. ‘El más hermoso jardín’, leemos en Las mil y una noches, ‘es un armario lleno de libros’. Y ese jardín de árboles de todas las especies, hierbas, plantas y helechos arborescentes abarcará, como nos enseñó Cervantes, el grato y bien sombreado bosque de la escritura. En el espacio público de la gran plaza de Marraquech, declarado por la Unesco Patrimonio Oral de la Humanidad, he aprendido a escuchar las leyendas, poemas y crónicas de las tradiciones que convergen en ella y que probablemente no difieren mucho de las conservadas por los ‘tesoros humanos vivos’ de las comunidades indígenas de México y de toda Iberoamérica: un patrimonio frágil y gravemente amenazado por la modernidad desaforada en la que vivimos. Y junto a esas fuentes vivas, procuro internarme y perderme también en la biblioteca de Babel cervantina y borgiana, en el fascinador jardín de los senderos que se bifurcan. Mi curiosidad por las literaturas de Oriente y Occidente, por los cruces, injertos, polinizaciones que se producen fuera de los cotos del saber programado y de las aproximaciones eruditas -reductivas y estériles- a nuestros clásicos, me ha arrimado a escritores del pasado cuya lectura es una aventura, porque su escritura también lo fue. Hablo de estos autores sin los cuales la literatura en lengua española no existiría o sería trunca y distinta: de Juan Ruiz, de Fernando de Rojas, Delicado, san Juan de la Cruz, Cervantes, Quevedo, Góngora… y también de los que componen el acervo universal, ya sea griego o latino, iraní o árabe. Sin olvidar a quienes descubrieron en el Quijote el fértil territorio de la duda y de las posibilidades de juego de la novela: los Sterne, Diderot, Flaubert, toda esa tradición de ‘la Mancha’ -y de Las mil y una noches- evocada por Carlos Fuentes en un luminoso ensayo. De este modo, las coordenadas de un escritor como yo se revelan afines a las de los creadores en nuestra lengua que cervantean, gongorizan y celestinean. La voz aislada descubre a otras que también resuenan en soledad y no se integran en ningún coro. Son las de las excepciones a la regla normalizadora, que conectan la ‘moderna intensidad’ de la que habla Antonio Saura con un conocimiento de los autores medievales que, libres de toda directiva de academia o de escuela, escribían obras de perturbadora audacia estética y moral que los lectores de hoy sentimos contemporáneas nuestras.

Mientras es fácil apandillar a los segundones en una determinada corriente novelesca sin la cual su obra no existiría -quítenme ustedes a Faulkner, a Rulfo, a García Márquez o a Manuel Puig (escojo deliberadamente a autores muy disímiles) y centenares de astros que parecen brillar con luz propia se extinguirían-, el cantor solitario se inspira en cuanto le rodea y no encaja en corriente alguna. Su avidez omnívora le incita a entrar a saco en la biblioteca de Babel; a beber en las fuentes primitivas, clásicas y modernas; a defender el texto literario frente al producto editorial; a contagiarse del interés de Picasso por Velázquez y el arte africano; a buscar esa inocencia y fulgor que transforme a los frescos murales de Abú Simbel y Luxor en obras de Giacometti. El artista solitario es siempre fronterizo, transita entre culturas y lenguas, es coetáneo de poetas antiguos y medievales, vive en acronía perpetua. Puesto que la mirada de los demás forma parte del conocimiento global de nosotros mismos, procurará mirar y verse reflejado desde la periferia, aunar la intimidad y la distancia, huir de todo esencialismo identitario, interrogar a los espacios culturales extraños y ponerse a sí mismo en tela de juicio. Toda obra nueva debería ser un salto al vacío, imprevisible y aleatorio. La de un acróbata sin red, y no, como dijo burlonamente Genet, de un conductor de autobús con trayecto fijo. A quienes le reprochan mirar afuera y atrás, su atracción singular por gran número de culturas y lenguas, el artista solitario responderá modesta, pero firmemente, que calar en el pasado es la mejor forma de discernir el futuro. El gran Bajtín expresó mejor que nadie esa atemporalidad -que él llama ‘temporalidad más vasta’- en unos términos que quisiera reproducir in extenso:

‘Una obra no puede vivir en los siglos venideros si no se alimenta de los siglos pasados. Si hubiera nacido exclusivamente en el ahora, si no prolongara el pasado y no se hallara ligada de modo consustancial a éste, no podría vivir en el futuro. Cuanto pertenece tan sólo al presente muere con él…’.

Tras lo cual, en una observación destinada a los portavoces del nacionalismo castizo, de la pureza ideológica y, a la postre, del burdo ensimismamiento, agrega:

‘El significado [de una cultura] se revela en su plenitud gracias al encuentro y contacto con otro ajeno a él: entre ambos se entabla un diálogo que rebasa el ámbito cerrado y unívoco, tanto del significado como de la cultura tomados aisladamente. Formulamos a una cultura extranjera preguntas nuevas, de una índole que ésta no se plantearía a solas. Buscamos en ella respuestas a preguntas que son nuestras…’.

La riqueza artística y literaria de Iberoamérica obedece a este intercambio fecundo de miradas e interrogantes, a esta mezcla admirable del mudejarismo y el barroco peninsulares y de un arte indígena de sorprendente inventiva. Mirar afuera y asimilar las creaciones ajenas al servicio de un proyecto nuevo y cualitativamente distinto son manifestaciones de la vitalidad y lozanía del arte y la literatura de un país, en los antípodas del ombliguismo y de las supuestas esencias perennes e inmarchitas. Como no me canso de repetir, una cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido a lo largo de los siglos.

Me excusarán si me expreso ahora con cierta melancolía: los pájaros que se esfuerzan en cantar claro, fuera del coro de los que Günter Grass llama ‘palomos amaestrados’, y que, para colmo, ensucian su propio nido (aunque, dicho esto entre paréntesis, la realidad sea muy otra, ya que es el nido el que apesta y ellos quienes se esfuerzan, al revés, en orearlo), son una especie amenazada y sin protección. La trivialidad que nos invade, la omnipotencia y ubicuidad de la imagen y de los medios de comunicación de masas cuya censura comercial resulta más eficaz y mortífera que la vieja censura ideológica, religiosa o política, imponen el producto editorial frente al texto literario, promueven valores efímeros pero rentables, agitan las aguas que salpican a quienes mantienen aún los ojos abiertos y ensordecen a todos con su griterío.

Se me dirá que esto ha acaecido siempre y que los lectores de Joyce o de Kafka han sido, son y serán minoritarios respecto a los de Corín Tellado o Tom Clancy. Pero la perspectiva actual es peor: los heraldos del ‘fatalismo risueño’ que denunciaba Octavio Paz han cambiado de bando y ensalzan ahora las leyes inexorables del cruel dios Mercado, que condenan a las catacumbas a quienes no se pliegan a la seudoestética del sistema y a su chato conformismo moral y político. Si la tendencia actual se acentúa, estos especímenes de rara avis se convertirán muy a pesar suyo en una nueva muestra de los ‘tesoros humanos vivos’ catalogados por la Unesco, como los que preservan las tradiciones indígenas de México, Centroamérica, Perú, Bolivia o de la plaza de Xemáa el Fná. ¿Pesimismo excesivo? Confiamos en que sea así, pues la cultura sobrevive a menudo a los cataclismos más destructores y busca y encuentra en tiempos de crisis sus propias respuestas. La imaginación opuesta a todo dogmatismo y el conocimiento de la historia y sus ciclos nos permiten abrigar alguna esperanza. No quisiera que, para garantizar su supervivencia, los pájaros aguafiestas fueran declarados especie protegida. No me gustan los cotos aunque odie la caza. La cultura, si se museíza, pierde su levadura y estímulo: no muere, pero permanece en hibernación a la espera del dios que le inyecte nueva vitalidad y dinamismo.

Me agradaría extenderme en Cervantes y su impronta en la literatura de mi siglo merced a la lectura aguijadora y sin anteojeras de Borges y Américo Castro: en su presencia implícita en la estructuración de novelas como Terra nostra, Tres tristes tigres o las de quienes cervanteamos a sabiendas o sin saberlo. Pero me detendré en la tradición que enhebra las diferentes versiones de Las mil y una noches hasta entretejer el texto más o menos fiable que conocemos.

Como es comúnmente aceptado, gran parte de los poemas épicos, leyendas y cuentos que fundan las literaturas de todo el mundo se transmitieron durante siglos por boca de bardos y juglares en los mercados y zocos hindúes, europeos y árabes. No cabe duda de que el Cantar de Myo Cid y el Libro de buen amor se inspiraron en textos y poemas de muy diverso origen, y que, una vez compuestos en una forma aproximada a la que tenemos acceso (el Libro del Arcipreste sufrió la poda de algunos pasajes supuestamente obscenos por nuestros irredimibles eclesiásticos), fueron recitados con mímica y gestos en los espacios públicos en donde se congregaba el pueblo. Pues si la literatura escrita procede ab initio de la tradición oral, ésta se enriquece a su vez con aquélla. El canje opera como entre dos vasos comunicantes. Menéndez Pidal y Matthew Arnold estudiaron hace ya medio siglo el tema y nos han transmitido algunas reflexiones dignas de tomarse en cuenta.

En más de una ocasión he señalado que la lectura ideal de un sector minoritario, pero enjundioso y significativo, de la novela del siglo XX sería una audición por boca de su autor: una lectura en voz alta. La prosodia, el ritmo, el énfasis, desempeñan así, como antes de Gutenberg, un papel importante. Sin ánimo de agotar la lista de los incluidos en este apartado, mencionaré los nombres de Joyce, Céline, Carlo Emilio Gadda, Arno Schmidt o Guimarães Rosa, por citar tan sólo a los ya fallecidos. La mayor parte de mis novelas, de Don Julián para acá, se inscriben en dicha corriente. Pero lo que me interesa ahora es mostrar la vigencia del sistema de los vasos comunicantes con un ejemplo que me concierne.

Según una vieja tradición marroquí, los campesinos bereberes consideran a las cigüeñas como seres humanos que, a fin de viajar y conocer otros mundos, adoptan temporalmente su forma y, de regreso al país, recobran su condición primigenia. Dicha leyenda inspiró el relato de uno de los narradores (en este caso, una narradora) del Círculo de Lectores de la novela Las semanas del jardín: ‘Los hombres-cigüeña’. El cuento entreteje la fábula y una acuciante realidad en la que no sólo las cigüeñas, sino también los seres humanos, emigran de África a la Fortaleza Europea, con la diferencia de que mientras las primeras lo hacen sin trabas, los segundos arriesgan la vida y perecen a menudo en el intento. La novela fue traducida al árabe clásico y un día uno de los mejores cuentistas de Xemáa el Fná solicitó mi permiso para adaptar el relato al dialecto marrakchí, con objeto de interpretarlo en la Plaza. Inútil decirles que su petición me colmó de dicha: la leyenda oral había pasado a la literatura escrita y, tras varios trasvases, volvía, transmutada, a sus raíces. Ningún premio ni recompensa, por altos y prestigiosos que fueran, podrían procurarme tal alegría. El engarce con la oralidad existente en el mundo durante docenas de miles de años -un lapso inconmensurablemente mayor que el de la escritura- me integraba en el ciclo de los préstamos y permutas. Mi mirada hacia atrás, me proyectaba adelante. Había cumplido con mi humilde papel de eslabón. La biblioteca, el jardín de la biblioteca, me devolvía a los orígenes: al núcleo seminal, al flujo incesante de la vida.

Juan Goytisolo Gay©


«Shavuot: Festejemos la entrega de la Torá», Rab Yerahmiel Barylka

shavuot

De las múltiples caras que tiene Jag Hakatzir, –la fiesta de la cosecha; Jag Habicurim –la fiesta de las primicias, y Jag Atzeret –la fiesta de la Asamblea, – elegimos detenernos únicamente en una.
Aclamamos a la fiesta de las «semanas» Shavuot o del juramento la shevuá mutua del pueblo con su Creador, como Zman Matán Toratenu, el tiempo de la Entrega de la Torá, y no como Zman Kabalat Toratenu, la fecha de la Recepción de la Ley.
Al decir de rabí Menajem Mendl de Kotzk, uno de los grandes maestros del mundo jasídico, «mientras que la Torá fue entregada una sola vez, su recepción es diferente para cada judío y es continua». Recibimos un regalo, pero depende de todos y cada uno aceptarlo y recogerlo en función de nuestra predisposición y de nuestras capacidades únicas y exclusivas.
Según este razonamiento, la gran fiesta de la Recepción de la Torá, la tenemos todos los días, en cada oportunidad en la que dedicamos tiempo a su estudio y profundización y al cumplimiento de lo que prescribe.
La Torá nos concedió un entorno y una estructura para organizar el contexto de la vida moral. A través de la Torá, las inclinaciones morales dispares y fragmentadas del hombre, se unifican y se integran en un patrón general de vida. Así se evita, que cada grupo o individuo que goza de poder terrenal, pueda establecer su propia tabla de prioridades morales según sus intereses egoístas.
Sin ir muy lejos, en nuestros días vemos de qué manera ciertos gobernantes aplican sus protocolos para el tratamiento del COVID-19, siguiendo, a veces sin percibirlo siquiera, los intereses de su propio estrato cultural, económico y social. Cuando oímos que la vida de las personas ancianas vale menos que la de los jóvenes y que por ello, hay que postergar su atención médica, admitiendo una eutanasia eugenésica cercana al darwinismo social no podemos dejar de estremecernos. Estas acciones nos recuerdan ideologías estructuradas para eliminar a quienes consideraban perjudiciales a su sociedad. Estas gestiones son justificadas por virtudes sueltas, ideales enloquecidos, y paradojalmente también una auténtica bondad sin fundamento. Pero, al carecer de estructura, permiten justificar cualquier acción. O, cuando ciertos regímenes someten a sus poblaciones a un encierro forzado, adiestrando a sus «manadas», como las llaman, para someterlas automáticamente a cualquier decisión que sea medianamente convincente para su seguridad, avasallando libertades básicas.
Sin el parapeto de la Torá, las virtudes pueden volverse venenosas, los ideales pueden devorarnos, la bondad puede estrangularnos. El perfeccionismo moral puede volverse nihilista y amenazarnos con la destrucción total.
La Torá nos habla de un principio fundamental que aparece en su texto de diversas maneras: «Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis leyes, por los cuales el hombre vivirá si los cumple; yo soy el SEÑOR» en Vayikrá 18:4. Y, «Los saqué de la tierra de Egipto, y los traje al desierto, y les di mis estatutos, y les hice conocer mis decretos, por los cuales el hombre que los cumpliere vivirá», en Yejezkel 20:11.
La Revelación en Sinaí, nos indica que los humanos debemos tener la capacidad de someternos a los principios que recibimos allí y completar la libertad que recibiéramos pocas semanas antes con los límites de la norma y la ley suprema, que nos permitirá liberarnos de los tiranos y dictadores. Obtendremos la verdadera libertad cuando aceptemos nuestro sometimiento a los deseos del Creador resumidos en la Torá, que sigue viviente en cada uno en todos los tiempos.
Recibimos todos los días a la Torá y ello nos ha permitido aprender que en función del principio supremo de la vida, no solo podemos postergar el cumplimiento inmediato de algunas de sus normas sino que tenemos el derecho y la obligación de descubrir nuevos caminos para salvar la vida.
En nuestro tiempo aprendimos de la Torá que podemos donar partes de nuestro cuerpo para salvar la vida de alguna persona, incluso cuando para ello debamos causarnos dolor. También que podemos permitir el uso de nuestros órganos para que sean utilizados después de nuestra muerte para permitir la vida de otros.
La razón debe fusionarse con la emoción. Pero la experiencia emocional y la
expresión por sí solas también son insuficientes para lograr el bien.
Todos los años volvemos a festejar la fiesta de la Entrega de la Torá, para no
olvidarnos que es el centro de la revelación y que debe ser acompaña por la
alegría de la recepción.
Con alegría y placer podremos postergar ciertas avideces y apetitos que pensamos debemos satisfacer inmediatamente, para dar lugar a la solidaridad con el Otro, y elevarnos desde nuestro espacio terrenal egoísta a lo más sublime que es consagrar a la vida sin menoscabar las libertades y los derechos de los demás, sujetándonos a una normatividad que nos posibilitará imitar al Creador con justicia y verdad.

Rab Yerahmiel Barylka©


«Dibujando Metrópolis. El sueño arquitectónico de Fritz Lang»,Pedro Molina-Siles

 

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La productora de la película Metrópolis, dirigida por Fritz Lang en 1927, recurrió a tres grandes escenógrafos para que, a través de sus dibujos, dieran forma a esa arquitectura protagonista indiscutible del film. Una arquitectura con grandes influencias arquitectónicas y urbanísticas que no dejó indiferente a nadie. En este artículo nos centramos en el análisis de los primeros dibujos que presentaron estos escenógrafos, su traslación a los decorados, la demostración de que estos son algo mas que un fondo escénico y el impacto que generaron, no solo en la arquitectura venidera sino también en la imagen de la ciudad del futuro que el cine nos depararía más adelante.

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La inestabilidad política vivida en Alemania durante la República de Weimar generó, como reacción ante los numerosos cambios estructurales que se sucedían de un año al siguiente, un periodo de gran fecundidad creativa. No solo la Bauhaus descolló como uno de los estilos punteros del arte –o, en este caso, de la arquitectura–, sino que también el cine supo advertir su transición hacia el entretenimiento de masas a través de una serie de propuestas más ambiciosas. En muchos aspectos, el arte sintetizó el descontento social, incluso el miedo hacia la delicada situación política, en parábolas que expresaban la rápida deriva de la nación hacia el totalitarismo. Quizá por ello, Metrópolis se ha erigido en la historia cultural de Europa como uno de los ejemplos diáfanos del éxtasis y de la decadencia de la Alemania de entreguerras. El perfecto emblema de un sistema de producción, de una identidad nacional y de un inconsciente colectivo que, en clave de obra de anticipación, preludiarían la caída del país bajo el gobierno de Hitler. Estrenada en Berlín el 10 de enero de 1927, Metrópolis reflejaba la transformación de los modos de una sociedad en la que, de forma soterrada, se planteaba la producción estandarizada y en cadena, con la consiguiente deshumanización y automatización del hombre al servicio de la máquina, así como la sustitución del obrero por estos artefactos. A partir de la novela escrita por su esposa, Thea Von Harbou, en 1926, Fritz Lang impulsó un film narrativa, visual y logísticamente ambicioso. Una cima estética en la que detallar un modelo de planificación urbana, de arquitectura futurista y de régimen social. Así, Lang se apoyó en el trabajo de sus tres escenógrafos, Erich Kettelhut, Otto Hunte y Karl Vollbrecht, a la hora de diseñar y, fundamentalmente, de ilustrar cada aspecto de la película. Gracias al trabajo de conservación de cinematecas e instituciones, gran parte de los bocetos dibujados por Kettelhut entre 1925 y 1926 continúan disponibles, dentro del vasto archivo dedicado al film. En nuestra presente investigación, nos centraremos en el análisis de esos primeros diseños, su traslación a los decorados de la producción de Lang y el impacto que generaron. Para ello, nuestra tesis consistirá en defender que Kettelhut consideraba la escenografía como algo más que un fondo escénico; un elemento que tenía que acompañar a la trama, presentar incluso a los personajes y, asimismo, abrir un debate arquitectónico contemporáneo. Será, finalmente, a partir del estudio de sus dibujos como podremos reflejar el impacto que suscitó la arquitectura de Metrópolis en la cultura europea de entreguerras.

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«El guardapolvo blanco», Mina Weil

Te invitamos a conocer toda la historia en «El último día» el libro.
Un relato de amores naturales y violencias incomprensibles, de bruscos crecimientos y envejecimientos prematuros.
No hay en él rencor o estridencias, sino una dolida denuncia y, sobre todo, la apretada nostalgia que desea recuperar y preservar, mediante la palabra amorosa, lo que nunca debió perderse del modo en que se perdió.

DATOS DEL LIBRO
Título: «El último día»
Autora: Mina Weil
Género: Novela
Nº de páginas: 160 págs.
Encuadernación: Tapa blanda con solapas.
Interior: Blanco y negro.
Papel 100% ecológico.
Tamaño: 150 x 210 mms.
Peso: 268,14 grs.
Lengua: Castellano
ISBN: 978-965-91073-2-2
Precio: En España 18 €
En Israel ₪ 75
El precio incluye gastos de envío.
COMPRAR AHORA: https://www.paypal.com/cgi-bin/webscr?cmd=_s-xclick&hosted_button_id=SFDVJLX978ZXW


«El origen del Primero de Mayo, Rosa Luxemburgo»

1-de-mayo

La feliz idea de instaurar un día de fiesta proletaria para lograr la jornada laboral de ocho horas nació en Australia, donde ya en 1856 los obreros habían decidido organizar un día completo de huelga, con mitines y entretenimiento, como una manifestación a favor de la jornada de ocho horas. Se eligió el 21 de abril para esa celebración.

Al principio los obreros australianos pensaban en una única celebración, aquel 21 de abril de 1856. Pero como esa primera celebración tuvo un efecto muy fuerte sobre las masas proletarias de Australia, animándolas con ideas agitadoras, se decidió repetirla todos los años.

Efectivamente: ¿Qué podría proporcionarles a los trabajadores más coraje y fe en su propia fuerza que un paro masivo, decidido por ellos mismos?

¿Qué podría proporcionarles más valor a los eternos esclavos de las fábricas y de los talleres que el reconocimiento de su propia gente?

Por eso, la idea de una fiesta proletaria fue rápidamente aceptada y comenzó a extenderse de Australia a otros países, hasta conquistar finalmente todo el mundo proletario.

Los primeros en seguir el ejemplo de los obreros australianos fueron los norteamericanos. 

En 1886 se fijó el 1º de mayo como el día de la huelga universal. Ese día, 200.000 trabajadores abandonaron sus lugares de trabajo y exigieron la jornada laboral de ocho horas. Más tarde, la policía y el hostigamiento legal impidieron por muchos años la repetición de esa gran manifestación.

Sin embargo, en 1888 restablecieron su decisión y fijaron el 1º de mayo de 1890 como el día de la siguiente celebración.

Mientras tanto, el movimiento obrero en Europa se había fortalecido notablemente.  La expresión más poderosa de este movimiento ocurrió en el Congreso Internacional Obrero de 1889. En ese Congreso, al que asistieron 400 delegados, se decidió que la jornada de ocho horas debía ser la primera reivindicación. El delegado de los sindicatos franceses, el obrero Lavigne de Burdeos, propuso difundir esa reivindicación en todos los países mediante un paro universal. El delegado de los trabajadores estadounidenses llamó la atención de sus camaradas sobre la decisión de ir a la huelga el día 1º de mayo de 1890, por lo que el Congreso fijó esa fecha para la fiesta proletaria universal.

Los obreros, al igual que treinta años antes en Australia, pensaban solamente en  una única manifestación. Ese 1º de mayo de 1890 el Congreso había decidido que los trabajadores de todos los países se manifestarían juntos por la jornada de ocho horas. Nadie había hablado de repetir la celebración en años siguientes. Naturalmente, nadie podía predecir el enorme éxito que tendría esa idea ni la rapidez con que sería adoptada  por la clase obrera. Sin embargo, fue suficiente celebrar el 1º de mayo tan sólo una vez para que todos comprendieran y sintieran que debía convertirse en una institución anual y permanente.

El 1º de mayo significaba establecer la jornada de ocho horas. Pero aún después de haber logrado este objetivo, ese 1º de mayo no fue abandonado. Mientras continúe la lucha de los obreros contra la burguesía y la clase dominante, mientras todas las exigencias no hayan sido satisfechas, el 1º de mayo continuará siendo la manifestación anual de esos reclamos. Y cuando lleguen días mejores, cuando la clase obrera del mundo haya logrado su objetivo, es probable que la humanidad entera también celebre el 1º de mayo, honrando las amargas luchas y los sufrimientos del pasado.

Rosa Luxemburgo
(febrero 1894)

Fuente: https://www.marxists.org/deutsch/archiv/luxemburg/1894/02/maifeier.htm


«72 años del Estado de Israel»

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Eretz-Israel (Tierra de Israel) fue el lugar de nacimiento del pueblo judío. Aquí toma forma su identidad espiritual, religiosa y política. Aquí obtuvieron por vez pri mera un Estado, crearon valores culturales de importancia nacional y universal y aportaron al mundo el Libro de los Libros.

Después del exilio forzoso de su tierra, el pueblo mantuvo su fe a través de su dispersión y no cesó de orar y de anhelar la vuelta a su tierra y la restauración en ella de su libertad política.

Empujados por estos lazos históricos y tradicionales, los judíos se esforzaron a través de las generaciones en establecerse de nuevo en su antigua tierra. En las últimas décadas volvieron en masa. Pioneros «mapilim» (inmigrantes que van a Eretz-Israel desafiando la legislación restictiva) y defensores hicieron florecer el desierto, re vivir la lengua hebrea, construyeron pueblos y ciudades, y crearon una comunidad próspera controladora de su propia economía y cultura, amante de la paz pero sabiendo defenderse, aportando los bienes del progreso a los habitantes de todos los países, y aspirando a una nación independiente.

En el año 5657 (1897), en el requerimiento del padre espiritual del Estado Judío Theodor Herzl, el Primer Congreso Sionista convino y proclamó el derecho del pueblo judío a su renacimiento nacional en su propio país

Este derecho fue reconocido en la Declaración de Balfour de 2 de noviembre de 1917, y reafirmado en el Mandato de la Liga de las Naciones que en concreto sancionó la conexión histórica entre el pueblo judío y Eretz-lsrael y el derecho del pueblo Judío a rehacer su Casa Nacional.

La catástrofe que recientemente padeció el pueblo judío —la masacre de millones de judíos en Europa— fue otra demostración clara de la urgencia de la resolución de este problema de falta de hogar mediante el restablecimiento de Eretz-lsrael como Estado judío, que abriría ampliamente las puertas de su tierra a cada judío y daría al pueblo judío el status de pleno reconocimiento con miembro de la Comunidad de naciones.

Los supervivientes del holocausto Nazi en Europa, así como los judíos de otras partes del mundo, continuaron emigrando a Erezt-lsrael superando las dificultades, restricciones y peligros, y nunca cesaron de afirmar su derecho a una vida digna, libre y honrada en su tierra nacional. Durante la Segunda Guerra Mundial, la comunidad judía de este país participó plenamente en la lucha entre las naciones que defendían la libertad, paz y amor contra la maldad de las fuerzas nazis, y con la sangre de sus soldados y su esfuerzo militar ganó el derecho a figurar entre los pueblos fundadores de las Naciones Unidas.

El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución proclamando el establecimiento del Estado judío en Erezt-Israel; la Asamblea General solicitaba la adopción por los habitantes de Eretz-Israel de todas las medidas necesarias para la ejecución de esta resolución. El reconocimiento del derecho del pueblo judío a establecerse en su Estado, hecho por las Naciones Unidas, es irrevocable.

El derecho es el derecho natural del pueblo judío de ser dueños de su propio destino, como todas las naciones, en su propio Estado soberano.

En conformidad, nosotros miembros del Consejo del Pueblo, representantes de la comunidad judía de Eretz-Israel y del Movimiento Sionista estamos aquí reunidos en el día del final del mandato británico sobre Eretz-Israel y, en virtud de nuestro derecho natural e histórico y la fuerza legal de la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas por la presente declaramos el establecimiento del Estado Judío en Eretz-Israel, que será conocido como Estado de Israel.

Declaramos que, con efecto desde el momento de la terminación del Mandato que será esta noche, vísperas del Sabat, el 6 Iyas 5708 (14/15 de mayo de 1948), antes del establecimiento de las autoridades del Estado regularmente elegidas de acuerdo con la Constitución que deberá adoptarse por la Asamblea Constituyente elegida no más tarde del 1 de octubre de 1948, el Consejo del Pueblo actuará como Consejo Provisional del Estado, y su órgano ejecutivo, la Administración del Pueblo, será el Gobierno Provisional del Estado judío, llamado Israel.

El Estado de Israel estará abierto a la inmigración judía y a la recogida de los exiliados, fomentará el desarrollo del país para el beneficio de todos sus habitantes, estará basado en la libertad, justicia y paz como lo preveían los profetas de Israel, asegurará la total igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus habitantes, sin consideración de religión, raza o sexo; garantizará la libertad de religión, conciencia, lengua, educación y cultura, protegerá los lugares sagrados de todas las religiones y será fiel a los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

El Estado de Israel está dispuesto a cooperar con las agencias y representaciones de las Naciones Unidas para ejecutar la resolución de la Asamblea General de 29 de noviembre de 1947, y adoptará todas las medidas necesarias para la unión económica de todo Eretz-Israel

Apelamos a las Naciones Unidas para que ayuden al pueblo judío en la construcción de su Estado y para que reciban al Estado de Israel en el comité de Naciones.

Apelamos en medio del ataque emprendido contra nosotros desde hace meses a los habitantes árabes del pueblo de Israel para que conserven la paz y participen en la construcción del Estado, en las bases de ciudanía plena e igual y representación correspondiente en todas sus instituciones provisionales y permanentes.

Extendemos nuestra mano a todos los Estados vecinos y a sus gentes y ofrecemos paz y buenas relaciones, y apelamos a ellos para el establecimiento de puntos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío establecido en su propia tierra. El Estado de Israel está dispuesto a hacer todo lo posible en un esfuerzo común para el progreso de Oriente Próximo.

Apelamos a todo el pueblo judío de la Diáspora para que colabore junta con los judíos de Eretz-Israel en la labor de inmigración y de construcción y para que estén unidos a ellos en la gran lucha por la realización del sueño de los tiempos la redención de Israel.

Poniendo nuestra confianza en el Todopoderoso firmamos esta declaración en esta sesión del Consejo de Estado provisional en la tierra de nuestro hogar, en la ciudad de Tel-Aviv, en visperas del Sabat del día 5 de Iyar, 5708 (14 de mayo de 1948).

David Ben Gurion


«Guernika 26 de abril de 1937»

Guernica

La tarde del 26 de abril de 1937 tuvo lugar uno de los episodios más salvajes y tristes de la Guerra Civil española: el bombardeo de Guernica. 

Aquel día, lunes, día de mercado habitual, la ciudad, con apenas una población de 5000 personas, estaba especialmente concurrida. Hacia las cuatro de la tarde, los aviones de la Legión Condor alemana y la Aviazione Legionaria italiana aparecieron en el cielo.

Las primeras bombas explosivas e incendiarias cayeron junto al puente de Renteria y en la estación de trenes, arrasando después toda la ciudad en un ataque que duró más de tres horas. 

Aunque posteriormente se dijo que el objetivo de la operación era una simple voladura de un puente, el hecho real es que tanto el puente en cuestión como una fábrica de armas, situada a las afueras de la ciudad, resultaron intactos. 

La destrucción alcanzó niveles tan grandes que el incendio provocado por el bombardeo no se pudo apagar hasta varios días después. 

A pesar de que los servicios de propaganda del general Franco negaron lo ocurrido, la crónica del periodista británico George Steer, corresponsal de The Times, que se encontraba presente en Guernica, daría la vuelta al mundo. «Por la forma de su ejecución y la magnitud de la destrucción causada, así como por la selección de su objetivo, la incursión en Guernica no tiene paralelismo en la historia militar», escribía. 

El bombardeo de Guernica fue el primer ataque aéreo indiscriminado contra una ciudad indefensa y su población civil, y ha pasado a ser símbolo internacional de las atrocidades de la guerra. 

Se calcula que aproximadamente un tercio de los habitantes murieron en los ataques, pero lo cierto es que aún en la actualidad no se conocen con exactitud el número de bajas. 

Pocas semanas después del bombardeo, Pablo Picasso comenzaría a crear el enorme mural conocido como Guernica, pintado entre los meses de mayo y junio de 1937, y que hoy, además de ser considerada una de las obras más importantes del arte del siglo XX, es un icono de los terribles sufrimientos que la guerra causa en los seres humanos. 

“Gritos de niños, gritos de mujeres, gritos de pájaros, gritos de flores, gritos de vigas y de piedras, gritos de ladrillos, gritos de muebles, de camas, de sillas, de cortinas, de vasos…” todo ellos se podían escuchar en la que tal vez sea la obra de arte más triste de la historia. 

Fuente texto: https://www.muyhistoria.es/

Foto: Centro de Documentación sobre el Bombardeo de Guernica. Fundación Museo de La Paz de Guernika


«Los que sobran», Javier Obregón Gómez

Losquesobran

Es estos tiempos difíciles se me hace presente el recuerdo de la lectura del libro de Götz Ally, historiador alemán, que lleva por título «Los que sobraban. Historia de la eutanasia social en la Alemania nazi.1939-1945». Escribo ahora desde mi casa. No tengo el libro, ni apenas notas para precisar y detallar lo que leí hace unos años de un libro esclarecedor en cosas que apenas sabía.

Los nombres, los datos concretos de personas e instituciones cuando aparecen, hoy, en los distintos medios de comunicación apenas los retengo; se me olvidan con rapidez, pero muchas de sus opiniones que escucho y leo me perturban cuando no me indignan, y más cuando entreveo cierta aquiescencia por parte de un gran número de personas con lo que allí se dice. Y es que muchos de ellos en un lenguaje muchas veces sesgado, pero sin rubor, una y otra vez hacen llegar su mensaje tenebroso y lo explicitan. Son sin lugar a dudas postmodernos. Los ancianos y los mayores sobran en este tipo de sociedad repiten una y otra vez y lo fundamentan con argumentos distintos; no merecen atención ni cuidado alguno y más en estos tiempos difíciles. Son un estorbo para los más jóvenes concluyen casi todos en sus razonamientos. Dejarlos morir es lo que mejor podemos hacer en una vida que para ellos ha sido longeva.

Göt Ally sitúa su libro en los inicios de la Segunda Guerra Mundial. Enfermos incurables, débiles mentales, epilépticos o discapacitados… eran eliminados. Camionetas grises del Aktion T34 los llevaban a clínicas y centros especializados donde tras un corta estancia los dejaban morir, los asesinaban. Sobraban. Todos eran bocas improductivas, «vidas que no merecían la pena de ser vividas». Murieron más de 200.000 alemanes con la colaboración de muchos médicos y familiares. La pureza racial y las necesidades del estado no podía soportar los gastos y cuidados de esta población dependiente, marginada, cuando las prioridades eran distintas centradas en la guerra que se avecinaba. Faltarían recursos. No es, concluye el historiador alemán, una denuncia más de los crímenes del nazismo, sino situar los acontecimientos en la responsabilidad colectiva de la sociedad alemana.

El nazismo fue vencido, sus ideas desaparecieron y concita en la población un rechazo casi generalizado Pero en tiempos de crisis, como he señalado, hay hoy, también, grupos de personas, como hace unos 90 años, que piensan que muchos sobran, y en estos casos no son los que sobran sólo judíos, ni gitanos ni débiles mentales como lo fueron el programa de exterminio de la Alemania nazi. Los que sobran como diría Götz Ally es un sector de nuestra población, nuevo, marginado y olvidado que lo conforman básicamente gente de edad avanzada a los que no se les quiere atender, no se les presta la atención debida y para quienes los medios que se asignan son cada vez menores en un estado que tampoco, en opinión de muchos, no puede detraer recursos para esa población que ahora ya es improductiva.

El recuerdo de lo que nos pasó hace pocos años está ahí y de reactivarse sigue siendo igualmente peligroso como lo fue antes

Javier Obregón Gómez©


«Los tres jazanim», Berson, Schwartz and Zelermyer,


«Shajar habekashja», Light in Babylon/Shlomo Ibn Gabirol

שַׁחַר אֲבַקֶּשְׁךָ צוּרִי וּמִשְׂגַּבִּי
אֶעְרֹךְ לְפָנֶיךָ שַׁחְרִי וְגַם עַרְבִּי
לִפְנֵי גְדֻלָּתְךָ אֶעְמֹד וְאֶבָּהֵל
כִּי עֵינְךָ תִּרְאֶה כָל מַחְשְׁבוֹת לִבִּי
מַה זֶּה אֲשֶׁר יוּכַל הַלֵּב וְהַלָּשׁוֹן
לַעְשׂוֹת וּמַה כֹּחַ רוּחִי בְּתוֹךְ קִרְבִּי
הִנֵּה לְךָ תִּיטַב זִמְרַת אֱנוֹשׁ עַל כֵּן
אוֹדְךָ בְּעוֹד תִּהְיֶה נִשְׁמַת אֱלֹהַּ בִּי

 

Este poema es uno de los poemas de la «Autoridad para el alma» compuesta por el gran poeta y filósofo del siglo XI, Rab Shlomo Ibn Gabirol,

El piut se abre con una marca de tiempo, al amanecer, el tiempo que conduce a la diferenciación de la luz, que recrea las cosas y les da volumen, forma y cuerpo.

Al clarear, el poeta elige preguntarle a Dios, saliendo de la incertidumbre nocturna y aún sin alcanzar el amanecer completo, la luz que aclarará las cosas, las aclarará y las distinguirá como lo hicieron desde el principio.

La vocación de la canción y su nombre coinciden maravillosamente con el momento en que se canta. Amanecer de ti, dice el poeta y pide permiso para presentarse ante su Creador.

Al amanecer, en las horas de oscuridad y luz, los judíos de Alepo y del norte de África cantan esta canción, una especie de encuentro entre el hombre y su alma, él mismo, el hombre y su Dios. Este permiso es una canción en la que la experiencia religiosa, la declaración de fe, aparece con toda su fuerza. Es una canción gloriosa para Dios, una especie de poema dedicado al poeta, quien declara al final de «el mejor canto del hombre / oda el primer día», cuando vence el primer día y por primera vez. El piut también enfatiza el «beneficio» que un cantante humano puede causar a Dios, para que se sienta cómodo. Una especie de favor mutuo. Es una canción de fe sublime y completa.

#MeQuedoEnCasaDespiertaTusSentidosLeyendo


«Esperanza», Juan Zapato

esperanza

Esperanza de descubrir una llave blanca que no quiera darse vuelta.
Un cristal inocente envuelto en una palabra abierta.
Un barrilete fugitivo que un día remontó a un niño.
Esa sortija inmóvil que amanece en un boleto.
Un reloj amnésico parpadeando frente a un espejo.
Un cielo extendido posando su nariz sobre la superficie de las olas.
Esa poesía muda interpretando a dos cuerpos.
Una estrella dibujada destellando a una escalera.
Un ave de arena a la que le crecieron ramas.
Ese sueño de almohada que descansó recordando.
Un sonido de la naturaleza al que nombraron melodía.
Una página rota conteniendo recuerdos de la vida.
Esa nube de ensueño marcando surcos en tus manos.
Los latidos del fuego consumiendo a los ardores.
Mil mariposas que desvelaron al tiempo.
Un planeta utopía que disipó las miserias de los hombres.
Una mirada de frente, hablarnos
En cenizas curarnos y ser luz del Universo.

Juan Zapato©


«¡Madre, vende el azafrán!», Gregorio García García

EL AZAFRÁN EN ESOS LUGARES DE LA MANCHA…

La rosa del azafrán
triste visita nos hace,
cuando nace el sol saldrá
a morirse con la tarde.

azafránEl azafrán en esos lugares de la Mancha, de cuyos recuerdos guardo en mi alma y nunca voy a olvidarme. No era cultivo de poderosos y ricos terratenientes, dado la gran cantidad de mano de obra que necesita y el especial cuidado que su cultivo requiere. Ellos, no todos, solo algunos arrendaban tierras que, se dividían en parcelas de un celemín (cuatrocientos sesenta y siete metros cuadrados), cobrando un alto precio por el arriendo a obreros, pobres enfermos o con alguna minusvalía física. Estos no podían trabajar siempre por cuenta ajena, por la dureza salvaje de algunos trabajos del campo, como por ejemplo: el destajo de la siega o hacer hoyos para viñedos y olivos, por eso cultivaban el azafrán, porque nadie les imponía ningún ritmo ni exceso siendo dueños de sus propias tareas. Aunque las ganancias no eran muy rentables, teniendo en cuenta la cantidad de horas dedicadas en su cultivo y recolección. En la monda colaboraba toda la familia de la casa, incluidos niños y los más mayores también, ajenos que se les pagaba en azafrán con la cuarta parte de lo que mondaban.

De los años sesenta a los noventa, su cultivo se generalizó más entre obreros del campo y pequeños agricultores y también albañiles y peones de la construcción que, al no tener trabajo en esta zona de la Mancha, debido a su precario desarrollo (intencionado) que, en años atrás no consintieron los poderosos terratenientes ricos, para tener mano de obra barata y disponible siempre al alcance de sus manos. Unos tuvieron que emigrar, otros si querían trabajar tenían que desplazarse todos los días a Madrid y a otras lejanas ciudades, saliendo a las cuatro y media de la madrugada y regresando a sus casas a altas horas de la noche. Con los consiguientes gastos y riesgos que esto les originaba que, podrían calcularse en un treinta y cinco por ciento de merma en su salario y mucho más con la moda que llego a generalizarse, de los intermediarios del trabajo, llamados «pistoleros», con los perjuicios que de estos se derivan (hoy parecen ser especie protegida), aparte de las penurias y el no poder gozar ni disfrutar de sus hijos. Cultivando el azafrán en sábados y domingos les ayudaba a sacar su familia adelante.

Hasta el año 2011 han trascurrido dos décadas, de casi su total desaparición, debido a innumerables causas de crisis y burocráticas. Parece ser que en estos tiempos, la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha, está poniendo los mecanismos y ayudas para su nuevo renacimiento en la región.

azafrán1El azafrán en las familias obreras pobres, era necesario para poder sobrevivir, criar y casar a los hijos, comprar un solar para después hacer la casa, reformarla o comprar algún mueble. Era parte de nuestra necesaria economía y también nuestra cultura. El azafrán no es un producto agrícola más, sino que también este forma parte de nuestro patrimonio histórico y cultural de la región y debe de ser conservado y además protegido.

¡MADRE, VENDE EL AZAFRÁN…!

¡Madre, vende el azafrán!
que anoche mondando rosa
mi novio encima la mesa
me dijo que soy preciosa.

¡Madre, vende el azafrán!
que con sus besos de miel
entre suspiros me dijo
que me casara con él.

¡Madre, vende el azafrán!
que casarme yo requiero
que en el trabajo del campo
se muere pobre el obrero.

¡Madre, vende el azafrán!
prepara pronto mi boda
que mi novio tiene casa
y los muebles a la moda.

¡Madre, vende el azafrán!
que mi novio tiene mulas
también viñas y olivares
y dos galeras muy chulas.

¡Madre, vende el azafrán!
cómprame el ajuar que espero
que en el banco mi Manolo
tiene guardado dinero.

¡Madre, vende el azafrán!
que la miseria es martirio,
siendo obrera paso hambre,
con mi novio es un delirio.

¡Madre, vende el azafrán!
que en lo que digo no miento
que me parece que tengo
en el vientre alumbramiento.

¡Madre, vende el azafrán!
es tanto lo que le quiero
que con el quiero vivir
y por tenerle me muero.

Gregorio García García©

El poema expone una realidad del pasado aún latente en los que todavía la recordamos. Pudiera ser que algunos conceptos las nuevas generaciones no lo entiendan del todo. De los cuatro personajes del poema el principal no sale a escena. Aunque la hija para el padre fuera la niña de sus ojos… algunas cosas que ella cuenta a su madre en aquellos tiempos no se solían contar a un padre. Aparentemente en un principio, parece ser que a nuestra joven protagonista, por ser su novio de una clase social más alta solo le moviera el interés. Aunque para ella era un buen logro el salir de la miseria que la envolvía. Pero lo que de verdad pretende, porque esta locamente enamorada, es convencer a su madre, como era tradición, una vez conseguido esto, entre las dos convencer al padre sería pan comido.


«Identidad vs. diversidad», Jimena Escalante

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Yo soy la persona menos adecuada para hablar de identidad. Y por varias razones.
La primera: De niña crecí en un lugar singular: un edificio donde los habitantes componíamos una geografía única. Mis vecinos no eran cualquier cosa. Eran -en su mayoría- exiliados de distintas partes del mundo y, también, de distintas ideologías.

Frente a la ventana de mi cuarto se veía la ventana de una anciana. Era alemana y loca. Todas las tardes -a la misma hora- gritaba un monólogo inteligible en alemán y sin armonía. Nosotros, los niños, interpretábamos que eran las historias que ella había vivido con los nazis. La primera vez que escuché la palabra «nazi» ya tenía cara: la de una anciana. Me obsesioné con ella, la observaba en secreto, hasta que se dio cuenta y decidió arrojarme objetos: su plancha, sus zapatos, ceniceros… la palabra «nazi» tenía para mí una emoción en su significado: furia.

Mis mejores amigas eran mitad mexicanas–estadounidenses. También eran bipolares. Una pelirroja y otra rubia. Cuando se peleaban hablaban en inglés; de modo que el aprendizaje de mi segundo idioma se aceleró gracias a ellas, sólo por el morbo de saber qué dicen unas hermanas que pelean. El país vecino no era para mí un mapa en el libro de la escuela; eran ellas, la cara de mis amigas bipolares.

Admiraba a las novias chilenas de mis hermanos, que fueron sus primeras novias, y en realidad no eran hermanas, eran medio hermanas. Hijas de un escritor que cambiaba de mujer cada década y, por eso, ellas se acomodaban tan bien con mis hermanos. Las cuñadas chilenas me enseñaron mis primeros coqueteos con la feminidad; por lo que siempre agradecí al país Chile la forma en que se dicen secretos a los novios o se deben rizar las pestañas o cómo, hasta hoy, me pinto los labios.

Mi segunda madre era argentina. Segunda madre porque me adoptó: era una famosa actriz que ya veía en mí el gusto por el drama. Su hija, la única hermana que he tenido y ya no tengo era, obvio, argentina. Me cayó del cielo una hermana argentina. Así que, de pronto, me volví erudita en marcas de dulce de leche, caras y nombres de futbolistas y acepté a muchos parientes que nunca supe quiénes fueron ni lo sabré. La mitad de la semana dormía en mi casa «auténtica», y la otra mitad dormía en mi casa «adoptada», con mi otra madre y mi otra hermana. Me enseñaron a amar a la familia, aunque no esté a tu lado.

Mi primer enamorado era francés–mexicano. Los padres de mi enamorado tenían en su departamento una pequeña Francia: moverse en el interior de esa casa era como visitar otra ciudad, otro idioma, otros sabores, otros gustos, otras conversaciones, más libertades. Ah… a todos los niños nos gustaba ir a esa «Francia» donde podíamos quedarnos despiertos toda la noche -entre otras libertades prohibidas en la infancia- y comer chocolate a lo bestia.

En la esquina del edificio había una repostería libanesa. El dueño, un pastelero muy sexy, además de hacer unos dedos de novias exquisitos –supongo que gracias a las múltiples novias que tenía en la cuadra-, leía el Corán a quien tenía tiempo de tomarse un café turco con su pastelito. Era musulmán y su cultura árabe nos cautivó a muchos. Leía cuentos de Rumi, fue mi precoz contacto con el sufismo.

Había en el edificio un sector muy importante de catalanes. Muy gritones y peleoneros. Se vestían de negro. Recuerdo algunas parejas de homosexuales. Una adolescente marimacha. Y al poeta alcohólico. Imposible olvidar a toda la población de comunistas. Imposible olvidar a los hippies y el olor a marihuana. Imposible olvidar al gitano con su oso bailarín que pernoctaban en la cantina; un lugar prohibido porque era oscuro y me daba miedo.

También teníamos vecinos judíos. Muchos de ellos ancianos. Pero sus nietos, que venían de visita, se hicieron amigos de nosotros; todos esos niños que moríamos por probar sus sopas, pues los olores de sopa que salían de sus casas eran únicos. Una mujer inglesa, un tanto aburrida, tenía un negocio de estambres y daba clases de tejido, a las que íbamos las niñas. Imposible olvidar a las hermanas polacas que usaban minifaldas y cada vez que salían de su casa algunas ventanas se poblaban de caras de hombres que, casualmente, se asomaban para ver cómo estaba el clima. Había una familia de Sonora y la madre hacía unas tortillas de harina suculentas. Una familia de mujeres otomíes trabajaban en diversos departamentos y entre ellas hablaban otomí.

Además de vecinos… tenía padres. Mi madre es española. Los domingos la pasábamos en la casa de mis abuelos, exiliados de la Guerra Civil. Esas comidas eran todo un recorrido por los refranes que aún hoy me son útiles: «me cago en la leche de los mexicanos», «que muera Franco», «aquel es más feo que pegarle a Dios» y «las cosas son claras y el chocolate espeso». Mis abuelos, tíos y toda la familia española nunca dejaron España: aunque vivieron años en México, sus hábitos, creencias y lenguaje no llevaron el ritmo de la realidad. Vivían en una complicada anacronía, que nunca mejoró.

En cambio, en la familia paterna son mexicanos, muy tradicionalistas y conservadores y nunca aceptaron ni a los españoles ni a los argentinos, ni a los chilenos ni a nadie que no formara parte de su clase o su círculo social. Con ellos, entendí la verdadera dimensión del concepto «gachupín»; o la dimensión de la palabra «xenofobia»; o cómo el racismo es una complicidad que se expresa plena de humor en las sobremesas.

Mis padres estaban divorciados y en la misma época decidieron, cada uno por su cuenta, casarse por segunda vez. Mi mamá se casó con un peruano. Mi papá con una panameña. Nosotros, los hijos, creíamos que nuestros padres competían por sumar nacionalidades a sus vidas amorosas, hábito que siguieron usando en sus sucesivos matrimonios.

Nosotros, los hijos, pasábamos temporadas en los países de sus parejas; lo cual no fue nada difícil para nosotros que, sin movernos de nuestro edificio, ya habíamos viajado a distintas partes del mundo, hablábamos otros idiomas y nuestros paladares estaban cultivados en la diferencia de los sabores.

«Los otros», «lo diferente», «los de allá» , «los que llegan», «los extranjeros», «los pinches gachupines», «la leche con los mexicanos», «explícame qué es tantito o qué es ahorita», «puaj las tortillas», «tan cerca de los gringos y tan lejos de Dios», «no es mi país/sí es mi país», «¿de dónde soy?»… etc., eran frases y experiencias tan cotidianas como lavarse los dientes.

Entonces: está claro que no soy la persona adecuada para habar de la identidad. Lo poco que sé de mí lo adquirí en la diversidad. Lo que sé de la historia de México son episodios de guerras o de anhelos por crear una idea de lo que podría ser una identidad, siempre fragmentada. En todo caso, soy adecuada para defender la diversidad, que es lo que conozco y en donde me siento fuerte.

Tengo un mapa que describe la geografía de mi diversidad:

Catálogo de mis «primera vez»:

Primer insulto recibido y aprendido: España.
Primera conciencia de clases sociales: México.
Primer maquillaje en el rostro: Chile.
Primera noción de una guerra: Alemania.
Primera infatuación con una diva: Argentina.
Primer beso: Francia.
Primera lectura de mano y primera sensación del dolor ajeno: gitanos.
Primer medio hermano en la familia: Panamá.
Primera varicela: Perú.
Primera idea de poesía: Líbano.
Primera vez en oír que alguien grita al prójimo: Cataluña.
Primera experiencia bipolar: Estados Unidos.
Primer morbo hacia la cocina del vecino: judíos.
Primera definición de comunista: alguien que usa suecos.
Primer suicidio: un poeta alcohólico.
Primer tabú normal: la homosexualidad.
Primer ataque de pánico: un avión de madrugada.
Etc.

Durante muchos años eso fue lo que yo creía que era México: un lugar donde los lunes, podía ser argentina. Los martes, chilena. Los miércoles, mexicana. Los jueves, gringa. Los viernes, francesa. Los sábados, comunista. Los domingos, española… alguna tarde musulmana, otra judía y otra católica o actriz o poeta o lo que se presentara… y así. Hace unos días, al caminar por las calles de mi edificio de la infancia reconocí algunas personas y reconocí los cambios: ya no existe la cafetería del libanés, pero en su lugar hay un restaurante italiano; los hijos de mi hermana argentina son llamados argenmex; los hijos de las chilenas son historiadores de la historia de México; la enfermera de la vieja alemana sigue siendo enfermera pero de otra vieja; los homosexuales siguen juntos; los franceses murieron pero sus nietos estudian en el Liceo Franco Mexicano; los comunistas se volvieron ricos y ahora son bohemios que viven de sus rentas; los nietos de catalanes van al Colegio Madrid; las gringas tienen a sus hijos en el Colegio Americano; las polacas se perdieron pero reaparecieron en Facebook; los judíos tienen más departamentos; el local de la inglesa es una papelería con servicio de fax e Internet; los hippies tienen muchos nietos porque no les sirvieron las pastillas anticonceptivas; mis padres se volvieron a divorciar y a casar y a divorciar; al lado de la tortillería hay un restaurante chino y al lado del restaurante chino hay un argentino y al lado del argentino una tintorería que es atendida por la misma familia desde hace 40 años… En unas cuadras: lo pasado y lo presente, la tradición y la vorágine de la red, los extranjeros y las familias tradicionales, mestizajes de todo tipo… y el viejo edificio sigue ahí. En medio de la Ciudad de México, que es una identidad totalmente distinta a lo que llamamos país México. Es una ciudad plagada de exilios. Políticos, ideológicos, económicos, culturales, civiles, raciales… espirituales.

***

La otra razón por la que no soy adecuada para hablar sobre la identidad pero sí para defender la diversidad es que me dedico a la dramaturgia: esa herramienta que la ficción ha elaborado para describir la fractura de la identidad. Vivo cotidianamente sumergida en el océano de los personajes dramáticos que son, todos, apátridas, refugiados, exiliados, escindidos, bipolares, renegados, excéntricos, solitarios, abandonados, excomulgados… Y, ahora que escribo esto, pienso: ¿no son todos estos personajes, los grandes paradigmas de la literatura dramática, un fiel retrato de mis vecinos de la infancia?, ¿no son como la gente que camina por las calles de mi ciudad… diversa y sin una, sino múltiples identidades?, ¿buscar entender una identidad, para qué?… ¡Si ya tenemos varias: una para cada día de la semana!

Jimena Escalante©

Fuente: http://www.casarefugio.com/

Imagen: https://aulaintercultural.org/


«Maagalim מעגלים»,El Banat \ אל בנאת \ديوان البنات».

Ma’aglim by El Banat Original song written and composed by Ofri Zidner Film Director: Nitai Shalom Music Producer: Liad Mor Executive Producer: Noya Yifat Tamar Bloch – Singer Noya Yifat – Persian Tar Ofri Zidner – Turkish Baglama Liad Mor – Bass Gilad Amsalem – Percussion and Doumbek Regev Baruch – Drums Gypsy Dance by Nataly Dvir Special Thanks to Elad Kimchi, Ivan Ceresnjes, Soli Shlomit Avraham. Recorded Mixed and Mastered at Library Studios 2016. (c) All Rights Reserved to Diwan El Banat.


«No estamos en las librerías, pero queremos llegar a ti», La Torre de Babel Ediciones®

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No estamos en las librerías, pero queremos llegar a ti.

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«La última historia de amor» y «Secretos Oscuros»

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«HaTikva», Himno nacional del Estado de Israel #NosotrosRecordamos

Mientras en el corazón
Un alma judía palpite
Y rumbo al Oriente
La mirada a Sión se dirija

No está perdida aún nuestra esperanza
Esta esperanza bimilenaria
De ser un pueblo libre en nuestra tierra
La Tierra de Sión y Jerusalén

Mientras nuestros ojos viertan lágrimas
Y cual lluvia, afluyan las ofrendas
Y las multitudes de nuestro pueblo
Aún las tumbas de los padres visiten.

No está perdida aún nuestra esperanza…

Mientras el ardor de nuestro ideal
En nuestros ojos aparezca
Y por la destrucción de nuestro Santuario
Ojo alguno lágrima vierta

No está perdida aún nuestra esperanza…

Mientras lágrimas puras
Del ojo de la hija de mi pueblo corran
Y para los lamentos por Sión en las vigilias
Aún a medianoche se levanten

No está perdida aún nuestra esperanza…

Mientras el amor nacional
En el corazón judío lata
Aún hoy cabe confiar
Que Dios el iracundo nos prodigue misericordia

No está perdida aún nuestra esperanza…

Escuchas, mis hermanos, en los países de mis andanzas
La voz de uno de nuestros profetas
«Que tan sólo con el último judío
Acabará también nuestra esperanza».

No está perdida aún nuestra esperanza…

Letra:        Naphtali Herz Imber
Música:    Samuel Cohen
Año:          1886