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“El poeta murió al amanecer”, Raúl González Tuñón

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Sin un céntimo, tal como vino al mundo,
murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, las esperanza y la miseria.

Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.

Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

Raúl González Tuñón©

Nació en Buenos Aires el 29 de marzo de1905, y murió en la misma ciudad el 14 de agosto de 1974.
Fue uno de los más importantes poetas argentinos del siglo XX. “Amigo de las gentes, de las mujeres amantes y del vino, una suerte de François Villon criollo, cantor de las tabernas, las grandes fiestas y duelos e insurrecciones populares”, según lo definió Pedro Orgambide.
En 1922 publica sus primeros poemas en las revistas Caras y Caretas e Inicial. En 1923 participa en la redacción de Proa, la revista que dirige Ricardo Güiraldes, y colabora en el periódico Martín Fierro. Viaja por el interior del país y en 1929 por primera vez a Europa. Dos años después a Brasil, y en 1932 al Chaco paraguayo, en el avión del diario Crítica, como corresponsal de guerra. Vuela a la Patagonia y se instala en Río Gallegos. En 1933 funda la revista Contra. Lo detienen y procesan por ¨incitación a la rebelión¨. En 1934 viaja a España y se radica en Madrid, donde traba amistad con García Lorca, Neruda y Miguel Hernández. En 1935 vuela a Buenos Aires y dos años más tarde está otra vez en España, durante la defensa de Madrid. Vive en Chile. Viaja por Europa, va a la Unión Soviética y a China.
Con El violín del diablo (1926) y Miércoles de ceniza (1928) trae Tuñón a la poesía argentina el desenfado y la picardía de los muchachos de los puertos, de los vagos y mal entretenidos que deambulaban por el viejo Paseo de Julio. Es un reconocimiento apasionado no sólo de la gente sino de los escenarios poco prestigiosos de la ciudad durante los años ’20. Es en el puerto, en los suburbios, en el conventillo que encuentra los motivos de sus poemas. Todo es motivo de canto para el poeta que, por encargo de su novia, escribe Poema para la Virgencita del Teatro Cervantes. En este primer período, la poesía de Tuñón une a lo descriptivo la imagen insólita, la pirueta, un pase de prestidigitador. En otros poemas, El séptimo cielo, por ejemplo, utiliza la palabra en función de onomatopeya, de dibujo verbal. Es lo que se advierte también en Poema de la Cenicienta Ciudadana, donde los nombres ingleses de los artistas de cine o de su máquina de escribir, sirven de rima y música interna al poema.

En La Calle del Agujero en la Media (1930) el verso libre, de amplio período, suplanta la cadenciosa, rítmica primera manera del poeta. Ahora, el discurso poético se distiende, se abre para incorporar lo sensorial en infinitos detalles, para registrar pequeñas anécdotas que tienen la brevedad de una instantánea. Este cambio de lenguaje corresponde al cambio de escenario: ya no es Buenos Aires sino París. Como constante, queda su observación de lo cotidiano, su mirar en las vidrieras y en los ojos fraternales: los de un saxofonista, los de un vendedor de globos, los de las chicas del music-hall, los de Blanca Luz que está lejos, los del organista de la iglesia de San Suplicio.
En El otro lado de la Estrella y Todos bailan, poemas de Juancito Caminador, ambos publicados en 1934, Raúl González Tuñón continúa esta segunda manera de su poesía: el verso amplio que llega fundirse con la prosa. De ese tiempo es la serie de Blues y su memorable poema “Lluvia”, dedicado a Amparo Mom. Seguro de su oficio, canta ahora no sólo al amor y la vida vagabunda, sino a los hombres dispuestos a una actitud de solidaridad y al combate. Su registro de los años ’30: el clima de preguerra europeo, el apogeo del jazz, los gangsters de EE.UU. (“Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo”) preparan ya el advenimiento de la poesía política de González Tuñón.

“Fue el primero que blindó la rosa”, dijo Pablo Neruda. En 1936 aparece La rosa blindada. Puede señalarse este momento como el del tercer período poético de González Tuñón. En él se integran y se complementan sus dos maneras anteriores. Fiel al recuerdo de su abuelo Manuel Tuñón (obrero nacido en Mieres que lleva a su nieto a una manifestación socialista), fiel también a la poesía española, a los romances y coplas populares, González Tuñón enriquece la suya tanto en su tema como en su lenguaje. “La Libertaria”, “El Tren Blindado de Mieres”, “La Copla al Servicio de la Revolución”, “Cuidado, que viene el Tercio”, “La muerte Derramada”, “El Pequeño Cementerio Fusilado” son algunos poemas de aquel tiempo, en los que, a partir de un tema heroico, la poesía se expresa tanto en verso rimado como en largos períodos de verso libre y prosa. En Las puertas de fuego (1923) y La Muerte en Madrid (1939) el mismo tema y procedimiento se reiteran con acierto.
No ocurrió lo mismo en parte de su producción posterior, donde a veces lo contingente, lo aleatorio, el compromiso de circunstancia, restó fuerza a su poesía. No obstante, se advierte en sus últimos poemas un feliz regreso a sus orígenes, al poeta vagabundo, a su admirable Juancito Caminador, aquel que dijo: “Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente, lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad.”
Además de su labor poética, Raúl González Tuñón escribió varias obras de teatro: El descosido, La cueva caliente y, en colaboración con el poeta Nicolás Olivari, Dan tres vueltas y se van.


“Carta a Julio Cortázar”, Susana Rinaldi

Hay una película francesa cuyo título me da pie a este momento de nuestro espectáculo, ese título dice: “Préparez vos Mouchoirs”, préparez vos mouchoirs es preparen sus pañuelos, preparen sus pañuelos señoras y señores que ha llegado el tiempo de llorar. Y recordando a mis padres en la historia universal del teatro, los griegos, que decían es bueno que de tanto en tanto las sociedades hagan catarsis llorando y llorando, hasta tocar fondo para extraer lo mejor de uno mismo.

cortazarEste es el momento de mi espectáculo donde yo preparo mi pañuelo, y preparo mi pañuelo porque voy a hablar de un amigo muy querido con el que ya no puedo conversar, porque se fue a vivir a otra galaxia y supongo que debe andar por ahí escribiendo instrucciones para subir a una estrella. Este amigo mío tiene la costumbre de aparecerse en sueños de golpe y de golpe así como aparece se va, sin darme tiempo a nada, pero siempre, ¿saben?, en cada uno de esos sueños me deja el mismo mensaje: escribíme Susana, escribíme, contáme. Y yo le escribo, le escribo cartas larguísimas como estas que dejo en el viento, porque solo el viento conoce la casa donde sigue viviendo este argentino tan nuestro, que no podía pronunciar las erres, ese maravilloso Julio, ese irrepetible Cortázar.

Querido Julio, como sé que te gustaban mucho esos vendedores ambulantes, divinos macaneadores que te vendían un pelapapas que una vez comprado no pelaba ninguna papa y no servía para nada, esos vendedores ambulantes que hacían muñequitos de papel, que manejaban con hilitos invisibles hasta darles vida, aquellos divinos macaneadores, Julio querido, ya no están, han sido reemplazados por otros vendedores. Sabés lo que venden Julio, ¿a qué no sabes? Venden plantillas pinchudas importadas de la China, según ellos si usás esas plantillas y caminás cien cuadras por día adelgazás, eso no es todo, también venden pajaritos de felpa importados de Japón y una pomada mágica que quita los dolores, todos los dolores, y la pomada tiene una extraña inscripción que asegura que viene directamente del Tibet. Horroroso Julio, te cuento que es horroroso. Los divinos macaneadores que tantas alegrías nos dieron a vos y a todos los argentinos ya no son vendedores ambulantes, siguen vendiendo pero ahora tienen sitio fijo, despacho con alfombras, salen en televisión, salen en las tapas de algunas revistas, y ya no son pobres ahora son ricos y famosos, chau los pelapapas, chau muñequitos de papel, la gente está demasiado apurada.

cortazar1Te acordás de ese tango que te gustaba tanto, ese tango de Laurens que dice “como cambian las cosas, los años…”; ahora no hace falta que pasen los años, las cosas cambian a tal velocidad que el titular de la tarde desmiente al titular del diario de la noche y el titular del diario de la noche es desmentido por el titular del diario de la mañana. Te explico: Hay un crimen, un crimen horrible, el diario dice “fue encontrada el arma asesina”, por la tarde el diario dice “el arma encontrada no es el arma asesina” al día siguiente el diario dice “son inútiles los esfuerzos para encontrar el arma asesina”, la noticia final es desconsoladora, nunca existió un arma asesina, nunca existió ese crimen, la víctima se suicidó, parece que estaba deprimido.

En cuanto al amor Julio, también figura en los diarios, al lado de las cotizaciones de la bolsa encontrarás estos avisos: “futbolista muy viril te espera en su departamento” y ¿te cuento otro?, “grandota linda de cara te espera solita en casa”. ¿Qué me contás?, y sigo ampliándote la información. El otro día murió un actor, en los últimos tiempos la crítica lo había descuartizado “lamentable actuación de un actor del que se esperaba mucho más, deslucida actuación de un actor, una buena obra teatral y un actor que no merece ese texto”, insisto el otro día murió ese actor, ¿sabés cuál fue el titular de las primeras planas?, ha muerto una gloria de la escena nacional”, vos me dirás “por eso Susana lo que hizo Gardel fue mágico”, sí Julio, fue mágico. Pero tengo la sospecha de que en nuestro país hay que morirse para que te perdonen la vida, porque si estás vivo, molestás, pensás, tenés ideas, sos un testigo, opinás, te indignás, es embromado esto, es triste, es muy injusto. Y al mismo tiempo recuerdo que en Rayuela vos escribiste “es necesario cambiar la vida, sin moverse de la vida”, sí, es necesario cambiar la vida, viviendo como en una frontera, como con una bandera levantada aunque el enemigo este cerca, aunque parezca que avanza. De la vida no nos sacará nadie, y nadie nos sacará la ilusión de haber vivido cambiando la vida. Mientras tanto yo sigo escribiendo y esperándote en algún café de París, para llorar un poco, juntos, porque llorar juntos es como sonreír.

Susana Rinaldi©


“Tres poemas de Julían Centeya”

Hermano, si ésta te escribo
confiando que la recibas,
es porque mucho me digo
que es algo más que misiva.
A en ella mi voz amarga
desde tanta soledad:
otra vez la adversidad
me ha caído con su peso,
de nuevo me encuentro preso
víctima de la sociedad.

Condenado porque pienso.
Éste es mi crimen, hermano,
y sometido al suspenso
de un juez de ciega mano
̶ nada bueno, espero en vano ̶
caerá el golpe sordo
de la sentencia que luego
en un número señalado
del mundo me habrá alejado
y del cual siempre reniego.

Mis ideales conocés
y de eso estoy acusado
por hombres que desconocen
los derechos que he cantado,
y todo lo que he luchado
para ellos es delito,
mas no ha de callar mi grito
ni cesar mi rebelión:
no me importa la prisión,
yo sueño un bien infinito.

Porque si ser idealista
es vivir en el pecado,
bien claro salta a la vista
por qué vivo desclasado;
otra vez me han apresado
y me van a condenar,
mas no habrán de sofocar
mi actitud de rebeldía
por lo que debo luchar.

Puesto que conocés ya
los motivos de esta carta
escrita en la soledad,
donde el hambre se descarta,
no pienses nunca que harta
el alma por la maldad
de la infame sociedad,
se habrá de entregar vencida.
Yo busco el sol de una vida
que a todos dé libertad

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 ENCHABONADA

Yo, que te embagayé con mi ternura,
que en vos me hice chanta
y que por vos con esta chifladura
vivo la más posta metedura
con un cuore gorrión que te la canta.

Yo, que te hice a mí cuando ya nada
a la vida, creelo, le pedía,
entro a junarte y hoy enchabonada
sé que te tengo porque estás ganada
entera como sos, sin fulería.

Hoy te quiero encara. Voy a batirla
con esta lealtad con que chamuyo.
Me era igual empezarla que finirla,
llegaste vos, oí… voy a decirla:
pa’ mí sos todo, mi beguén, mi orgullo.

Te quiero, lo sabés, y sos mi vida,
chalao me entrego a tu ternura mansa.
No pido más y en la contrapartida
de la suerte, entendé, soy una herida
que me cerraste a besos y esperanza.

Me ganaste cuando ya de recalada
iba a estararme estando para el quedo.
Mi vida era baraja rejugada,
andaba propiamente pa’ la nada,
¡yo, que siempre supe cuando puedo!

Me hice de vos y en vos engayolado
encontré la precisa salvadora.
En tus manos el cuore va entregado
y es mi deber saber que estoy jugado.
Yo nunca fui feliz… ¡lo soy ahora!

Pero entiendo, y te hablo francamente,
que si me salvo yo a vos te hundo.
mi deber es hablarte claramente,
quiero  que entiendas que yo voy al frente.
¡De que me querés vivo otro mundo!

Y me declaro entero. Me desnudo.
Te bato mi verdá, vos entendela.
Tengo que abrirte y es un golpe rudo.
Salvate… estás a tiempo. Esto es muy crudo.
No queda otro camino. Comprendela.

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Alguna vez he vuelto  ̶ quien lo duda ̶
a lo ya inexistente que me da el pasado.
He regresado como un convidado
que le pidió al recuerdo dulce ayuda.

Volví a los muros de la derruida
casona que me dio patios y flores,
la primera aventura y sus temores
pero antes el misterio de la vida.

Y regresé a las voces sucedidas,
a imágenes que fueron tan queridas
en los años distantes de mi infancia.

Lo no visto lo vi sin ser viajero
en un minuto  ̶ ¿un siglo? ̶
que me devuelve a mí con su fragancia.

Julián Centeya©


centeya julian…Julián era un hombre triste que sonreía.
…su tristeza es la tristeza de un hombre que se encuentra ante el dilema de ser sincero en un mundo de hipócritas, valiente en un mundo de cobardes, bueno en un mundo de malvados.

César Tiempo (prólogo del libro “Piel de palabra, La musa maleva y otros poemas inéditos”).


Vocabulario

batir: decir.
beguén:capricho amoroso.
embagayar: enredar.
enchabonado: en amor, estar entregado del todo.
cuore: corazón.
chamuyo: hablar envolviendo con la conversación a alguien.
chanta: pobre, olvidado. En otro sentido, tipo molesto.
finir: del italiano: terminar.
fulería: cosa, actitud, conducta inmerecida. Ser víctima de una fulería.
junar: conocer.
metedura: se dice del individuo ganado por una pasión.
posta: que tiene calidad: trabajo “posta”; mujer atractiva.


“Ciclo las siete noches. La Divina Comedia”, Jorge Luis Borges

Noche primera: La divina comedia. – Entre junio y agosto de 1977, Jorge Luis Borges pronunció siete conferencias en el Teatro Coliseo de Buenos Aires: La Divina Comedia, La pesadilla, El libro de las mil y una noches, El budismo, ¿Qué es la poesía?, La cábala, y La ceguera, más tarde recogidas en su libro Siete Noches.


“Pedro Páramo–Radionovela”, Juan Rulfo-Diego Contreras Calderón

Adaptación radiofónica de la novela de Juan Rulfo, ”Pedro Páramo”.

Dirección y edición: Diego Contreras Calderón
Música (en orden de aparición):
La llorona – Antonio Bribiesca
Solo tu – Elliot Goldenthal
Chamán – Adrián Bac
Tensión campirana – Uriel Salinas Reséndiz
La esposa virgen – Jorge Avendaño Lührs
Rain prayer – Krys Mach
Obertura El manantial – Jorge Avendaño Lührs


“La madre de Ernesto”, Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenes miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llévalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Abelardo Castillo©


“El hombre del apuro”, Roberto Arlt

arlt1El hombre que “necesita un millón de pesos para mañana a la maña­na sin falta” no es un mito ni una creación de los desdichados que tienen que servirle todos los días un plato humorístico a los lectores de un periódico; no.

El hombre que “necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta”, es un fantasma de carne y hueso que pulula en rededor de los Tribunales…

En el momento en que terminaba de escribir la palabra “los tribunales” una ráfaga tibia ha venido de la calle, y el tema del hombre que necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta, se me ha ido al diablo. Y he pensado en el hombre del umbral; he pensado en la dul­zura de estar sentado en mangas de camiseta en el mármol de una puerta. En la felicidad de estar casado con una planchadora y decirle:

-Nena, dame quince guitas para un paquete de cigarrillos.

Han venido días tibios. No sé si se han fijado en el fenómeno; pero to­dos aquellos que tienen un pantalón calafateado, emparchado o taponado, que según las averías del traje se puede definir el género de compostura, re­miendo, parche o zurcido; todos aquellos que tienen un traje averiado sobre las asentaderas, meditan con semblante compungido en la brevedad del im­perio del sobretodo. Porque no se puede negar: el sobretodo, por rasposo que sea, presta su servicio. Es cómplice y encubridor. Encubre la roña de abajo, las roturas del lienzo. Si siempre hiciera frío, la gente podría prescindir de los sastres y hacerse un traje cada cinco años.

En cambio, con este “vientecillo” tibio, pronóstico de próximos calo­res, los sobretodos saltan, y no sólo los sobretodos quedan amurados en un rincón del ropero o del bulín, sino que también la fiaca que llevamos infiltrada entre los músculos se despereza y nos hace pensar que de no conseguir… ¡quien pudiera conseguir un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta! ¡Quién pudiera! O estar casado con una planchadora.

Porque todos los consortes de las planchadoras son fiacas declarados. El que más labura es aquel que hace diez años fue cartero. Luego lo exonera­ron y no ha vuelto a laburar. Deja que la mujer pare la olla con la cera y el fie­rro. El, es cesante. ¡Quién fuera cesante! Hace diez años que lo dejaron en la “vía”. A todos los que quieran escuchar le cuenta la historia. Luego se sien­ta en el umbral de la puerta de calle y le mira las gambas a las pebetas que pa­san. Pero con seriedad. El no se mete con nadie. No trabajará, como dice la mujer, “pero eso sí: él no se mete con nadie. Más de una ricachona quisie­ra tener un marido tan fiel”.

Uno se explica cómo ocurren los crímenes. Una palabra apareja otra, la otra trae a cuestas una tercera y cuando se acordaron, uno de los acto­res del suceso está vía a la Chacarita y otro a los Tribunales. Lo mismo ocurre en cuanto uno escribe. De una cosa se salta involuntariamente a la otra, y así, cuando menos pensaba uno, se encuentra frente al tema de la fidelidad de los fiacas. Porque es bien requetecierto: los hombres del umbral, los que no quieren saber ni medio con el trabajo, aquellos que son cesantes profesionales o que esperan la próxima presidencia de Alvear, como anteriormente se esperaba la presidencia de Irigoyen; la nombrada cáfila de “squenunes” helioterápicos, es fiel a la “donna”. ¿Por qué? He aquí un problema. Pero es agradable insistir. Todo fiaca umbralero, le es fiel a su cónyuge. El no trabajará, él se tirará a muerto, él mangará a su Sisebuta para los cigarrillos y la ginebra en la esquina; él le tirará un cas­cotazo a los perros, cuando joroban mucho en el barrio; él irá al boliche a jugar su partida de truco o de siete y medio; él irá nocturnamente a cum­plir a los velorios y a decir el sacramental “lo acompaño en el sentimien­to”. No seré yo quien niegue estas virtudes cívicas del fiaca, no, no seré yo; pero en cuanto a fidelidad… Allí sí que puede estar segura la señora planchadora de que su hombre no le falta ni un chiquito así… ¿Es que el leguiyún no cree en el amor?

A lo sumo, este nene, se limita a mirar y a sonreír cuando pasa una buena moza recién casada, como quien dice, pensando en el marido: “¡Qué señora posta tiene fulano!”. A lo sumo la saluda con picardía, al máximo aventura un chiste un poco rana, un chiste de hombre pierna que se ha retirado de los campos de combate antes de que lo declaren inútil para toda batalla; pero de allí no pasa. No, señor. De allí no pasa. El es capaz de caminar diez cuadras a patacón para visitar a su compadre o a su co­madre; él es capaz de ir para votar al caudillo parroquial, a cualquier par­te; él, si se ofrece un asado con cuero, no negará su participación en el escabio, pero en cuanto a líos con polleras, ¡eso sí que no!

Y ella vive feliz. El le es fiel. Cierto que no trabaja, cierto que se pasa el día sentado en el umbral, cierto que pudo haberse casado con Men­gano, que ahora es capataz en la Aduana; pero el destino de la vida no se puede cambiar. Y la planchadora piensa que si bien es cierto que todas estas cosas no se pueden pretender de un hombre constituido normalmente y de acuerdo a todas las leyes de la psiquiatría, en cambio él le es fiel, rotundamente fiel… y hasta le cuenta, a quien la quiere escuchar, que no falta una amiga… Fulana… “que le quiso quitar el marido”.


“Un haiku”, Juan Disante

imagesCA3ARHOY

Aquella vez

había dejado la bicicleta apoyada sobre el muro

para ofrendarle un recuerdo a mi abuela.

Al regreso sólo estaba su sombra

y sobre la pared descascarada

escrito un haiku

que hablaba sobre mi futuro.

 

Esta vez

cincuenta y tres años después

la sombra de mi bicicleta sigue allí

y sobre la pared descascarada

un nuevo haiku

habla sobre mi pasado

habla sobre mi nieta.


"Allá en los obrajes", Luis Casca Olivera

obraje

La roja sangre del monte, allá adentro de los obrajes, es savia derramada de algarrobos seculares.
Que se mezcla con los soles degollados del ocaso, notarios inmutables del azogue filo de los hachazos.
Desolación de los montes, madera de sangre y de sal allá en los rudos obrajes oliendo a medio jornal.
Allá donde el filo de las hachas ardientes quebrarán el vuelo de su rumbo vertical.
Doliente tajo de sangre, llanto verde y forestal, osario de los silencios, tierra de greda inicial, donde soñaba en otrora su verde el algarrobal.
Allá donde la savia derramada se mezcla con el acedo sudor de los hacheros. Gestos oscos, arrugadas sus frentes y el grito más antiguo, trepando sus gargantas, grito tan antiguo, que la misma memoria. Enrojecido grito geografía del dolor que ya no cabe en los huesos irredentos carcomidos por la injusticia. Ese grito ángel oscuro
en la pluralidad del monte derrumbado, síntesis tremenda de la desolación.

Luis Casca Olivera©


“La Biblia y el calefón”, Discépolo, Guerrero & Díaz

A veces intentamos desmenuzar el corazón de un poema y lo que es cierto para unos, no lo es tanto para otros, pero por sobre todas las conjeturas, siempre nos queda la ignorancia ante el secreto privado que lleva al autor a plasmar esas imágenes. Los siguientes puntos de vista hace ya tiempo que navegan por internet, pero valen su exposición, para conocer tu opinión, lector. Juan Zapato.

Discepolo

Que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé…
¡En el quinientos seis
y en el dos mil también!.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
valores y dublé…
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos
en un merengue
y en un mismo lodo
todos manoseaos…

¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!…
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!…

¡Qué falta de respeto, qué atropello
a la razón!
¡Cualquiera es un señor!
¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y “La Mignón”,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín…
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia
contra un calefón…

¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!…
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley…

Enrique Santos Discépolo©

gingko

“Sable sin remache”

piernas-y-bandoneon-daniel-machadoExacta real demostrable y creíble; parece mentira que jamás lo explicaran los miles de escribas, literatos e intelectualoides que dicen: “Estudiar el tango”.
“Sable sin remache” se le llamaba a un gancho donde se colgaba  el papel higiénico al lado del inodoro. “La Biblia y el calefón”, se habla de ello y la mayoría no sabe de que se trata: He aquí la historia de la vida cotidiana, que acontecía en la ciudad de Buenos Aires, no se si en otros lugares pasaba o no, y que explica el porque de la aparentemente surrealista asociación de la Biblia junto al calefón que aparece en el tango “Cambalache”, cuyas letra y música fueron compuestas por Enrique Santos Discépolo en 1935.

La historia tiene relación con los servicios higiénicos, baños, la higiene personal y la forma de realizarla; y como no se me escapa que algunos lectores pueden ser muy jóvenes y puedan no haber conocido otro tipo de baños que los que se estila usar en la actualidad al menos en el mundo occidental y cristiano, voy a recordar primero un par de datos que considero necesario sean tenidos en cuenta.Hasta finales del XIX se utilizaban bacinillas, también llamadas “tazas de noche”, cuyos contenidos eran arrojados por las ventanas al grito de “agua va”, y antes aun, letrinas que solían estar en los fondos de las casas. En Buenos Aires, coexistieron bacinillas y letrinas hasta principios del siglo XX, época en que las familias “acomodadas” comenzaron a instalar baños. Luego el uso de baños se generalizo y se empezó a construirlos en todas la viviendas, aun en las mas modestas. El sencillo “mini-ambiente” constaba al menos del retrete y lavabo y si los lujuriosos propietarios de casa gustaban de practicar la morisca costumbre de lavarse todo el cuerpo mas o menos seguido, y si además tenían medios económicos suficientes como para costearse ese capricho, los baños también tenían una ducha. Claro, si había una ducha era necesario calentar el agua, así al lado de la ducha se instalaba un “Calefón”.

Sin embargo, el papel higiénico tardo en obtener su carta de ciudadanía para poder trabajar en limpio en estas sucias tierras y aun cuando apareció era bastante caro y no estaba al alcance de todas las familias, las cuales se veían obligadas a utilizar para esos fines sanitarios el vulgar papel de diario o, en su defecto cualquier otro. Por supuesto, eran muy estimados los papeles mas sedosos, así que los sufridos usuarios trataban de conseguir en las verdulerías y fruterías los papeles con los que venían envueltas las manzanas y otros productos del campo, algunos de estos soltaban tinta… ¡je! ¡je! ¡je!…. Otro muy apreciado era llamado el “papel Biblia”, por ser esta especialmente delgado y suave. Ahora bien, ya por entonces existía la Sociedad Bíblica, una de cuyas misiones parece ser la de difundir la Biblia Protestante, para lo cual regalaba ejemplares del sagrado libro, en la actualidad lo sigue haciendo.Pues muchos de los habitantes de Buenos Aires deben de haber parecido devotos creyentes, ya que aceptaban de continuo esas “gentilezas”, y que siendo mayoría la grey católica, lo mismo pasaban y retiraban la Biblia protestante tantas veces como sabían que la Sociedad las tenia en obsequio en las calles, plazas o en su sede central. Sin embargo, cuentan los hombres dignos de fe (aunque Alá sabe más) que quienes obtenían esas Biblias, les perforaban una tapa y las colgaban en un gancho de alambre, (llamado “sable sin remache”) al lado del calefón, cerca del retrete, e iban arrancando las suaves hojas para usarlas como papel higiénico. En este hecho se habría inspirado Enrique Santos Discépolo para decir con elegancia propia de un grande:

Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia
contra un calefón…

Silvia Irene Guerrero©

gingko

“Humillen a Discépolo”

345251051_296dca8167El otro día, en un programa de la FM “Dos x Cuatro”, había un tipo hablando sobre Discépolo (no sé quién era) pero, de repente, oigo una explicación de “Cambalache” en esa frase que dice; “y herida por un sable sin remache, ves llorar la Biblia junto a un calefón” que me causó estupor.
La explicación del conductor del programa fue la siguiente: en los retretes de la época, había calefones a kerosene y un clavo donde se pinchaban hojas de la Biblia para limpiarse el trasero. De ahí, entonces, la imagen de la Biblia y el Calefón.
Este disparate ya lo había oído otras veces, pero, nunca, pensé que lo oiría por la radio.
Es un destrato a un poeta como Discépolo, que era un arquitecto de las palabras, un tipo que podía pasarse un año buscando la que más le convenía para expresar sus conceptos.
Pero hay tantas burradas en esto, que me da vergüenza tener que salir a rebatirlo.
Primero: en los retretes, no había calefón. Los retretes eran para hacer las necesidades, no para bañarse y menos en esa época.
Segundo: ¿cuántas Biblias podían existir como para ser usadas en el baño? La gente se limpiaba con papel de diario o con las hojas de las guías telefónicas.
Tercero: el sable sin remache existía y es absurdo pensar que Discépolo iba a usar esta palabra para significar “clavo”. ¿No era más fácil utilizar “clavo sin remache” para graficar ese pinche donde, supuestamente, colgaban las hojas de la Biblia?
Lo que no entienden estos badulaques es que los poetas hacen metáforas, no para ser explicadas y, menos, de esta manera tan pedestre, tan imbécil…
Si supieran estos ignorantes, sabrían que hubo un movimiento poético en la década del 20 que se llamó Surrealismo y que Discépolo, como hombre culto, debió conocer muy bien. El Surrealismo habla de tres componentes para edificar la imagen poética. Se tomaban de una frase de Lautreamont que juntaba, en su libro “Los Cantos de Maldoror”, una mesa de disección, con una máquina de coser y un paraguas. Es decir, tres objetos totalmente antagónicos entre sí, que se unían en un determinado momento para formar la imagen surrealista.
Fíjense: Discépolo junta un sable sin remache, una Biblia y un calefón. Tres objetos antagónicos y disímiles entre sí, que le dan la exacta medida de lo que quiere expresar.
¿No es más lógico suponer que la imaginación del poeta vio en el escaparate de un “Cambalache”, un sable sin remache “hiriendo” a una vieja Biblia que estaba junto a un elemento tan prosaico como un calefón?
Pero, claro. Como vivimos tiempos de tanta vulgaridad, le buscamos a esa expresión notable de Discépolo, que nos habla del “vale todo” en que se ha convertido la vida, una “explicación” tan burda como ésta que escuchamos en la emisora de tango.
Muchachos: ¿por qué no hacen un curso intensivo de sensibilidad y belleza poética? !Déjense de decir pelotudeces!

Roberto Díaz©
El autor nació en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, en 1938. Es periodista y traductor de habla inglesa. Su obra ha merecido numerosos premios en el país y en el exterior. Ha traducido la obra de Oscar Wilde y William Shakespeare, entre otros autores. Fue subdirector del diario “La Ciudad” de Avellaneda hasta su retiro de la labor periodística. En el año 2007, fue declarado “PERSONALIDAD DESTACADA DE LA CULTURA DE LA CIUDAD AUTONOMA DE BUENOS AIRES” por la Legislatura porteña.

Fuente http://robertodiazpoeta.blogspot.com


‘Café Tortoni & Plaza Roberto Arlt”, Juan Zapato

XIII

mientras avanza la mañana

sobre tu verde recién amanecido,

esa imagen de hombre metamorfoseado

canta su primer bostezo,

dejándolo caer sobre tu largo pasillo

empedrado de poemas y flores,

que desemboca en las mejillas del “Viejo Tortoni”.

entro en tu baño único de caballeros,

y aparece el sol acompañado de muchos chicos

y te cubren de alegría;

invadiéndote por todos tus costados.

los niños corren por tu cuerpo,

y dentro de su cuerpo se esconden

y sueñas junto a ellos.

los rostros que te habitan

saludan al nuevo día

con una lágrima de perfil,

o

desde una nube color ceniza;

en tanto, un millón de viejos viejos

se sientan en tus dedos

para hacerte conocer sus recuerdos e ilusiones,

sus diálogos apacibles y sus llantos con sonrisas,

por inventar y destruir proyectos.

jóvenes estudiantes juegan en tu arco de hamacas;

el mediodía de tus dientes almuerza con los empleados de visita;

un barquito de papel conversa con el viento.

llegan palomas por miles,

mi tía Friné se da cita para darles migajas.

llega la primavera,

levanta un escenario de voces;

se escuchan los versos de una canción popular,

de tus faroles se asoman las estrellas,

y toda la gente aplaude.

Juan Zapato©


"Espantapájaros", Oliverio Girondo

volarNo se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exhibición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
 
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
 
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus en celos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
 
¡María Luisa era una verdadera pluma!
 
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
 
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
 
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
 
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes, la de pasarse las noches de un solo vuelo!
 
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
 
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo©

 

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exhibición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
 
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
 
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
 
¡María Luisa era una verdadera pluma!
 
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
 
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
 
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
 
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes, la de pasarse las noches de un solo vuelo!
 
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
 
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo©


“Setenta balcones y ninguna flor”,Baldomero Fernández Moreno

ventanitas

Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave…

¡Setenta balcones y ninguna flor!

firma0bfm

Baldomero Fernández Moreno©