Archivo de la categoría: Cuentos para no tan niños

“Zyklon B”, Juan Zapato

cajademuñecasMe presento, soy Miriam, la muñeca de Yael, les cuento nuestra historia.

Como no conozco el calendario, sólo puedo decirles que era de mañana, muy temprano porque aún se escuchaban los trinos aunque el Sol no asomaba ni asomaría en Lodz.

Unos fuertes gritos provenientes de la calle, hicieron asomarse a la ventana a Beca, la mamá de Yael, las tres estábamos solas ese día ya que Ádan el papá, había marchado a Varsovia días atrás.

Beca, despertó a Yael y la vistió con premura, yo que estaba apoyada sobre los piececitos de mi dueña, salté al levantarse ella. Sin lavarse el rostro bajamos las tres. Las miradas de todos reprimían preguntas, el aire estaba viciado del humo de los escapes de aquellos camiones militares, a los que nos condujeron violentamente. Llegamos a una estación de ferrocarril, sería la primera vez para las tres y la última para dos. Por los cuentos que la bobe2de Yael solía contarle por las noches, los viajes en tren eran muy placenteros, yo no lo veía así, estaban abarrotados esos vagones sin asientos y sin luces, el viaje era interminable, el olor nauseabundo, hasta que por fin llegamos a un lugar de mucho verde que sobresalía por encima de la fuerte niebla. Descendimos pero no descendieron todos, algunos quedaron en los suelos sucios de aquel vagón.

Sobre el andén, nos hicieron formar, sentía miedo y Yael me apretujó sobre su pecho y sus latidos vibraban en mí. Separaron a los hombres de las mujeres, nosotras tres seguíamos juntas, sin saber a dónde debíamos ir.

Atravesamos unas rejas y nos hicieron formar nuevamente, un soldado que llevaba en su gorra la insignia de los piratas, nos separó a las dos de la mano de Beca y nos arrastró hacia donde estaban muchos niños y vimos alejarse a Beca con los ojos borrosos del llanto de mi dueña. Una mujer soldado, con voz dulce nos dijo, no temáis nada iremos a las duchas y luego se reencontraran con sus familias. A todos los niños los hicieron desvestirse y en un descuido me separé de Yael, hacía frío, el lugar olía desagradable. Unos hombres recogieron las ropas y entre ellas me arrojaron en un gran recipiente, no volví a ver a Yael.

Entre muchas pertenencias de aquellos seres humanos aguardo a que venga por mí, intento reconocerla entre esos jóvenes que visitan Treblinka, dije que no entiendo de calendarios pero me la imagino que ya debe ser como de diecisiete años.

Juan Zapato©

Del libro “Juglarías” …un poeta en Israel, ISBN: 978-965-91073-0-8

http://www.latorredebabelediciones.com

1 Pesticida que fuera utilizado como arma química por los nazis en las cámaras de gas de los campos de exterminio de Auschwitz-Birkenau.

2 Abuela en idish.


“Las israelíes Juglarías y Arderás en mí, con su autor Roberto Sánchez Soria (Juan Zapato)”

El amor y el erotismo, el pensamiento y la palabra, la Paz y la guerra, el cotidiano vivir de un poeta en Israel.

025Lectura en vivo en los estudios de Radio Sefarad (Madrid), invitado por Raquel Cornejo al programa “El marcapáginas”

Para escuchar, cliquea en la imagen o en el siguiente enlace: http://www.radiosefarad.com/joomla/index.php?option=com_content&view=article&id=18339:el-marcapaginas&catid=65:el-marcapaginas&Itemid=84


“El guardapolvo blanco”, Mina Weil

XB1992.1161.3Doce escalones formaban la ancha escalinata. Daniela los iba contando, mientras los subía temblorosa.
Sabía que no era de miedo su temblor, sino de expectativa, y tenía tantas…
Principios de diciembre, en una Buenos Aires que recién despertaba al aliento pegajoso de un día que prometía canícula. Había viajado por más de media hora en el tranvía 86.
Tráquete tráquete… Avenida San Martín, Alvarez Thomas, tráquete tráquete… Avenida Corrientes. El asmático 86 la recorría de una punta a la otra.
El boletín de calificaciones de su sexto grado terminado con loas y la partida de nacimiento se adherían como ventosas a sus palmas húmedas.
Debajo del guardapolvo blanco, el vestido de percal floreado se pegaba a su cuerpo delgado, al que la incipiente pubertad comenzaba a moldear.
Atravesó el enorme portón de entrada.
Un hall gigantesco con bocas abiertas a largos pasillos pareció querer fagocitarla.
Llevó la cabeza hacia atrás para mirar el techo y se sintió del tamaño de una hormiga.
Ese techo abovedado le hizo recordar los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
La habían dejado boquiabierta, durante una excursión a Roma, organizada por la Opera Nazionale Balilla1 de su pueblo.
El corazón le dio un vuelco. El pasado italiano, arrinconado desde hacía un año en un oscuro recoveco de su memoria, había pegado un salto y querido salir a la luz. El suyo era por cierto un pasado reducido. Dentro de pocos días iba a cumplir los catorce años.
Habían transcurrido sólo dos desde aquel paseo, que ahora le parecía lejano e irreal.
Volvió su atención a lo que ahora veía: Como incrustado en el cielo, un vitral multicolor cubría la parte central del cielorraso. Una cascada de flores caía desde una desbordante canasta pintada de oro. La claridad se filtraba a través de tanto color, y convertía la galería superior en escenario lleno de magia.
Bajó lentamente la cabeza, porque se le había entumecido el cuello. Se dijo que no había tiempo para contemplaciones artísticas.
Enfiló hacia uno de los corredores y enseguida vio, al costado de una puerta cerrada una brillante chapa de bronce con la inscripción: ‘SECRETARÍA’. Al otro costado hacían fila varias niñas. Algunas habían llegado solas, como ella, otras acompañadas de papá o de mamá.
Se ubicó diligentemente al final de la larga cola. La puerta se abrió. Salió una niña con cara satisfecha y un papá que orgulloso sacaba pecho.
“¡Pase la que sigue!” gritó una voz clara y sonora de mujer. Una después de otra entraron y salieron.
Durante la larga espera y sin más compañía que sus pensamientos, los recuerdos de la Italia fascista brincaron y salieron nuevamente de su prisión; pero esta vez no los rechazó.
Aun sentía que una puñalada les había sido asestada en ese no tan lejano 2 de septiembre de 1938, cuando las leyes raciales contra los judíos hicieron su aparición, de la mano traidora de Mussolini. De la noche a la mañana, fue otra la vida. De un día a otro, se cerraron las puertas de los colegios para los alumnos judíos. De un día a otro, muchos de los amigos dejaron de serlo. Soportó el desprecio con la cabeza alta, tal cual lo hacían sus padres. No entendía por qué ser judío era tal pecado.
Sandra la hermana mayor no paraba de llorar. Tenía dieciséis años y estaba locamente enamorada de su apuesto profesor de latín, quien a su vez lo estaba de la profesora de historia. Ahora sí su amor sería imposible.
Mauricio, el hermanito de seis años, no comprendía por qué le estaba prohibido vestir el uniforme de figlio della lupa2 que le quedaba tan lindo.
Vivo estaba en Daniela el recuerdo de cómo había cubierto con pinceladas de tinta china el número tres de ese mismo mes de septiembre, en el calendario grande de la cocina.
Había sido el día en que se prohibió a los niños judíos la entrada a los colegios. Lo había vestido de luto. Era día de duelo para ella. Después se le ocurrió que en realidad debió haberlo pintado de color sangre. Tanto le dolía.
Un paso…otro paso, la fila se acortaba. Pocos minutos más y sería su turno de inscribirse para el examen de ingreso al primer año del Colegio Comercial. Fue casi imperceptible su mueca de disgusto: no era lo que ella realmente quería estudiar. Su sueño había sido, desde que tenía uso de razón, el de ser maestra. En el pequeño pueblo del norte de Italia, donde había nacido, la habían apodado “la maestrina”; porque estaba siempre rodeada de niños a los cuales ayudaba con las tareas de la escuela. Siendo extranjera, la posibilidad de ejercer como maestra era nula; pero no, la de encontrar trabajo como secretaria o tenedora de libros. Lo importante era estudiar y ella tenía hambre de saber.
El pensamiento, con esa facultad de escurrirse de un lugar a otro, de remontarse de un tiempo a otro, la llevó de nuevo a la Italia de fines del 38.
El padre de Daniela no había nacido en Italia y además de ser judío era antifascista.
Aconsejada por amigos que sí lo eran, la familia escapó hacia las montañas, cargando cada uno pesada mochila a la espalda. Los padres se turnaban en llevar a babucha al más pequeño.
Cómo llegaron a Grecia y luego a Argel para tomar el barco, eran memorias enroscadas en una maraña, de la cual fluían fragancia a pino, a musgo y olor de cabra de monte, confundiéndose todo con el aroma de especias y el rancio efluvio de cuerpos sudados en el puerto de Argel. No desenroscó esa maraña. Dejó que su mente navegara por las aguas azules del Mediterráneo.
El vetusto barco que los llevó a la Argentina era alimentado a suspiros; ésa era la sensación que Daniela tenía. Los suspiros de los pasajeros, casi todos huyendo del nazismo o fascismo, mantenían a flote la nave. Recordaba el mareo constante, el rolar descontrolado durante la borrasca al salir del estrecho de Gibraltar.
El puerto de Buenos Aires, con gusto a añoranza, a sueños urdidos durante largos viajes, con ese misterioso y temido sabor a lo desconocido, los recibió una mañana vibrante de sol veraniego. Sol que no logró penetrar los ojos empañados de Daniela y de su hermana.
Dos meses después entraba a cursar el sexto grado en la escuelita de un pueblo en las afueras de Buenos Aires. Y hoy, a sólo diez meses desde aquel día, estaba lista para rendir el examen de ingreso al colegio secundario.
El idioma castellano no le había resultado difícil. Fue música para sus oídos desde el principio. La riqueza de sus matices la cautivaron e inconscientemente fue apartándose de la lengua italiana, que formaba parte de lo que ella consideraba una traición.
Ya no faltaba mucho. Cuando se abriera la puerta habría llegado su turno. Alisó la falda del guardapolvo. Sus manos nerviosas se deslizaron por las tablas almidonadas, mientras una pícara sonrisa iluminaba su cara pecosa, dejando entrever unos dientes incisivos grandes y muy blancos. Su mamá había sacrificado una sábana para hacerle el guardapolvo. No parecía de confección casera. Era igual a los que se veían en las vidrieras de los negocios. Manos de hada las de la mamá de Daniela.
Y finalmente, cuando la puerta se abrió, el “¡Pase la que sigue!” fue para ella.
Respiró hondo y una alegría difícil de ocultar la invadió. A tal punto, que la señorita secretaria al verla entrar exclamó: “Pareces muy contenta”. “Sí, lo estoy”, contestó.
Daniela, sin poder dejar de sonreír, mientras entregaba el boletín de calificaciones y su partida de nacimiento.
La señorita secretaria, muy delgada, de guardapolvo blanco, cabello entrecano corto pegado a la cabeza, estudió los papeles que la probable futura alumna le había entregado.
Los dio vuelta, los volvió a mirar, sacudió la cabeza sin pronunciar palabra. Frunció el ceño. Se levantó del asiento. Hizo un gesto a Daniela para que la esperara y dijo, mientras abría la puerta: “Ya vuelvo”.
De pronto, a Daniela le dolieron los pies. En momentos de miedo o de peligro, siempre le dolían los pies. Era su termómetro al desastre.
Se borró la sonrisa de su boca pequeña y un extraño temor fue reptando por sus piernas hasta la garganta.
La secretaria regresó muy pronto acompañada de una mujer voluminosa a la que presentó como la Señora Directora.
“Niña”: dijo la Señora directora, mirándola con simpatía a través de unos ojos grandes, oscuros y almendrados, “estoy sorprendida por tus buenas notas… siendo que hace tan poco llegaste de Italia. Lo dice aquí, en tu boletín. No me cabe la menor duda de que serías una excelente alumna. No es secreto que las alumnas judías se destacan”.
Había dicho… serías… no había dicho serás. ¡Cómo le dolían los pies!
“Lamentablemente”, siguió diciendo la Señora Directora, “no podemos anotarte para el examen. Esta Partida de Nacimiento no es válida. Tiene que ser enviada a Italia para su autenticación. Pero nena… estamos en 1941 y hay una guerra en Europa. Además en Italia hay leyes contra los judíos. Sinceramente no sé cómo te podemos ayudar. Daniela salió corriendo para que nadie viera como desbordaban sus ojos. Pero alcanzó oír que la señorita secretaria decía despectivamente: “Bueno… una rusa menos. Tenemos ya bastantes”.
“Cállate, Lucinda, no seas cruel”, y esta vez fue la Señora Directora la que en voz alta llamó: “¡Pase la que sigue!”.
Las lágrimas rodaban libremente, no podía frenar los sollozos. Un muchacho al pasar le dijo riendo: “¡Che! ¿Se te murió alguien?” Claro que sí, se le había muerto el futuro.
Mientras caminaba sollozante hacia la esquina para tomar el tranvía, fue desabrochando el guardapolvo blanco. Se lo sacó. Lo dobló prolijamente sobre su brazo. De haberlo sabido antes, el guardapolvo sería sábana todavía. Un largo suspiro terminó con los sollozos. Llegó el tranvía. Tuvo asiento al lado de la ventanilla. Tráquete tráquete… La avenida Corrientes desfilaba ante sus ojos. Daniela no la veía, pensaba con tinta de qué color iba a cubrir la fecha de ese día, en el calendario de la cocina. ¿Negro o rojo?

Mina Weil©

1 O.N.B. Organización nacional de jóvenes fascistas.

2 A los seis años de edad los niños varones eran inscriptos a la O.N.B. y vestían uniforme.


“Lo que leen los Simpson”

En el “Club del Libro de Lisa” puedes encontrar todos los libros que aparecen en Los Simpson. Especialmente aquellos que lee Lisa Simpson. Entre los títulos seleccionados se encuentran desde “Tintín en París”, “Harry Potter”, “La Teoría de la evolución” de Darwin, Agatha Christie, “Hojas de hierba” de Walt Whitman y muchos más.

lisawhitman


“Introducción al pensamiento infantil”, Aida Rebeca Neuah

niñoEl día que papá me regaló un extintor me puse tan tan contento que prendí fuego a la cuna de mi hermanita. Cuna de mi hermanita bah!! Era miii cuna. Lo que es de uno, nunca se deja de poseer. Así que en realidad, prendí fuego a mi cuna para saber si mi vocación de bombero era auténtica. Como soy un niño bueno, primero tomé el recaudo de sacar a la dulce y tierna criatura que me ha robado la mitad del amor que me corresponde por derecho, de su camita. Me subí a un banquito y agarré en brazos a la beba con ternura, le mostré mi dentadura de sonrisa apretada y la puse en la cucha donde duerme Bobby. Seguro que ahí no iba a tener frío ni se iba a sentir sola. Le dije al perro que la cuidara, yo hablo un poco de su idioma. El apagador de fuegos andaba bárbaro y la cuna quedó preciosa, ahora parece una antigüedad. Papá siempre se esmera en regalarme juguetes útiles que me sirvan para elegir una profesión para el futuro. Así fue que hace unos años recibí una sierra eléctrica para hacer de carpintero. La usé para cortar al medio todas las puertas de la casa, Bobby nunca más tuvo que rascar las puertas para que le abran. Al cumplir cuatro, él vino con una caja de tachuelas miguelito. Me enseñó a ponerlas en la calle a la mañana temprano y esperar a que empiecen a salir los autos al trabajo. Mi sabio padre me aconsejó sentarme en la ventana del living, donde se veía el lugar en el que caían las tachuelas, los vecinos que se bajaban de sus autos gritaban palabras desconocidas(debe ser alguna lengua extranjera) y cambiaban las gomas pinchadas por mis clavitos. “Es la forma de aprender a cambiar cubiertas”-dijo mi papi y agregó que tener una gomería es un negocio muy rentable hoy día. Mamá comparte su criterio práctico de elección de regalos y aportó sugiriéndole no comprar más esos huevitos de chocolate porque adentro hay juguetitos con piecitas muy chicas que nos podemos tragar. Imaginate Cacho- le dijo a mi papá- los nenes con un árbol de huevitos kinder en la panza!!!

Aida Rebeca Neuah©  http://laburbujabruja.blogspot.com


“Venganza inocente”, Dolores Espinosa

El pequeño baja todos los días a la playa portando dos diminutos cubos. Se acerca a la orilla, recoge agua, sube hasta donde se encuentra la arena seca, tira el agua, regresa a la orilla y vuelve a repetir todo el proceso. Una y otra vez. Durante toda la tarde. Incansable.
Si alguien le pregunta qué hace, él responderá sin detenerse:
-Seco el mar.
Si ese alguien le inquiere sobre el por qué, el pequeño se detendrá, mirará fijamente al inquisidor, y responderá:
-Porque él se llevó a mi papá.
Y aferrando con fuerza sus pequeños cubos, continuará, tenaz e infatigable, con su fútil venganza.

Dolores Espinosa© http://testamentodemiercoles.blogspot.com/


“Una voz en nochevieja”, Ignacio García-Valiño

sidecarPara empezar el día con buen pie, nada como un buen cepillado de zapatos. Eso es lo primero que hacía Moncho Pompa al levantarse. Los zapatos le miraban desde una esquina con sus enormes bocas oblicuas y abiertas pidiendo comida. Aún en pijama, sacaba su maletín y les daba su ración. Después, él y su periquito se desayunaban con cereales. Entre cucharada y cucharada leía las ofertas de trabajo del periódico. Vivía con su pájaro en un ático de Atocha y le quedaban dos meses para agotar la herencia de su madre. Ella había muerto de un infarto agudo en Navidad; en un par de meses haría tres años de aquello. Si no encontraba pronto un empleo se vería en apuros.
 
Confiaba en su buen currículum. Había dejado los estudios de secundaria, pero a cambio había podido leer más de mil libros con los que había reunido una estupenda biblioteca con las estanterías hechas por su propia mano. También había construido una trirreme griega con palillos, una orquesta sinfónica de músicos con cáscaras de huevos vacíos y un escenario de papiroflexia. Además de dar lustre a los zapatos como nadie, sabía leer en braille, contar cuentos de los que hacen llorar, poner bonita una casa, borrar de los pies cien caminatas con un masaje, recitar un poema al derecho y al revés, preparar recetas de cocina japonesa y otras labores de indudable utilidad con las que contaba para encontrar un empleo. Y estaba motorizado: tenía un imponente sidecar.
 
Se presentó temprano en un local de las afueras en el que buscaban a un repartidor de pizzas. Él era el único candidato. El entrevistador, un tipo delgado con mostacho prusiano, lo hizo pasar a un minúsculo despacho dividido en dos por una mesa atestada de papeles y ceniceros rebosantes de colillas. Ocuparon así sendos extremos del despacho. El prusiano le explicaba las exigencias del repartidor de pizzas que querían para el local recién abierto, y mientras tanto, Moncho Pompa asentía y miraba alternativamente a su rostro y al retrato caricaturesco que tenía justo encima de la cabeza el prusiano, y se regocijaba para sus adentros constatando el insólito parecido, cómo había captado el artista la desproporción de sus bigotes que saltaban como un cepillo de cuerdas de cerda, la curvatura muequeante de la boca, la forma apepinada de la cabeza y ese inequívoco aire de tonto de capirote. Se dio cuenta de que el dibujo era el modelo natural y la cabeza parlante era la caricatura.
 
Llevó su primer pedido a las diez de la mañana. Le picaba la curiosidad por conocer a un individuo que se desayunaba con pizzas, y con estos pensamientos se entretenía conduciendo su sidecar.
 
Llamó al timbre y esperó. Tardaron varios minutos en abrir. En la puerta apareció una mujer joven en camisón, medio dormida, pestañeando y deslumbrada por la luz. Moncho Pompa puso la mejor de sus sonrisas, aunque no estuvo seguro de haber dado con la adecuada:
 
―Sus Cuatro estaciones, señorita.
 
Ella bostezó silenciosamente, lo miró como a través de brumas y retrocedió tambaleándose por el sueño. Moncho esperó un rato más a que volviera con el dinero, pero la mujer no aparecía.
 
―¿Señorita? ―se adelantó al umbral―. ¿Señorita?

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“En una cajita de fósforos”, María Elena Walsh

 

María Elena Walsh

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Un rayo de sol, por ejemplo.
(Pero hay que encerrarlo muy rápido,
si no, se lo come la sombra).

Un poco de copo de nieve,
quizás una moneda de luna,
botones del traje del viento,
y mucho, muchísimo más.

Les voy a contar un secreto.
En una cajita de fósforos
yo tengo guardada una lágrima,
y nadie, por suerte, la ve.
Es claro que ya no me sirve.
Es cierto que está muy gastada.
Lo sé, pero qué voy a hacer,
tirarla me da mucha lástima.

Tal vez las personas mayores
no entiendan jamás de tesoros.
“Basura” dirán, “Cachivaches”,
“No sé por qué juntan todo esto”.

No importa, que ustedes y yo
igual seguiremos guardando
palitos, pelusas, botones,
tachuelas, virutas de lápiz,
carozos, tapitas, papeles,
piolín, carreteles, trapitos,
hilachas, cascotes y bichos.

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Las cosas que no tienen mamá.

María Elena Walsh©


“Quince días y veinte años con Candela”, Ana Caliyuri

Corría el año 1955; un aire revolucionario marcaba la época, irrespirable, como se siente cuando hay humedad. La gente en las calles cuchicheaba desalentadora, no mucho ni muy altisonante, porque quizás las paredes podían escuchar.

Las callejuelas de adoquines parecían enceradas, como los rostros de los protagonistas de una Argentina que se empeñaba en sumergirse y emerger caprichosamente.

A medida que se acercaba la profundidad de la noche, en el silencio ruidoso de la nada a punto de estallar ( la calma chicha como le dicen), comenzaron a llegar las fuerzas de seguridad a allanar la única pinturería del pueblo, en busca quién sabe de qué conciencia o idea que consideraban disforme para la ocasión.

Mares rojos, azules, verdes, amarillos circulaban viscosos y más latas al piso, un grito, una contracción y más latas al piso, otra contracción y caras de espanto y desasosiego. No era tiempo, aún no era tiempo, pero la niña ya no quería permanecer ajena al espectáculo. No era tiempo niña tonta, niña frágil, niña sin uñas y arrugada, sin peso pero con coraje.

La llamaron Candela, quizás por su luz o tal vez por el fuego de su origen calabrés. Candela creció y asimiló de a pequeños sorbos el mundo.

Transcurrieron los años – más de quince – y Candela seguía buscando despertares nuevos, siempre con la sonrisa plena y estampada, como si no fuese posible borrarla de sus labios. Así, poco a poco, construyó sus convicciones. Algunas propias y otras contagiadas. Los sueños de justicia y equidad le embargaban la mente y el alma, ávida por leer lo que no se debía, pero sí se podía. Parecía no suceder nada en su vida, pero sucedía casi todo.

Una trapisonda que le jugó el destino desembarcó en su casa a las fuerzas de seguridad y Candela conoció el horror por error impropio. El viento crispado de junio del 1977 lo trajo a él, su compañero. Él era sobreprotector y sutil; tenía la seguridad incorporada a su paso, era posible imaginar su rostro de formas y gestos distintos. Candela y él lograron una conjunción notable, con algunos visos contradictorios. Convivió con Candela 15 días y 20 años. Con él se agitaba su corazón , con él supo de ahogos, de noches profundas y noches en vela, de días grises y días nuevos; con él aprendió Historia, Lengua, Filosofía, Sociología y mucho más. Si había algo irreprochable en él era que nunca la abandonaba, siempre estaba con ella y en ella; en cada célula de su cuerpo cuyo núcleo tenía la información genética precisa: “aquí estoy”.

Candela transcurría sus días entre la mediocridad y la rebeldía; él muchas veces estuvo a tiempo para sacarla de algún problema o para evitar que ella dijese algo inconveniente; después de todo para eso era su compañero. Pero Candela se desdibujaba cada día más; su corazón latía demasiado apresurado, su peso disminuía, ya no tenía certezas y había perdido la fe. Cayó enferma. Él comenzó a morir con ella, en una noche de invierno crudo. De puro invierno. En realidad, él la quería matar y ella no quería morir. Cómo lo iba a dejar.

Tantas confesiones, tamaña alquimia. Se trenzaron en una lucha intestina que duró quince días y veinte años. El fin había llegado, Candela pudo comprenderlo, pudo reírse de él, pudo verlo tal cual era sin ningún velo.

Hoy ya no son compañeros, ni conviven; él ya no posee la misma seguridad. A veces, su fragilidad causa escozor. De vez en cuando visita a Candela. Ella lo trata con respeto, pero camina sola, siempre en busca de despertares nuevos. Candela con convicciones agudas y certezas prestadas, con sonrisa estampada y ganas de vivir. Él, según cuentan, no tiene paradero fijo. Tiene la edad de Candela y la fuerza del Zonda. Los más audaces comentan que fue el compañero de todo un pueblo, aunque Candela lo juzgaba fiel. Candela no cree en las leyendas ni deja de creer, pero dicen que si te encuentras con él, puede que no lo reconozcas: no lleva documento, vive en la Argentina, un país que se empeña en sumergirse y emerger caprichosamente. Ella conoció muy bien a ese compañero inquietante y advenedizo. Supo su nombre desde el primer día y durante quince días y veinte años convivió con él. Se llamaba…miedo.

latidosperenneslatidosperenneslatidosperennesAna Caliyuri© 

       Relato del Libro “Latidos Perennes”

 

 

 

 

 

http://anacaliyuri.blogspot.com/2011/06/cristales-rotos.html


“El tintero”, Antología de cuentos breves de Netwriters

ElTintero

El próximo viernes, día 25 de noviembre, presentaremos en sociedad nuestro precioso libro, el primero de la larga saga que la editorial Atlantis dedica al sello Netwriters.

Os esperamos para festejarlo en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, en la calle Leganitos, 10 de Madrid. A las 8 de la tarde.

No te pierdas este histórico acontecimiento.

Los autores que componen la antología “El tintero”:

Cristina Ares Chicote, Alfredo Piquer, Óscar Gómez, Raquel Riesco, José Pedro Gil Román, José Carlos Rabanal, Andrés Antonio Estresado , Raquel González, África Nubla, Mª Carmen Fabre González, José Ríos Pérez, Mercedes García, Ricardo Manzanero, Laura Luengo, Esther Requena, Lydia Cotallo, Ángeles Martínez Rica, Javier Reiriz Villar, Carlos Lara, Carlos Carricondo Morales, Juan Zapato, , Ana Campo, Vicente E. Ramón Gómez, Pablo Moreno, Núria Casalprim, Luisa Grajalva, Rosaura Mestizo Mayorga, Javier Puente, Charo Orrio, Mª Soledad Soler Pelegrín, Dolores Espinosa Márquez, Juan Manuel Agudo, Ana Mª García Márquez de Prado, Aurora Maldonado Pinto, Emilio Porta, Vicente Donoso Donoso, Francisco González Marín, Rocío de Juan, José Mª Gómez de la Torre, Antonio Mas Torres, Fefa Martí Maldonado.


“Trasgo”, Georgina Elena Palmeyro

trasguTrasgo es el nombre genérico de un duende familiar, bien conocido en casi toda España aunque con algunas variantes en el nombre. Trasgu en Cantabria y Asturias, Trasno en Galicia, Follet en Cataluña.

Según la tradición, estos pequeños seres, habitantes de un mundo mágico, viven en los castros, en los bosques y en las casas.

En la mitología gallega también pueden recibir el nombre de Trasgos, diaños, tardos, etc. En una tierra de hadas, “mouras”, santos milagreiros (milagrosos)… brujas (haber, hainas), no pueden faltar estos pequeños y polivalentes seres que tanto pueden ejercer como “demonios pequeños” o como “duendes inofensivos”.

Y como en todo, en el mundo mítico gallego también hay jerarquías y los “demos” se dividen en varias clases:

1º.- Los que viven en la atmósfera, o “demonios del aire” (demochiños, nubeiros, tronantes), producen miedo a través de fenómenos raros y atmosféricos.
2º.- Los que viven en la tierra: Trasgos, trasnos, se burlan de las personas normalmente de forma inocente.
3º.- Los que viven en el Infierno: Satanás y los Diablos Mayores, que tientan al hombre buscando su perdición.

En Galicia, el trasno es considerado un duendecillo doméstico carente de poder para hacer daño, salvo asustar.

Vuelcan jarras de leche, hacen ladrar a los perros, dan portazos… pero si se les trata bien, lo arreglan todo y colocan las cosas en su sitio. Se dice que muchas veces aunque son invisibles para los adultos, los niños pequeños y los animales si pueden verlos.

De espíritu inquieto, no abandonan la casa donde habitan a menos que los humanos se trasladen de residencia, entonces ellos también andan de mudanza: “”Xa que todos vais de casa mudada, tamén veño eu coa miña gorra encarnada”.

Parece claro el origen indoeuropeo del trasno, ya que con diferencias mínimas lo encontramos por toda la cornisa atlántica y mediterránea de Europa.

Características:
Pequeño, delgado, ojos de fuego, con un agujero en la mano, cojo, uñas muy largas. Vestido con una casaquita y gorro rojos.
Posee cuernos.

Para deshacerse de él es necesario pedirle que haga algo en lo que fracase y se sienta descorazonado. En general son cosas parecidas, varían según la zona.
En Asturias se le pide que traiga un “paxu” de agua en la mano y esta se le escurre por el agujero. En la Mariña lucense es el maíz lo que se le escapa por “la mano furada”

Georgina Elena Palmeyro©


“Cuentos infantiles para adultos”, Juan Zapato

La vuelta

calesita de jose neuquen 1701Ve a un hombre que pasa, se acerca a él y le saluda cortésmente, y atrevidamente su nombre le pregunta.

—Me llamo ¡Aldón Pirulero1!, ¿nunca escuchó cantar de mí?

—Sí, pero, hace ya mucho…- responde sorprendido.

-No es el único, créame. Yo ando cabalgando día tras día, montado con ancha hidalguía, disculpe mi jactancia, en este caballo brincador. -Y señala a un caballito que sube y baja sin cesar, dentro de una pequeña calesita. Descubre esa inquietud infantil, agonizando dormida en cada hombre. Lo interrumpe:

— ¿Dígame Aldón, si por ser “grande”, ya no puedo cantar y bailar y tener la aventura de enamorar a “La hija del Chocolatero”?

Necesitaría una rayuela de color verde, para poder vivir, y ahí levantar una casa amarilla y roja, con techo de estrellas y luna blanca.

Necesitaría una sonrisa auténtica, para recordar mi niñez y compartirla.

Eso sí, ahora que me encuentro desarmado, quisiera ser sordo un instante, sería suficiente, para no escuchar la voz de Mambrú, llamándome, – llevándome – a la guerra, guerra de la que nunca volveré.

No puedo ir con él, quiero jugar con cubos de madera, de tamaños diversos llenos de letras por todos sus costados, y sentarme sereno, a armar palabras que en realidad no conozco.

— ¿Dígame Aldón, qué hago?, sentado solo en una plaza desierta de gritos; sin oler el pasto, sin apreciar sus silvestres flores, quietecitas, inmóviles, aguardando el cuidado natural de una lluvia fresca. ¿Dónde están mis compañeros de juego? ¿No los has visto? ¿Y ese amor que nació aquí, hace ya muchos años?

Llévame a formar una gran ronda que recorra todos los barrios de la ciudad.

Acompáñame, Aldón Pirulero, a subir toboganes, para que una vez que estemos allá arriba, demos un salto grande, con los brazos abiertos, queriendo atrapar contra nuestros pechos, ese inmenso globo rojo que sube y desaparece tras la nubes formadas por el humo que lanza una vieja chimenea.

¡Con cuidado Aldón! Estamos llegando al suelo, ¡mira!, ha salido la luna blanca.

¿Sabes, me parece ver a muchas mujeres embarazadas, cantándole a los hijos que pronto han de nacer. ¡Escucha!, sí, y por qué no, el llanto de un niño se introduzca en nuestros oídos, para despertarnos, cuando sea necesario saltar de la realidad.

Vamos juntos Aldón, a embarrarnos en los charcos que dejó la lluvia pasada.

Bajemos las barrancas que inventamos, que el que llega primero, tendrá más tiempo para descansar, cuando nuestros corazones rompan violentamente contra nuestros agitados huesos.

Ahora sí, ahora estoy comenzando a sentirme mejor. Retomemos el juego:

“Aldón, Aldón, ¡Aldón Pirulero!;

compañé, compañé, compañero de juego;

nunca más, nunca más, nos separaremos;

porque hoy, porque hoy, nacimos de nuevo;

cara al sol, cara al sol;

sin llanto y sin miedo;

y el dolor se fugó;

porque nació el amor;

porque Usted, porque Yo;

Nosotros y Todos…

Larala, larala, larala lalála…”

—Disculpe señor, aquí termina el recorrido, ¿se quedó dormido?

— ¡Ah!, sí, gracias. Sí, ya bajo.

Baja del colectivo2 y se dirige a una plaza.

Juan Zapato©

1 Referencia al juego infantil de Al don Pirulero, también llamado Antón Pirulero. Juego en el que cada participante hace la mímica de tocar un instrumento musical.

2 Colectivo: autobús.


“La noche en que el dimenticatoio se abrió”, Javier de Isusi y Luciano Saracino

Catania tiene devoción a Santa Ágata. Gracias a su invocación la ciudad se salvó de un incendio provocado por una erupción del Etna, en no sé qué siglo… creo que me he olvidado, o no, tal vez nunca lo he sabido. A mí me lo contó Milena, que es siciliana y cataniana, o cataniesa o catana como las espadas japonesas (cómo se llama la gente de Catania es algo que no he podido olvidar nunca porque lo cierto es que nunca lo he sabido). El caso es que Milena y su amigo Pippo nos condujeron a un local donde se cenaba una pasta alle vonghole de morirse de gusto, y en ese momento nuestro grupo se había hecho tan numeroso que utilizamos todas las mesas de la terraza del restaurante. A ellos, los del restaurante, no les debió importar aquello porque eran amigos de Pippo y porque ya era tardísimo -algo así como las once o tal vez las once y media- y habría sido muy raro que viniera algún cliente más.
 
Era verano. Un verano extrañamente fresco, por cierto, y el viaje nos había llevado a cinco amigos en una furgoneta desde San Sebastián hasta Catania. En el camino nos habíamos ido encontrando con más y más amigos italianos de modo que cuando cruzamos el estrecho de Messina éramos una comitiva de cuatro coches… o cinco… bueno, no lo sé, esto sí que lo he olvidado, así como los nombres de algunas de esas veinticuatro personas que nos llegamos a juntar en Bivongi.
 
Pero yo no iba a hablar de Bivongi, ni de su sagra del vino, ni de la intoxicación selectiva que sufrimos allá, ni del baño tan especial que nos dimos en las aguas del río. No, lo que pasa es que los recuerdos y los olvidos se mezclan de manera caprichosa y, aunque no fue hace tanto, uno lo lía todo.
 
Yo iba a hablar de Catania. Y del vórtice que se abrió esa noche después de cenar.
 
El local era una especie de albergue juvenil mezclado con casa okupa y restaurante formal, pero lo más impresionante de él (aparte de la pasta alle vonghole) era su subsuelo. Por unas escaleras se accedía a un subterráneo en el que veía transcurrir plácidamente el curso de un pequeño arroyo que salía a la luz ahí mismo, entre las capas de la tierra y luego volvía a enterrarse. En ese sótano se llegaban a ver hasta siete estratos superpuestos de tierra volcánica. Las siete erupciones del Etna que habían sepultado otras tantas veces la ciudad. ¿Exagero? No lo sé, eso es lo que recuerdo, pero ya se sabe cómo son los recuerdos.
 
El local estaba en una simpática placita, presidida -cómo no- por una pequeña iglesia renacentista. Unos amables peldaños conducían a la entrada principal. Y eran tan amables aquellos peldaños que invitaban a sentarse. Y eso es lo que hacíamos mientras la noche avanzaba: sentarnos y hablar. Hablar, y fumar y beber. Y descubrir secretos.
 
El desencadenante se le escapó inocentemente a Massimo. Tina (o Milena, o alguna chica, en definitiva) le hizo una pregunta cualquiera; no la recuerdo, así que me inventaré una:
 
Massimo, ma all afine hai chimato a Giovanni o no?
 
Massimo hizo un gesto de ’cazzo’, echó la cabeza hacia atrás, se llevó la mano a la frente y dulcemente recompuso el gesto con una sonrisa de león manso; puso cara de pena y tranquilamente se excusó:
 
Ah, sai Tina? Questa tellefonata… l’ho lasciata nel dimenticatoio.

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“Una piscucha de nombre Ramón”, Gabriel Morales

Cada  año, en el décimo mes… Ramón se preparaba para recibir con los brazos abiertos, esos vientos tan famosos, que, todavía aún, sobreviven en el recuerdo y en las pláticas de los mayores.

Él mismo, con sus propios dedos, tocaba y escogía, en los bambúes tiernos, las varas dóciles, pero resistentes, que le servirían para dominar las alturas y viajar sobre sus hombros; “hay que dejarse llevar por las alas del viento, pero teniendo también la fuerza suficiente para resistir sus cambios bruscos y inesperados, y poder regresar a la casa”. Decía con la mirada fija en el horizonte.

Preparar el engrudo era uno de sus oficios más felices, chiflando y  riendo, como quien ha hallado el hechizo mágico para alzar el vuelo convertido en pájaro.

Machacándolo con la clásica piedra de río, redonda y bien labrada, sacaba almidón de la yuca  y ya seco por el sol, lo ponía en un cumbo de lata, le echaba un poco de agua, lo meneaba con una cuchara de palo, a fuego lento; no sin antes agregarle las esenciales gotas de limón, que además, de resultar en un pegamento increíble, capaz de soportar los ventarrones, tenía la facultad de no arruinarse y durar mucho tiempo más.

Al empezar ha sentirse en el ambiente las primeras brisas, parecía como que las hormigas le picaban en los pies, y los nervios no lo dejaban quieto, porque de un momento a otro, se presentía que lo dormido de la tarde, se despertaría entre los árboles al ritmo de los fuertes soplos.

Entonces no aguantaba más, rompía el pequeño cuche de barro, sacaba sus ahorros y se iba él personalmente a comprar el papel de china.

“Yo voy a ir, porque a mí no me dan gato por liebre…” Decía entusiasmado.

Y era todo un acontecimiento verlo parado frente al despachador de la tienda, cerrando los ojos como mago de circo en trance, y con su mano, deslizaba palma y yemas sobre la fineza del papel y hablaba a viva voz…

“Para sentir el cuerpo como volando y lo fresco del norte dándome cachetadas en la cara…”
Y lo reafirmaba moviendo su cabeza, con la seguridad del que sabe lo que hace. Ramón podía leer y escribir, chapuceado, pero podía, y como el periódico era escaso por esta zona, cuando llegaba a caer en sus manos, lo cuidaba como a las niñas de sus ojos; pero no por que le gustara leerlo, sino porque el timón, o sea la cola, de sus inigualables barcos de papel, debía ser de la insustituible página de diario.
“Para poder subir y moverse entre los buenos y los malos aires, los flecos tienen que ser del mismo papel de china, lo único que de diferente color. Y la cola como es de un papel más grueso, es lo que le da resistencia frente al viento, y fácil encumbras la piscucha hasta donde querás…”

No había una sola de las piscuchas que fabricaba Ramón, que colaseara, se fuera de lado pues, enredándose en las ramas o viniéndose al suelo; nooo, se elevaban rectas, tipo candelita decían los cipotes, casi encima de la coronilla del que la hacía volar.
Y para eso de echar coca nadie lo igualaba, y si no me equivoco, él fue el primero en usar frenecillos de hilo de zapatero armado con las reconocidas hojas de afeitar Gillette.

Echar coca es cuando el que eleva piscuchas, con el hilo de la suya, enreda el de la otra, lo corta y se la trae para sí, volviéndose en el nuevo dueño de la piscucha atrapada.

Los días pasaban, el tiempo crecía y reía de oreja a oreja con nosotros.  Alcanzaba y sobraba para todo, Ramón estaba allí, sin darnos la espalda, con sus minutos siempre atentos para compartir sus consejos y su larga experiencia de a penas muchacho.

“Para jugar y divertirse, sólo necesitan mis criaturas, aire y viento…” Decía orgulloso de su habilidad.

Y ocurrió que por los asomos de la guerra, Ramón vio romperse un montón de amigos y amigas piscuchas, el corazón le dolió hasta el enojo y las lágrimas, y lloró como un niño sin poder hacer nada.

Los alrededores le parecieron oscuros y sin sentido, ya no había luz ni claridad, agarró un saco de henequén, guardó a todos sus hermanos y a su mamá, y se fue muy lejos… Donde el peligro no los tocara, y poder otra vez caminar y volar a su antojo, sin el enorme riesgo de perder lo colorado que le daba la vida, a pleno sol por sus mejillas.

Ramón no volvió nunca. Con la nostalgia y los años que se quedaron atrás, como en una fotografía vieja, para nosotros él sigue siendo el mismo; aunque haya cambiado sus piscuchas por a saber qué cosas.

Su sonrisa, en arco iris de papel volando por el cielo, desapareció por completo,  y de vez en cuando se ve por ahí, alguna chuca imitación surcando los aires.

Falso espejismo, que lo único que provoca es hacer soñar la memoria y traernos los recuerdos; como cuando aquellos torbellinos del viento bajaban a la tierra y arrastraban sombreros, ropa tendida, sacudían árboles, levantaban faldas.

En el octubre de ayer, Ramón tenía la magia de hacernos olvidar los caminos del mundo y transformarnos en pájaros de papel.

Gabriel Morales©

Datos del autor:

Salvadoreño, Graduado de Letras en la Universidad de El Salvador, UES. Escribe Cuento y Poesía. Ha publicado en Revistas y periódicos de su país. Tiene en su haber la obtención de varios premios a nivel nacional. Entre sus libros inéditos están los siguientes: “Cuentos Comunes y Corrientes”, “Cuentos Cerca de la Cuna”, “Cuentos Breves de los Últimos Días”; “Memoriales de la Vida, las Cosas, Usted y Yo”.

Más de su obra: http://cuentosajenosypropios.blogspot.com/


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“Otoño en Holanda”, Pesaj (Lito) Skudizki

 

ana frank

“Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar”.  Diario de Ana Frank. Amsterdam, 23 de febrero de 1944.

* * *

Ese árbol se desviste ante mi mirada, deshojando de a poco, sus hojas amarillentas y secas. Semidesnudo como ninfa de noche otoñal. Brazos esqueléticos sollozan sobre tu ocre hojarasca.

Con impaciencia espero ver nacer las frescas hojas de la primavera, nutrir mis pulmones y mi alma, en tinieblas. Con eso sueño. Con eso vivo. Con esa esperanza de salir a la calle y abrazarte nuevamente. Jugar a las escondidas con mis amigas alrededor tuyo, como antes. ¡Cuánta falta me haces! Te espío a través de una rendija de la ventana de mi casa. Solitario como yo. Acompaño tu soledad golpeada por vientos, lluvia y fríos que cortan nuestra respiración, en cautiverio. Añoro la sombra debajo de tus ramas, cuando leía cuentos de hadas. ¿Cuándo se repetirá ese día? ¿Por qué estando tan cerca no podemos estar juntos? ¿Acaso vivo un sueño dantesco por el hecho de ser una niña judía?

Estoy convencida de que la naturaleza puede ayudarme a ser feliz. Por eso pienso en ti. Convivo contigo cada cambio de estación. Lloro tu desacompañamiento como el mío propio. Tú, enclavado ahí afuera y yo, adentro, aislados. Sólo mis pensamientos vuelan por la noche y una luna me ilumina tristemente. Y ese sol escondido, no lo percibo. Cuando siento llover, mis lágrimas caen como finas gotitas, deslizándose por mis mejillas. Estoy confundida. ¿Viviré una simbiosis entre tu naturaleza y mis penas e ilusiones?

Bálsamo de inspiración, ancestro y testigo de épocas de paz y felicidad. Ahora me acompañas en mi generación de guerra cruel, aniquiladora.

¿Volveremos a reencontrarnos? Imprevisible futuro. No dejo de espiarte para seguir viviendo alimentándome de tus fuerzas y energía y poder algún día abrazarte con amor, habiendo salido de esta interminable tiniebla.

Pesaj (Lito) Skudizki©


“Raoui”, Souad Massi

 

Cuenta, cuentacuentos,
cuenta una historia, una leyenda.
Háblanos de la gente de antaño,
de Loundja, la hija de la ogresa,
y del hijo del sultán.

Comienza por “érase una vez”,
ofrécenos sueños.
Comienza por “érase una vez”.
Cada uno de nosotros
tiene una historia en el fondo del corazón.

Cuenta, olvida que somos mayores.
Como si fuéramos niños,
queremos creer en todas las historias.
Háblanos del paraíso y del infierno,
del pájaro que jamás ha volado.
Danos el sentido de la vida.

Cuenta como te han contado,
sin añadir, sin quitar.
Ten cuidado, existe una memoria.
Cuenta, haz que olvidemos nuestra realidad.
Abandónanos en ese “érase una vez”.


“Le Ballon Rouge”, Albert Lamorisse. Parte 4/4


“Le Ballon Rouge”, Albert Lamorisse. Parte 3/4


“Le Ballon Rouge”, Albert Lamorisse. Parte 2/4