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“El poeta murió al amanecer”, Raúl González Tuñón

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Sin un céntimo, tal como vino al mundo,
murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, las esperanza y la miseria.

Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.

Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

Raúl González Tuñón©

Nació en Buenos Aires el 29 de marzo de1905, y murió en la misma ciudad el 14 de agosto de 1974.
Fue uno de los más importantes poetas argentinos del siglo XX. “Amigo de las gentes, de las mujeres amantes y del vino, una suerte de François Villon criollo, cantor de las tabernas, las grandes fiestas y duelos e insurrecciones populares”, según lo definió Pedro Orgambide.
En 1922 publica sus primeros poemas en las revistas Caras y Caretas e Inicial. En 1923 participa en la redacción de Proa, la revista que dirige Ricardo Güiraldes, y colabora en el periódico Martín Fierro. Viaja por el interior del país y en 1929 por primera vez a Europa. Dos años después a Brasil, y en 1932 al Chaco paraguayo, en el avión del diario Crítica, como corresponsal de guerra. Vuela a la Patagonia y se instala en Río Gallegos. En 1933 funda la revista Contra. Lo detienen y procesan por ¨incitación a la rebelión¨. En 1934 viaja a España y se radica en Madrid, donde traba amistad con García Lorca, Neruda y Miguel Hernández. En 1935 vuela a Buenos Aires y dos años más tarde está otra vez en España, durante la defensa de Madrid. Vive en Chile. Viaja por Europa, va a la Unión Soviética y a China.
Con El violín del diablo (1926) y Miércoles de ceniza (1928) trae Tuñón a la poesía argentina el desenfado y la picardía de los muchachos de los puertos, de los vagos y mal entretenidos que deambulaban por el viejo Paseo de Julio. Es un reconocimiento apasionado no sólo de la gente sino de los escenarios poco prestigiosos de la ciudad durante los años ’20. Es en el puerto, en los suburbios, en el conventillo que encuentra los motivos de sus poemas. Todo es motivo de canto para el poeta que, por encargo de su novia, escribe Poema para la Virgencita del Teatro Cervantes. En este primer período, la poesía de Tuñón une a lo descriptivo la imagen insólita, la pirueta, un pase de prestidigitador. En otros poemas, El séptimo cielo, por ejemplo, utiliza la palabra en función de onomatopeya, de dibujo verbal. Es lo que se advierte también en Poema de la Cenicienta Ciudadana, donde los nombres ingleses de los artistas de cine o de su máquina de escribir, sirven de rima y música interna al poema.

En La Calle del Agujero en la Media (1930) el verso libre, de amplio período, suplanta la cadenciosa, rítmica primera manera del poeta. Ahora, el discurso poético se distiende, se abre para incorporar lo sensorial en infinitos detalles, para registrar pequeñas anécdotas que tienen la brevedad de una instantánea. Este cambio de lenguaje corresponde al cambio de escenario: ya no es Buenos Aires sino París. Como constante, queda su observación de lo cotidiano, su mirar en las vidrieras y en los ojos fraternales: los de un saxofonista, los de un vendedor de globos, los de las chicas del music-hall, los de Blanca Luz que está lejos, los del organista de la iglesia de San Suplicio.
En El otro lado de la Estrella y Todos bailan, poemas de Juancito Caminador, ambos publicados en 1934, Raúl González Tuñón continúa esta segunda manera de su poesía: el verso amplio que llega fundirse con la prosa. De ese tiempo es la serie de Blues y su memorable poema “Lluvia”, dedicado a Amparo Mom. Seguro de su oficio, canta ahora no sólo al amor y la vida vagabunda, sino a los hombres dispuestos a una actitud de solidaridad y al combate. Su registro de los años ’30: el clima de preguerra europeo, el apogeo del jazz, los gangsters de EE.UU. (“Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo”) preparan ya el advenimiento de la poesía política de González Tuñón.

“Fue el primero que blindó la rosa”, dijo Pablo Neruda. En 1936 aparece La rosa blindada. Puede señalarse este momento como el del tercer período poético de González Tuñón. En él se integran y se complementan sus dos maneras anteriores. Fiel al recuerdo de su abuelo Manuel Tuñón (obrero nacido en Mieres que lleva a su nieto a una manifestación socialista), fiel también a la poesía española, a los romances y coplas populares, González Tuñón enriquece la suya tanto en su tema como en su lenguaje. “La Libertaria”, “El Tren Blindado de Mieres”, “La Copla al Servicio de la Revolución”, “Cuidado, que viene el Tercio”, “La muerte Derramada”, “El Pequeño Cementerio Fusilado” son algunos poemas de aquel tiempo, en los que, a partir de un tema heroico, la poesía se expresa tanto en verso rimado como en largos períodos de verso libre y prosa. En Las puertas de fuego (1923) y La Muerte en Madrid (1939) el mismo tema y procedimiento se reiteran con acierto.
No ocurrió lo mismo en parte de su producción posterior, donde a veces lo contingente, lo aleatorio, el compromiso de circunstancia, restó fuerza a su poesía. No obstante, se advierte en sus últimos poemas un feliz regreso a sus orígenes, al poeta vagabundo, a su admirable Juancito Caminador, aquel que dijo: “Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente, lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad.”
Además de su labor poética, Raúl González Tuñón escribió varias obras de teatro: El descosido, La cueva caliente y, en colaboración con el poeta Nicolás Olivari, Dan tres vueltas y se van.


“Lectura y comprensión de textos”, Fernando Sorrentino

1. Informe de Fernando Fabián Ferretti

Quienes se creen graciosos suelen llamarme Triple Efe; quienes me quieren bien se limitan a la primera sílaba de mi primer nombre y, entonces, me dicen Fer. Estoy cursando quinto año del bachillerato y, según parece, tengo una inteligencia más que regular y soy uno de los mejores alumnos. Me gustan las ciencias, pero más me gustan las letras y me agradaría, cuando domine mejor el idioma, escribir novelas con argumentos complicados, como, por ejemplo, David Copperfield.

Mi papá es el doctor Marcelo Ferretti, abogado de prestigio y con fama de hábil hombre de negocios. Es inteligente, perspicaz, eficaz e impaciente: como él mismo dice, «si hay que hacer algo, se hace en seguida, y a otra cosa». Aborrece el fútbol y, en general, toda actividad que dé lugar a «manifestaciones masivas de la inagotable estupidez humana». Mi mamá aparenta estar siempre de acuerdo con lo que él dice.

Habitamos un enorme piso de una torre de la calle Juramento, cerca de la estación Belgrano R. Creo que se nos puede llamar gente de clase media alta: vivimos con holgura, nos tomamos vacaciones en lugares costosos, y viajamos con cierta frecuencia fuera del país. Yo, con sólo diecisiete años, conozco Estados Unidos, Canadá, México y Brasil, además del Uruguay (pero, ¿quién no ha estado alguna vez en el Uruguay?). También conozco la mayor parte de los países de Europa occidental. Como soy asiduo lector de Dickens y de Conan Doyle, me hubiera gustado conocer Londres, pero mi papá dice que, si consintiese en que un solo centavo suyo fuera a parar a las garras de la BBA (Bestia Británica Asesina), él, como castigo, se impondría la penitencia de destapar cloacas veinticuatro horas diarias durante el resto de su vida. El respeto a esta cuestión de principios nos ha llevado a conocer lugares tan extravagantes como Islandia o Letonia, eludiendo, a la vez, las islas cuyo mero contacto habría condenado a mi papá al perpetuo trajín cloacal.

Cuando tenía diez años me ocurrió algo que me atrevo a calificar de decisivo. Hasta ese momento, yo tenía la idea de una cierta actividad llamada fútbol que ocurría sobre todo —y quizás exclusivamente— en televisión.

Cierto día de aquella época pasada, recibí, de parte de Diego Martín Viale, una invitación para ver, en el propio estadio, un partido de fútbol. Así, y sin saber bien por qué, me encontré en el asiento trasero de un auto, junto a Diego Martín Viale, que, además de vivir en mi mismo edificio, es mi amigo de toda la vida. El auto era manejado por el padre de Diego y, junto a él, viajaba un amigo de éste, llamado Tito. El auto tomó La Pampa y después la avenida Figueroa Alcorta: todos íbamos al estadio de River Plate, donde el equipo local jugaba contra Racing.

El padre de Diego, Diego y el amigo llamado Tito eran, según siempre lo proclamaban clamorosamente, hinchas de River. Los tres se cubrían con gorritos blancos y rojos que ostentaban el escudo de River y diversas leyendas; además llevaban cornetas y banderines blancos y rojos.

Yo, en cambio —ya que el fútbol no me interesaba—, no llevaba distintivo alguno.

En el estadio nos ubicamos en la tribuna oficial, donde estaban los hinchas de River. Sucedió que —según algo ya parecido a una costumbre— también en esa ocasión River derrotó a Racing.

Todos los de nuestra tribuna festejaron el triunfo de River. Todos, menos yo. Porque a mí, al ver —por primera vez en mi vida— a Racing en el campo de juego, con sus jugadores vestidos con pantalones negros y camiseta a franjas verticales celestes y blancas…, ¿qué me pasó?

racing2Me pasó que, a pesar de que Racing había perdido, ¡me enamoré de la Academia!

Y, entonces, en vez de compartir la alegría y la exultación de los riverplatenses que me rodeaban, sentí deseos de hallarme en la otra tribuna, en la tribuna alta que está de espaldas a la avenida Figueroa Alcorta, de estar en aquella tribuna también repleta, repleta de personas cuyos rostros yo no podía discernir, pero que tenían banderas y bombos y estandartes celestes y blancos.

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"Allá en los obrajes", Luis Casca Olivera

obraje

La roja sangre del monte, allá adentro de los obrajes, es savia derramada de algarrobos seculares.
Que se mezcla con los soles degollados del ocaso, notarios inmutables del azogue filo de los hachazos.
Desolación de los montes, madera de sangre y de sal allá en los rudos obrajes oliendo a medio jornal.
Allá donde el filo de las hachas ardientes quebrarán el vuelo de su rumbo vertical.
Doliente tajo de sangre, llanto verde y forestal, osario de los silencios, tierra de greda inicial, donde soñaba en otrora su verde el algarrobal.
Allá donde la savia derramada se mezcla con el acedo sudor de los hacheros. Gestos oscos, arrugadas sus frentes y el grito más antiguo, trepando sus gargantas, grito tan antiguo, que la misma memoria. Enrojecido grito geografía del dolor que ya no cabe en los huesos irredentos carcomidos por la injusticia. Ese grito ángel oscuro
en la pluralidad del monte derrumbado, síntesis tremenda de la desolación.

Luis Casca Olivera©


“Algunas lunfardías”, Eduardo Pérsico

A CHARLY

… más al gato Fidel y

otros queridos compadres.

Perro al bombo que atorra sobre alfombra

y engrupe resguardar mi apartamento.

Que vive sin yugar y morfa en forma,

sin ladridos, ni pulgas ni espamento.

La va de superao el can rasposo

junando el techo desde su catrera.

¿Le dio vuelta el marote alguna cocker

o se hace el bocho de la vida fiera?

Anda mejor que yo, qué duda cabe;

él apoliya sin hacer gambeta,

guadaña el morfi sin doblar la esquina

y si apuran deschavo última clave:

es un fiolo de raza bacaneta

que te afana de amor, como una mina.

gingko

MAESTRA DE QUINTO

Mina primera que abrojó mi anhelo,

¿tras cuántos grises quedaron encendidos

tus ojos, faroleando en mi desvelo

de mapas y deberes corregidos?

Te arrimo el randevú de mi parola,

un sencillo tanguito, cachusiento,

a vos, que me enchufaste en la zabiola

estos truchos palotes de mis versos.

Porque segunda madre y primer sueño,

dulce maestra de mi quinto grado,

siento aromas de tiza y pizarrón.

Y en este examen por sentirme dueño

de regresar a pibe, retardado,

hoy te bato mi caliente metejón.

gingko

LABERINTO CANCHERO

A Jorge Luis Borges.

“El que dice burgués pronuncia Borges”,

tartamudeó el chicato, despacioso,

junando al cielo con cara de pirado

careteando al fingir hacerse el oso.

Los giles daban huevos por ficharlo:

poderlo franelear, enchabonados

a escracharse con él. El cholulaje

la juega de arrastrón en cualquier lado…

Pero el Yoryi fue un seso de primera,

un pensante entrenao de ponga y meta;

un marote a bastón yirando el mundo.

Que a veces se zarpó, como cualquiera,

y nos dio embole con su manganeta

de viejo sobrador, turro y profundo.

gingko

LA FLACA

(In memorian sin soneto ni sanata)

La jugaba de Freud y Tallaferro,

también de Marx y Catulín Castillo.

Tenía miga en el bocho la sofaifa

chamuyando balurdos que dan brillo.

De mufas, yo que sé, una ponchada…

Sabía el antes, el después y el que sé cuánto.

/Reciclaba fangotes de mi abuela

pa’ batir mi porqué del desencanto/

Si andaba shome, con orsai del cuore

y embroyao de recuerdo el cablerío,

se acodaba a mi estaño, madrugada,

a escabiarnos una lágrima de olvido.

Lástima el punto que traía de arrastre,

un pinta casoriao, de verso y calma,

que le hizo un curro chambón del amorío

y le rompió hasta el himen de su alma.

Era pinga la flaca, era muy pierna;

casi fue dueña de mi lado izquierdo,

ternura inolvidable de amueblada…

De no haber sido por su chamuyeta

que cinchaba a Lenín con Pirandello,

no la habría tumbado la pesada.

gingko

PUNTO FINAL

Se afeitó como pudo, era la hora.

Armó el bagayo y se quedó esperando.

La parca le batió “venga la llave,

se acabó tu pensión. Vamos andando”.

Y olvidao entre nubes y angelitos

escurre que en La Nada no hay fandango:

reventó con tres millones en el bolso

y Dios no le da bola, ni coimeando.

Eduardo Pérsico© www.eduardopersico.blogspot.com


“Ropa en la soga”, Luis Luchi

lasoga

La limpieza expone a efectos públicos
esa intimidad tan custodiada.
El sol elige el centro de la bandera
la convierte en zona de combate;
las golondrinas hacen sus primaveras
y los gorriones el resto de los solsticios.
Vientos de paso silban los broches,
les cierran las bocas.
Entre las guerras de pañuelos
pierden los del luto en los orillos,
los lloros de los mayores con lágrimas,
con mocos inconsolables a secarse.
Parado en un extremo
atado al alambre cubro las estaciones,
los fantasmas disfrazados con sábanas
exaltan la pasión escéptica de los domesticados.
En la otra punta un poste
me deja hacer
y no se cae de asombro.

Luis Luchi©

Luis Yanischevsky Lerer conocido por su pseudónimo literario como Luis Luchi nació el 11 de octubre de 1921 en el barrio de Villa Crespo de Buenos Aires, Argentina, hijo de Gregorio Yanischevsky y Paulina Lerer, inmigrantes judíos ucranianos. Hacia 1926, su familia se muda a Parque Chas. En 1944, Luis Luchi se casa con Irene Lavalle, con quien tiene tres hijos. Militó activamente en el Partido Comunista, sin embargo, a través de los años habría de acercarse al anarquismo. Trabajó como obrero gráfico en editorial Atlántida y como vendedor viajante de libros, sin embargo, después decide dedicarse a la poesía, manteniéndose al margen de la cultura oficial. En la década de 1960 participa en el grupo “El Matadero”, grupo de cuentistas cuyo nombre rendía homenaje al relato homónimo de Esteban Echeverría. El grupo se reunía en el café El Estaño, ubicado en las calles de Talcahuano y Corrientes, al que habían renombrado “El Gardelito” y estaba integrado por Guillermo Cantore, Blas Raúl Gallo, Nenina Caro, Mario Lesing, Arminda Ralesky y Lubranolas, entre otros, quienes se proponían publicar a jóvenes con sentido popular. Luis Luchi sólo habría de publicar su cuento El Brasilerito en 1961 en la antología Cuentistas argentinos contemporáneos editada por El Matadero. A finales de la década y principios de la siguiente, Luis Luchi forma el grupo “Gente de Buenos Aires”, junto con el poeta Roberto Jorge Santoro, el actor Héctor Alterio, el músico Eduardo Rovira y el artista plástico Pedro Gaeta con el objeto de acercar la cultura al público presentándose en clubes de barrio, sociedades de fomento y escuelas. Luis Luchi, profundo admirador de César Vallejo y Vladimir Mayakovsky recurre a la ciudad, el barrio, el tango y las luchas sociales como temas de su obra, siempre marcada por el humor y la ironía. Luis Luchi muere el 21 de octubre de 2000 en Barcelona, España.


“Juancito caminador”, Raúl González Tuñón

Juancito caminador
murió en un lejano puerto-
El prestidigitador
poca cosa deja al muerto.

Terminada su función
-canción, paloma y baraja-
todo cabe en una caja,
todo, menos la canción.

Ponle luto a la pianola,
al conejito, a la estrella,
al barquito, a la botella,
al botellón, a la bola.

Música de barracón
-canción, baraja y paloma-
flor de campo sin aroma
Todo, menos la canción.

Ponle luto a la veleta,
al gallo, al reloj de cuco,
al fonógrafo, al trabuco,
al vaso y a la carpeta.

Su prestidigitación
-canción, paloma y baraja-
el tiempo humilla y ultraja,
Todo, menos la canción.

Mucha muerte a poca vida,
que lo entierre de una vez
la reina del ajedrez
y un poeta lo despida.

Truco mágico, ilusión,
-canción, baraja y paloma-
que todo en broma se toma,
todo, menos la canción.

Raúl González Tuñón


‘Café Tortoni & Plaza Roberto Arlt”, Juan Zapato

XIII

mientras avanza la mañana

sobre tu verde recién amanecido,

esa imagen de hombre metamorfoseado

canta su primer bostezo,

dejándolo caer sobre tu largo pasillo

empedrado de poemas y flores,

que desemboca en las mejillas del “Viejo Tortoni”.

entro en tu baño único de caballeros,

y aparece el sol acompañado de muchos chicos

y te cubren de alegría;

invadiéndote por todos tus costados.

los niños corren por tu cuerpo,

y dentro de su cuerpo se esconden

y sueñas junto a ellos.

los rostros que te habitan

saludan al nuevo día

con una lágrima de perfil,

o

desde una nube color ceniza;

en tanto, un millón de viejos viejos

se sientan en tus dedos

para hacerte conocer sus recuerdos e ilusiones,

sus diálogos apacibles y sus llantos con sonrisas,

por inventar y destruir proyectos.

jóvenes estudiantes juegan en tu arco de hamacas;

el mediodía de tus dientes almuerza con los empleados de visita;

un barquito de papel conversa con el viento.

llegan palomas por miles,

mi tía Friné se da cita para darles migajas.

llega la primavera,

levanta un escenario de voces;

se escuchan los versos de una canción popular,

de tus faroles se asoman las estrellas,

y toda la gente aplaude.

Juan Zapato©


“En una cajita de fósforos”, María Elena Walsh

 

María Elena Walsh

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Un rayo de sol, por ejemplo.
(Pero hay que encerrarlo muy rápido,
si no, se lo come la sombra).

Un poco de copo de nieve,
quizás una moneda de luna,
botones del traje del viento,
y mucho, muchísimo más.

Les voy a contar un secreto.
En una cajita de fósforos
yo tengo guardada una lágrima,
y nadie, por suerte, la ve.
Es claro que ya no me sirve.
Es cierto que está muy gastada.
Lo sé, pero qué voy a hacer,
tirarla me da mucha lástima.

Tal vez las personas mayores
no entiendan jamás de tesoros.
“Basura” dirán, “Cachivaches”,
“No sé por qué juntan todo esto”.

No importa, que ustedes y yo
igual seguiremos guardando
palitos, pelusas, botones,
tachuelas, virutas de lápiz,
carozos, tapitas, papeles,
piolín, carreteles, trapitos,
hilachas, cascotes y bichos.

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Las cosas que no tienen mamá.

María Elena Walsh©


“El corazón al Sur”, Susana Rinaldi

Nací en un barrio donde el lujo fue un albur,
por eso tengo el corazón mirando al sur.
Mi viejo fue una abeja en la colmena,
las manos limpias, el alma buena…
Y en esa infancia, la templanza me forjó,
después la vida mil caminos me tendió,
y supe del magnate y del tahúr,
por eso tengo el corazón mirando al sur.

Mi barrio fue una planta de jazmín,
la sombra de mi vieja en el jardín,
la dulce fiesta de las cosas más sencillas
y la paz en la gramilla de cara al sol.
Mi barrio fue mi gente que no está,
las cosas que ya nunca volverán,
si desde el día en que me fui
con la emoción y con la cruz,
¡yo sé que tengo el corazón mirando al sur!

La geografía de mi barrio llevo en mí,
será por eso que del todo no me fui:
la esquina, el almacén, el piberío…
lo reconozco… son algo mío…
Ahora sé que la distancia no es real
y me descubro en ese punto cardinal,
volviendo a la niñez desde la luz
teniendo siempre el corazón mirando al sur.

Letra: Eladia Blázquez

Interprete: Susana Rinaldi


“No te salves”, Mario Benedetti


“Vuelvo al Sur”, Piazzolla-Solanas-Kellerman

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Llevo el Sur,
como un destino del corazón,
soy del Sur,
como los aires del bandoneón.

Sueño el Sur,
inmensa luna, cielo al revés,
busco el Sur,
el tiempo abierto, y su después.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.

Te quiero Sur,
Sur, te quiero.

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.
Vuelvo al Sur,
llevo el Sur,
te quiero Sur,
te quiero Sur…

Letra: Fernando “Pino” Solanas

Música: Astor Piazzola

Versión: Wouter Kellerman


“Humus Said”, Juan Zapato en Juglarías

Te invito a descubrir un país a través de los ojos de un poeta y compartir fantasías reales y realidades fantásticas.

http://juglarias.wordpress.com/2011/

 

akko-humus-said El juglar recorre las callejuelas de la vieja ciudadela de Acre. Gente cruza a su paso en sentido contrario, observa a otros sentados a la vera bebiendo café turco, fumando narguile y conversando. Los lugareños que allí viven no han cambiado mucho desde la época en que Napoleón la conquistara. Las historias de siempre renovadas con algún agregado por parte de quien las relata. Y la Historia que en estos instantes lejos de aquí se está construyendo sobre esta tierra, poco tiene de verdad aunque sea creíble para muchos, convenientemente creíble.

Alfombras tendidas aireándose al Sol que por entre alguna rendija de las paredes de piedra se cuela, bien podrían representar una escenografía teatral. Los actores- transeúntes llevan sus compras y sus niños de la mano, se desplazan en medio de turistas llegados de fuera. Sus voces mezclan alfabetos así como en los anuncios que visten las tiendas del shuk¹. La luz aquí conserva cierta intimidad, los olores se contagian: especiados, marinos, de azúcares y miel, de frutos secos y fritangas.

Llegamos al lugar por el cual hoy nos encontramos: “Humus Said”. Tenemos suerte tal vez por la hora, que no haya mucho que esperar.

¿Dos? –nos pregunta quien ordena los lugares disponibles. Afirmo con la cabeza y nos indica una mesa ocupada por un niño. Angie me mira como diciéndome ¿allí? Nos ubicamos uno al lado del otro y frente a nosotros el niño que su boca tiene hinchada de alimento, le digo saha saha² y sin responder continúa comiendo sin perturbarse ante nuestra presencia.

Se acerca un hombre para tomarnos el pedido y a su pregunta le respondo: humus –como si se diese por entendido que uno viene a este restaurante a comer solamente eso. Y la realidad es esa, sólo que hay cuatro variaciones de un solo plato. Le pido que nos sugiera y hemos de probar dos de las opciones. El niño no acaba nunca su plato y en su boca no hay lugar para un nuevo bocado que introduce. Inmediatamente nos traen nuestro almuerzo acompañado de cebollas y tomates, pepinos en vinagre, aceitunas y ajíes picantes y una buena cantidad de pitas para untar el humus.

El niño ha terminado y se levanta.

Nosotros no podemos terminar los platos, no tenemos el ejercicio del niño que se fue. Nos ofrecen café o té, preferimos caminar.

Juan Zapato©

¹ Zoco, mercado.

² “Buen provecho” transliteración del árabe.


“Un mate y un amor”, Lalo Mir

elchebebiendomate El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca.
Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es ‘hola’ y la segunda: ¿unos mates?.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros.
Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan.
Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara.
Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar.
En verano y en invierno.
Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo.
Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conoces a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: ¿Dulce o amargo?. El otro responde:
‘Como tomes vos’.
Los teclados de Argentina tienen las letras llenas d e yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da.
La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular.
Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres.
Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.
No es casualidad. No es porque sí.
El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores…
Hijitus_mate Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. Es querible la compañía.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablás mientras el otro toma y es la sinceridad para decir: ¡Basta, cambiá la yerba!.
Es el compañerismo hecho momento.
Es la sensibilidad al agua hirviendo.
Es el cariño para preguntar, estúpidamente: ¿está caliente, no?.
Es la modestia de quien ceba el mejor mate.
Es la generosidad de dar hasta el final.
Es la hospitalidad de la invitación.
Es la justicia de uno por uno.
Es la obligación de decir “gracias”, al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.

Lalo Mir©