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“La Doble Vida”, por Luisa Peluffo

Cuando publiqué mi primer libro de poemas nadie lo leyó; ni las ratas. Y esto no es un eufemismo. La primera persona que llegó a la presentación fue un desconocido que me saludó efusivamente, compró el libro y fue el último en irse sospechosamente alegre.
Fue el único libro que vendí. Además de ese personaje, que vendría a ser algo así como el soldado desconocido de las letras, tuve una visita ilustre. Íbamos por la lectura del cuarto poema cuando sonó el timbre del portero eléctrico:
– ¿Quién es? – preguntó mi marido.
– Borges – le contestaron del otro lado.
dibujo-firmin3 Emocionado, mi cónyuge se aprestó a recibir al maestro, cuando unos golpes en la puerta y la voz de un gallego anunciándose:
– Borges, con el hielo – lo ubicaron rápidamente en la realidad. Aunque, parafraseando al maestro; ¿cuál realidad? Por otra parte a mí nadie me podrá negar que Borges quiso estar, apelativamente al menos, en la presentación de mi primer libro. Pero volviendo al hecho cierto de que, salvo el soldado desconocido de las letras, nadie leyó esos poemas, esa noche tuve que enfrentarme no al hecho literario sino al concreto de regresar a mi casa con casi toda la edición a cuestas.
Cuando Rimbaud escribió "Une saison en enfer" además de genial fue astuto. Retiró a cuenta unos pocos ejemplares que regaló a sus amigos. Después se esfumó y lo clavó al editor belga con todos los libros. Pero yo, que obviamente no soy Rimbaud, quedé como paralizada ante el volumen de mi creación. Providencialmente apareció mi hermana mayor con un altillo más providencial todavía. En ese momento descubrí que antes de asumirse como poeta  hay que disponer de un altillo. Ahí fueron a parar los libros. Yo contenta. Olvidaba.
Un par de años después, en medio de una conversación nada que ver, y esto fue como una traición, mi hermana me espeta:
– Che Sofía a tu libro se lo están comiendo las ratas. Mejor llevátelo
Al día siguiente me encaramé al altillo para comprobar in situ el feliz y ecológico desenlace.
Chasco: las ratas ignoraban ominosa y descaradamente las páginas y sólo se comían las tapas.

Luisa Peluffo©

“La Doble Vida” Capítulo XIX (fragmento)

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