Archivo de la categoría: Otoño

“La memoria”, León Gieco

Los viejos amores que no están,
la ilusión de los que perdieron,
todas las promesas que se van,
y los que en cualquier guerra se cayeron.
Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.

El engaño y la complicidad
de los genocidas que están sueltos,
el indulto y el punto final
a las bestias de aquel infierno.

Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.

La memoria despierta para herir
a los pueblos dormidos
que no la dejan vivir
libre como el viento.

Los desaparecidos que se buscan
con el color de sus nacimientos,
el hambre y la abundancia que se juntan,
el mal trato con su mal recuerdo.

Todo está clavado en la memoria,
espina de la vida y de la historia.

Dos mil comerían por un año
con lo que cuesta un minuto militar
Cuántos dejarían de ser esclavos
por el precio de una bomba al mar.

Todo está clavado en la memoria,
espina de la vida y de la historia.

La memoria pincha hasta sangrar,
a los pueblos que la amarran
y no la dejan andar
libre como el viento.

Todos los muertos de la A.M.I.A.
y los de la Embajada de Israel,
el poder secreto de las armas,
la justicia que mira y no ve.

Todo está escondido en la memoria,
refugio de la vida y de la historia.

Fue cuando se callaron las iglesias,
fue cuando el fútbol se lo comió todo,
que los padres palotinos y Angelelli
dejaron su sangre en el lodo.

Todo está escondido en la memoria,
refugio de la vida y de la historia.

La memoria estalla hasta vencer
a los pueblos que la aplastan
y que no la dejan ser
libre como el viento.

La bala a Chico Méndez en Brasil,
150.000 guatemaltecos,
los mineros que enfrentan al fusil,
represión estudiantil en México.

Todo está cargado en la memoria,
arma de la vida y de la historia.

América con almas destruidas,
los chicos que mata el escuadrón,
suplicio de Múgica por las villas,
dignidad de Rodolfo Walsh.

Todo está cargado en la memoria,
arma de la vida y de la historia.

La memoria apunta hasta matar
a los pueblos que la callan
y no la dejan volar
libre como el viento.

León Gieco©


“Mi hombre”, Rosa Montero

Me he casado con un descuartizador de aguacates. Ya comprenderán que mi matrimonio es un fracaso. Cuando conocí a mi marido yo tenía diecinueve años. Por entonces estaba convencida de que el día más hermoso en la vida de una muchacha era el día de su boda, y cada vez que veía una novia me ponía a moquear de emoción como una tonta. Ahora tengo cuarenta y tres años y no me divorcio porque me da miedo vivir sola.
 
Él es un hombre muy bueno. Es decir, no me pega, no se gasta nuestros sueldos en el juego, no apedrea a los gatos callejeros. Por lo demás, es de un egoísmo insoportable. Viene de la oficina y se tumba en el sofá delante de la tele. Yo también vengo de mi oficina, pero llego a casa dos horas más tarde y cargada como una mula con la compra del hiper. Que me ayudes, le digo. Que ahora voy, responde. Nunca dice que no directamente. Pero yo termino de subir todas las bolsas y él no ha meneado aún el culo del asiento. Voy a la sala, le grito, le insulto, manoteo en el aire, me rompo una uña. Él ni se inmuta. Entonces me siento en una silla de la cocina y me pongo a llorar. Al ratito aparece él, en calcetines. “¿Qué hay de cena?”, pregunta con su voz más inocente. Hago acopio de aire para soltarle una parrafada venenosa, pero él me intercepta con una habilidad nacida de años de práctica: “Ya sé, te voy a preparar una ensalada que te vas a chupar los dedos”, exclama con cara de pillín. Esa ensalada de aguacates y nueces y manzana que tanto le gusta. Así que yo me amanso porque soy idiota y, aunque refunfuñando, le ayudo a sacar los platos, la fruta, los cuchillos, y le ato a la espalda el delantal mientras él mantiene los brazos pomposamente estirados ante sí como si fuera un cirujano a punto de realizar una operación magistral a corazón abierto.

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“Mi Kipur”, Roberto Sánchez Soria

Las seis de la mañana, el Sol amanece tardío y tímido como ocultando su sombra.

No es día de trabajo, pero me he levantado igual temprano.

No es un día común, ya se percibe una atmósfera especial.

Desde la ventana veo pasar los primeros hombres camino a algún templo, no se observa nada más. El fresco de la mañana estremece mis papilas, es otoño.

Delante todo por hacer, o no.

Cada uno lo vive como cree, como quiere o como puede.

Me dejo llevar por el sensualismo, intento la búsqueda de unos instantes que llenen de paz mi cabeza y mi corazón. Esa placentera Paz que posee un niño mientras duerme.

Salgo a la calle y me dirijo al Mar, para inundar con la brisa de sales los sentidos. Las calles semivacías traen a mi memoria los días pasados de la Guerra, los días perdidos, las vidas perdidas. La aventura del Hombre retando al destino. El destino, palabra engañosa con que la Ignorancia gobernara a la Pureza.

Y Yo aquí, debatiéndome con mi laborioso cerebro, entre el Todo y la Nada filosóficos hechos trizas. Las preguntas sin respuestas que abandonadas quedaron en el camino de los deseos y el vacío de las palabras.

Y yo también me pregunto ¿qué es el Hombre? El fruto del Amor, madurado por El creador de las cosas o la manifestación de su libido.

Permanezco unos instantes con los ojos cerrados, apoyo mi mano sobre las sienes tratando de hallar esas figuras destellantes, que se asemejan a las de un calidoscopio y me relajan.

Las voces de mis padres olvidadas.

Los abro, reposo mi mirada en el mar.

Emprendo la vuelta a casa, mi mujer y mis Hijos me esperan.

Y D’s esperando de mi un guiño.

Roberto Sánchez Soria©

Publicado originalmente  en “Israel Latina”®, Octubre de 2006


“Udazken koloretan”, Benito Lertxundi

En los colores de otoño,
atravesando los perfumes de los campos,
evocándote, estoy en ti.
A la sombra del árbol desnudo,
amarillenta y rojiza
yace la hojarasca; todo duerme.
Recojo una hoja, es tan simple como bella,
tan sencilla al morir,
parece aún poseer toda la vitalidad del árbol
Tanta dignidad al caer
me impulsa a cantarte.
De nuevo contemplo el árbol;
¿estará preocupado…?,
se diría que dibuja la sonrisa de la eternidad
en la bondad de su libre transcurrir.
Y parece burlarse
de los sueños cultivados
en las entrañas del tiempo que me esclaviza.
En los colores de otoño,
atravesando los perfumes de los campos,
evocándote, estoy en ti,
tan sencillo al morir,
tan simple al irte sin un adiós.

Benito Lertxundi©


“El mal de la tarongina”, Joan Manuel Serrat


“Comiat, de Poemas de l’Alquimista”, por Josep Palau i Fabre

Josep_Palau_i_Fabra

"Ja no sé escriure, ja no sé escriure més.
La tinta m’empastifa els dits, les venes…
He deixat al paper tota la sang.
¿On podré dir, on podré deixar dit, on podré inscriure
la polpa del fruit d’or sinó en el fruit,
la tempesta en la sang sinó en la sang,
l’arbre i el vent sinó en el vent d’un arbre?
¿On podré dir la mort sinó en la meva mort,
morint-me?
La resta són paraules…
Res no sabré ja escriure de millor.
Massa a prop de la vida visc.
Els mots se’m moren a dins
i jo visc en les coses.
"

Josep Palau i Fabre©


“Otoño Porteño”

Daniel Barenboim y Rodolfo Mederos interpretan Otoño Porteño de Astor Piazzolla


“La última rima”, por Francisco Villaespesa

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Mi vida es como un árbol que en Otoño
se entrega a los caprichos de los vientos.

Sus hojas amarillas, una á una,
al soplo de la brisa van cayendo,
muy lentas y muy tristes, como lágrimas
de algún dolor oculto y sin consuelo…

¡Oh, tú que llegas á mis bosques, pasa,
sin pisar esas hojas que en el suelo
como cosas marchitas se deshacen…
¡Son las cenizas de mis pobres muertos!

Francisco Villaespesa©


“La foto”, por María del Carmen Salgado Romera

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Septiembre se adueñó de mí, y yo me adueñé de su piso.
Casi sin pensar.
Una transacción rápida, necesitaba el dinero.
Deudas de juego, supuse.
Y se marchó sin llevarse las paredes.
Unas paredes extrañas, salpicadas de fragmentos de El Jardín de las Delicias.
Repartidos por el salón, hombres, mujeres, animales y frutas desnudos.
Sí, todos desnudos. En relieve, pintados de vivos colores.
A tamaño real.

Ana, muchas veces me he preguntado ¿qué pudo ocurrirle a Fran?
¿Dónde colocar el punto de inflexión de su vida?
¿Recuerdas cuando subíamos a jugar al camaranchón en aquellas tardes de otoño, después del colegio, después de atravesar la nebreda?
Vaciábamos en el cesto del desván los bolsillos llenos de arcéstidas para las infusiones de la abuela y poníamos a las muñecas la ropa que les hacíamos con trozos de sacos y retales de algodón.
Tú querías ser modista, yo quería ser maestra.
¿Recuerdas?
Fue una de esas tardes cuando le conocimos.
El nuevo, el señorito, el de afuera.
El marica que dibujaba pájaros, en vez de dispararles con la escopeta de perdigones.

Pero tú y yo supimos años después que no era marica.
Lo supimos por separado.
Cada una guardó su secreto hasta que se fue.
Nos lo contamos sentadas en el suelo del camaranchón.
Tú a un lado y yo al otro del tendal, la ropa meciéndose en el colaire que formaban las rajas de la madera.
Ambas temblando a los lados de nuestro improvisado confesionario.
Primero de pena, por su marcha.
Luego de emoción, al recordar cada una sus vivencias.
Después de rabia, al saber que había jugado con nosotras.
Y así supimos que los tres no éramos tres, sino uno y medio por dos.
Dos sesquiálteros.

Se fue a Madrid. Le seguimos la pista.
A París. Supimos poco de sus andanzas.
A Nueva York. Noticias, reportajes, entrevistas, portadas…
Él en la cumbre. Tú en la tienda de modas. Por la noche diseñabas.
Él en lo alto. Yo dando clases en el instituto. Por la noche escribía.
Hubiera hecho falta un gigantesco catetómetro para medir la distancia que nos separaba en vertical.
Te casaste. Creí que le habías olvidado.
Me casé. Yo tampoco me acordé, ni siquiera después de mi divorcio.
Ya no había entrevistas, ni portadas, ni reportajes.
Hasta aquella exposición de provincias.

¡Qué nudo en el estómago cuando le vimos!
Nos lo confesamos a la vuelta en el tren.
¿Recuerdas?
Pusimos la cortinilla de pliegues entre ambas, como aquella vez en el desván.
Y, sí, pese a los años, a las arrugas, a la calvicie, era él.
El mismo hombre de dedos largos y nudosos que acariciaban lienzos de tela y piel. Que dejaba en ellos la impronta de sus deseos pintada al óleo o al recuerdo.
El que con una mirada era capaz de despertar la pasión.
Se fue otra vez.
Y tú. Tus diseños se vendían. Una tienda era poco. Franquicias. Fuiste colonizando poco a poco media Europa.
Es curioso como él acabó volviendo, cuando tú alcanzabas el cenit.

Yo seguía en mi instituto.
Allí fue una tarde de mayo a buscarme para hablar.
Y mientras él hablaba, yo deseaba sus labios. No le escuchaba.
Sé que me dijo que necesitaba dinero. Que vendía un apartamento frente al mar. Que me vendría bien cambiar de aires.
Le dije que sí.

Es mi primera Navidad aquí, Ana, rodeada del silencio y de la gente desnuda que reviste estas paredes.
Ayer encontré una foto vuestra. Besándoos.
No sé si la dejó a posta.
Llevas el traje que estrenaste en mi cumpleaños, justo dos años antes de la exposición a la que fuimos juntas.
Creo que ya puedo colocar el punto de inflexión de su vida.

¿Cómo has podido tenerme tan engañada?

Mª del Carmen Salgado Romera (Mara)©
Fuente: http://dadaisforever.wordpress.com/relatos/


“El viento de otoño…”

El viento de otoño
mueve la persiana de bambú
y mi corazón.

Ransetsu©

soplaelvientodeotoño


“En esta senda…”

hojas

En esta senda
camino al olvido
crujen las hojas

Elena de San Telmo©


“Has entrado al otoño…”

palomas

Has entrado al otoño
me dijiste
y me sentí temblar
hoja encendida
que se aferra a su tallo
que se obstina
que es párpado amarillo
y luz de vela
danza de vida
y muerte
claridad suspendida
en el eterno instante
del presente.

 

Claribel Alegría©


“Testamento de otoño”

matildeurrutia

MATILDE URRUTIA, aquí te dejo
lo que tuve y lo que no tuve,
lo que soy y lo que no soy.
Mi amor es un niño que llora:
no quiere salir de tus brazos,
yo te lo dejo para siempre:
eres para mí la más bella.

Eres para mí la más bella,
la más tatuada por el viento
como un arbolito del sur,
como un avellano en agosto.
Eres para mí suculenta
como una panadería,
es de tierra tu corazón,
pero tus manos son celestes.

Eres roja y eres picante,
eres blanca y eres salada
como escabeche de cebolla.
Eres un piano que ríe
con todas las notas del alma
y sobre mí cae la música
de tus pestañas y tu pelo.
Me baño en tu sombra de oro
y me deleitan tus orejas
como si las hubiera visto
en las mareas de coral:
por tus uñas luché en las olas
contra pescados pavorosos.

De Sur a Sur se abren tus ojos
y de Este a Oeste tu sonrisa,
no se te pueden ver los pies
y el sol se entretiene estrellando
el amanecer en tu pelo.
Tu cuerpo y tu rostro llegaron,
como yo, de regiones duras,
de ceremonias lluviosas,
de antiguas tierras y martirios.

Sigue cantando el Bío-Bío
en nuestra arcilla ensangrentada,
pero tú trajiste del bosque
todos los secretos perfumes
y esa manera de lucir
un perfil de flecha perdida,
una medalla de guerrero.

Tú fuiste mi vencedora
por el amor y por la tierra,
porque tu boca me traía
antepasados manantiales,
citas en bosques de otra edad,
oscuros tambores mojados:
de pronto oí que me llamaban,
era de lejos y de cuando
me acerqué al antiguo follaje
y besé mi sangre en tu boca,
corazón mío, mi araucana.

¿Qué puedo dejarte si tienes,
Matilde Urrutia, en tu costado
ese aroma de hojas quemadas,
esa fragancia de frutillas
y entre tus dos pechos marinos
el crepúsculo de Cauquenes
y el olor de peumo de Chile?

En el alto otoño del mar
lleno de niebla y cavidades,
la tierra se extiende y respira,
se le caen al mes las hojas.
Y tú inclinada en mi trabajo
con tu pasión y tu paciencia
deletreando las patas verdes,
las telarañas, los insectos
de mi mortal caligrafía.
Oh leona de pies pequeñitos,
qué haría sin tus manos breves,
dónde andaría caminando
sin corazón y sin objeto,
¿en qué lejanos autobuses,
enfermo de fuego o de nieve?

Te debo el otoño marino
con la humedad de las raíces
y la niebla como una uva
y el sol silvestre y elegante:
te debo este cajón callado
en que se pierden los dolores
y sólo suben a la frente
las corolas de la alegría.

Todo te lo debo a ti,
tórtola desencadenada,
mi codorniza copetona,
mi jilguero de las montañas,
mi campesina de Coihueco.

Alguna vez si ya no somos,
si ya no vamos ni venimos
bajo siete capas de polvo
y los pies secos de la muerte,
estaremos juntos, amor,
extrañamente confundidos.
Nuestras espinas diferentes,
nuestros ojos maleducados,
nuestros pies que no se encontraban
y nuestros besos indelebles,
todo estará por fin reunido,
¿pero de qué nos servirá
la unidad de un cementerio?

¡Que no nos separe la vida
y se vaya al diablo la muerte!

Pablo Neruda©