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“El discreto encanto de la…”, Juan Zapato

103El murmullo del oleaje se posa con timidez sobre el perfil costero del mar Cantábrico a orillas de Santander.

El aire fresco le hace compañía y el ronroneo del motor de una barcaza -que se aventura en la mañana, y se interna lenta en busca del rumbo diario-, nos dicen que hoy 8 de Enero da inicio un nuevo año gregoriano, de fondo una incierta neblina oculta los rostros de Somo y Pedreña.

Soy un extranjero, no de ahora, sino de siempre, desde el día aquel que abandonara el vientre de mi madre y comencé a deambular un nuevo mundo.

Una geografía todavía desconocida a mis ojos, aunque por momentos, ciertas fachadas edilicias me confundan entre nostalgias de otras geografías también desconocidas. Calles que van poblándose en minutos apresurados, de transeúntes que aún conservan sus trabajos. No son las trombas de ayer por las “rebajas”, incomprensibles a quien tiene una mirada foránea, un virus llamado consumismo, que se propaga en la sociedad y afecta al criterio.

Encaminando los pasos hacia El sardinero, bordeando la escollera, unos pescadores ocupan el tiempo intercambiando anécdotas, mientras una lubina forcejea para no ser prendida. Me acerco en silencio a un hombre de canas, para no interrumpir la escena y escuchar y aprender. Sobre la piedra está tallado un nombre: Pedro, así bautizaré a este pescador que ante el saludo de otro parroquiano y la pregunta sobre ¿qué haces Pedro?, responde: buscando el tapón… hace años que busco el tapón, que haga correr el agua de este mar y los barcos quedarán sobre la tierra. Ya verás cuando lo encuentre…

122El Sol invita a continuar. Ahora una sirena anuncia la proximidad de alguna embarcación y las campanadas de las iglesias, no quieren ser menos, no pueden perder presencia entre los perdidos andantes. El mediodía llega y una dama de elegante vestir almuerza cómodamente sentada sobre un banco y compartiendo conversación con un elegante caballero, y el detalle infaltable: dos copas de vino blanco, reposan sobre los baldosones de piedra del paseo marítimo. Por cierto la crisis no puede empañar el estilo.

Ya es hora… me escurro entre las oraciones sueltas de una conversación plural que entran y salen por mis oídos, como un lenguaje que se ha mudado de mí.

Juan Zapato©


“Rapsodia Judía”, Adolfo (Fito) Chammah

Kol Nidréi, Aníi maamin, Nigún y Shofar, Procesión nocturna, danza, oración.

musica1

Distancia y murmullos entre el proscenio y mi espera.
Dos canastos rebosantes de flores y ramas viva adornando el escenario.
Los músicos van entrando, ellos de elegante smoking, ellas de negro soirée.
El violino concertante cual clave de sol andante da ejemplo con su sonido y
                                                                                                                  /todos ajustan el “la”.
El aplauso adelantando al talentoso maestro y opresto la batuta diestra
                                                                                                         /que sugiere a los violines.
En un adagio muy lento dar bienvenida a los vientos.

Ébano y níquel, níveas manos, rojos labios, con su largo clarinete una elegante
                                                                                                                                                  /solista
va triturando promesas en la antigua melodía del esperado Kol Nidrei.
Fui frelajando ansiedades y con la imaginación alerta las raíces de la sasngre
palpitaron en mis ojos, y un vendaval de recuerdos casi afiebrado despierta.
La figura del abuelo e su sufrido silencio, el taled, las filacterias, el pan
                                                                                                                        /trenzado, las velas
y un  laberinto de ensueños con Chagall y su paleta.

El Purim con su suave rojo, o el violinita verde o el rabino de limón.
Aní maamín “yo creo” pregonan con su color.
Rojo, verde, azul, turquesa y en mi follaje de otoño el amarillo tristeza.
La cadencia del shofar, cuerno de macho cabrío, sonando bronco y terrible
recuerda al pueblo elegido que Adoshem es uno y solo
y la plebe con unción se prosterna arrepentida rogándole su perdón.

En la procesión no, qué ensación tan extraña: la alegría de un jasid todo
                                                                                                                           /vestido de negro
con su gorra y las polainas y un charco rojo en el pecho de alguna daga pagana
que paraliza su danza.

Las violas y los oboes, los cellos y los violines recitan una oración.
Es dulzura y es torrente, es esperanza escondida, es lejanía, es presente.

Adolfo (Fito) Chammah©

Nació en Tucumán, Argentina. Desde joven se sintió atraído por las expresiones artísticas. Estudió en el Conservatorio Nacional de arte escénico. En Argentina fue miembro del elenco estable del teatro S.H.A., perteneció a la comisión directiva del club C.A.S.A., dirigente de FESELA. (Federación Sefaradí Latinoamericana) y de la D.A.I.A. Publicó artículos en diarios y revistas de la comunidad judía. Creador y director de “Encuentro con la canción Sefaradí (música y poesía). escribe cuentos y poesías e intervino en dos antologías y en numerosas veladas literario-musicales.
En Israel se integró a las peñas “Escritores del Alba” y “Brasego”. En la actualidad es miembro activo de la peña “Literarte”, es socio de la Asociación Israelí de escritores ene Lengua Castellana.


“Anhelo”, Marga Mangione

Mi alma sin religión y sin fronteras,
pide a Dios por la sangre de los muertos
y le ruega que nadie en las trincheras,
sufra dolor, congojas y tormentos.

Le pregunto a Jesús, Alá, Mahoma,
qué castigo han de darle al asesino;
al que mata desde que ele sol asoma,
porque cree que hacerlo es don divino.

¿or qué el odio de unos pocos logra tanto,
y el amor de otros siempre es ignorado?
¿Por qué siembran la muerte y el espanto,
a través de un hermano que es soldado?

No recibo respuestas a mi angustia
o tal vez no las oigo en mi quebranto…
la confianza se me ha quedado mustia,
y me pierdo en las sombras de mi llanto.

Pero aún no he perdido la esperanza,
y la elevo en el aire cual bandera
no concibo la paz con la venganza,
porque la anhelo plena y duradera.

Quiero un mundo llenito de alegría,
sin misiles, sin balas, sin metralla;
sin división musulmana o judía,
donde nadie levante una muralla.

Un lugar sin desquites ni revancha,
donde jueguen los niños sin problema,
a las escondidas, al fútbol o a la mancha
buscando que el amor sea su emblema.

En el erial que hoy destruyó la guerra,
mañana quiero campos bien sembrados,
para saciar el hambre de la tierra
con trigales maduros y dorados.

¡Amemos al igual y al diferente
desde el fondo recóndito del alma!
¡Sonriendo sin distingos a la gente,
lograremos la ansiada y dulce calma!

¡Rompamos esas sórdidas cadenas,
que nos separan de cualquier alianza!
¡Brindemos el amor a manos llenas,
y reinará en el mundo la bonanza!

Mi palabra es humilde y no pretende,
exigir que estos sean mandamientos…
La envío cual antorcha que se enciende,
para alumbrar oscuros sentimientos.

Déjala que se mezcle entre la gente,
y que penetre en todos los oídos,
que convenza de a poco y dulcemente,
hasta que invada todos sus sentidos.

Entenderán entonces que la guerra,
es el problema y jamás la solución;
si el hombre de su vida la destierra,
logrará la más excelsa perfección.

Marga Mangione©


“Las israelíes Juglarías y Arderás en mí, con su autor Roberto Sánchez Soria (Juan Zapato)”

El amor y el erotismo, el pensamiento y la palabra, la Paz y la guerra, el cotidiano vivir de un poeta en Israel.

025Lectura en vivo en los estudios de Radio Sefarad (Madrid), invitado por Raquel Cornejo al programa “El marcapáginas”

Para escuchar, cliquea en la imagen o en el siguiente enlace: http://www.radiosefarad.com/joomla/index.php?option=com_content&view=article&id=18339:el-marcapaginas&catid=65:el-marcapaginas&Itemid=84


“Dormir”, Iael Pribluda Vered

sueños

Dormir,
relajarse, entregarse, abandonarse
y dejar que así nos vean.

Dormir
es muy íntimo, muy de uno
porque no se comparte.

Porque nos ven y no vemos
porque nos ven como somos
no como nos mostramos.

Las facciones se suavizan,
el cuerpo abstracto, sin rigidez
suave como el sueño de un niño.

El yo que se muestra
es el yo que ocultamos
mientras dormimos.

Ver a alguien durmiendo
es como verlo desnudo
de ropas y mentiras.

Por eso no suelo
mirarte así, durmiendo
porque me da miedo usurparte.
Sin que puedas negarte
o defenderte
que así te vea.

En la desnudez de tus sueños
que no me pertenecen
que no te pertenecen, que no elegís.

Y elijo no mirarte así, dormido
con los labios entreabiertos
y los brazos extendidos a lo largo del cuerpo.

Pero sí te miro
y tu cuerpo dormido
absorbe mis caricias y mi dar.

Iael Pribluda Vered© de su libro “Hitos, huella” ISBN: 987-02-1244-1

Secretaria de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana, sus escritos han sido publicados en las revistas literarias israelíes “Rodes” y “EntreLíneas”, dirige desde el 2005 un taller de escritura en español en la Biblioteca Nacional de Bat Iam.


“El guardapolvo blanco”, Mina Weil

XB1992.1161.3Doce escalones formaban la ancha escalinata. Daniela los iba contando, mientras los subía temblorosa.
Sabía que no era de miedo su temblor, sino de expectativa, y tenía tantas…
Principios de diciembre, en una Buenos Aires que recién despertaba al aliento pegajoso de un día que prometía canícula. Había viajado por más de media hora en el tranvía 86.
Tráquete tráquete… Avenida San Martín, Alvarez Thomas, tráquete tráquete… Avenida Corrientes. El asmático 86 la recorría de una punta a la otra.
El boletín de calificaciones de su sexto grado terminado con loas y la partida de nacimiento se adherían como ventosas a sus palmas húmedas.
Debajo del guardapolvo blanco, el vestido de percal floreado se pegaba a su cuerpo delgado, al que la incipiente pubertad comenzaba a moldear.
Atravesó el enorme portón de entrada.
Un hall gigantesco con bocas abiertas a largos pasillos pareció querer fagocitarla.
Llevó la cabeza hacia atrás para mirar el techo y se sintió del tamaño de una hormiga.
Ese techo abovedado le hizo recordar los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
La habían dejado boquiabierta, durante una excursión a Roma, organizada por la Opera Nazionale Balilla1 de su pueblo.
El corazón le dio un vuelco. El pasado italiano, arrinconado desde hacía un año en un oscuro recoveco de su memoria, había pegado un salto y querido salir a la luz. El suyo era por cierto un pasado reducido. Dentro de pocos días iba a cumplir los catorce años.
Habían transcurrido sólo dos desde aquel paseo, que ahora le parecía lejano e irreal.
Volvió su atención a lo que ahora veía: Como incrustado en el cielo, un vitral multicolor cubría la parte central del cielorraso. Una cascada de flores caía desde una desbordante canasta pintada de oro. La claridad se filtraba a través de tanto color, y convertía la galería superior en escenario lleno de magia.
Bajó lentamente la cabeza, porque se le había entumecido el cuello. Se dijo que no había tiempo para contemplaciones artísticas.
Enfiló hacia uno de los corredores y enseguida vio, al costado de una puerta cerrada una brillante chapa de bronce con la inscripción: ‘SECRETARÍA’. Al otro costado hacían fila varias niñas. Algunas habían llegado solas, como ella, otras acompañadas de papá o de mamá.
Se ubicó diligentemente al final de la larga cola. La puerta se abrió. Salió una niña con cara satisfecha y un papá que orgulloso sacaba pecho.
“¡Pase la que sigue!” gritó una voz clara y sonora de mujer. Una después de otra entraron y salieron.
Durante la larga espera y sin más compañía que sus pensamientos, los recuerdos de la Italia fascista brincaron y salieron nuevamente de su prisión; pero esta vez no los rechazó.
Aun sentía que una puñalada les había sido asestada en ese no tan lejano 2 de septiembre de 1938, cuando las leyes raciales contra los judíos hicieron su aparición, de la mano traidora de Mussolini. De la noche a la mañana, fue otra la vida. De un día a otro, se cerraron las puertas de los colegios para los alumnos judíos. De un día a otro, muchos de los amigos dejaron de serlo. Soportó el desprecio con la cabeza alta, tal cual lo hacían sus padres. No entendía por qué ser judío era tal pecado.
Sandra la hermana mayor no paraba de llorar. Tenía dieciséis años y estaba locamente enamorada de su apuesto profesor de latín, quien a su vez lo estaba de la profesora de historia. Ahora sí su amor sería imposible.
Mauricio, el hermanito de seis años, no comprendía por qué le estaba prohibido vestir el uniforme de figlio della lupa2 que le quedaba tan lindo.
Vivo estaba en Daniela el recuerdo de cómo había cubierto con pinceladas de tinta china el número tres de ese mismo mes de septiembre, en el calendario grande de la cocina.
Había sido el día en que se prohibió a los niños judíos la entrada a los colegios. Lo había vestido de luto. Era día de duelo para ella. Después se le ocurrió que en realidad debió haberlo pintado de color sangre. Tanto le dolía.
Un paso…otro paso, la fila se acortaba. Pocos minutos más y sería su turno de inscribirse para el examen de ingreso al primer año del Colegio Comercial. Fue casi imperceptible su mueca de disgusto: no era lo que ella realmente quería estudiar. Su sueño había sido, desde que tenía uso de razón, el de ser maestra. En el pequeño pueblo del norte de Italia, donde había nacido, la habían apodado “la maestrina”; porque estaba siempre rodeada de niños a los cuales ayudaba con las tareas de la escuela. Siendo extranjera, la posibilidad de ejercer como maestra era nula; pero no, la de encontrar trabajo como secretaria o tenedora de libros. Lo importante era estudiar y ella tenía hambre de saber.
El pensamiento, con esa facultad de escurrirse de un lugar a otro, de remontarse de un tiempo a otro, la llevó de nuevo a la Italia de fines del 38.
El padre de Daniela no había nacido en Italia y además de ser judío era antifascista.
Aconsejada por amigos que sí lo eran, la familia escapó hacia las montañas, cargando cada uno pesada mochila a la espalda. Los padres se turnaban en llevar a babucha al más pequeño.
Cómo llegaron a Grecia y luego a Argel para tomar el barco, eran memorias enroscadas en una maraña, de la cual fluían fragancia a pino, a musgo y olor de cabra de monte, confundiéndose todo con el aroma de especias y el rancio efluvio de cuerpos sudados en el puerto de Argel. No desenroscó esa maraña. Dejó que su mente navegara por las aguas azules del Mediterráneo.
El vetusto barco que los llevó a la Argentina era alimentado a suspiros; ésa era la sensación que Daniela tenía. Los suspiros de los pasajeros, casi todos huyendo del nazismo o fascismo, mantenían a flote la nave. Recordaba el mareo constante, el rolar descontrolado durante la borrasca al salir del estrecho de Gibraltar.
El puerto de Buenos Aires, con gusto a añoranza, a sueños urdidos durante largos viajes, con ese misterioso y temido sabor a lo desconocido, los recibió una mañana vibrante de sol veraniego. Sol que no logró penetrar los ojos empañados de Daniela y de su hermana.
Dos meses después entraba a cursar el sexto grado en la escuelita de un pueblo en las afueras de Buenos Aires. Y hoy, a sólo diez meses desde aquel día, estaba lista para rendir el examen de ingreso al colegio secundario.
El idioma castellano no le había resultado difícil. Fue música para sus oídos desde el principio. La riqueza de sus matices la cautivaron e inconscientemente fue apartándose de la lengua italiana, que formaba parte de lo que ella consideraba una traición.
Ya no faltaba mucho. Cuando se abriera la puerta habría llegado su turno. Alisó la falda del guardapolvo. Sus manos nerviosas se deslizaron por las tablas almidonadas, mientras una pícara sonrisa iluminaba su cara pecosa, dejando entrever unos dientes incisivos grandes y muy blancos. Su mamá había sacrificado una sábana para hacerle el guardapolvo. No parecía de confección casera. Era igual a los que se veían en las vidrieras de los negocios. Manos de hada las de la mamá de Daniela.
Y finalmente, cuando la puerta se abrió, el “¡Pase la que sigue!” fue para ella.
Respiró hondo y una alegría difícil de ocultar la invadió. A tal punto, que la señorita secretaria al verla entrar exclamó: “Pareces muy contenta”. “Sí, lo estoy”, contestó.
Daniela, sin poder dejar de sonreír, mientras entregaba el boletín de calificaciones y su partida de nacimiento.
La señorita secretaria, muy delgada, de guardapolvo blanco, cabello entrecano corto pegado a la cabeza, estudió los papeles que la probable futura alumna le había entregado.
Los dio vuelta, los volvió a mirar, sacudió la cabeza sin pronunciar palabra. Frunció el ceño. Se levantó del asiento. Hizo un gesto a Daniela para que la esperara y dijo, mientras abría la puerta: “Ya vuelvo”.
De pronto, a Daniela le dolieron los pies. En momentos de miedo o de peligro, siempre le dolían los pies. Era su termómetro al desastre.
Se borró la sonrisa de su boca pequeña y un extraño temor fue reptando por sus piernas hasta la garganta.
La secretaria regresó muy pronto acompañada de una mujer voluminosa a la que presentó como la Señora Directora.
“Niña”: dijo la Señora directora, mirándola con simpatía a través de unos ojos grandes, oscuros y almendrados, “estoy sorprendida por tus buenas notas… siendo que hace tan poco llegaste de Italia. Lo dice aquí, en tu boletín. No me cabe la menor duda de que serías una excelente alumna. No es secreto que las alumnas judías se destacan”.
Había dicho… serías… no había dicho serás. ¡Cómo le dolían los pies!
“Lamentablemente”, siguió diciendo la Señora Directora, “no podemos anotarte para el examen. Esta Partida de Nacimiento no es válida. Tiene que ser enviada a Italia para su autenticación. Pero nena… estamos en 1941 y hay una guerra en Europa. Además en Italia hay leyes contra los judíos. Sinceramente no sé cómo te podemos ayudar. Daniela salió corriendo para que nadie viera como desbordaban sus ojos. Pero alcanzó oír que la señorita secretaria decía despectivamente: “Bueno… una rusa menos. Tenemos ya bastantes”.
“Cállate, Lucinda, no seas cruel”, y esta vez fue la Señora Directora la que en voz alta llamó: “¡Pase la que sigue!”.
Las lágrimas rodaban libremente, no podía frenar los sollozos. Un muchacho al pasar le dijo riendo: “¡Che! ¿Se te murió alguien?” Claro que sí, se le había muerto el futuro.
Mientras caminaba sollozante hacia la esquina para tomar el tranvía, fue desabrochando el guardapolvo blanco. Se lo sacó. Lo dobló prolijamente sobre su brazo. De haberlo sabido antes, el guardapolvo sería sábana todavía. Un largo suspiro terminó con los sollozos. Llegó el tranvía. Tuvo asiento al lado de la ventanilla. Tráquete tráquete… La avenida Corrientes desfilaba ante sus ojos. Daniela no la veía, pensaba con tinta de qué color iba a cubrir la fecha de ese día, en el calendario de la cocina. ¿Negro o rojo?

Mina Weil©

1 O.N.B. Organización nacional de jóvenes fascistas.

2 A los seis años de edad los niños varones eran inscriptos a la O.N.B. y vestían uniforme.


“Niño de mi ciudad”, Yetty Blum

 

niño

Ese niño de mi ciudad
de carita demacrada,
con expresión de ansiedad
y con su mirada amarga…

Ese niño, lo llevo adentro
lo recuerdo aún sin quererlo,
su pena helada en mi pecho
me quema cual brasa ardiendo.

Vende agujas por las calles,
con su ilusión fatigada,
agujas que nunca cosieron,
quizás jamás cosan puntada.

No coserán su destino
si nunca, nadie hace nada.
No coserán sus andrajos
ni las zapatillas gastadas.

No coserán los retazos
de su vida desolada,
ni coserán esperanzas
para su mirada amarga.

Agujas nuevas reclamo,
para el hijo del desamparo,
agujas que cosan cambios
para sus sueños frustrados.

Yetty Blum©


“El Marcapáginas–Radio Sefarad”

Snapshot_20110720

Raquel Cornago entrevista a Juan Zapato en el programa “El Marcapáginas” de Radio Sefarad.

Cliquéa en la imagen para escucharla.


“Elogio de lo que queda”, Edith Goel

Apoyo un lápiz en el vacío.

Una miríada de nombres
se pierde
en el acto trivial de elegir
una frase
una palabra
la letra.

Como el tranvía de Gaudí
los trenes sembrarán
vidas inconclusas.

No nos queda
sino esperar.

Edith Goel©

Nacida en Argentina (1952). Es profesora de lengua y literatura española, ilustradora, artista plástica y traductora del hebreo al castellano, y ha obtenido varios premios literarios como: Lucila Palacios (Venezuela), Cosquín (Argentina), Bartolomé Mitre (Argentina), Revista de los Poetas (Argentina), Voces Nuevas (Torremozas, España), Ocho Venado 2001 (México). Web: La Blinda y Niedernegasse. Sus textos han aparecido en antologías y en páginas literarias de Internet, y han sido traducidos a varios idiomas. Presidió la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana. Reside en Rishón LetZíon, Israel.


‘Café Tortoni & Plaza Roberto Arlt”, Juan Zapato

XIII

mientras avanza la mañana

sobre tu verde recién amanecido,

esa imagen de hombre metamorfoseado

canta su primer bostezo,

dejándolo caer sobre tu largo pasillo

empedrado de poemas y flores,

que desemboca en las mejillas del “Viejo Tortoni”.

entro en tu baño único de caballeros,

y aparece el sol acompañado de muchos chicos

y te cubren de alegría;

invadiéndote por todos tus costados.

los niños corren por tu cuerpo,

y dentro de su cuerpo se esconden

y sueñas junto a ellos.

los rostros que te habitan

saludan al nuevo día

con una lágrima de perfil,

o

desde una nube color ceniza;

en tanto, un millón de viejos viejos

se sientan en tus dedos

para hacerte conocer sus recuerdos e ilusiones,

sus diálogos apacibles y sus llantos con sonrisas,

por inventar y destruir proyectos.

jóvenes estudiantes juegan en tu arco de hamacas;

el mediodía de tus dientes almuerza con los empleados de visita;

un barquito de papel conversa con el viento.

llegan palomas por miles,

mi tía Friné se da cita para darles migajas.

llega la primavera,

levanta un escenario de voces;

se escuchan los versos de una canción popular,

de tus faroles se asoman las estrellas,

y toda la gente aplaude.

Juan Zapato©


“La partida”, Al Bernard. Taller de Escritores Kibutz Sa’ar

ELSA ANDRADA PUERTO DE BAIRESDesde el barco cae una lluvia de serpentinas, de adioses y pañuelos que se agitan.

Él no oye los gritos de la gente. Apoyado en una vieja grúa permanece callado, casi ausente. Dos lágrimas se asoman incrédulas a sus ojos.

El barco parte, enciende un cigarrillo, aspira el humo y lo deja mezclarse con el aire. Termina de fumar tira el pucho en el agua aceitosa y camina hacia la salida. Entre los adoquines se asoma el verdor de la gramínea, está por arribar la primavera.

Se imagina acompañándola en este viaje sin retorno. Cuantas ilusiones truncadas en un abrir y cerrar de ojos. En su memoria resuenan aquellos momentos que pasó con ella… su gran amor.

A lo lejos una sirena lastima la tarde del sábado.

Al Bernard©


“Literarte Nº 30”, Amigos escritores de Kfar Saba

Literarte30

Te invito a visitar el trabajo de mis Amigos Escritores de Kfar Saba (El pueblo del abuelo), poetas y narradores israelíes en español.

Cliquea en la imagen, espero lo disfrutes, Juan Zapato.


“Sorpresa de cumpleaños”, Moshé Goldin

Eran cuatro hermanos. Sofía, la mayor que vivía en un kibutz del Neguev había quedado inválida y viuda, en un accidente ocurrido cinco años atrás. Raquel la menor, tuvo la idea de prepararle una sorpresa de cumpleaños y pensó reunir en su casa a los cuatro; a José que vivía en Londres y a Rubén que residía en Roma.

***

Sofía estaba leyendo el periódico, cuando la interrumpió el timbre del teléfono.

–Haló ¿quién habla?

–Buen día Sofía, soy Raquel. ¿Cómo estás?

–Muy bien, hermanita, que alegría escucharte. ¿Ya se mudaron? ¿Es cómoda la nueva vivienda?

–Sí, ya estamos instalados en Natania. El departamento es precioso y tiene vista al mar. Te llamaba para invitarte a conocerlo. ¿Por qué no venís el domingo próximo? Podríamos celebrar juntas tu cumpleaños en algún restaurante de la peatonal.

–Excelente idea y acepto encantada. Tengo que consultar quién viaja ese día para que me lleve. Pero será por la tarde.

–De acuerdo, cenaremos juntas, te quedarás a dormir con nosotros y al día siguiente te llevaremos de regreso al kibutz ¿te parece bien?

–Perfecto, ya lo estoy disfrutando –respondió riendo.

–Te mando un beso, chau

Luego de esta conversación, Raquel llamó a Londres y le confirmó a su hermano José la visita. Le propuso que todos se reunirían todos en su nueva casa. Muy pocas veces los cuatro habían estado juntos para el cumpleaños de Sofía. Para ella sería una alegría inolvidable y el mejor regalo que le podrían hacer. Ya había hablado con Rubén y él estaba de acuerdo en viajar. Llegaría el domingo a las 10.30 hs. y José podría tomar el avión que llegaba a Tel Aviv a las 11.30 hs.

Los esperarían en el aeropuerto. Su hermano aceptó entusiasmado la proposición.

***

Raquel y su esposo Jorge viajaban hacia el aeropuerto para recibir a los viajeros. En ese mismo instante, a bordo del avión su hermano miró el reloj y quedó satisfecho, llegaría puntual. Se arrellanó en la butaca y abrió el periódico.

El aparato de Alitalia aterrizó en el aeropuerto Ben Gurión. Luego de retirar el equipaje, Rubén se encontró con su hermana y su cuñado. Se abrazaron emocionados y fueron a la cafetería para conversar tranquilos mientras esperaban el vuelo de Londres.

–¿Preparada la sorpresa? –preguntó el recién llegado.

–Sí, todo en orden –respondió Raquel– Sofía no sabe nada de este encuentro, será una alegría inesperada para ella.

–¿Cómo sigue?

–Bien, en el kibutz la quieren mucho porque es activa, trabaja y además… el llamado del teléfono celular interrumpió la plática.

–Haló, ¿quién es?

–Te habla José. Hubo una demora, pero ya estamos en vuelo. Llegaré dentro de dos horas.

–No importa, te esperaremos, estamos aquí con Rubén. Tenemos muchas novedades que contarnos.

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“La piedra blanca de Rosh haNikrá”, Juan Zapato

 

Rosh-Hanikra-sunstar

El viento cual titiritero dispone mis movimientos,

mis pies caen con fuerza sobre la playa

y resistiendo a la presión de la arena

dan un nuevo paso hacia adelante.

El mar emite una voz, la voz me llama,

pero no soy ave marina y prosigo la marcha.

El h o r i z o n t e se anuncia próximo,

la piedra blanca recuesta su brazo y la frontera

se sumerge en tus aguas Mar de las Historias,

la piedra blanca da cobijo en sus cavidades

a las tortugas mediterráneorientales que vienen a desovar.

No hay ecos en tus grutas,

sí senderos resbalosos salpicados de humedad,

peces en cardúmenes que recorren laberintos interiores.

La roca blanca se va transformando por la acción de

acariciarla noche y día amante Mar.

La luna asoma temprana en otoñal asombro,

para elevar la visión sobre un cielo pastel celeste

y el Sol te mira e intenta atraerte hacia las olas,

pero no es día de eclipse y no podrá poseerte.

El túnel por el que te atravesara un día el Oriente Express,

es una cripta que encierra chirridos de vías,

temores de obscuridad, la ausencia de fantasmas pasajeros

y el olvido del verbo de alguna ficción no escrita.

Todo concluye,

los damanes roqueros1 descienden por tus laderas

ya es hora de volver a casa, abandonar la realidad,

para introducirnos en la fantasía y plasmar este poema.

Juan Zapato©

1 Damán roquero o Rock Hyrax (Procavia capensis), simpáticos animalitos parecidos a marmotas que habitan entre las rocas.

Sitio oficial de Rosh HaNikrá: http://www.rosh-hanikra.com/default.asp?lan=eng

Imagen: Rosh Hanikra –sunstar.jpg de Yeoshua Halevi© http://israelthebeautiful.blogspot.com/


“Cuentos infantiles para adultos”, Juan Zapato

La vuelta

calesita de jose neuquen 1701Ve a un hombre que pasa, se acerca a él y le saluda cortésmente, y atrevidamente su nombre le pregunta.

—Me llamo ¡Aldón Pirulero1!, ¿nunca escuchó cantar de mí?

—Sí, pero, hace ya mucho…- responde sorprendido.

-No es el único, créame. Yo ando cabalgando día tras día, montado con ancha hidalguía, disculpe mi jactancia, en este caballo brincador. -Y señala a un caballito que sube y baja sin cesar, dentro de una pequeña calesita. Descubre esa inquietud infantil, agonizando dormida en cada hombre. Lo interrumpe:

— ¿Dígame Aldón, si por ser “grande”, ya no puedo cantar y bailar y tener la aventura de enamorar a “La hija del Chocolatero”?

Necesitaría una rayuela de color verde, para poder vivir, y ahí levantar una casa amarilla y roja, con techo de estrellas y luna blanca.

Necesitaría una sonrisa auténtica, para recordar mi niñez y compartirla.

Eso sí, ahora que me encuentro desarmado, quisiera ser sordo un instante, sería suficiente, para no escuchar la voz de Mambrú, llamándome, – llevándome – a la guerra, guerra de la que nunca volveré.

No puedo ir con él, quiero jugar con cubos de madera, de tamaños diversos llenos de letras por todos sus costados, y sentarme sereno, a armar palabras que en realidad no conozco.

— ¿Dígame Aldón, qué hago?, sentado solo en una plaza desierta de gritos; sin oler el pasto, sin apreciar sus silvestres flores, quietecitas, inmóviles, aguardando el cuidado natural de una lluvia fresca. ¿Dónde están mis compañeros de juego? ¿No los has visto? ¿Y ese amor que nació aquí, hace ya muchos años?

Llévame a formar una gran ronda que recorra todos los barrios de la ciudad.

Acompáñame, Aldón Pirulero, a subir toboganes, para que una vez que estemos allá arriba, demos un salto grande, con los brazos abiertos, queriendo atrapar contra nuestros pechos, ese inmenso globo rojo que sube y desaparece tras la nubes formadas por el humo que lanza una vieja chimenea.

¡Con cuidado Aldón! Estamos llegando al suelo, ¡mira!, ha salido la luna blanca.

¿Sabes, me parece ver a muchas mujeres embarazadas, cantándole a los hijos que pronto han de nacer. ¡Escucha!, sí, y por qué no, el llanto de un niño se introduzca en nuestros oídos, para despertarnos, cuando sea necesario saltar de la realidad.

Vamos juntos Aldón, a embarrarnos en los charcos que dejó la lluvia pasada.

Bajemos las barrancas que inventamos, que el que llega primero, tendrá más tiempo para descansar, cuando nuestros corazones rompan violentamente contra nuestros agitados huesos.

Ahora sí, ahora estoy comenzando a sentirme mejor. Retomemos el juego:

“Aldón, Aldón, ¡Aldón Pirulero!;

compañé, compañé, compañero de juego;

nunca más, nunca más, nos separaremos;

porque hoy, porque hoy, nacimos de nuevo;

cara al sol, cara al sol;

sin llanto y sin miedo;

y el dolor se fugó;

porque nació el amor;

porque Usted, porque Yo;

Nosotros y Todos…

Larala, larala, larala lalála…”

—Disculpe señor, aquí termina el recorrido, ¿se quedó dormido?

— ¡Ah!, sí, gracias. Sí, ya bajo.

Baja del colectivo2 y se dirige a una plaza.

Juan Zapato©

1 Referencia al juego infantil de Al don Pirulero, también llamado Antón Pirulero. Juego en el que cada participante hace la mímica de tocar un instrumento musical.

2 Colectivo: autobús.


“Colores”, Juan Zapato

 

sombras

Como el color del Sol

cuando abrasa al hombre pobre de pobreza,

en la intemperie plomiza de la urbe,

en su soledad de púrpuras,

en el abandono gris de la esperanza,

las canas tiñen de cenizas su cabeza,

sus zapatos cubiertos del ocre que lo embarra.

 

El neón emblanquece el pavimento,

y su sombra musgo se funde en la vereda.

Juan Zapato©


“Otoño en Holanda”, Pesaj (Lito) Skudizki

 

ana frank

“Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar”.  Diario de Ana Frank. Amsterdam, 23 de febrero de 1944.

* * *

Ese árbol se desviste ante mi mirada, deshojando de a poco, sus hojas amarillentas y secas. Semidesnudo como ninfa de noche otoñal. Brazos esqueléticos sollozan sobre tu ocre hojarasca.

Con impaciencia espero ver nacer las frescas hojas de la primavera, nutrir mis pulmones y mi alma, en tinieblas. Con eso sueño. Con eso vivo. Con esa esperanza de salir a la calle y abrazarte nuevamente. Jugar a las escondidas con mis amigas alrededor tuyo, como antes. ¡Cuánta falta me haces! Te espío a través de una rendija de la ventana de mi casa. Solitario como yo. Acompaño tu soledad golpeada por vientos, lluvia y fríos que cortan nuestra respiración, en cautiverio. Añoro la sombra debajo de tus ramas, cuando leía cuentos de hadas. ¿Cuándo se repetirá ese día? ¿Por qué estando tan cerca no podemos estar juntos? ¿Acaso vivo un sueño dantesco por el hecho de ser una niña judía?

Estoy convencida de que la naturaleza puede ayudarme a ser feliz. Por eso pienso en ti. Convivo contigo cada cambio de estación. Lloro tu desacompañamiento como el mío propio. Tú, enclavado ahí afuera y yo, adentro, aislados. Sólo mis pensamientos vuelan por la noche y una luna me ilumina tristemente. Y ese sol escondido, no lo percibo. Cuando siento llover, mis lágrimas caen como finas gotitas, deslizándose por mis mejillas. Estoy confundida. ¿Viviré una simbiosis entre tu naturaleza y mis penas e ilusiones?

Bálsamo de inspiración, ancestro y testigo de épocas de paz y felicidad. Ahora me acompañas en mi generación de guerra cruel, aniquiladora.

¿Volveremos a reencontrarnos? Imprevisible futuro. No dejo de espiarte para seguir viviendo alimentándome de tus fuerzas y energía y poder algún día abrazarte con amor, habiendo salido de esta interminable tiniebla.

Pesaj (Lito) Skudizki©


“Sé que te sorprenderías”, Yvette Schryer

Ricardo-Garabito-Hombre-con-Flores
En la plaza de nuestra ciudad había una librería que de joven te atraía como un imán y me dijiste ruborizándote que comprabas los libros según las portadas o según el olor. Cuando nos fuimos a vivir en España, decías sin amargura que estabas en el “exilio”. Eras feliz, y a pesar de las dificultades del principio, siempre te esforzaste por mantenerte serena.

Pronto llegaron tres toritos de llantos vigorosos y fiebres de caballo y tampoco entonces te escuché una queja.

Quisiste volver junto a tus padres y hoy que regresé solo pasé por la plaza, por tu librería. No está más, ahora hay un negocio de plantas y flores, y, sé que te sorprenderías, yo, que nunca te regalé flores, dejé un gran ramo junto a las letras doradas de tu nombre.

Yvette Schryer©


“Una noche de vigilia”, Claudia miller–Taller de Escritores Kibutz Sa’ar

rene-magritte-gli-amantiLa lluvia golpeaba mi ventana.
Recordé otras noches de tormenta…
Esta era distinta, no podía dormirme. Tomé un vaso de leche para calmar mis miedos, pero volvía a recordar.

Tal vez pueda meter mi mente en algún libro. Miré esos pocos libros cubiertos de polvo, recuerdos de mis mejores años. ¡No, esos no! Mi mano se apoyó en un pequeño y amarillento libro de poemas. Comencé a dar vuelta sus hojas

“Te acompaño hasta la parada..” “¡Qué día bravo tuvimos hoy” “¿Nos vemos mañana?”, ese beso apenas rozó mis labios. ¿Por qué -me pregunté- no se atreve a besarme como la primera vez?

“Esto es para vos”. un trébol de cuatro hojas recién cortado.

La tormenta pasó, estaba amaneciendo. yo tenía en mis manos un libro amarillento, con un trébol de cuatro hojas, seco. Señalador de un poema: “Si tú me olvidas…”

Claudia Miller©


“Dos poemas de Sergio Gerszenzon”

“Tener a mano”

Tengo siempre a mano
una mujer desnuda,
y ésa es mi desdicha.
Porque ella está sola
y yo estoy solo
aunque a veces juntos.
No importa cómo ni cuándo
la recreo con mis manos
viejas y sabias, desde mi cuerpo
ignorante y viejo.
La miro la huelo la imagino
y es tan duro
imaginármela sin mí
que retorno
incansable insaciable terco
a esa imagen
de ella
desnuda
sin mí no sola.
Hasta que llegue
algún alivio
y retome una y otra vez
el aliento
tormento
para repetir
el mismo orgasmo:
la angustia.
Tengo siempre a mano
una mujer desnuda
y ésa es mi desdicha.

¿El mismo tango?

El tango se expande
en otra velocidad que la recordada
hay otro ritmo
cincuenta años después
como si los tiempos
reclamaran con perentoriedad
una aproximación todavía desconocida.
y surge una pregunta
nada ingenua
alimentada por el olvido
como la mejor memoria:
¿cómo habrán bailado
                               escuchado
                               con un compás interior,
                               tal vez,
con otra adecuación de tiempos distintos
sin filigranas
sin polleras tajeadas en lo profundo
sin el aparente manejo machista,
quizá a coro destemplado
golpeando la mesa
en violación de la erótica intimidad
y un compartir perdido,
¿cómo vivían el tango
los desaparecidos?

Sergio Gerszenzo©, de su libro “Salvando vidas por las carreteras”.