Archivo de la categoría: Suspenso

“Objeto diabólico”, África Nubla

laadrada

Era un día como otro cualquiera. Le habían dado el periódico gratuito a la entrada del metro, y como una rutina establecida, lo había doblado por la mitad uniendo las esquinas con tanta habilidad que siempre conseguía que el doblez fuera perfecto. Al tomar el metro en la parada inicial de la línea raro era el día que no encontraba sitio donde sentarse. Antes de tomar asiento solía quitarse los guantes, cuando los llevaba, desanudarse la bufanda y desabrochar el abrigo. Una vez en su asiento, colocaba el bolso encima de sus piernas y desdoblaba el diario. Siempre lo leía al revés, no es que colocara el periódico boca abajo, sino que comenzaba la lectura por la ultima hoja, avanzando hacia la primera. Y lo hacía porque el horóscopo siempre estaba en la penúltima hoja. No creía que pudieran decirle algo importante, o le advirtieran de cualquier peligro que le acechara, sino que le gustaba imaginar que acertarían en alguna ocasión. Siempre esperaba que el que escribía su horóscopo le dijera que le iba a tocar la Primitiva o que era la adjudicataria de una herencia de algún familiar desconocido.

Cuando llegó a su signo, Escorpio, decía:

“Esta semana podrás elegir entre dos opciones. Pero recuerda que sólo una de ellas hará que tu vida cambie”.

– ¡Anda que ya le vale al señor del tarot!–, dijo en voz alta sin darse cuenta.

Rápidamente, escondió la cara tras el periódico, no volvió a bajarle hasta que llegó a su estación.

Mientras caminaba hacia su trabajo no dejaba de pensar en su horóscopo, en el fondo, le gustó que fuera como un pequeña sorpresa. Deseaba tener una, quizá fuera hoy el día.

Pero la mañana pasó volando, el trabajo ocupó su mente y no volvió a pensar en ello. Lo recordó cuando entró en el vagón del metro de regreso a casa, agarrada a la barra, esperando que alguien dejara un asiento libre para ocuparlo y terminar de leer su periódico. Cuatro estaciones antes de la suya se bajó un pasajero y logró sentarse. Abrió el diario, pero esta vez lo leyó comenzando por la primera página. Al llegar a la sección de cultura vio el siguiente titular:

“Feria Medieval en La Adrada” El próximo fin de semana se celebra en este pueblo de…”.

– ¡Genial!–, dijo en alto.

Pero esta vez no se sintió avergonzada. El sábado se iría a Ávila, le gustaban esas ferias.

Llamó a sus tres mejores amigas y el sábado estaban camino de La Adrada dispuestas a comprar baratijas, buscar objetos antiguos, comer, beber y sobre todo a divertirse, tenían todo el día para ello.

Había puestos de todo tipo, muchos se especializaban en pequeños detalles de bisutería, anillos, pulseras, gargantillas, pendientes. Otros tenían juguetes de madera, espadas, trenes, muñecos articulados. Había varios lugares donde comer pan recién hecho, chorizo de olla, cerveza fría, jamón, vino.

Pero hubo uno que le llamó la atención, era un puesto de objetos decorativos de madera, tallados a mano. Unos asemejaban a baúles, otros a pequeños cofres. Su madre tuvo un cofre en su cómoda durante años, con el que no pudo jugar nunca. Le gustó un cofre de tamaño medio, con una cerradura muy especial, estaba tallada con el dibujo de una mujer que invitaba a mirar por el ojo de la cerradura. Tuvo que mirarlo varias veces, no pensaba que fuera cierto. El vendedor la miraba mientras ella tocaba aquella pieza.

– ¿La hizo usted?, ¿Talló este dibujo con un buril?_ preguntó al vendedor

– ¿Qué dibujo?—contestó el vendedor.

– Pues el de esta mujer, ¿no lo ve?

– Lo siento señorita, aquí no hay nada dibujado, es una cerradura simple.

Se quedó mirando al vendedor y la cerradura de modo alternativo sin saber que decir, y de pronto se acordó de su horóscopo.

– ¡Es verdad!, lo siento, debía ser un poco de polvo y no llevar las gafas puestas– le dijo. ¿Cuánto vale?

– Veinte euros nada más, es un objeto antiguo, la talla de la madera no es tan fácil como la gente cree.

– De acuerdo, me lo llevo.

Tras dejar a sus amigas, llegar a casa y ponerse cómoda desenvolvió su cofre. Buscó una lupa para mirar el grabado de la cerradura con más detenimiento. Y efectivamente, tenía dibujada la silueta de una mujer que invitaba con una mano y con la otra señalaba la cerradura. Una mujer que emitía una sensación muy agradable. No se le ocurrió abrirlo, sino que siguió las indicaciones que la silueta le decía. Guiñó un ojo y acercó el otro al ojo de la cerradura.

Días más tarde sus amigas preocupadas por ella, fueron a su casa. No estaba. Tenían llave de la casa, no faltaba nada, no había indicios de robo, su bolso y su documentación estaban intactos. Denunciaron su desaparición a la policía, pero jamás la encontraron.

Tras seis meses, el contrato de alquiler había terminado y la casera se deshizo de todo lo que había en el apartamento, de todo, menos de un cofre. Le llamó la atención el grabado de la cerradura. Lo escondió en su bolso. Lo miraría con mayor detenimiento cuando estuviera en su casa.

África Nubla©


“Lovefield”, Cortometraje de Mathieu Ratthe

lovefield

Anímate a ver hasta el final.


"Las Almas", guión Patricia Gigena, dibujos Fernando Rodríguez Vilela

 presentacion copy

Continuar leyendo


“La aventura de oír: La abuela cuenta”, por Ana Pelegrín

920082-14625 Cuando hay una abuela en casa, el niño se siente doblemente protegido. Es cierto que las abuelas ya no están en casa, no es rentable, no producen, suelen ser una carga, se alían con el niño, le miman, se vuelven como ellos; un desastre, vaya.

La abuela mira ya el mundo y sus ruidos con otra mirada, y el niño puede protegerse suavemente en ella, porque no habrá competitividad, está tan cerca y tan lejos en el tiempo. Eso es, el tiempo. Extraña relación entre el niño, todo presente, un gran magma de presente, y la abuela, tiempo pasado, memoria, fragmentos reiterados, recuperándose y dispersos en el tiempo, presente, pasado, entremezclando los días y los sueños. Lo que sí parece es que la abuela tiene tiempo de contar y de escuchar.

Porque la abuela sabe pocas o muchas historias, lo mismo da. Si son pocas, las repetirá cuantas veces pidamos. Si muchas, contará un cuento y otro más. Y además, la abuela, por suerte, no tendrá que salir de casa, ni al cine, ni con los amigos, no tiene esa prisa, ni esas voces; entonces, podrá sí, contar un cuento.

Podrá jugar en el lento discurrir de las horas, prolongará la palabra-caricia, la palabra curadora de inquietudes.

Un pequeño poema de Celia Viñas i Olivella resume la sensación del niño en el momento del cuento. En el poema, la ternura está evocada por el tacto y el sabor del tacto, en esas manos que transmiten hondos significados, esas manos tan lentas y maravillosas como las imágenes que emergen del cuento.

Cuento

Las manos de mi abuela,

merengue y caramelo,

frescos ríos de nata

cuando me alisa el pelo.

Érase que se era…

mi abuela

junto al fuego,

el borde de su falda,

frontera de mi sueño.

Las manos de mi abuela,

unas manos de cuento;

las manos de mi abuela…

Canción tonta al sur
Celia Viñas i Olivella

Ana Pelegrín©

FIN


“La aventura de oír: Cuentos inventados en casa”, por Ana Pelegrín

3270-32414En las respuestas a la pregunta de los niños pequeños, los padres suelen dar una serie de respuestas causales, de comprensión de los   fenómenos físicos naturales. Pero, a veces, acaso por propio juego, o porque la imaginación le juega a la razón con cierta ventaja, las respuestas al cúmulo de porqués suelen distar de una respuesta real, causal, científica y emprender el camino de la realidad mágica.

De ahí un germen, una motivación para la invención cotidiana y un buen entrenamiento para la imaginación. Supongamos que el niño pregunta:

¿Por qué las piedras no se mueren como los insectos cuando se les pone en una caja?

Se puede apresurar la respuesta «real», causal: el guijarro es un mineral, no come, no respira, no crece, quiere decir que no vive, y no puede morir. Pero en nuestro intento de reinventar a un contador de cuentos, a un fabulador, preguntas como éstas incitan la imaginación, remontan a viejos procedimientos literarios: la personificación.

La respuesta a la pregunta puede ser el comienzo de un cuento, cuento improvisación, proyectos de un cuento, va-i-ven de ideas, que el niño ayudará a construir con sus sucesivas preguntas, comentarios, o simplemente porque la madre y el niño se han comunicado, esta vez por un pequeño guijarro encerrado en una caja.

Por qué los guijarros no mueren

– Una piedra a quien le gusta pensar e inventar cuentos, y se esconde en una cajita llena de silencio, porque ahí puede pensar, ¿cómo se va a morir si está pensando?

– Una piedra muy presumida, que decía ser piedra preciosa y quería una caja de terciopelo, como esa que tienen los joyeros y la caja aterciopelada de la abuela. Pues estaba feliz en la caja. Es mejor estar feliz que morir.

– Era una piedra tan blanca que le gustaba estar en la caja, porque en lo negro se la veía más.

– Era un guijarro que buscaba la piedra azul, porque sabía que sería su amor. Encuentra la caja-casa de la piedra azul, se casa con ella, y colorín colorado, …

– La pequeña piedra quería esconderse de su mamá, se mete en una caja y se queda dormida. Y sueña que quería esconderse de su mamá y sigue durmiendo.

– El Canto rodado vivía feliz dando volteretas, girando por el arroyo. Un niño-colecciona piedras y la ve tan pequeña, que la pone en una caja con otros guijarros. Cada uno le cuenta de donde vienen, cómo era su mamá, lo que les gustaba… ¿Cómo va a morir si está tan entretenido?

• Estos esbozos de narrativa suponen una manera de revelar la realidad a través de explicaciones, construcciones improvisadas, combinaciones y relaciones inesperadas, y constituyen el germen de una forma, la literatura oral cotidiana.

La memoria aquí no juega, la transmisión en el tiempo tampoco, su gracia es su fragilidad. El cuento se desvanece en el mismo instante de la creación. La palabra apareciendo construye una historia que se borra, se esfuma. Esta es, tal vez, la característica peculiar de esta literatura oral cotidiana: su huella momentánea e irrepetible, lo efímero de la historia, su imposible reproducción. Palabras al viento.

• Al no detener el tiempo, la palabra, las historias, fluyen. Las historias de la mínima historia del diario vivir, del aprendizaje de las pequeñas cosas, el descubrir (volver los adultos a descubrir lo que para los niños es vital, «la plenitud de lo mínimo», en palabras de J. R. Jiménez).

Lavarse, bañarse, ponerse el gorro, levantarse, cerrar una puerta, comer, vestirse; todas las acciones cotidianas son relaciones con su cuerpo, con los otros, con objetos. ¿Por qué no animar los objetos y hacer que entren en un contacto afectivo y mágico con las acciones diarias de los niños? Zapatos, jabones, toallas, chaquetas, calcetines, ojales, guantes, lápices, bañeras, armarios, mesas, alfombras, hilos, bolsillos, paraguas. ¡Qué universo para movilizar, relacionar, animar! ¡Qué relaciones tan divertidas, tan disparatadas, para el universo infantil!

• Giani Rodari habla en su inagotable Gramática de la fantasía de una Fantástica Casera. Tres capítulos (Historias de sobremesa, Viaje alrededor de mi casa, El niño como protagonista) desarrollan una serie de sugerencias e ideas para este contacto cotidiano, casero, con la imaginación, dentro de un género de narración infantil: los pequeños cuentos improvisados.

• Hace más de una veintena de años, María Luisa Gefaell (tan maravillosamente actual en su libro Las hadas de Villaviciosa de Odón) reflexionaba sobre la literatura infantil, en cita recogida por C. Bravo-Villasante:

«Y hay también una forma de "literatura infantil" que todas las madres cultivamos: los cuentos que se inventan cualquier tarde, cuando los niños se han cansado de dar guerra y las madres zurcimos -cuentos que no se escribirán nunca y que suelen salir muy bien, porque la expresión de los niños, sus reacciones, van corrigiendo y estimulando la invención… Siempre he pensado en la cantidad de imaginación, de invención, de ternura, que derrochan las madres en esas tardes de "repaso de ropa" con sus niños; incluso madres con muy poca formación literaria o cultural. A algunas madres, en apariencia incultas, les he oído cuentos deliciosos. Y es que los cuentos para niños, los mejores, no se inventan pensando en tomos impresos, en el público; nacen para cada niño, para cada pena o susto o curiosidad de un niño, y nacen de un modo tan espontáneo, tan sincero y generoso, que siempre tienen eficacia».

Subrayo:

Los cuentos nacen para cada niño, para cada pena o susto o curiosidad de un niño.

Hemos hablado sobre cómo inventar a partir de la curiosidad del niño. María Luisa Gefaell nos sugiere otras motivaciones, ayudar a disipar sus penas, a menguar sus temores, a construir su amor.

Al contarle un cuento, no despoje al niño de su propia historia cotidiana. Sus preguntas le indicarán hacia dónde se inclinará la historia, los inusuales e irrepetibles pasos de su construcción. Invente y cuente cuentos cotidianos y únicos, mano a mano, palabra a palabra con sus niños. Y, por supuesto, rescate los cuentos de siempre, los que le devuelvan su experiencia, los que, al transmitir a sus hijos, levanten en su memoria todas las imágenes adormecidas de la palabra oída, de su infancia aún viva y próxima.

Ana Pelegrín©

Mañana: La abuela cuenta


“La aventura de oír: Literatura oral cotidiana”, por Ana Pelegrín

El niño va a dormir

Cuando el niño va a dormir, la palabra de la madre/padre es también palabra contacto, palabra-piel, palabra-pelo.009046

Al contar un cuento podemos abrirlo al significado que el niño necesita, intuye, reclama. Los cuentos tradicionales pertenecen a todos; y es por esta apertura por lo que la creación colectiva moviliza algunos pasajes -aumenta, reduce-, repite motivos para que el cuento cobre la dimensión de un nexo emocional entre el adulto y el niño. El instante repetido pero único, cuando el niño se va a dormir, el borde de la cama, la frontera del sueño, es un espacio íntimo entre la madre/padre y el niño. El cuento, y la palabra de lo que se dice, en el metalenguaje de la caricia, del tacto, del tono de voz, del tono corporal, del lenguaje verbal y no verbal.

A través del cuento, la madre/padre y el niño exploran sus emociones, sus sensaciones. El cuento, el canto, es una comunicación amorosa. Es el intermediario de la interioridad. Si la narración está invadida de prisas y tensas condiciones para que el niño se duerma rápido, para que no moleste más, si los nervios de la madre, o su agotamiento, están rozando el límite, no podrá haber una comunicación, menos un darse.

Un niño que está al borde del sueño ha pedido un cuento, le ha sido concedido, tiene una especial sensibilidad para detectar la tensión o acritud a través de la actitud corporal, a través del tonus de nuestro cuerpo, de cada matiz de la voz. El niño escucha y mira, tratando de comprender la historia oral, la historia corporal, la otra historia, su propia historia.

¿Verdad mamá que esta noche el lobo no se comerá a Caperucita? ¿Ni dejarán a los niños solos en el bosque para que los coman las fieras? ¿Verdad que no? A veces, el niño lo dice en palabras, otras, a través de su mano apretada a la nuestra, o de sus ojos demasiado abiertos y fijos, en cierto temblor de su pequeño cuerpo.

Esta noche el lobo no devorará a Caperucita, no habrá abandono, ni maldad, ni temor. (Esta noche jugaremos con el Medio pollico o con La bota que buen vino porta, o con los cuentos juegos de nunca acabar, o con el astutísimo Gato con botas.)

¿Verdad, mamá, que la hormiguita vendrá pronto, la cabrita madre salvará a sus cabritos de la barriga del lobo, a los hermanos malos los vencerá el menor aunque lo hayan matado, Blancaniña volverá a estar en brazos del rey, que la quiere tanto?

Esta noche las imágenes de felicidad llegarán balsámicas, se prolongarán más, se repetirán, dormirán al niño.

¿Verdad, mamá, que el lobo es malo, muy malo (y hay un destello en los ojos del pequeño), y el lobo se come a Caperucita, a la abuelita (a mí, a los niños, a papá y mamá si fuese posible)?

¿Verdad que los hermanos mayores se quedaron con todo y casi dejan morir de hambre al niño? ¿Verdad que la madrastra de Blancanieves es mala, pero que muy mala, y le pone un vestido apretado a la niña, y le clava el peine al peinarle?

Esta noche los malos son definitivamente malos y los personajes de los cuentos llevarán la maldad del mundo; el cuento conjurará la maldad que el niño aún no puede manejar, y le ayudará a liberar su atenazante culpabilidad.

Mamá-papá-el niño exploran juntos el universo del cuento, de los propios sentimientos, tan cambiantes y confusos.

Mamá-papá están atentos a la emoción del niño, y esta noche hablan entre ellos «el lenguaje de amor de un cuento de hadas».

El niño se interna en el sueño, le acompañan hasta la frontera las imágenes antiguas, las imágenes princeps, las imágenes primordiales, que hoy él necesita.

Otras veces, si el niño no se adormece, viene un pequeño duende y espolvorea el camino con leche dulce, sopla para que toda sombra se aquiete, llegan con paso de seda, impide los malos sueños, aunque el niño sea malo, más que malo.

«De noche, cuando los niños están sentados muy seriecitos a la mesa o en sus banquetas, llega Ole Cierraojos; sube en silencio la escalera porque no lleva más que medias, abre muy despacio la puerta y, ¡zas!, salpica de dulce leche los ojos de los niños, sólo una pizca, pero lo bastante para que no puedan mantenerlos abiertos y por lo tanto no puedan verle; se esconde detrás de ellos y les sopla suavemente en la nuca, para que les pese la cabeza, claro que sin hacerles daño, porque Ole Cierraojos sólo busca su bien; lo que quiere es que se estén quietos para que él les cuente cuentos.

Cuando los niños por fin duermen, Ole Cierraojos se sienta en la cama. Está muy bien vestido, su traje es de seda, pero no es posible decir de qué color, porque tiene brillos verdes, rojos y azules, según se mueve; bajo cada brazo lleva un paraguas, uno con estampas, que abre sobre los niños buenos y entonces sueñan toda la noche las más encantadoras historias, y otro paraguas en el que no hay nada, que abre sobre los niños malos, que duermen tan profundamente que por la mañana, cuando se despiertan, no han soñado nada».

(Andersen)

Ana Pelegrín©

Mañana: Cuentos inventados en casa


“La aventura de oír: ¿Y por qué cuentos?”, por Ana Pelegrín

347003 Al hacerle partícipe de los cuentos tradicionales, lo estamos incorporando a una cultura transmitida oralmente, que él puede comprender y puede hacer suya.

Los cuentos tienen una estructura secuencial-lineal, unos personajes reconocibles, una forma lingüística que la memoria aprende sin demasiados obstáculos.

La repetición también es una recurrencia de lo maravilloso, una y otra vez, la magia del número 3. Por tres veces la acción se reitera, se articulan las mismas palabras, reinciden las situaciones, prueba vencer el héroe. Una y otra vez. O en los cuentos de fórmula, cuya gracia consiste en la exacta repetición de una serie de palabras. Esa apetencia de la reiteración del cuento se emparenta con la necesidad de reiteración que siente el niño, de conocer, reconocer, asegurarse, conquistar la realidad, crecer.

Cuando comprendemos al niño, colaboramos en este interés profundo, y le contamos una y otra vez la misma historia hasta que es comprendida en su interioridad, y lentamente retenida en su memoria.

Ese proceso opera también a nivel de comprender/aprender la lengua materna, el significado de las palabras. «En esta primera época -cito a Sully-, las palabras tienen en sí un valor como sonido, algo de la realidad objetiva de una impresión sensorial completa; de manera  que, el nombrar una cosa, en cierto modo, provoca la presencia de misma. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que las palabras como transmisoras de las percepciones sensoriales, ejercen poderosa acción excitante sobre la imaginación infantil; porque hacen surgir, como por magia, imágenes extraordinariamente vivas de los objetos nombrados. Esta acción profunda y duradera de las palabras no se observa nunca más claramente que en la magia de los cuentos de hadas.

Nosotros, los adultos, nos hacemos la ilusión de leer historias; si el niño pudiera darse cuenta de lo que nosotros llamamos leer, se reiría».

Las palabras para el niño están vivas como un guijarro vivo en la caja. Porque la palabra nombra una realidad. La palabra que nombra, que da nombre a las cosas y a los sentimientos, es una función del lenguaje. El cuento y la poesía oídas, recitadas, proporcionan al niño valiosos datos sobre la lengua materna.

Reconocer las construcciones del idioma, las formas de lo hablado, las entonaciones que dan color a la palabra, el cambio de significaciones según los sentimientos que expresan; la emoción y el aliento de la pausa, la diferencia entre el relato de la acción y el diálogo de los personajes, la estructura rítmica del período sintáctico, la apoyatura de lo sonoro, las fórmulas rimadas, todo esto le proporcionan a su memoria, el enlace con la lengua como vehículo de expresión y comunicación.

Subraya Rodari este aspecto fundamental de lo oral: «De sus esfuerzos para entender el cuento forma parte el esfuerzo para entender las palabras de que está hecho, para establecer entre ellas analogías, para realizar deducciones, extender o restringir, precisar o corregir el campo de su significado, los límites de un sinónimo, la esfera de influencia de un adjetivo. En su "descodificación", este elemento de actividad lingüística no es secundario, sino tan determinante como los demás».

En este aspecto que es la función de la lengua, es vital que el niño escuche y comparta con otros niños esa sensación/silencio/expectación del que escucha. Obviamente no estoy hablando de un silencio impuesto, sino de ese especial, hondo momento en que la interioridad y la emoción aflora a los ojos, al cuerpo.

El niño que escucha lee la significación de la narración en la entonación, en el ritmo, en el gesto del rostro y manos, por muy mesurado que éste aparezca.

Aprender a escuchar, a leer signos que comunican, ayudan al niño en la posterior comprensión de «lo escrito». El escuchar cuentos puede constituir una iniciación de la experiencia literaria y una puerta-puente a la literatura vivenciada; Antonio Martínez Menchen recuerda esa iniciación:

«Mi afición por la literatura data de un tiempo en que yo aún no sabía leer. Siendo muy niño, mi madre me encantaba con cuentos que había tomado de boca de mi abuela quién, posiblemente, los había tomado de su propia madre. Más tarde me sorprendí al encontrar escritos, con ligeras variantes, aquellos cuentos que mi madre contaba. Durante el bachillerato pude comprobar que muchos de ellos procedían de una fuente muy lejana: venían de la India y de un tiempo en el que los europeos apenas habían abandonado las cavernas. Así fue como poco a poco aprendí muchas cosas sobre aquellos cuentos. Pero a ellos les perdí. […] Si yo aún leo y, lo que es más grave, si aún escribo, es tan sólo en virtud de una incurable nostalgia: la de mi infancia perdida».

Es curioso; cuando los autores o estudiosos buscamos razones para testimoniar lo que a los niños les gusta, recurrimos a la palabra de otros adultos, o, aún mejor, de escritores. Tal vez porque sólo justificándonos en lo adulto, demostrando que aquellos cuentos sirven, son útiles, nos despojamos de la culpa del paraíso perdido, cuando nos era permitido vivir o creer en lo maravilloso.

A mí (como supongo que a tantos) me ha quedado hambre de lo maravilloso. Y esta sensación de privación crece con el tiempo. Crece también la nostalgia de la fantasía, del viaje, y de lo misterioso. Crece la apetencia del símbolo, de lo no explícito, de lo vagamente referido, de lo ambiguo, de lo oscuramente primario, el resplandor de lo mínimo. Crece y quiere crecer en la intangible fuerza de la palabra.

Ana Pelegrín©

Mañana: Literatura oral cotidiana


“La aventura de oír: ¿Cuentos maravillosos para los niños de hoy?”, por Ana Pelegrín

En cada época surgen defensores o detractores de los cuentos maravillosos; ¿realidad o magia?, ¿realismo mágico tal vez? Mientras las opiniones se cruzan, a los niños se les ha contado cuentos, a otros se les ha protegido, escamoteando su contenido para salvarlos de la crueldad, o para fijar los límites entre realidad y ficción. A la mayoría ni se les ha dado ni protegido; se les ha ignorado. Mientras pedagogos, psicólogos, padres, analizan el bien y el mal que se desprende de la narración de cuentos tradicionales, éstos siguen aquí, allá, vivos, sabios, universales, incólumes al tiempo, cercanos a los sueños, aproximándose a la confusa interioridad del niño, acompañándoles en la marginación de su infancia, ayudando su esfuerzo cotidiano y maravilloso del desarrollo del pensamiento.

«Sea cual sea nuestra edad, sólo serán convenientes para nosotros aquellas historias que estén de acuerdo con los principios subyacentes de los procesos de nuestros pensamientos. Si esto es cierto en cuanto al adulto […] lo es especialmente para el niño puesto que su pensamiento es de tipo animista».

(Bethelaim)

3268-32227El niño que cae y reacciona golpeando el suelo, mientras le grita malo, malo, tiene un procedimiento (un pensamiento-acción) animista, porque cree que el suelo le ha agredido, de la misma manera que él puede devolver la agresión al suelo. Los objetos, los elementos de la naturaleza «viven» como las personas. Se mueven (la idea de movimiento-vida es esencial en el pensamiento del niño), hablan, reaccionan, tienen las mismas actitudes que las personas. Es una explicación de las leyes -casi siempre tan misteriosas- del universo. Nubes, sol, luna, lluvia, piedras (lo intangible y lo tangible) viven por su movimiento.

Un niño mira a lo alto y afirma:

«La luna se mueve, se mueve porque está viva».

Otro niño no encuentra la relación causal y desconcertado pregunta:

«¿Por qué las piedras no mueren como los insectos cuando se las pone en una caja?».

Uno y otro saben que todo a su alrededor está animado, alentado, vivo.

La vida y la muerte concierne a todo lo que sus ojos ven, las manos tocan, los oídos escuchan. En el cuento maravilloso, los elementos de la naturaleza, las plantas, los objetos, actúan y ayudan a los protagonistas de los cuentos, les advierten de los peligros, se transforman, acompañan o dañan a los humanos, tienen su reino y sus leyes. ¿No emprende su camino el joven del cuento Blancaflor, preguntando al Aire, al Viento, a la Luna por el Castillo de Oro? ¿La princesa transformada en un rosal que ríe? Recordemos el rosal de Cenicienta, el pañuelo al que le aparecen manchas de sangre cuando el personaje-protagonista está en peligro, el huso que hiere y adormece a la Bella Durmiente.

Todo esto, para el niño, tiene la lógica de su pensamiento animista, la lógica de su juego simbólico y de sus auxiliares de juego: muñecos, carretes de hilo, cubos, son soportes para el desarrollo de su pensamiento y sus transferencias.

El niño vive con los objetos auxiliares en la dura adquisición de su pensamiento, dialogando, organizando, construyendo. O consigue objetos auxiliares de su afectividad, que le ayudan, acompañan, consuelan: la pequeña almohada con tacto tan relajante cuando tiene que dormir; el muñeco-compañero-confidente; el cromo tan arduamente obtenido; la piedra mágica que le ayudará para sortear el cuestionario escolar.

En los cuentos maravillosos, los objetos auxilian al héroe en momentos críticos, ayudan a sortear las pruebas imposibles, y han sido obtenidos por el protagonista por su bondad o por su astucia.

El símbolo emerge de los objetos, emparentados con creencias de un mundo mágico. Por ejemplo, el espejo de la madrastra, emparentará con objetos mágicos de los iniciados o magos, que les permiten «ver» otras cosas; el espejo-cristal contiene una visión, «la luz» del otro reino, siendo utilizados en prácticas adivinatorias como la reconocida bola de cristal que usan los magos o el espejo de la madrastra de Blancanieves.

Pero son los animales los que en el cuento maravilloso tienen una vida importantísima. Tan importante como en la vida del niño, esa intensa amistad del niño y su gato, el niño y su perro, ese vuelco de la afectividad del niño, también ese conocimiento de la vida nacimiento-crecimiento-emparejamiento-muerte, que le dan los animales.

Buscar la ayuda de los animales, o que los animales ayuden al protagonista, responde a los mecanismos más reales del cuento maravilloso (y de la vida). Ahí está la hormiguita del cuento El chivito, ahí el Gato con Botas, la herencia más pequeña pero más preciosa que pudo dejar el molinero a su hijo, ahí la maravillosa ave tamaña del príncipe, en Blancaflor, que le lleva hasta el reino del Irás y no volverás, o del Castillo del Oro, le trae el caballo del Viento, el caballo del Pensamiento.

Aparecen los animales como integrantes del mundo interno y externo de las personas, esto es, aparecen los deseos, cualidades, comportamiento de los humanos. ¿No le habla a los niños Los siete cabritos de una situación como la de ellos, alejada la madre, quedarse los niños solos, sentirse abandonados, tener miedo y dejarse vencer, morir de miedo, abrir las puertas al miedo, desoyendo los consejos maternos?

Tan cercanos están los héroes a ese mundo de los animales, que no sólo tienen amistad con ellos, hablan con ellos porque conocen su lengua, sino que suelen, por su poder, transformarse en ellos (en hormiga, en pez, paloma o zorro) para no ser descubiertos, o por maleficios o encantamientos (véase la Blancaniña, pág. 171, o recuérdese El rey rana, La bella y la bestia, Los doce hermanos, de los Grimm). Maleficio que sólo podrá disiparse, romperse, por el amor de un ser humano, que «vea» su interioridad y pueda devolverle a su apariencia anterior. Según los psicoanalistas, esa presencia de lo animal y de los personajes transformados está aludiendo también a los impulsos del inconsciente, desafíos, de las fuerzas ciegas de los deseos, que a través del lenguaje simbólico del cuento, el niño (el adulto) puede comenzar a reconocer como la otra parte de su yo, de su pensamiento no «lógico», pero que configura a su persona, o a estadios de su personalidad, de su crecimiento.

El cuento maravilloso no invalida la necesidad de lo real en el niño, su discriminación entre lo real y lo fabulado, sino que cumple una función, la de alimentar la imaginación. Como tal es una invitación a viajar a un tiempo mágico, a unos personajes de gran fuerza/o debilidad, porque son creación de los hombres, son experiencias de emociones múltiples, una invitación a la fantasía y a la imaginación.

Insistir en los cuentos maravillosos es simplemente delimitar, acotar un tema de trabajo, no desvalorizar ni desconocer las corrientes de la literatura infantil actual, para los niños de hoy; literatura de la realidad contemporánea que despierta la actitud crítica del niño ante su entorno social, familiar; tampoco la aceptación en bloque de toda la temática de lo tradicional, sin desvelar previamente sus contenidos, ni la estratificación en un solo prisma de lo maravilloso, continuado en la última producción de lo fantástico y la ciencia-ficción; ni la literatura de humor disparatado, del Non-sense, o los libros de viajes aventuras, ni las propuestas de la obra abierta, recreativa.

Intentamos defender el espacio de lo imaginario y la formación del símbolo, y acompañar el desarrollo del pensamiento del niño con elementos literarios y, en este trabajo, con literatura oral.

Las imágenes, los cuentos, la poesía, los olvidamos como olvidamos tantas cosas de nuestra primera visión del mundo. Podemos ahora analizarlos, incluso emocionarnos con el recuerdo, pero ¿dónde ése temblor, esa herida en nosotros de la fantasía?; ¿dónde la comprensión de la esencia de la literatura?

Ana Pelegrín©

Mañana: ¿Y por qué cuentos?


“Sueño y vigilia”, por Alejandro Martino

sueñoyvigilia

Podemos hablar de los sucesos del sueño única y exclusivamente por comparación con los de la vigilia.

Yo, que en los sueños vuelo con la naturalidad innata de las aves, en la vigilia tengo dificultades para saltar el agua de las zanjas cuando llueve un poco.

Yo, que en los sueños traduzco del latín al ruso, del griego al alemán o del quichua al guaraní, en la vigilia lucho con mi idioma natal para saber dónde van las tildes, las haches y las zetas.

Yo, que en sueños no necesito más que abrir los ojos o afinar el oído para comprender el sentido último del arte, en la vigilia confundo izquierda con derecha, arriba y abajo y, a veces, me quedo helado ante las tres luces de un semáforo.

Yo, que en sueños domino la perspectiva histórica de la humanidad, hito por hito, pueblo por pueblo, desde el Big Bang hasta el año 1998 de la era cristiana (5759 del calendario hebreo) en la vigilia no justifico que mi padre haya nacido antes que mi hijo.

Podemos hablar de los sucesos del sueño única y exclusivamente por comparación con los de la vigilia. Se los digo yo, que en sueños escribí lo que ustedes leen ahora y en la vigilia no hago otra cosa que esperar el sueño.

Alejandro Martino©


“Breve relato de terror”, por Robert Bloch

el-hombre-en-la-puerta 

“Era el único hombre vivo sobre la tierra y, de repente, alguien llamó a su puerta…”


“La magia del correo”

 

Suspenso, terror, te animas hasta el final…

Un corto escrito y dirigido por Carla Helena Vázquez Juárez.

Actuación: Jorge Valdés Martínez,

Producción: Carla Helena Vázquez Juárez y Jorge Valdés Martínez.

Música: Karlheinz Stockhausen.