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“Kadish por Carli”, Juan Zapato

kadish

a Carlos Slepoy Prada Z”L

 

¡Oh Señor!
¡Qué putada!
Que necesitás ahora,
en esta hora
de este Hombre a Tu lado.
Por ser sabedor de su Tikún Olám:
buscar la Justicia en este Mundo,
que no es la ley de los hombres.

Él que ha luchado contra el Mal que tiene nombre:
Amalek o Videla, Amán o Pinochet, el mismo Franco.

Ahora,
en esta hora
la labor continúa.
Que no levanten la copa los tiranos,
que al Juicio,
Carlos aportará las pruebas
y Tú, la condena.

Perdona mis palabras si suenan profanas,
pero Tú me conoces.
Soy hombre, soy débil, tengo bronca
y por ello se me encoje el corazón
y amargas son mis lágrimas
y desgarro mi prenda.
    Baruj Ata, Adonai,
    Eloheinu, Melej Haolam,
    Dayán Emet.

Tené en cuenta mi plegaria por su alma,
sabés que nunca pido por mí,
sí por los míos
y Carli es de los nuestros.

¡Oh Señor!
¡Qué putada!
¿Seguirá habiendo diez hombres justos?

Juan Zapato© Israel, 18 de abril de 2017.

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“Anoten bien su nombre: Carlos Slepoy, el abogado de los Derechos Humanos”, Olga Rodríguez

Carlos Slepoy

 

Los teléfonos de muchos familiares de víctimas de la dictadura argentina, chilena o española echaban humo esta noche con mensajes de condolencia. Se ha ido Carlos Slepoy -Carli para los amigos- un abogado valiente y perseverante, impulsor de la querella argentina contra los crímenes del franquismo, abogado de la acusación popular en el juicio contra Pinochet o contra el exmilitar argentino Adolfo Scilingo, participante también en los juicios contra los dictadores Ríos Montt o Videla.

Anoten bien su nombre. Quizá no sea objeto de homenajes oficiales ni de luto institucional, pero Carlos Slepoy trabajó por la justicia universal, por la memoria y por las víctimas de las dictaduras mucho más que algunos Estados democráticos incapaces de escarbar en su pasado. Puede que alguno de ustedes le viera alguna vez en una protesta contra la impunidad del franquismo, o a las puertas de la Audiencia Nacional, celebrando con las víctimas de la dictadura chilena o argentina.

Anoten bien su nombre, porque se trata de un hombre valiente. Un hombre que supo de la naturaleza de los regímenes represores, no solo porque ejerció como abogado especializado en estos asuntos, sino porque él mismo sufrió la dictadura argentina. Fue encarcelado dos semanas antes del golpe de Estado argentino, en marzo de 1976, y pasó por varias prisiones antes de ser condenado al exilio.

Aquí en España, ya como abogado, un policía ebrio le pegó un tiro por la espalda en 1982, hiriéndole gravemente. Las secuelas de aquellas heridas le persiguieron de por vida y le condenaron a pasar parte de su tiempo en silla de ruedas. Pero ni eso, ni los compañeros desaparecidos en Argentina, ni los obstáculos encontrados en su empeño por defender los derechos humanos le hicieron desistir:

“La vida de una persona, su memoria, [sonreía haciendo hincapié en la palabra memoria] influye mucho en lo que hace”, decía.

Los ojos de Carli, llenos de verde y de vida, chispeaban con fuerza cuando hablaba de los derechos humanos y de la necesidad de la justicia universal. Sus trabajos en los juicios contra Pinochet, contra el exdictador de Guatemala o contra el exmilitar argentino Adolfo Scilingo, al que la justicia española condenó a 1.084 años de prisión por crímenes contra la humanidad, le valieron reconocimiento internacional.

Las paradojas de la vida le llevaron hace unos años a recorrer el camino inverso a su exilio: de Madrid a Buenos Aires, para interponer allí una querella contra los crímenes del franquismo que sigue viva a día de hoy y que ha devuelto dignidad y esperanza a muchos familiares de las víctimas.

“Presentamos esta querella como consecuencia de la escandalosa paralización de los procedimientos judiciales en España”, explicaba entonces. Entre los acusados en la misma se encuentran el torturador “Billy el Niño”, Martín Villa o el suegro de Gallardón.

Los últimos años de Slepoy se centraron en recoger testimonios, documentar y trabajar con y para las víctimas del franquismo y sus familiares. En su casa madrileña acumulaba archivos, informes, datos. Tenía el optimismo no del ingenuo, sino del militante que sabe que para recorrer el camino es preciso creer en la posibilidad de un final productivo. Una vez le pregunté por ello en su casa:

“Como todo el mundo, tengo sinsabores en estas historias. Aún así, en la medida en que uno siente que aporta no necesita una especial cuota de energía”, respondió con evidente humildad, porque es mucha la fuerza precisa para hacer lo que él hacía.  Hace un tiempo me pidió que le ayudara a crear una cuenta en Twitter. Cuando le pregunté qué foto poner, me dijo: “Escoge una en la que esté sonriente, que está bien que a uno le vean contento”. Tenía la sonrisa de quien se sabe del lado de la humanidad. 

Denunció siempre que el obstáculo para juzgar el franquismo en España no es judicial, sino político, y mantuvo la esperanza en que algún juez español anulara algún día la ley de amnistía para juzgar los crímenes de la dictadura:  “Yo creo que en algún momento eso va a ocurrir, empezará a haber jueces que se atrevan, porque la ley de amnistía no puede amparar crímenes contra la humanidad. (…) En España hubo una planificación para perseguir a determinados grupos de la sociedad, para dar origen a un país diferente. Y lo consiguieron en gran medida. Eso es un genocidio”. 

El historiador estadounidense Howard Zinn escribió que las incontables pequeñas acciones de la gente desconocida son las que llevan a grandes momentos de cambio histórico. No hay duda de que las incontables acciones de Carlos Slepoy han contribuido a un futuro con espacio para los derechos humanos y la justicia.

La última vez que lo vi, hace unos meses, ya enfermo, mientras le preguntaba por cuestiones de salud en su casa, él me respondía con nuevas ideas que tenía para dar fuelle a la querella argentina. 

Carli nos deja muy huérfanos, pero con la certeza de que son muchos los que recogerán su testigo y proseguirán el trabajo en defensa de los derechos humanos, para que la historia no repita sus capítulos más siniestros. Como él mismo diría, con ese brillo en los ojos, quizá mañana podamos preparar una nueva acción que nos lleve a un nuevo camino para terminar con la impunidad, porque el reloj continúa. Sigues entre nosotros, Carli. Cuánto te queremos.

Olga Rodríguez© Fuente: http://www.eldiario.es/zonacritica/Anoten-Carlos-Slepoy-Derechos-Humanos_6_634196612.html


“La historia de Carli”, Roberto Sánchez Soria

carliEl abogado de la Asociación Argentina Pro Derechos Humanos (AAPDH) de Madrid, Carlos Slepoy, fue detenido por razones políticas antes del golpe de Estado y siendo interrogado en la Escuela de Mecánica de la Armada le anticiparon lo que pasaría tiempo después con los desaparecidos. “Me dijeron que si era subversivo iba a aparecer en el río”.

“Yo formaba parte de un grupo de abogados jóvenes que habíamos decidido poner estudios jurídicos en distintos puntos de la provincia para asesorar a delegados gremiales. Éramos doce, pero desaparecieron cinco: Oscar Di Dío, Adolfo Chorni, Alberto Antebi, Nora Hochman y Alberto Podgaetsky”.

El abogado Carlos Slepoy Prada, “Carli” para la familia y amigos, fue detenido el 15 de marzo de 1976 -nueve días antes del golpe de Estado- en una confitería del barrio porteño de la Chacarita. El grupo que lo detuvo estaba integrado por marinos de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

“En la ESMA nos separaron. En la celda, un oficial me puso una pistola en la cabeza porque yo invocaba la Constitución Nacional y mis derechos. Me dijo que si pertenecía a la subversión iba a aparecer en el río, y que si no tenía nada que ver me pedirían disculpas. Luego de una ronda de golpes y preguntas fui subido a un auto y llevado, encapuchado, a un descampado. Me dijeron que era la última posibilidad de hablar e hicieron un simulacro de fusilamiento”. Cuando se produjeron estos episodios aún gobernaba María Estela Martínez de Perón.

Tras el simulacro, Carli fue trasladado al edificio de Coordinación Federal donde escuchó torturas.

Al poco tiempo recayó en el Departamento Central de la Policía Federal. “Estábamos como en una gran cuadra, donde todo el tiempo tiraban personas vendadas. Muchas tenían su nariz ensangrentada producto de la venda apretada que no los dejaba ver”.

El periplo por las dependencias policiales duró unos días, al cabo de los que fue trasladado al penal de Villa Devoto, donde estuvo hasta octubre de 1977. “Aquí obligaban a los presos a desnudarse y a hacer ejercicios como el salto de rana”.

El siguiente traslado fue a la Unidad Penal N°9 de La Plata. “Cuando entramos nos desnudaron. Los detenidos formamos en fila india y pasamos, entre golpes del personal penitenciario, hasta nuestra celda”. Estuvo alojado en el Pabellón 16.

“Durante las requisas nos hacían desnudar y abrir las nalgas. Además, nos hacían formar en fila india para darnos golpes. Hubo varios compañeros con quebraduras”.

“Entre el 4 y el 6 de enero de 1977 los detenidos de la U9 fuimos sacados al patio a jugar al fútbol . Este hecho coincidió con el traslado a otro penal de dos hombres del Pabellón de la Muerte, que más tarde aparecieron muertos”.

Su ex mujer Andrea Benítez fue secuestrada cuando salía de visitarlo del Departamento Central de la Policía Federal. “Ella no supo dónde estuvo; la dejaron en un descampado”.

También su hermana, Silvia, sufrió un secuestro, “la detuvieron cinco días en el centro clandestino ‘Club Atlético’. Fue vejada y humillada”.

Durante toda su detención, Slepoy estuvo bajo responsabilidad del Poder Ejecutivo Nacional, que le denegó el exilio. El decreto 423 de 1977 fundamenta la detención del abogado y de decenas de presos políticos que también habían pedido dejar el país en que “podrían poner en peligro la paz y la seguridad de la Nación en caso de permitirse su salida del territorio nacional”.

Finalmente, Slepoy salió en libertad de la U9 en octubre de 1977.

Esa mañana éramos cinco o seis familiares acompañándolo en el aeropuerto de Ezeiza en las dependencias militares, en una habitación custodiada, tuve la oportunidad de abrazarlo por primera vez.

Roberto Sánchez Soria.