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“La ‘Caída de Palmira’ o la ‘Historia de Zenobia y Ǧaīmah’contada por la tradición norarábiga”, Juan Pedro Monferrer-Sala

1. INTRODUCCIÓN

Herbert_Schmalz-Zenobia     La célebre reina-guerrera de Palmira (árabe Tadmur), Zenobia (235-273 AD),1 ha permitido trenzar desde el mismo siglo III AD hasta nuestros días2 una rica historia literaria alrededor de su figura a imagen de algunas reinas de la antigüedad,de entre las cuales la reina de Saba y Cleopatra, aunque no exclusivamente, representan dos de los arquetipos más evidentes.3 Pero al propio tiempo, Zenobia se erigió en modelo prototípico de las poderosas mujeres guerreras que, de forma también admirable, continuaron apareciendo en la escena de Oriente Medio inmediatamente después de su desaparición.4
Hacia el año 144 AD, y después de un periodo durante el cual la ciudad y sus aledaños representaba un enclave de una confederación tribal árabe,5 Palmira había entrado a formar parte del Imperio Romano,6 aunque Adriano permitiera que esta ciudad-reino gozase de una serie de privilegios y libertades que la convirtieron en una ciudad distinta a las otras ciudades del Imperio,7 en cierto modo para poder servirse militarmente de los palmirenos contra el Imperio Parto. Pero no quedó ahí la situación de Palmira, como una provincia más del Imperio Romano, aun cuando dispusiese de toda una serie de prebendas frente al resto de provincias del Imperio, hecho que, inter alia, dio lugar a una percepción anti-romana entre los autores coetáneos y posteriores. 8 Así, a comienzos del siglo III AD, Septimio Severo convirtió a Palmira en una colonia dándole libertad para instituir y elegir un senado que les permitiese a los palmirenos regir y gestionar sus propios intereses comerciales, aunque dependiendo de Roma.
     No es de extrañar, en este sentido, que los semitas de Palmira y sus predios
experimentasen un creciente proceso de asimilación de la cultura romana, no sólo a nivel onomástico, sino también en el aspecto cultural y lingüístico.9 Esta realidad, que podemos calificar de multicultural sin riesgo de cometer ningún desatino, se vio favorecida por múltiples aspectos: aluviones de población griega de cultura helenística, junto con otros pueblos, semitas o no, que acarreaban con ellos sus lenguas, sus creencias, sus costumbres, etc., que posibilitaron una sociedad cambiante.10 Hay que tener presente, como un elemento característico más de la urbe, que Palmira no era, en modo alguno, un reducto beduino, sino más bien todo lo contrario, un centro neurálgico en la ruta caravanera que llegaba desde Oriente en dirección al Mediterráneo para seguir, ultramar, hacia Grecia, norte de África, la Galia o Hispania, entre otros lugares, como parte sustancial de la estructura comercial de Roma en Oriente.11
     De este modo, Palmira representaba un eslabón geográfico, pero al mismo
tiempo político y económico,12 esencial junto con una serie de ciudades que
compartían con ella ese mismo status: v.gr. Émesa (actual im) Burà en el awrān y Damasco, entre otras.13 Obviamente, esa provechosa situación geográfica, política y económica le permitió a la ciudad experimentar un creciente poder económico que trajo consigo prosperidad y un elevado nivel de vida de sus ciudadanos frente a los territorios circundantes.14 Con todo, la caída del Imperio Parto y el ascenso al poder de los sasánidas en el año 227 AD dio al traste con esta situación de la que gozaban los palmirenos.15
     Como consecuencia de todo ello, la situación de Palmira va a cambiar de modo drástico, puesto que la aparición en escena de los sasánidas obligó al ejército palmireno a hacerles frente como consecuencia de que el emperador romano Valerio fue hecho prisionero por los persas sasánidas. Es el momento en el que ʼOdaynat,16 el marido de Zenobia, es nombrado cónsul de Roma en Palmira. Sin embargo, ʼOdaynat no tardaría en morir víctima de un asesinato junto con su hijo favorito ayrān en Emesa17 y como consecuencia de ello Zenobia tuvo que hacerse cargo, logrando expandir las posesiones palmirenas hasta límites insospechados, aprovechando los problemas de Roma ante la presión goda,18 aunque Aureliano acabará por hacerla retroceder y apresarla en las inmediaciones del río Eúfrates, al tratar de cruzarlo, después de que las tropas de Aureliano capturasen la ciudad de Palmira.
     Es justo en este punto donde desaparecen las huellas de Zenobia, cuyo final fue, sin duda, dramatizado o, en su caso, idealizado por dos versiones completamente diferentes la una de la otra: una de ellas nos habla de un suicidio, como hiciera Cleopatra dos siglos antes. Pero no es éste la única versión, pues hay autores que hablan de una vida retirada de la reina, en Tívoli, tras contraer matrimonio con un gobernador romano.19
     En este marco donde el Imperio romano está en todo momento presente, durante la última década del periodo de gobierno representado por ʼOdaynat y su viuda Zenobia las tensiones en Siria y Arabia adquirieron una dimensión particular, como se deduce de las actividades llevadas a cabo por las confederaciones tribales de los Tanū y los Lam, de los cuales los primeros eran los enemigos declarados del reino de Palmira. De ahí que cuando Zenobia se levante contra Roma su acción no sólo fuera contra ésta sino también contra la confederación de Tanū, que tenía sus particulares pretensiones contra el poder de Palmira en la zona.20

2. CONTEXTO DEL TEXTO

     El creciente interés por el potencial militar de Palmira no fue el resultado de una necesidad exclusivamente externa, es decir la resultante de las necesidades que tenía el Imperio Romano en la zona. Este interés era también interno, puesto que las autoridades palmirenas necesitaban asegurar los productos que transportaban sus mercaderes en el tráfico caravanero, que con cierta frecuencia se veía afectado por los asaltos que sufrían como consecuencia del pillaje a que se veían sometidos por los grupos nómadas. De ello da cuenta, por ejemplo, la creciente actividad a que se vieron obligadas las milicias palmirenas durante el s. III AD. Esta delicada situación, que obviamente provocaba problemas en el complejo ámbito de las relaciones comerciales del momento, llevó a las autoridades palmirenas a establecer relaciones con los grupos nómadas que operaban en la zona en esa centuria.
     Conocemos gracias a al-abarī la existencia de una coalición de grupos clánicos bajo el nombre de los Banū Tanū. Al-abarī, al referirse a la caída de Palmira (Tadmur), la describe como la consecuencia de la guerra desencadenada entre la autoridad local y la tribu de Tanū, quedando fuera el factor decisivo que causó la
pérdida de la ciudad, el ataque de las legiones romanas. La narración que presenta al-abarī obedece a una simplificación de la realidad histórica, con toda probabilidad como consecuencia del interés exclusivamente árabe que presenta el marco narrativo en el que se encuadra el relato sobre los dos protagonistas en torno a los cuales se desarrollan los sucesos acaecidos, la reina guerrera Zenobia (Ζηνοβία, en la tradición árabe al-Zabbāʼ) y el legendario rey guerrero Ǧaīmah apodado al-Abraš, i.e. ‘[de piel] manchada’. Es obvio, pues, que el texto de al-abarī ha prescindido de la información de los detalles históricos para centrarse en el enfrentamiento entre Zenobia y Ǧaīmah, que no es otra cosa que la figuración en dos personajes del enfrentamiento entre Palmira y Tanū provocado por intereses estratégicos y económicos contrapuestos.21
     Con todo, nos parece evidente que al-abarī persigue en su texto mucho más de lo que éste da a entender a primera vista. La contraposición de los dos personajes, Zenobia-Ǧaīmah, lógicamente es la formulación figurativa de intereses contrapuestos, pero al mismo tiempo también representa la contraposición entre sí de dos modelos que se oponen, a su vez, al nuevo modelo que inspira la visión de la historia que tiene al-abarī. Ciertamente, Zenobia y Palmira son una expresión del cénit, del momento cumbre que conoció la sociedad urbana preislámica, que, sin embargo, está presta a desaparecer (como de hecho acontece en el relato de al-abarī), la sociedad urbana pagana, que representa un modelo histórico fundamentado sobre la ausencia de la verdad. A su vez, Ǧaīmah representa esa otra parte de la sociedad preislámica, en este caso la nómada, también llamada a desaparecer por hallarse en la misma situación que la anteriormente descrita, es decir, por haber sido construida al margen de la verdad revelada. Como sucede en otros textos, esa verdad, obviamente, está representada por el nuevo modelo que ha sustituido al viejo modelo preislámico, esto es, el islam.22
     Ahora bien, desde el punto de vista narrativo, en el doble nivel de la crítica textual y de la crítica literaria, el relato de lo acontecido entre Zenobia y Ǧaīmah no ha sido transmitido únicamente por al-abarī, sino por otros autores árabes. Powers ha analizado recientemente el texto que ofrece al-abarī centrándose en la relación que establece el texto entre historia y leyenda a base de responder a una serie de interrogantes cuyo fin último –sobre la base del análisis comparativo con otros textos que subyacen al de al-abarī– es el de “arrojar luz sobre el arte de la narración árabe y la habilidad por medio de la cual las ‘historias’ fueron incorporadas a las narraciones históricas” (to shed light on the art of Arabic storytelling and the craft whereby stories were incorporated into historical narratives).23

     Nuestro interés en el presente trabajo responde al deseo de evidenciar las
características compositivas y de contenido que presenta otro texto, el de al-Masūdī (896-956), contemporáneo de al-abarī (839-923), que recogió una versión ligeramente distinta sobre el encuentro de Zenobia (al-Zabbāʼ )
24 y Ǧaīmah al- Abraš en sus Murū al-ahab.

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