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“Fundación Caminos de Identidad”. Ruth Chaparro

FUCAI nace en 1991, cuando un grupo de 7 profesionales con experiencia académica y trabajo directo en la educación y el desarrollo social de las comunidades marginales indígenas, campesinas y urbanas marginales, observan la precariedad de los esfuerzos estatales, la progresiva concientización de las comunidades alrededor de la consolidación de una educación propia, pertinente y de calidad, y las escasas organizaciones civiles que hacían presencia efectiva en comunidades alejadas de los núcleos urbanos.

Para mayor información: http://www.fucaicolombia.org/

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“El dinero y las palabras. La edición sin editores”, André Schiffrin

La edición “artesanal”: editan los editores

Érase una vez en la que el editor era un ciudadano formado que seleccionaba con mucho cuidado aquello que quería publicar. Las elecciones eran personales y fundamentadas. Se editaba pensando en la “longue durée”, que diría Fernand Braudel, con la voluntad de construir un catálogo a través de los años donde las piezas encajaran y dieran al lector una cierta visión de mundo, coherente y articulada gracias a la lenta aparición de títulos enmarcados en colecciones hermanadas. Era un mundo en el que la gente se daba un tiempo para leer y no repasaba nerviosa, dando un vistazo vertical, los últimos 3000 libros aparecidos en este mes a través de una pantalla con muchas imágenes, botones y reseñas hiperbreves.

Prensa de mano

Esta idea de edición artesanal, manufacturada, la podemos observar por ejemplo aún hoy en día en editoriales como Fórcola que nos explica así el nombre de su sello: “La «fórcola» es todo un símbolo del trabajo artesano que pasa de abuelos a nietos; la «fórcola» y el oficio que le da sentido, el del gondolero, han permanecido como referente del trabajo manual bien hecho, y me ha inspirado en la creación de mi propio proyecto editorial”.

El editor, nos dice Schiffrin, perdía al principio dinero al publicar un autor en el que confiaba. Éste le era fiel y, si la apuesta se ganaba eventualmente, la rentabilidad aparecía a partir del tercer libro, quizás del cuarto. Era una labor, desde luego, de largo aliento, basada en el fondo del catálogo, en la confianza y en unos flujos de caja muy distintos de los actuales. Se podía vivir del “slow money”.

Las reediciones, por lo tanto, eran fundamentales y un título podía comenzar a dar beneficios después de años. Una editorial como Doubleday, por ejemplo, perdía dinero con el 90% de los libros que editaba.

También encontramos en esta forma de editar pasada un imperativo irrenunciable: “no vamos a publicar un mal libro sólo porque sabemos que se venderá”, se decían a si mismos los editores. Existía además, como comentamos antes, un cierto compromiso intelectual lo literario. El editor quería ante todo influir en la sociedad con los títulos que le lanzaba. Un caso reciente de esta forma de actuar lo encontramos en la figura de Ramón Perelló, editor que trajo a España la influyente serie “Indignaos” del francés S. Hessel y que, gracias a la gran labor que ha realizado en Destino, ha recalado en editorial Península.

Se confiaba, asimismo, en la inteligencia del lector, al que no se le ofrecían best-seller degradados de lectura rápida para que no se cansara y pudiera alienarse. Se consideraba que si se proponían títulos de calidad, asequibles y con un lenguaje aceptablemente comprensible, los lectores responderían a pesar del supuesto elitismo de nuestro catálogo. Lo bueno no tenía forzosamente que ser minoritario.

Esta experiencia que describe Schiffrin me recuerda vivamente la historia de editorial Lumen, que nos cuenta su editora Esther Tusquets en “Confesiones de una editora poco mentirosa”. Su padre, si es cierto lo que he leído en algunos artículos, empresario de éxito, financió con los beneficios de su negocio esta casa de ediciones que fue deficitaria durante muchos años. Toda la última parte del libro de Tusquets, en la que describe la compra de su editorial y el proceso de integración de la misma en el grupo Random House, sirve como caso práctico para comprender este nuevo tipo de edición, “moderno” del que vamos a hablar a continuación.

Editar sin editores: best-seller, star-system, financiarización y edición para el gran mercado.

En la segunda mitad del siglo XX tienen lugar una serie de procesos que se dan en primer lugar en los Estados Unidos, que van a cambiar la forma de editar radicalmente. En un contexto de voluntad de expansión dentro del gran mercado de la primer potencia mundial, grandes grupos mediáticos que posee televisiones, periódicos y radios comienzan a comprar editoriales.

Estas grandes corporaciones van a imponer su lógica dentro de sus nuevos dominios: cada libro ha de ser rentable y la cuenta de resultados ha de mejorar cada mes. Aquellas exangües tasas del 1% ó 3% de ganancias no son aceptables ya, se piden cifras entorno al 10% o incluso 15% para el global de la casa. Estamos ante la “financiarización” de la edición. La lógica del mercado, de la especulación, empieza a socavar los principios de la edición “artesanal” descrita anteriormente.

¿Y cómo se puede conseguir con un producto “lento” como el libro estas altas rentabilidades?. Los grandes conglomerados vienen del mundo del mercado de masas, ligado completamente al “entertainment”. El libro comienza a ser visto bajo el prisma del “star system” propio del cine. Se busca el blockbuster, el libro que el 100% de la población desee comprar. La inversión en publicidad aumenta y por tanto la necesidad de vender muchos ejemplares de un mismo libro para rentabilizarla es acuciante. La competencia en este “nicho generalista” aumenta. Estamos ante unas dinámicas basadas en los grandes lanzamientos, en la “bestselarización”, en el espectáculo “eventizado”.

La inflación de títulos se dispara, la supreproducción inunda los canales de venta. Dos semanas en la mesa de novedades es ya casi demasiado, el libro no tiene tiempo para asentarse. Ahora estamos en un mercado donde la rotación tiene que ser alta y la capacidad, ajena hasta hora al mundo de la lectura, de consumir rápido el nuevo producto y olvidarlo para pasar velozmente al siguiente, se instala como un rasgo necesario. El lector se debe amoldar a los ciclos de producción-consumo-obsolescencia del mercado de masas.

Los editores, con sus criterios intelectuales, de selección, de búsqueda de excelencia y calidad,son relegados en las grandes mesas de cristal de los pisos más altos del gran edificio de la multinacional donde tienen lugar las reuniones. El departamento financiero y el comercial cogen las riendas. El márketing impera. Cuando se recibe un manuscrito la primera pregunta es: ¿cuánto puede llegar a vender esto?, ¿qué papel puede tener en nuestra cuenta de resultados del tercer trimestre para alcanzar el objetivo de rentabilidad?. Esta forma de enfocar la edición coincide en el tiempo con un proceso que lleva a la creación de agencias literarias, que negocian al alza a los derechos de los autores más cotizados, incrementando así la inversión necesaria para lanzar el libro al mercado y ahondando en la “financiarización” del sector. Los manuscritos se subastan entre las editoriales, la confianza entre el editor y el autor se ve quebrada y ya no permite proyectos a largo plazo (hemos abordado esta cuestión en otra entrada de Ecos de Sumer).

Estamos, en definitiva, ante una forma de editar muy diferente, que acaba teniendo influencias muy negativas sobre la bibliodiversidad, sobre aquello que podemos leer. La dictadura del mercado, su censura de guante blanco, se ha instalado entre nosotros.

Bestseller

Conclusión: el editor resistente y su papel social y democrático.

A pesar del desolador panorama descrito, Schiffrin no se resigna y confía en el futuro de la edición artesanal. No hemos de bajar los brazos: los lectores diferentes no han desaparecido, sólo hay que ir a buscarlos. Hay mucha gente que ha dejado de leer o simplemente de comprar, porque el mercado, que supuestamente se ajusta de forma perfecta a sus necesidades, no le ofrece opciones de lectura diferentes.

Con nuestra labor, si esta es continua y valerosa, podemos entrar en contacto con un público que haga posible nuestra aventura editorial. Existe un espacio para proyectos editoriales diferentes. En Europa, nos dice el autor, no todo está perdido. Hay editoriales pequeñas bien conectadas con el tejido social gracias a las bibliotecas y a las librerías. Este es el patrimonio lector que tenemos que defender.

El libro no es un producto de consumo cualquiera. Sirve, mejor que ningún otro, elemento de nuestra civilización, para promover y articular un debate necesario para la democracia, para fomentar la diversidad de pensamiento y la tolerancia. Es en esta lucha, concluye Schiffrin, donde la edición independiente debe jugar aún su papel: “Le combat continue”.

Fuente: http://librosensayo.com/el-dinero-y-las-palabras-la-edicion-sin-editores-de-andre-schiffrin/#comment-378

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Fragmento de libre lectura: http://books.google.es/books?id=0lMKa9A2wxYC&printsec=frontcover&dq=la+edici%C3%B3n+sin+editores&hl=es&sa=X&ei=_wRcUtGxL8SOtQait4BA&ved=0CDoQ6AEwAQ#v=onepage&q&f=false


“Evangelii Gaudium” (fragmento), Papa Francisco

I. Algunos desafíos del mundo actual

papa francisco52. La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas.
Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo.

No a una economía de la exclusión

53. Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».

54. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera
nos altera.

No a la nueva idolatría del dinero

55. Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

56. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz.
Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir

57. Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios.
La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado.
Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano.
En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos».55

58. Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

No a la inequidad que genera violencia

papa-francisco-359. Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.

60. Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

Evangelii-220x300Dado en Roma, junto a San Pedro, en la clausura del Año de la fe, el 24 de noviembre, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 2013, primero de mi Pontificado.

Franciscus PP.


55 SAN JUAN CRISÓSTOMO, De Lazaro Concio II, 6: PG 48, 992D.