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«8 de marzo de 1875, 8 de marzo de 2019», Mara OG

Día Internacional de la Mujer

La ONU fijó en 1975 esta fecha como día internacional de la Mujer.

El 8 de marzo de 1875 mujeres obreras de una fábrica textil en Nueva York se manifestaron en la calle por sus derechos laborales. Las mujeres cobraban menos que los hombres de la fábrica por realizar el mismo trabajo (hoy día esto sigue ocurriendo en algunas empresas en distintos países). En esta manifestación 120 mujeres fueron abatidas a tiros por la policía.

Dos años después se fundó el primer sindicato femenino.

El 25 de marzo de 1911 en la fábrica de Nueva York «Triangle Shirtwaist» 123 mujeres  y 23 hombres (la mayoría inmigrantes judíos e italianos) murieron en el incendio de la fábrica en el que los empresarios cerraron las puertas y los jóvenes trabajadores no pudieron escapar de las llamas.

A las mujeres a lo largo de la historia se nos ha despojado de los derechos que todo ser humano tiene, por el hecho de haber nacido.

El voto para elegir representantes políticos era negado (hay países en la actualidad que la mujer es excluida).

La organización de nuestra vida era (y aun en muchos lugares) decidida por los hombres de la familia y por una sociedad patriarcal. NO al estudio. NO al trabajo. NO a la libertad de decidir.

El salario y las condiciones en el trabajo para las mujeres, no son lo mismo que para los hombres.

En muchos países las mujeres son tratadas peor que si fueran cosas.

En nuestros días (siglo XXI) hay mujeres que son asesinadas por individuos que no han alcanzado la categoría de hombre. Las matan porque sí, porque ellas no tienen la fuerza física para defenderse. ¿Y qué hacen los Estados? ¿Y qué hacen las organizaciones feministas?

Los profesionales de la psiquiatría ¿por qué no hablan de lo que mueve a estos machos a destruirlas? ¿No será que es la homosexualidad reprimida la que los empuja a ello? (no hablo de ser homosexual, hablo de la represión de la sexualidad).

Las mujeres en cargos políticos que en lugar de ser la voz de las sin voz, pierden el tiempo en pedir un lenguaje «inclusivo».

La prensa ¿qué hace? Cuando una mujer es asesinada escriben: «Murió a manos de su verdugo». El «su» sobra.

El lenguaje que hoy se utiliza para hablar de las mujeres realmente es perverso.

¿Qué hace el mundo de los hombres ante el dolor de las mujeres? ¿Y las mujeres?

Simone de Beauvoir decía: «El opresor no seria tan fuerte, si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos».

En el «Tanaj», tenemos historias de mujeres, que hoy podrían calificarse de feministas: Esther, Débora, Ruth… Son mujeres con fuerza para cambiar el destino. Mujeres valientes, capaces de sentir compasión y desarrollarla.

Quisiera citar la frase de la escritora judía norteamericana Susan Sontag que en 2001 recibió el Premio Jerusalén de Literatura: «La compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita».

Mara OG

Marzo 8 de 2019


“Siempre muerto”, Kepa Uriberri

embarazada-concentrada Entra al consultorio, la sala de espera, algo sucia, está llena. Al fondo hay una ventanilla sin nadie. Espera largo rato. Detrás, pasan mujeres gordas, vestidas de blanco, con gestos ausentes. "¡Buenos días!" dice, pero no le contestan. Tampoco la miran. De pronto, con un zumbido, se abre al fondo una puerta grande, una mujer de aspecto hosco se asoma y grita un número. Ella se acerca: "¡Buenos días!" dice, "sólo necesito la píldora del día después; ¿Cómo lo hago?". La persona que tiene el número anunciado se acerca, también. Su mirada da la idea de súplica. La funcionaria observa con desprecio a la que consulta, la evalúa, piensa: "¿Por qué no irá a una farmacia a comprarla? Se ve que plata: ¡Tiene!". Pregunta, pero a la vez instruye: "¿Sacó número?" y muestra el dispensador de turnos cerca de la ventanilla donde nadie atiende. "No" dice con tono de disculpas. "Tiene que tomar número y esperar que la llamen" y desaparece con la paciente de mirada suplicante, sin responder a la pregunta que la otra le hiciera.

Hay uno al que se llama el mundo interior. No es el mismo que el mundo interno; este es orgánico y misterioso. En este mundo protegido, casi autónomo, se está desarrollando un proceso duplicador. Aquel ser, cuyo impulso vital fue formado de la compulsión necesaria de dos seres diferentes, fundidos en uno, va duplicando su ser, particionando su cuerpo en sí mismo. Dicha partición no lo divide, sino por el contrario, lo multiplica, en un puñado que es un sólo ser de la misma condición que sus progenitores, aun cuando diferentes. En este trance va adquiriendo formas: ¿Miembros? ¿Cabeza? ¿Órganos? Pero no conciencia ni conocimientos, ¿O sí? Quizás mínimos, incipientes, pero en algún momento comienza a oír. Oye el tom, tom, tom de su propio corazón recién formado, o el de su huésped; también otros ruidos orgánicos gratos para él. Quizás ya comience a enlazar, a establecer cadenas incipientes de raciocinio. Nadie puede recordarlo. El recuerdo aún no se le ha dado. Su memoria es breve. Se concentra en crecer vertiginosamente, doblando, doblando su ser esencial. No repara en daño o peligro, está en el estado de máxima protección con tal que tenga una cierta capacidad básica, mínima, que lo valide.

Le hicieron una revisión rápida y una encuesta. Tuvo la sensación que era más importante la encuesta que el resultado de la revisión. De ésta sólo derivó una orden para hacerse una variedad de exámenes clínicos posteriores: "¿Cuándo fue su último Papanicolaou?" preguntó la doctora (¿O era una matrona? Para el caso no le importaba demasiado). No lo recordaba bien: Mintió. "Espere diez días después que le llegue, con el Levonorgestrel, y se lo viene a hacer. Deje la hora pedida". Le preguntaron si había sido violada, o si se había roto el condón, si usaba algún anticonceptivo, dispositivo intrauterino, cantidad de hijos, si era casada o soltera y muchas otras cosas que contestó con cierta sorna, pensando que su destino no era médico sino político. Finalmente le dieron una orden de requisición, que debía presentar en la ventanilla cuando la llamaran. Una mujer gorda, de uniforme blanco, de aspecto algo sucio asomó a la ventanilla, después de mucho esperar, y gritó su nombre, que leyó en un papel. Verificó los datos, estampó un timbre, rayó encima un garabato ilegible y se fue sin decir nada. Volvió a aparecer pasados unos minutos con la copia de un formulario que le entregó y una caja demasiado grande para el estampado metálico con dos cápsulas del interior. Mostró la caja blanca con verde que a la mujer le pareció casi un emblema, quizás una bandera de lucha concentrada en cartulina y con un gesto rayano en la amenaza, dijo: "Se toma una cuando llegue a su casa y veinticuatro horas después se toma la otra. ¡No antes!" y estremeció la caja. Hizo un breve silencio, quizás para separar conceptos y agregó: "Puede sentir náuseas, tener vómitos, espasmos y dolores. Sólo si tiene hemorragia intensa vuelve a control. Si no; no es necesario. ¿Entiende?" y volvió a estremecer la cajita, que la otra vio como si la bandera de lucha flameara libre. Afirmó con la cabeza. Con un gesto que no alcanzaba a ser de amenaza, pero que podía resultar de advertencia o admonición, en especial por los labios muy apretados, la gorda de blanco le entregó la caja con dos dosis de setecientos cincuenta microgramos de Levonorgestrel, sobre ella, en verde, decía: "Postinor 2".

La mujer pasó, de vuelta a su casa, por un restorancito pequeño, donde sólo servían en la barra. Era apenas algo más que un kiosco. Pidió una bebida con gas de color oscuro y abrió la caja. Sacó ambas cápsulas de color verde y blanco y guardó en su cartera los envases. Se sintió agitada, pero decidida. Miró las cápsulas en su mano, las empuñó con decisión y pensó, tal vez nada más que para darse ánimo, o es posible que lo creyera firmemente: "¡Tengo derecho!". Se sirvió el vaso colmado con el líquido negro y espumeante y con un movimiento decidido, algo desafiante, se echó ambas cápsulas a la boca. Bebió como un camello después de atravesar el desierto, hasta secar el vaso. Vertió el resto de la lata y lo tragó del mismo modo. Pagó y se fue. La dependiente, al recibir el pago le hizo un gesto, levantando las cejas y abriendo mucho los ojos. Es posible que quisiera decir: "¡Qué bruta! ¡Cuánto apuro!". Un centenar de metros más allá, la mujer se detuvo junto a un basurero. Dejó escapar un flato mientras escarbaba su cartera y luego otro, sonoro como un desprecio, después de arrojar el envase vacío del Postinor 2.

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