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¿Cómo trabajaba sus escritos Gabriela Mistral?, Luis Vargas Saavedra

Gabriela MistralIgual que Leonardo da Vinci, Para quien la hoja de papel era su palestra y laboratorio, la base donde provocarse y elaborar invenciones visuales; del mismo modo la hoja en blanco era para Gabriela Mistral su bosque de búsquedas, su mina de filones verbales.

Un ejemplo, el poema inédito “Procesión de encinas”. Parte con un balbuceo de palabras en las cuales ajustar la imaginación a ritmo, métrica y eufonía. Podemos decir que en esa caligrafía veloz y en esa secuencia de versos ha ido quedando la estela de su visión emotiva. Podremos adivinar ciertas preferencias de rumbo, y el puerto mismo al que quiere llegar, pero hay decisiones misteriosas.

Es fascinante ver las tarjaduras: “Encinas que ves en sueños = Encinas verdes que sueño…”

Las estrofas canceladas:

“Los troncos elefantinos

resuellan sus aspas anchas

y sueltan y dan sus gajos

en abejas enjambradas

que laten y cosquillean…”

Las indecisiones ante cuál sea la óptima palabra: “¿echado”-“varado?” o la imagen que cuaje lo que está balbuceando: “y el amor se apiña y sube en columna – como una marea que habla en columna que se canta – que se aúpa y que se canta – que a sí misma se canta – se adensa y que se canta…”

Las mejoras evidentes: “y siseo innumerable = “y el siseo de sus copas.”

Los ajustes métricos cuando percibiendo que en un verso sobra o falta una sílaba, le abrocha un artículo o le desprende una conjunción.

Todo esto revela que está de veras oyendo el monótono ritmo mongólico, de la Mongolia de donde creía provenir, y a la que ella ha alabado como una percusión acaso más contigua a la poesía griega, que a la europea moderna.

Y del mismo modo que Leonardo acumulaba bosquejos encima de bosquejos, ella vertía versos encima de versos, hasta que para ambos era necesario extraer a limpio esa batahola de ensayos. Entonces, algunas páginas más adelante, hallaremos la segunda versión y luego la tercera, la cuarta… Y a cada nueva versión sucederán más variaciones expresivas y nuevas ocurrencias.

Su innato gusto por la estructura suele tallar los versos en cuartetos de rima y metro reiterados. Esas estrofas constituyen núcleos de narración o alabanza:

“Pesca tiene cuando no hay pesca,

la lila encuentra antes de Mayo,

cazó el faisán que no cazamos

y encontró el agua en un peñasco.”

Constituyen cuentos-metafóras o metáforas-cuentos, que van eslabonando, por ejemplo, los dramas de Ifigenia y Clitemenestra, Electra y Antígona, en un friso de inusitada helenidad, que no se le conocía entero.

Impulsada e impulsadora, sus versos surgen llenos de ímpetu, pechando dinámicamente, ya sea por medio de vaivenes entre imágenes opuestas o ya sea por medio de rápidas sucesiones de imágenes, precedidas por la conjunción “y”, que hace puente y puerta de un verso a otro, llevándonos por el torrente de esa fantasía. Por eso su forma de dar forma es tan dinámica, urgida, exploradora, y va atrapando los vocablos que mejor cumplen con sus cinco sentidos, ya que escribía con todo su cuerpo.

También hay poemas pasados a máquina. Incluso éstos fueron perfeccionados en cuanto les detectara o una flaqueza o una posible mejora. Yo diría que consideraba perfectibles hasta sus poemas publicados, al revés de Neruda, que poseía una destreza mozartiana.

En cuanto a los manuscritos de prosa, ocurre una elaboración semejante pero no gemela. Deponiendo el ritmo y la rima, se aboca con rapidez a comunicar las ideas de la manera más neta y sensorial, siempre por un proceso de afinamiento y afinación: mayor exactitud, mejor sonido. Al ir con toda celeridad atrapando las palabras que comunican lo que está viendo y viviendo, suele sucederle que no encuentre la palabra o la imagen o la comparación que precisa; entonces, en vez de detenerse a buscarla y acaso perder el flujo de su visión, deja el espacio en blanco: un alvéolo para insertar después el vocablo rezagado.

Al leer la totalidad del primer croquis, solía editarlo, trasladando trozos a mejor ubicación lógica, o bien insertando añadidos aclaradores, señalados con figuras gráficas: una estrella, una greca, una X, o un número. Demandan un recorrido alerta del puzzle verbal que ella sabía armar.

Algunas veces ha borrado con goma de colegio lo escrito a lápiz. Poseo el ejemplar del “salterio” en que Palma Guillén rezaba con Gabriela Mistral, por el arribo celestial de su suicidado sobrino Yin Yin; allí hay páginas en que oraciones enteras fueron arrasadas por la goma. Rasándolas con luz intensa he podido rescatar lo que la fuerza de su mano hundió con la punta del lápiz en el papel.

Para cuantos se interesan en cómo se ha ido gestando un poema, cómo fue su parto verbal, la existencia de tantos manuscritos de una gran escritora, vale como un espectáculo de creatividad. Invita al rastreo e interpretación de su gusto, conjeturando sus preferencias. Lope de Vega decía que poeta sin borrones era mal poeta. Según eso, ella califica como ultra poeta.

Homero, si hubo un Homero, también debe haber borroneado. Lo que sí es exclusivo de Gabriela Mistral son sus cuadernos con rimas y con vocabularios. Podríamos compararlos con los ejercicios para piano de Karl Czerny, sus escalas y arpegios para agilizar los dedos antes de acometer una sonata. En Gabriela Mistral se trataría de gimnasia acústica y de espiritismo sensorial. O sea, de técnicas para avivar el oído y conjurar imágenes mediante un proceso audiovisual. Ya fuera memorizándolos o mirándolos, le aportaban un pronto auxilio, pues se hallan junto a la página en que escribía. Maravilla ver y oír esas listas de palabras y palabras que riman en forma asonante, ya sea en o-o, en a-a, o en e-o: soplo, despojo; mañana, canta; laboreo, estero. O que se hacen eco consonante: abrasada, abajada; turbión, alción.

Otro recurso muy suyo es antologar poemas ajenos; por ejemplo, una colección de canciones de cuna copiadas en un cuaderno y acaso leídas en voz alta, para imbuirse de sus ritmos. Del mismo modo, copia trozos de textos orientalistas y sintetiza obras de teoría literaria.

Traducir vale como profundo ejercicio expresivo. Gabriela Mistral tradujo poemas del inglés y del portugués. Por ejemplo, de William Blake, su magistral “The Tiger:” “Tiger, tiger – burning in the forests of the night…”, que para traducirlo a: “Tigre, tigre, ardiendo en las florestas de la noche…”, supone haber encarnado en sí misma a la luminosa fiera, implica un ser ella en inglés primero, para reencarnarla al castellano enseguida. Y para ello su vasto vocabulario de palabras y de emociones debe erguirse por entero.

También debemos considerar las meditaciones yoguis como un método para mayor expresividad, puesto que con ellas reforzaba su don visual, la riqueza evocativa que le daría imágenes y palabras. Controlando la respiración hasta serenarse y viendo mentalmente las criaturas, paisajes y cosas que describiría, así labraba sus “recados,” dándoles el concreto dinamismo sensorial, requerido por el tema. Los cuadernos de meditación o de ejercicios mentales portan figuras de color, cartulinas tijereteadas en forma de soles, que ella activaba como “mandalas”, diagramas esquemáticos del cosmos. Constituyen su sistema de causalidad anímica, su modo de atizar las potencias desde la psiquis misma. Entrañan un conocer cómo funcionaba su creatividad, sabiendo de qué manera podía causarse la causa y efectuarse el efecto, basados en la experiencia de que esa maniobra recóndita podía ser instada y de que era, hasta cierto punto, gobernable. Y con ello rozamos el genial misterio de su técnica: ahí están los instrumentos de su oficio, pero no sabemos cómo los tocaba, y ahí están los poemas de su índole, pero no sabemos cómo los vivía.

En cuanto a su prosa, la gestación se apoyaba en la tangibilidad de lo real. Anotaba datos exactos de historia, flora, fauna y geografía para lograr la divulgación amena y lírica que tanto admiraba en los franceses. Toda una pared de la casa de Doris Dana en Roslyn Harbor estaba entregada a la enciclopedia Espasa Calpe. De ella obtenía esa objetividad que por científica parecería anti lírica, pero que en el genuino artista se alían y fortalecen.

Cada artesano de la palabra se inventa su método de trabajo. Gabriela Mistral, gran autodidacta, ha urdido sus propios modos y trucos, logrando, en época exenta de computación, un arduo sistema elaborador que ella gobernaba como una tejedora su telar.

Luis Vargas Saavedra©


“Introducción al pensamiento infantil”, Aida Rebeca Neuah

niñoEl día que papá me regaló un extintor me puse tan tan contento que prendí fuego a la cuna de mi hermanita. Cuna de mi hermanita bah!! Era miii cuna. Lo que es de uno, nunca se deja de poseer. Así que en realidad, prendí fuego a mi cuna para saber si mi vocación de bombero era auténtica. Como soy un niño bueno, primero tomé el recaudo de sacar a la dulce y tierna criatura que me ha robado la mitad del amor que me corresponde por derecho, de su camita. Me subí a un banquito y agarré en brazos a la beba con ternura, le mostré mi dentadura de sonrisa apretada y la puse en la cucha donde duerme Bobby. Seguro que ahí no iba a tener frío ni se iba a sentir sola. Le dije al perro que la cuidara, yo hablo un poco de su idioma. El apagador de fuegos andaba bárbaro y la cuna quedó preciosa, ahora parece una antigüedad. Papá siempre se esmera en regalarme juguetes útiles que me sirvan para elegir una profesión para el futuro. Así fue que hace unos años recibí una sierra eléctrica para hacer de carpintero. La usé para cortar al medio todas las puertas de la casa, Bobby nunca más tuvo que rascar las puertas para que le abran. Al cumplir cuatro, él vino con una caja de tachuelas miguelito. Me enseñó a ponerlas en la calle a la mañana temprano y esperar a que empiecen a salir los autos al trabajo. Mi sabio padre me aconsejó sentarme en la ventana del living, donde se veía el lugar en el que caían las tachuelas, los vecinos que se bajaban de sus autos gritaban palabras desconocidas(debe ser alguna lengua extranjera) y cambiaban las gomas pinchadas por mis clavitos. “Es la forma de aprender a cambiar cubiertas”-dijo mi papi y agregó que tener una gomería es un negocio muy rentable hoy día. Mamá comparte su criterio práctico de elección de regalos y aportó sugiriéndole no comprar más esos huevitos de chocolate porque adentro hay juguetitos con piecitas muy chicas que nos podemos tragar. Imaginate Cacho- le dijo a mi papá- los nenes con un árbol de huevitos kinder en la panza!!!

Aida Rebeca Neuah©  http://laburbujabruja.blogspot.com


“Quince días y veinte años con Candela”, Ana Caliyuri

Corría el año 1955; un aire revolucionario marcaba la época, irrespirable, como se siente cuando hay humedad. La gente en las calles cuchicheaba desalentadora, no mucho ni muy altisonante, porque quizás las paredes podían escuchar.

Las callejuelas de adoquines parecían enceradas, como los rostros de los protagonistas de una Argentina que se empeñaba en sumergirse y emerger caprichosamente.

A medida que se acercaba la profundidad de la noche, en el silencio ruidoso de la nada a punto de estallar ( la calma chicha como le dicen), comenzaron a llegar las fuerzas de seguridad a allanar la única pinturería del pueblo, en busca quién sabe de qué conciencia o idea que consideraban disforme para la ocasión.

Mares rojos, azules, verdes, amarillos circulaban viscosos y más latas al piso, un grito, una contracción y más latas al piso, otra contracción y caras de espanto y desasosiego. No era tiempo, aún no era tiempo, pero la niña ya no quería permanecer ajena al espectáculo. No era tiempo niña tonta, niña frágil, niña sin uñas y arrugada, sin peso pero con coraje.

La llamaron Candela, quizás por su luz o tal vez por el fuego de su origen calabrés. Candela creció y asimiló de a pequeños sorbos el mundo.

Transcurrieron los años – más de quince – y Candela seguía buscando despertares nuevos, siempre con la sonrisa plena y estampada, como si no fuese posible borrarla de sus labios. Así, poco a poco, construyó sus convicciones. Algunas propias y otras contagiadas. Los sueños de justicia y equidad le embargaban la mente y el alma, ávida por leer lo que no se debía, pero sí se podía. Parecía no suceder nada en su vida, pero sucedía casi todo.

Una trapisonda que le jugó el destino desembarcó en su casa a las fuerzas de seguridad y Candela conoció el horror por error impropio. El viento crispado de junio del 1977 lo trajo a él, su compañero. Él era sobreprotector y sutil; tenía la seguridad incorporada a su paso, era posible imaginar su rostro de formas y gestos distintos. Candela y él lograron una conjunción notable, con algunos visos contradictorios. Convivió con Candela 15 días y 20 años. Con él se agitaba su corazón , con él supo de ahogos, de noches profundas y noches en vela, de días grises y días nuevos; con él aprendió Historia, Lengua, Filosofía, Sociología y mucho más. Si había algo irreprochable en él era que nunca la abandonaba, siempre estaba con ella y en ella; en cada célula de su cuerpo cuyo núcleo tenía la información genética precisa: “aquí estoy”.

Candela transcurría sus días entre la mediocridad y la rebeldía; él muchas veces estuvo a tiempo para sacarla de algún problema o para evitar que ella dijese algo inconveniente; después de todo para eso era su compañero. Pero Candela se desdibujaba cada día más; su corazón latía demasiado apresurado, su peso disminuía, ya no tenía certezas y había perdido la fe. Cayó enferma. Él comenzó a morir con ella, en una noche de invierno crudo. De puro invierno. En realidad, él la quería matar y ella no quería morir. Cómo lo iba a dejar.

Tantas confesiones, tamaña alquimia. Se trenzaron en una lucha intestina que duró quince días y veinte años. El fin había llegado, Candela pudo comprenderlo, pudo reírse de él, pudo verlo tal cual era sin ningún velo.

Hoy ya no son compañeros, ni conviven; él ya no posee la misma seguridad. A veces, su fragilidad causa escozor. De vez en cuando visita a Candela. Ella lo trata con respeto, pero camina sola, siempre en busca de despertares nuevos. Candela con convicciones agudas y certezas prestadas, con sonrisa estampada y ganas de vivir. Él, según cuentan, no tiene paradero fijo. Tiene la edad de Candela y la fuerza del Zonda. Los más audaces comentan que fue el compañero de todo un pueblo, aunque Candela lo juzgaba fiel. Candela no cree en las leyendas ni deja de creer, pero dicen que si te encuentras con él, puede que no lo reconozcas: no lleva documento, vive en la Argentina, un país que se empeña en sumergirse y emerger caprichosamente. Ella conoció muy bien a ese compañero inquietante y advenedizo. Supo su nombre desde el primer día y durante quince días y veinte años convivió con él. Se llamaba…miedo.

latidosperenneslatidosperenneslatidosperennesAna Caliyuri© 

       Relato del Libro “Latidos Perennes”

 

 

 

 

 

http://anacaliyuri.blogspot.com/2011/06/cristales-rotos.html


“Aún guardo aquella vieja postal parisina”, Luzciernaga

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Aún guardo aquella vieja postal parisina, de la bella mujer desconocida, y la dedicatoria en letra de piquitos, escrita con pluma fuente. La guardo por linda, por antigua, por que es mía, porque alguien un día decidió que a quien pertenecía llevaba demasiado tiempo muerta como para que le importara el paradero de aquella postal. Por eso ahora es mía, no es dirigida a mi la dedicatoria, pero la guardo con celo como un caro recuerdo de familia.

De la familia que siempre quise, de los antepasados que quise ver reflejados en viejas fotografías sepia recordando cada nombre, cada dato.

La familia que me acogiera cuando de niña me cayera de un árbol, la abuela condescendiente que cuando yo fuera adolescente me hiciera contarle como eran los ojos de aquel muchacho simpático y educado para poder recordar los del abuelo, cuando a hurtadillas la miraba al verla pasar junto a su madre camino al mercado.

De aquello me queda solo esa postal, de la mujer bella, sin tiempo, sin prisa, sin preocupacion y sin edad.

Y el recuerdo de aquella extensa familia que no tuve jamás.

Luzciernaga©


“A filo de obsidiana, 2010”, Josefina Magaña

A los caídos en la Plaza Melchor Ocampo

Mi canto a México
no es una oda en cuya altura
redoble un verso alejandrino,
tampoco es un soneto
porque en catorce endecasílabos
no rima el victimario.
No es épica la fiesta montada en la miseria
con luz de un escenario ensangrentado.

Si tuviera mi canto la forma de una lira,
se escuchara el grillo de la noche
en vez de estruendos y disparos.
Fuera música la tarde hasta su origen,
pero amanece sol,la noche delictiva.

Todo silencio asoma su plumaje,
rayos en cobre dividido
cortan una a una
las ganas de llorar sobre los muertos.

Quise celebrar con versos bien cortados,
acentos puestos sobre flor de noche buena
en plazas, palacios o jardines;
al menos escribir,
anáforas de luna y de cantera
para nombrar más de una vez
al Tata y a Morelos,
pero es la flor del Cempoaltxóchitl
la que arrima su brillo en estos versos.

Si fuera posible corregir el texto,
caminaría la ruta de Pátzcuaro a Texcoco,
y a filo de obsidiana
exhumar del Cuicanime
la voz del colibrí sacrificado.

Pero es tarda y lenta la utopía…

En este canto a media voz
hay una gota de sangre,
donde crecen las noches de mi Patria.

Josefina Magaña©