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“Carta a mi padre/Explicación de mi Amor”, poesía de Enrique Estrázulas. Interpretación de Alfredo Zitarrosa.

Enrique Estrázulas es narrador, dramaturgo, ensayista y poeta uruguayo nacido en 1942. Es autor entre otros libros de poesía de El Sótano (1965), Fueye (1968) y Caja de tiempo (1971). Bajo el título Confesión de los perros (1975) realizó una muestra antológica de sus 3 libros anteriores, más un nuevo corpus genérico homónimo a la obra. Su novela más célebre es Pepe Corvina (1994), a la que se suman otros títulos como Lucifer ha llorado (1980), El ladrón de música (1982), Tango para intelectuales (1990), Espérame Manon (Planeta, Montevideo, 2009) y El sueño del ladrón (Sudamericana, 2013).

Su estilo lírico es mesurado, de verso breve, tendiente al aforismo y al texto minimalista, no obstante sus piezas más extensas recrean este tono expresivo en secuencias segmentadas ligeramente argumentales. Su atmósfera es suburbana, tendiente a lo popular, visualizando los espacios pequeños, la vida contemplativa alternada con los oficios elementales del ciudadano sencillo, como un reducto de recuperación de los afectos. Tiende a lo existencial y lo melancólico, con un lenguaje coloquial.

Lo musical no le es extraño, tanto en lo temático como en el tratamiento del texto, particularmente en la disposición silábica de su poesía. Fue representante artístico del músico y cantautor Alfredo Zitarrosa durante algunos años, dedicándole además el ensayo biográfico El cantor de la flor en la boca (1978), reeditado y ampliado en 1990 bajo el título Cantar en uruguayo.También le dedicó a Zitarrosa el cuento “El poniente”, aparecido en Cuentos Fantásticos en 1984.

Alfredo Zitarrosa fue escritor, músico y periodista uruguayo, nacido en 1936 y fallecido en 1989. Su discografía es extensa y se extiende entre 1966 y 1989 con no menos de 30 álbumes de larga duración con interpretaciones y piezas originales, además de otras 20 compilaciones y reediciones a las que se suman la publicación de Los Archivos Inéditos de Zitarrosa en 1998, con 10 discos compactos que reúnen ensayos, entrevistas, recitales y versiones de prueba. En estos archivos así como en su obra Guitarra Negra (1977) el artista desarrolló un género propio al que llamó “contra-canciones”, consistente en textos de verso libre y tratamiento propio de la poesía contemporánea universal, declamados o leídos con acompañamiento musical casi siempre basados en la estructura rítmica de la milonga. Las composiciones originales de este ciclo de obras fue anticipada en demos aparecidos en los archivos en los cuales el artista improvisa en la guitarra y explica oralmente el concepto. Entre 1984  y 1987 desarrolló un ciclo de piezas instrumentales llamadas “Melodía Larga“, que se inspiraban en el ritmo del 6/8 (3/4 duplicado) para sintetizar la música afro-rioplatense, con recreación de la evolución genérica candombe-milonga-habanera-tango. Se propuso este concepto en una obra de 3 movimientos, de los cuales el último, llamado Truco No, resume a la perfección el itinerario trazado. En 1989 edita su última obra en vida, también de ambiciosos alcances: “Sobre pájaros y almas“, estructurado en base a 2 cuentos propios leídos con acompañamiento de guitarra del compositor Héctor Numa Moraes.

De su obra literaria se publicaron en forma póstuma los títulos Fábulas materialistas (2001), El oficio de cantor (2001) y Por si el recuerdo-doce cuentos (2002) en narrativa y Sonríe Muerte (2011) en poesía, conteniendo este último una obra poética que el propio artista archivó en condiciones definitivas sin publicarla jamás en vida. La edición facsimilar que ha rescatado del olvido esta obra está enriquecida con un diseño gráfico vanguardista, que combina lo audaz y lo sobrio en perfecto equilibrio, convirtiendo el libro en un objeto de arte. De su obra poética no musical, el texto de “Explicaciones“, ganador del Premio Municipal de Montevideo en 1959, aún permance inédito.

Su canción más ampliamente divulgada es El violín de Becho cuya primera versión se grabó en 1969. Musicalizó poemas de poetas uruguayos como Enrique Estrázulas, Idea Vilariño y Washington Benavides, casi siempre modificando los textos significativamente. Se le considera pilar fundamental de la música popular latinoamericana y figura cultural de proyección universal en Uruguay. Fue militante del Partido Comunista uruguayo y una arista abundante de su trabajo trasluce esa preocupación, sin llegar a ser la parte más importante de su obra.

El poema

Estrázulas publica este poema con el título “Carta a mi padre”. Aparece en Caja de tiempo (1971) y luego lo reedita en Confesión de los perros (1975), página 55. En el penúltimo verso de la estrofa 5 “fugaba” podría ser una errata de “jugaba”, pero ambos sentidos son admisibles. En la estrofa siguiente “hollinado” aparece sin ‘h’.

El texto íntegro es el siguiente:

De golpe ya no estás
-y eso fue todo-
ni una palabra debería escribirte
porque llevo un licor inanimado
lastre fetal
de aquel aburrimiento.

De golpe ya no estás. Estoy dejando
-la carta y el adiós. Todo el olvido
que ronde tus maderas en las tardes
será también el mío.

Y los sollozos que dirán tu nombre
breves serán
quizás
tú lo sabías.

Yo quisiera explicarte lo que guardo
de aquellos años en que fui tu hijo
-no de tu ausencia, tu vejez, mi culpa-
todo es distinto ahora
ayer vivías.

Ahora no merezco lo que canto
porque es tarde
-y ayúdame-
decía
que hubo otro tiempo no hace mucho y blanco
suave festín de pianos y de risas
en la estación donde fugaba el viento
con oboes, guitarras y violines.

Copa de alcohol ardiente, eras mi padre
eras un viejo amigo
lobo de puertos hollinados y ocres
sensitivo y brutal
lento
dormido.

Fuiste lo que yo vi. Nada más fuiste
lo que quisiste ser
caja escondida
clavicordio encerrado en las paredes
oreja de la sombra y el sigilo.

Imaginario cuerno de pastores
de engramillados y remotos países
canto rodado, piedra de burbuja
que el amor no tocó
jamás
ni el día
ni el nácar de los pájaros del alba
ni la lluvia natal de arpas antiguas.

Eras como te vi. Ya nada es cierto
porque es tarde
-perdón-
tarde lo digo
nada tiene sentido ya a esta hora
tus campanarios están quietos
vibran
sólo los mares, sólo el taciturno
espejo de tus células más íntimas.

Pero mientras te busque en tantas cosas
mientras regreses sin que llame, límpiame
la llaga del dolor. Deja el recuerdo
fijo en la grieta
déjalo
no olvides
que después de la muerte ya no hay otra
órgano silenciado
larga caja de pino.

La canción:

Zitarrosa trabajó en base a este poema durante su estancia en España en 1976 y lo musicaliza con el título de Explicación de mi amor. Fue grabado por única vez en Argentina (no existen otras versiones) y aparece por primera vez en el álbum “Adiós Madrid” de 1979 editado en México. Luego se reedita en 1982 en México y en compilaciones argentinas de 1983 (Temas Inéditos) y 1984 (De Regreso).

Su texto íntegro es el siguiente:

De golpe no estás -nada más sucedió-
borrachera fetal que tu muerte me deja.
Con esta canción que solloza, olvidada de mí,
rondaré tus maderas.

Quisiera explicarte mi amor, no tu ausencia
o mis culpas; ayer tú vivías.
Si ya no merezco cantar para ti,
yo te pido: no sigas muriendo.

El tiempo pasado, ese suave festín,
donde fuiste una caja escondida,
un clave encerrado en el muro,
una oreja en la sombra, el sigilo de nadie.

Ese tiempo y tú, lo que yo conocí,
lo que quisiste ser, clavicordio y alcohol,
sensitivo y brutal, el pasado y el piano
acabaron en este silencio.

Si ya no merezco cantar para ti,
yo quisiera explicarte mi amor, aunque es tarde.
Tu tiempo pasó, pero yo me quedé aquí,
tañendo por ti, en tus campanas.

Cuerno de pastor de un remoto país,
piedra lisa que el alba y el cielo tocaron;
soy como tu mar, rodaré eternamente
hacia ti, y desde ti, a lo más hondo.

Mas mientras te busque en las cosas,
en tanto regreses sin que yo te llame o te olvide,
te pido que limpies mi amargo dolor;
por favor, que no sigas muriendo.

Mi padre serás, como fuiste mi padre,
un gameto en la grieta cerrada del tiempo,
voz ronca de un órgano ya enmudecido,
ahí estás, larga caja de pino.

El llanto que nombre tu nombre
será breve y, hombre, talvez lo sabías;
pero es tanto amor exigiendo mi amor;
por favor, no te sigas muriendo.

Alfredo Zitarrosa© Enrique Estrázulas©

Fuentes: https://www.youtube.com/watch?v=vBn9VO_EVb8

http://malafepiedranegra.blogspot.co.il/2014/08/2-poemas-de-estrazulas-2-canciones-de.html

 

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“Mi lumía”, Oliverio Girondo

Mi Lu
mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus eropsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y
gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía.

                            Oliverio Girondo©

Compartimos con Saúl Yurkievich cuando afirma que Girondo comunica “el anonadamiento, el avance de la inexistencia con un arrollador despliegue verbal, con una lengua cuya mutabilidad, cuya densidad semántica, cuya sugestión, cuya creatividad parecen inagotables”(Yurkievich, 2002: pág. 203).

Y es que un verdadero poeta se caracteriza precisamente por la capacidad de flexibilizar el lenguaje aprehensible al desencontrar en éste el mundo ya demostrado para mostrar uno nuevo,un universo inédito que toma forma y consistencia a través del juego metafórico ingenioso. Siendo así, la poesía tiende a redefinir la pluridimensionalidad del lenguaje, acto que la lleva en lid contra el lenguaje como sistema de signos que reflejan lo real objetivado por el pensar, hacia el reencuentro del sentido primigenio de la lengua: cuando ésta era asociada al contexto del mago o vidente, a la fuerza originaria del ánima, al lenguaje natural-comunicativo o “lengua materna” que permitía una hermenéutica poiética objetivada en el mito y la simbólica. Mayr afirma que los juegos lingüísticos comunican y muestran una realidad indecible propiamente y “sólo decible impropiamente, indirectamente, tópicamente, en palabras poéticas o musicales, simbólicas o metafóricas” (Mayr, 1989: pág. 40).

“Mi lumía”, poema perteneciente al libro En la masmédula (Girondo, 1987: pág. 421), es uno de los ejemplos líricos más representativos de la transformación verbal girondiana, en él la intensidad de las metáforas y la disposición de cada uno de los nuevos vocablos en cada verso evidencia la extrema capacidad de su autor para fundir tema y forma. Al entretejer nuevos fonemas, vocablos y significantes, connota de manera poderosa el sentido del amor corporeizado, del deseo amoroso y erótico que envuelve la sensibilidad del sujeto poético que canta a su musa ideal. Aquí el lenguaje y el amor nacen de un impulso espiritual compartido, y es el deseo por poseer lo otro: con las palabras se posee el mundo, y con el amor se posee al ser amado. Entonces, es así como en este poema el sujeto poético se apodera de la amada no solo en su deseo, también en la imaginación de su deseo, puesto que esa imaginación es lo que lo lleva a crear un lenguaje nuevo que contiene la esencia del amor erotizado, de su experiencia mundana.

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“Extrañezas”, Carlos Alberto Boaglio

 

1

Después del temporal la huella de una zapatilla fue partida en dos por la rueda de una bicicleta en la calle de tierra al final del pueblo.

En este momento está siendo intervenida quirúrgicamente por las manos de un niño que opera con barro.

2

Después de una intensa noche, escapando de una patota de gomas, una frase se quedó dormida debajo del puente de un renglón sombrío en cercanías del margen azul del río.

Una lapicera la encontró esta mañana y, después de abrazar sus letras con ternura, la incorporó a las líneas de un poema.

3

Una damajuana ha sido discriminada por obesa.

Llora, con desconsuelo, frente a la puerta cerrada del aparador.

Desde la ventana un coro de ángeles, colgados de un llamador, le canta canciones para aliviar su pena.

4

Sobre la playa de una mesa de planchar una media llora la pérdida de su pareja. Una mujer se ha hecho cargo de la búsqueda. Hasta hoy no ha habido novedades.

Dicen que desapareció después de un maremoto que se originó en horas de la siesta, en el océano de un lavarropas.

5

          Ayer se escapó un secreto. Fue de la boca de un hombre que conversaba con un amigo mientras tomaba un café. Abrió tanto la boca que el secreto cayó dentro de la taza salpicando la mesa que se vistió de dálmata. De allí rebotó contra el techo del bar y quedó prendido de una lámpara. Una señora lo vio al abrir la puerta y el secreto, como una pelota de pin pon saltó a la calle.

El hombre corrió detrás de él, con desesperación. Era un secreto importante.

Al llegar a la avenida principal fue tomando fuerza y aumentó su volumen. Y el secreto se transformó en rumor y, como un enjambre de abejas, se propagó por el pueblo como un río furioso.

El secreto estalló al llegar a la plaza. Los altavoces anunciaron su llegada y se coló en las alcantarillas, en los patios, en los estantes, en las copas de los árboles, en las bocas, en los hilos de lo cables, en las lenguas, las macetas, los oídos, y los párpados…

Al morir la tarde el secreto era ya evidencia y el hombre fue mucho más pobre.

6

En el pasillo oscuro del colectivo de un placard se ha caído al piso un saco negro. Es negro y es viejo.

El guarda, que sube y baja pasajeros colgados de las perchas no se ha percatado de lo sucedido.

El saco llora. Las lágrimas que escapan desde su ojal tienen la dureza de los botones.

Un pañuelo amarillento, surcado por arrugas, se escapa del bolsillo superior y le brinda un aliento nostalgioso, con olor a naftalina.

El colectivo sigue su marcha transitando los días.

7

Una guitarra ha amanecido esta mañana recostada en el regazo de un hombre. Él duerme, todavía, apoyado al rincón de un viejo bar.

Ella siente que las manos de él le oprimen suavemente la cintura; sin embargo se siente cómoda. Son manos fuertes, de hombre fuerte. Son manos selectas, de hombre refinado. Las yemas de esos dedos rozan su dilatado ombligo, lunar gigante, túnel sombrío.

Anoche fue tocada como nunca y sabe que ha perdido la cabeza. Sabe que está loca y no le importa. Ya no siente ni sus brazos ni sus piernas. Sólo percibe un aliento, mezcla de alcohol y cigarrillo. Mezcla de tango, sabor a vino tinto.

Ella está entregada a él y él le regala el sueño.

8

Los soldados de un ejército de libros están alineados, firmes y rígidos, sobre el piso de madera encerada del estante de la biblioteca.

Están de espaldas y en silencio, casi dormidos, mirando, siempre, el mismo punto fijo de la oscura pared.

Son soldados de buen lomo. Son soldados de buen porte. Tropa instruida. Centinelas del tiempo y la palabra.

El dedo índice de la máxima autoridad pasa revista tocándole los hombros con cierta suavidad.

Hay seducción en el roce.

Todos saben que busca al elegido. Quizás no sea el mismo de ayer ni el mismo de mañana.

De pronto, el jefe toma a uno por la espalda y el letrado guerrero, abre sus brazos, en señal de victoria, y queda suspendido en la hamaca paraguaya de unas manos.

9

Cuando apago la luz de mi casa y la luna ilumina mi entorno, todo se trasforma. Las sombras fantasmean por los pisos y paredes adormecidas y lánguidas. Las sillas se estiran como perros galgos sobre la alfombra negra y los sillones del living son enanos monstruosos.. Las plantas

Los cuadros se deslizan para besarse en el rincón. Las plantas crecen en un bosque oscuro y el candelabro duerme adherido a la mesa.

En la cocina, la pava se convierte en la mágica lámpara de Aladino para cumplir los sueños de mi hombre pequeño.

Carlos Alberto Boaglio©

www.carlosboaglio.com.ar


“Espejo”, Rosaura Mestizo

espejo“Hoy la aguapanela para el desayuno está riquísima, le he puesto hojitas de yerbabuena y de menta”, decía contenta y con voz de ópera todos los días a los seis niños.

Ella, la hermana mayor de una familia campesina, fue la responsable de sus hermanos cuando sus padres dejaron de serlo porque fueron convertidos en cruces. Sus padres habían sido víctimas de la violencia de los años 50.

Ella Tenía claro que su misión estaba reducida a ir tras el pan y las contiendas para mantener viva la historia de su madre. Cuando asomó a los 12 años y recreaba sueños adolescentes en sus dos cúpulas erguidas, que anunciaban gacelas alegres en su cuerpo y el cantón de su sexo floreciendo, seguro estaría ella en el puerto preciso para caminar los pasos del amor sobre un espejo.

Ahora a los 35 cumplidos, comprendía que lograrlo estaba a una distancia tan indeterminable como conseguir cada año unos zapatos nuevos. Sin embargo, un 29 de Junio, día de fiesta religiosa, partió en el primer campero del mercado, rumbo a la ciudad grande, la de los muros que llenan de sueños a los hombres descalzos, a los mismos que viven entre las zarzas y crepúsculos donde las sombras de los árboles jadean al ritmo de los instrumentos de sus vientres, y el color de las tardes son del mismo color de los sueños de los niños. Ella iba resuelta a hacer su propio pan en la ciudad  de las luces postizas,  quería enfrentar todas las esperanzas, las propias y las heredadas desde los años de infancia.

De puerta en puerta ella tocó a diario, cada esperanza y solo encontró una muchedumbre anémica, calles vacías de chicharras y pericos que celebraran su paso con los berridos; negocios prendidos de música estruendosa que nada decían ni al corazón ni a los oídos; mujeres semidesnudas ebrias y hombres desajustándose las braguetas con la intención de plantar un pequeño tallo, pero ella no veía la tierra lista para la siembra, tan solo cemento.

Una noche, durmiendo entre cartones, escuchó la voz doliente de un hombre joven y tan flaco que parecía reseco como los cueros de los conejos de monte que su padre clavaba en el patio. ¡Cúrame!, mi alma duele! Ella corrió con la ignorancia de su auxilio, volteó una tras otra la procesión de basuras a su paso, se sintió de pronto común a ella, lloró, miró al cielo, mientras que por sus piernas se expandía el fuego de un demonio.

Ella, regresó a su tierra con tantas desesperanzas, como esperanzas llevaba en unos ojos nuevos, que ahora son ojos en menguante.

Como la madre, al otro lado no alcanzó nada.

Rosaura Mestizo©


“Mitos y ritmicidad en la literatura de habla hispana del Caribe”, Julio Cuevas

Introducción

Abordar cualquier tema en relación a la realidad caribeña, amerita de un deslinde conceptual, porque asumir el Caribe como algo único y homogéneo es, de entrada, un absurdo dentro del análisis de su historia, y esto se hace más categórico en los planos de su literatura. ¿El Caribe? ¿A cuál Caribe nos referimos? ¿Al anglófono, al francófono o al Caribe de habla hispana? Si no definimos estos parámetros que traspasan los linderos de lo netamente geográfico, perdemos de vista aquella diversidad lingüística, socio-política, educativa, económica y cultural que representa hoy en día al variopinto, convulso y complejo contexto caribeño.

Para este estudio he seleccionado a tres poetas del Caribe de habla hispana: a Luís Palés Matos, de Puerto Rico; a Nicolás Guillén, de Cuba, y a Tomás Hernández Franco, de la República Dominicana. El criterio utilizado para la selección estuvo basado en mi preferencia particular en relación al enfoque temático de este estudio y al tratamiento de la lengua en los autores ya citados. No me he ceñido a la falsa catalogación de que sean poetas mayores o poetas menores. Eso no me interesa.

Desarrollo del tema:

De entrada, planteo que el Caribe no puede seguir viviendo de espaldas a sí mismo. El Caribe tiene que desenterrar sus propios espejos y mirar su rostro, reconfirmar su mismidad y levantar los estandartes de sus otredades. El imaginario caribeño está poblado de una simbología fundamentada en la diversidad, donde la utopía es lo que le da sentido y razón de ser al discurso fundacional de una literatura que se levanta cimarrona, procurando sus raíces, su trópico candente, su música, sus creencias y tambores. Debo aclarar que en este trabajo es imposible agotar el amplio universo poético de la literatura caribeña de habla hispana, por lo que es un trabajo para su aproximación.

No tengo otra manera que no sea esta que he sostenido, para situarme en la poética afroantillana expuesta en el poema Majestad Negra, de Luis Palés Matos (1858- 1959), ya que en el discurso poético desplegado por este autor, el mito se nos plantea como una transrealidad que desborda la simple enunciación discursiva, para recrear la imagen de sensualidad, coqueteo y sexualidad de un sujeto actuante (mujer) nombrado o nombrada Tembandumba de la Quimbamba, a quien el poeta dramatiza dentro de un escenario mental patético, eufónico y rítmico; veamos:

“Por la encendida calle antillana

va Tembandumba de la Quimbamba.

Rumba, macumba, candombe, bámbula,

Entre dos filas de negra caras.

Ante ella un congo- gongo y maraca,

ritma una conga bomba que bamba”.

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“Nada”, Malú Urriola

nada Este perro me ve como si mirara a dios, no sabe que soysoysoy un dios de la nada. Pone sus ojos suplicantes en mí, y mueve la cola, mientras le arranco como un diosdiosdios la garrapata que chupa de su cuello. Como si fuese una amante digo fuera, fuera de su cuerpo de perro. Él recuesta su cabeza en mi regazo, como yo pongo estos ojos cuando están hartos sobre el mar y dejo que me meza su danza espumosa, azul, brillante.

En el mar, no hay gentes como nosotros.

No hay sitio en la tierra ni en el mar, para gentes como nosotros.

Malú Urriola©


“De por qué se pierden los paraguas”, por Héctor Álvarez Castillo

arbol-paraguas Están los que por error consideran al incipiente extravío de paraguas consecuencia de la distracción y el embotamiento, cuando un sincero análisis nos revela que, a semejanza de la mayoría de los accidentes y de las fatalidades, éste también se debe a la desorganización en la que, tontamente, nos pasamos la vida.

El desorden proviene de causas de toda índole, desde las naturales hasta las artificiales y humanas. Desde los tiempos de nuestros ancestros, destino es el vocablo más acabado que hemos acunado para relacionar fenómenos a nuestra percepción singulares. No son pocos estos, pero deténgase y piense: ¿Por qué los días son cambiantes? ¿A qué se debe que uno no sepa a qué atenerse cuando abandona temprano el hogar y regresa a altas horas de la noche? ¿Por qué hace frío o hace calor al antojo de las horas? Aunque a usted le cueste creerlo, ahí comienzan, irremediablemente, los extravíos del paraguas. (En esto vamos a ser platónicos: hay un solo paraguas que es el mismo paraguas que perdemos todos nosotros una y otra vez, y que alguien encuentra, sonríe y presuroso pasa a guardarlo en su armario. No hay más paraguas que la idea del paraguas.) Si fuésemos ordenados, si en el mundo algo funcionase cómo Dios manda, a una mañana sin agua, le seguiría una tarde y una noche sin agua, y a un amanecer con llovizna y chaparrones lo continuaría una tarde y una noche con llovizna y chaparrones. Sea sincero, con agua cayendo del cielo quién deja de pensar en su paraguas. Nadie. Y ahí está la pregunta clave: ¿Por qué usted pierde anualmente uno, dos o más paraguas? Porque no nos ponemos de acuerdo en nada, ése es el secreto. Si nos organizáramos y resolviéramos que un día de lluvia es un día de lluvia y un día de sol un día de sol, usted no tendría, siquiera, oportunidad alguna de olvidarse el paraguas en el colectivo, subte o tren. En los cafés no se verían colgando de las sillas paraguas que no son de nadie y que entusiasman miradas anónimas. Usted en medio de la lluvia jamás va a estar distraído al punto de extraviar la herramienta salvadora. Día de sol es día de sol, día de lluvia es día de lluvia. Hay que tener en claro esa dicotomía y no andar con modernas tergiversaciones de la moral. Sólo así seremos salvos.

Recuerde usted cómo era en China, en la época dorada del Imperio. Ahí las cosas funcionaban como se debe. El Emperador era Emperador, el obrero, obrero y el capataz, capataz. Gracias a estas sutilezas se pudo construir esa gran muralla china de la que todos ahora se llenan la boca. En esos lejanos años los obreros chinos usaban una breve sombrilla los días de tormenta y llovizna. La sombrilla, luego denominada paraguas, tenía un diámetro que oscilaba entre noventa centímetros y el metro veinte. Era de color oscuro para los obreros menos calificados e iba atenuándose según la jerarquía en la construcción. Y, por destacamento de soldados obreros, existía una gran sombrilla o sombrilla mayor preparada para proteger cuadrillas enteras de obreros y al capataz. Ésta -debido a su extenso diámetro, cercano a los ocho metros- era transportada y sostenida por uno o dos chinos alimentados especialmente para esa tarea. ¿Dónde guardaban los chinos estos implementos en los días de sol? Ésa es otra clave, ahí cuando llovía, llovía y cuando no, no. Y estos rudimentos pasaban a la custodia de seres especialmente adiestrados para esas tareas, que los dejaban, cuidadosamente, uno al lado del otro en ocultas cavernas construidas a la vera de la gran muralla, sitios que han alcanzado pocas manos y ojos desde aquellos lejanos años. Pero eso es otra historia y no debemos mezclarnos y confundirnos y hablar de uno y otro tema, todos, al mismo tiempo. Ésa no es nuestra intención, esos no son nuestros hábitos.

Héctor Álvarez Castillo©


“La piedra”, por Eva Gut

echuschasma_marsexpress Era un paisaje imponente… Unos altísimos acantilados reflejándose en el océano.

Parecían inmutables en su estructura pétrea, pero un día se produjo un ligero sismo y, como consecuencia, un trozo del pico más elevado osciló un instante para ir a caer a plomo en el mar.

Pasaron los siglos, quizás milenios, y ese trozo de piedra que antes tenía forma aguda fue modificándose con el roce de la arena y los minerales del agua.

Su forma fue haciéndose cada vez más redondeada. Además, se le hizo un cavidad y ahora tenía el aspecto de un gran caracol.

Allí estaba enterrada en la profundidad del océano y su destino parecía sellado. Pero al llegar el otoño se produjo un maremoto. Era como una tromba gigante que arrancó de cuajo unos arrecifes de coral, arrastró plantas marinas, moluscos y piedras.

También la piedra fue desprendida de su resguardo.

Las olas fueron arrastrándola paulatinamente hasta la orilla, donde quedó varada en la arena. Ese parecía ser su destino definitivo.

Una mañana aparecieron dos puntitos a la vera del mar, que poco a poco fueron definiéndose. eran dos hombres que avanzaban discutiendo, al parecer bastante bebidos.

El tono de la disputa fue haciéndose cada vez más agresivo. uno de ellos derribó al otro de un puñetazo. El hombre caído se palpó la mandíbula. Percibía el gusto de la sangre en su boca. la ira lo cegó…

Atinó a asir la p;piedra que estaba a su lado, y tomando impulso la arrojó hacia el otro con todas sus fuerzas. El hombre cayó como un tronco cercenado. tenía el cráneo hundido y la sangre le manaba a chorros.

El homicida se incorporó. los vapores de la bebida se habían disipado y tuvo conciencia del crimen que había cometido.

No sabía que hacer, y entonces tomo la piedra y la arrojó con fuerza hacia lo alto. La piedra fue a dar en la copa de un árbol, donde las ramas formaban una horqueta…

Una pareja de palomas que habían estado arrullándose halló la piedra. Allí fue donde hicieron su nido.

Eva Gut©

De “Antología 2001 Narrativa y lírica”, AIELC.


“Don Manuel y doña Pepa”, por Carolina González Velásquez

pololos_sobre_roca_rec Todos los días a la misma hora, doña Pepa se dirige al mercadito que esta a dos calles de su casa, a hacer las compras para preparar el almuerzo.

"Ella es una señora como las de antes", dice don Manuel, el verdulero, que todos los días surte a doña Pepa de lo necesario para preparar sus guisos que han de nutrir a la familia, a la pequeña María que siempre la acompaña a las compras, a su esposo (que no le sabe el nombre por que siempre lo llama "mi marido"), que trabaja arduamente en el hospital hasta tarde, pero tampoco sabe en qué, no le ha preguntado, por que qué tiene él que preguntar nada y a "su niño", su orgullo, "niño tan empeñoso, que estudia durante el día y trabaja los fines de semana por las noches para ayudar a sus padres a pagar su carrera en la universidad, por que el estudia pedagogía en la mejor universidad de la ciudad, por que era el mejor alumno en su enseñanza media y tiene media beca"

Todos los días entablan una pequeña charla, desde temas triviales como el clima, pasando por la historia de alguna vecina o sus propias vidas, por que en esos paseos por el mercadito, los clientes y los "caseros", siempre tiene algo que decir y la habitualidad de las visitas hace que se cree una pequeña intimidad.

Cuando hablan de los hijos, el tema se alarga, quejas y orgullos, depende de que sea que están hablando, cuando el orgullo, ambos padres dictan cátedra de las bondades de sus vástagos, don Manuel, habla de su niña, la mayor, la que le llena el alma, ella tan linda, tan bien educada por su esposa, es artista, quería estudiar arte, pero la vida no está para vivir por simple amor al arte y le habían convencido de estudiar traducción interprete, por que el inglés doña Pepa, se usa en todo el mundo y trabajo no le va a faltar, tiene buenas notas, por que es estudiosa, así que cuando tiene tiempo se encierra a hacer esas cosas que a ella le gusta.

Su niño, es un ángel de hijo, no sabe como se las arregla para ser de los mejores de su clase, entre los estudios y el trabajo en el pub. Ya lo quisiera como yerno -dice don Manuel a doña Pepa-, un joven bien educado, trabajador y estudioso, no como el pololito de mi hija, ese chascón con aro en la oreja, siempre con ojeras y que trae tan tarde a mi hija a la casa los fines de semana, nunca se viste decente, para mi que es un vago, mi hija dice que estudia, pero con esa pinta ¡¡¡que va a estudiar!!!, yo no digo mucho, por que mi hija espera viajar a Estados Unidos cuando termine la carrera y yo espero que encuentre un buen marido por esos lados, usted sabe doña Pepa que los pololeos de los jóvenes no duran mucho tiempo y menos de lejos…

Tenemos el mismo problema Don Manuel, la polola de mi hijo es una loca, siempre de jeans y polera, y llama a mi hijo a la casa cuando está estudiando, las pocas veces que va a la casa, siempre tiene restos de pintura entre las uñas, por que la chica es pintora y como dice usted, ¿quién puede vivir del arte en estos días?, se pasa el fin de semana en fiestas, por que va al mismo pub donde trabaja mi hijo y la muy fresca lo espera para que él la lleve a su casa y él sale de madrugada, una niña decente se retira temprano a su casa, ya quisiera yo una niña tranquila como su hija de nuera. Al igual que usted, espero que, cuando mi hijo empiece a dar clases, encuentre una buena chica, como su hija tal vez, para que me de nietos, tengo la esperanza que el dichoso pololeo dure lo que duran las relaciones de los jóvenes de ahora, pero mi niño es distinto y a veces me asusta que la chica se embarace para amarrar a mi hijo, que es lo que hacen las chicas locas, usted ve, como es él, es un buen partido, cualquier loca lo quisiera, si las niñas buenas no abundan don Manuel. Y se despiden hasta le siguiente día.

Un día de éstos deberíamos presentarnos a nuestros hijos, quien sabe, tal vez se gusten y terminemos de consuegros, dice doña Pepa a don Manuel, no es mala idea doña Pepa, pero creo que es algo tarde, mi hija quiere reunir a la familia de su pololo y la nuestra para hablar de la relación de ambos, yo me opongo, pero vamos a ver que sale de todo esto, yo pensaba que ese muchachote no tenía familia, pero ya ve, uno se equivoca. Curioso don Manuel, mi hijo me ha dicho lo mismo, nos vamos a juntar con la familia de la polola a hablar de la relación de ambos, creo que el se quiere casar, no ha dicho nada, pero esperemos a ver que pasa, de todos modos me opondré a cualquier cosa.

El sábado don Manuel Y doña Pepa, se encontraron en un restaurante de la ciudad, sentada a su lado, la pequeña María, ¿Qué anda haciendo por estos lados doña Pepa?, aquí, en reunión familiar don Manuel ¿y Usted?, misma cosa doña Pepa y ambos se rieron y mientras se presentaban a sus respectivos cónyuges. Un minuto más tarde, la hija de don Manuel, entra de la mano del hijo de doña Pepa, tres minutos después, don Manuel y doña Pepa, estaban atónitos tras la noticia, que serían abuelos y que ellos vivirían juntos por que no tenían intención de casarse.

Carolina González Velásquez©


“La Doble Vida”, por Luisa Peluffo

Cuando publiqué mi primer libro de poemas nadie lo leyó; ni las ratas. Y esto no es un eufemismo. La primera persona que llegó a la presentación fue un desconocido que me saludó efusivamente, compró el libro y fue el último en irse sospechosamente alegre.
Fue el único libro que vendí. Además de ese personaje, que vendría a ser algo así como el soldado desconocido de las letras, tuve una visita ilustre. Íbamos por la lectura del cuarto poema cuando sonó el timbre del portero eléctrico:
– ¿Quién es? – preguntó mi marido.
– Borges – le contestaron del otro lado.
dibujo-firmin3 Emocionado, mi cónyuge se aprestó a recibir al maestro, cuando unos golpes en la puerta y la voz de un gallego anunciándose:
– Borges, con el hielo – lo ubicaron rápidamente en la realidad. Aunque, parafraseando al maestro; ¿cuál realidad? Por otra parte a mí nadie me podrá negar que Borges quiso estar, apelativamente al menos, en la presentación de mi primer libro. Pero volviendo al hecho cierto de que, salvo el soldado desconocido de las letras, nadie leyó esos poemas, esa noche tuve que enfrentarme no al hecho literario sino al concreto de regresar a mi casa con casi toda la edición a cuestas.
Cuando Rimbaud escribió "Une saison en enfer" además de genial fue astuto. Retiró a cuenta unos pocos ejemplares que regaló a sus amigos. Después se esfumó y lo clavó al editor belga con todos los libros. Pero yo, que obviamente no soy Rimbaud, quedé como paralizada ante el volumen de mi creación. Providencialmente apareció mi hermana mayor con un altillo más providencial todavía. En ese momento descubrí que antes de asumirse como poeta  hay que disponer de un altillo. Ahí fueron a parar los libros. Yo contenta. Olvidaba.
Un par de años después, en medio de una conversación nada que ver, y esto fue como una traición, mi hermana me espeta:
– Che Sofía a tu libro se lo están comiendo las ratas. Mejor llevátelo
Al día siguiente me encaramé al altillo para comprobar in situ el feliz y ecológico desenlace.
Chasco: las ratas ignoraban ominosa y descaradamente las páginas y sólo se comían las tapas.

Luisa Peluffo©

“La Doble Vida” Capítulo XIX (fragmento)


“La foto”, por María del Carmen Salgado Romera

mitod

Septiembre se adueñó de mí, y yo me adueñé de su piso.
Casi sin pensar.
Una transacción rápida, necesitaba el dinero.
Deudas de juego, supuse.
Y se marchó sin llevarse las paredes.
Unas paredes extrañas, salpicadas de fragmentos de El Jardín de las Delicias.
Repartidos por el salón, hombres, mujeres, animales y frutas desnudos.
Sí, todos desnudos. En relieve, pintados de vivos colores.
A tamaño real.

Ana, muchas veces me he preguntado ¿qué pudo ocurrirle a Fran?
¿Dónde colocar el punto de inflexión de su vida?
¿Recuerdas cuando subíamos a jugar al camaranchón en aquellas tardes de otoño, después del colegio, después de atravesar la nebreda?
Vaciábamos en el cesto del desván los bolsillos llenos de arcéstidas para las infusiones de la abuela y poníamos a las muñecas la ropa que les hacíamos con trozos de sacos y retales de algodón.
Tú querías ser modista, yo quería ser maestra.
¿Recuerdas?
Fue una de esas tardes cuando le conocimos.
El nuevo, el señorito, el de afuera.
El marica que dibujaba pájaros, en vez de dispararles con la escopeta de perdigones.

Pero tú y yo supimos años después que no era marica.
Lo supimos por separado.
Cada una guardó su secreto hasta que se fue.
Nos lo contamos sentadas en el suelo del camaranchón.
Tú a un lado y yo al otro del tendal, la ropa meciéndose en el colaire que formaban las rajas de la madera.
Ambas temblando a los lados de nuestro improvisado confesionario.
Primero de pena, por su marcha.
Luego de emoción, al recordar cada una sus vivencias.
Después de rabia, al saber que había jugado con nosotras.
Y así supimos que los tres no éramos tres, sino uno y medio por dos.
Dos sesquiálteros.

Se fue a Madrid. Le seguimos la pista.
A París. Supimos poco de sus andanzas.
A Nueva York. Noticias, reportajes, entrevistas, portadas…
Él en la cumbre. Tú en la tienda de modas. Por la noche diseñabas.
Él en lo alto. Yo dando clases en el instituto. Por la noche escribía.
Hubiera hecho falta un gigantesco catetómetro para medir la distancia que nos separaba en vertical.
Te casaste. Creí que le habías olvidado.
Me casé. Yo tampoco me acordé, ni siquiera después de mi divorcio.
Ya no había entrevistas, ni portadas, ni reportajes.
Hasta aquella exposición de provincias.

¡Qué nudo en el estómago cuando le vimos!
Nos lo confesamos a la vuelta en el tren.
¿Recuerdas?
Pusimos la cortinilla de pliegues entre ambas, como aquella vez en el desván.
Y, sí, pese a los años, a las arrugas, a la calvicie, era él.
El mismo hombre de dedos largos y nudosos que acariciaban lienzos de tela y piel. Que dejaba en ellos la impronta de sus deseos pintada al óleo o al recuerdo.
El que con una mirada era capaz de despertar la pasión.
Se fue otra vez.
Y tú. Tus diseños se vendían. Una tienda era poco. Franquicias. Fuiste colonizando poco a poco media Europa.
Es curioso como él acabó volviendo, cuando tú alcanzabas el cenit.

Yo seguía en mi instituto.
Allí fue una tarde de mayo a buscarme para hablar.
Y mientras él hablaba, yo deseaba sus labios. No le escuchaba.
Sé que me dijo que necesitaba dinero. Que vendía un apartamento frente al mar. Que me vendría bien cambiar de aires.
Le dije que sí.

Es mi primera Navidad aquí, Ana, rodeada del silencio y de la gente desnuda que reviste estas paredes.
Ayer encontré una foto vuestra. Besándoos.
No sé si la dejó a posta.
Llevas el traje que estrenaste en mi cumpleaños, justo dos años antes de la exposición a la que fuimos juntas.
Creo que ya puedo colocar el punto de inflexión de su vida.

¿Cómo has podido tenerme tan engañada?

Mª del Carmen Salgado Romera (Mara)©
Fuente: http://dadaisforever.wordpress.com/relatos/


“Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento”

libreria La mañana del viernes 3 de abril de 1993, como prestador de servicio social del Juzgado Segundo de lo Civil en el distrito judicial del centro, me tocó auxiliar al Actuario de la mesa de asuntos pares para llevar a cabo un embargo en el Juicio Ejecutivo Mercantil 344/93. A las nueve en punto pasó por nosotros el abogado que llevaba el caso, recién bañado. Nos subimos a una camioneta que había estacionado en doble fila frente a las puertas del Juzgado.

Ser prestador de servicio social en un juzgado lleva las de perder cuando se trata de cargar, coser expedientes, ir a traer o dejar cosas. El actuario sacó de la gaveta el expediente, tomó su código, hojas blancas, papel carbón y me pidió cargar la máquina de escribir, una Olimpia de tapa blanca que pesaba casi 10 kilos y que ahora debe estar vendida como hierro viejo.

En la cabina de la camioneta, el abogado que litigaba el asunto ofreció llevarnos a comer unas carnitas a Zaachila si terminábamos temprano el embargo. El actuario con su cara regordeta volteó a verme y sonrió haciéndome un guiño. Promesa de por medio, nos perfilamos hasta una casa ubicada al fondo de una vecindad en el centro histórico, desde donde se veían los campanarios de Santo Domingo.

Hecho el trámite el Código de Comercio y la Ley General de Títulos y Operaciones de Crédito establecen para estos penosos casos, “constituido legalmente en el domicilio que se señala como de la parte demandada, y requerido que fue el deudor del pago que por concepto de tá tá tá…” se procedió a trabar formal embargo sobre bienes que bastaran para garantizar las prestaciones reclamadas, como no se encontraba en la ciudad el deudor, según informó quién dijo ser su sobrina, el Actuario al entrar al domicilio procedió a señalar los bienes objeto del embargo, vio un refrigerador destartalado, una estufa repleta de platos sucios y tazas con residuos de café, la casa era un cuchitril, un chaislone mugroso constituía toda la sala; no había nada digno de embargarse.

Al final del pasillo había una puerta cerrada, la sobrina dijo que ahí no podíamos entrar porque ese cuarto tenía llave, realmente no tenía llave, solamente estaba atrancada; al abrirla descubrimos que era una señora biblioteca, libros por todos lados, en las cuatro paredes, de extremo a extremo, desde el suelo casi hasta el techo, sobre banquitos, apilados en dos viejas sillas y en medio de tantos libros y un verdadero desorden, sobre una mesa de madera sólo había un pequeño espacio donde había hojas sueltas, apuntes y una maquinita Olivetti, de esas portátiles que venían en su estuche (para mí, que era quien las cargaba, todas las máquinas de escribir eran portátiles) a pesar de los ruegos de la sobrina para que no tocáramos ningún libro de la biblioteca, el Actuario dijo que con todos esos libros se garantizaba el pago del adeudo y sin hacerle caso a la muchacha me continuó dictando el acta y yo seguí escribiendo. Los dos cargadores, el mismo abogado litigante, el Actuario (a quien el abogado lo llamaba siempre “lic”) y yo empezamos a bajar los libros de los estantes y cargarlos hasta la camioneta.

Por mis manos de estudiante pasaron libros de todo tipo y diferentes editoriales, colecciones, enciclopedias, diccionarios… recuerdo que el Actuario me decía “a ver muchacho, bájame esos libros que están ahí a tu lado, esos grandotes colorados” (como si fueran mangos o ciruelas que se bajan de un árbol) se refería a la colección original de 1888 de “México a través de los Siglos”; “Ayúdame a cargar estos verdecitos de pasta roñosa” (era la colección completa de los Clásicos editada por Grolier) “Estos chiquitos yo creo que los dejamos lic, no han de valer mucho, son de puras caricaturas” (se refería a los libros de Rius).

Recuerdo haber tenido, durante las casi 5 horas que duró la diligencia, libros que iban desde Emecé, Siglo XXI, Porrúa, Lumen, Editores Unidos Mexicanos, Planeta, Fondo de Cultura, toda la biblioteca breve de Seix Barral, Ediciones de Cultura Popular, Espartaco, Jus, Grijalva, Era, colección Austral y la famosa BAC, hasta libros viejos que venían de la librería del Señor San Germán y Julián S. Soto en el Oaxaca del siglo XIX, pasando por las ya desaparecidas ediciones Botas, Dante quincenal y Sepsetentas.

Casi al terminar, el abogado litigante, empapado en sudor se me acercó y en voz baja me dijo: “órale mi lic, chínguese un libro, mire, aquí encontré éste que le puede servir para la carrera” era una edición reciente de “El abogado del diablo”, que no se lee ni por equivocación en la facultad de Derecho.

Nunca supe bien quién era el demandante en el juicio ni quién era el dueño de tantos libros, ignoro por qué no pagó la deuda o por qué nunca acudió a defenderse en el juzgado, sólo recuerdo que al final, cuando ya quedaban pocos libros y los estantes estaban casi vacíos, noté que las hojas que al principio estaban sobre la mesa, ahora estaban regadas en el suelo, levanté este pequeño legajo que en su hoja frontal decía “breve manual para robar libros y no sentir remordimiento” lo que llamó mi atención y me hizo tomarlo antes de salir, bañado de polvo, rumbo a mis clases vespertinas en la facultad.

Hace poco, en un cambio de casa encontré este documento dentro de una caja donde guardo diversos papeles que aún conservo de mi época universitaria. Por si llegara a ser útil a alguien que leyere esto, aquí lo transcribo tal cual:

“BREVE MANUAL PARA ROBAR LIBROS Y NO SENTIR REMORDIMIENTO”

I.- ¿POR QUÉ ROBAR UN LIBRO?

(Parte deontológica en el fino arte del hurto a las librerías)

Un libro es como un hijo para quién lo ha escrito, el autor siempre se queja que cuando alguien roba su libro y no lo compra, él está perdiendo, pero desde el momento en que lo saca a la calle y lo pone a la venta, ese vínculo de consanguinidad literaria se rompe ¿Cómo puede alguien vender un hijo y rebajarlo con un descuento para lograr que se lo lleven? El libro es de quien lo lee, así sea transitorio y fugaz este elemental acto. La posesión bibliográfica es un derecho que legitima la forma en que se obtiene.

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“Relato de un utilero”, por Roberto Fontanarrosa

Team de Fútbol Av. Pellegrini 1615 Algunos dicen que el mejor puesto, en el fútbol, es el de número nueve. Otros dicen que es el diez, pero me estoy refiriendo a cómo se jugaba antes, cuando el diez era el conductor del equipo, el más hábil, el talentoso.

Pero yo siempre digo que el mejor puesto es el mío, el puesto de utilero, con toda la cuestión de las camisetas, los pantaloncitos y los botines. Porque lo de ser director técnico jodido y mire si lo sabré yo, que he visto pasar por el club a infinidad de técnicos y quien más quien menos, todos vivían con una úlcera así de grande por la presión de los resultados, las puteadas de la gente y las exigencias de los directivos. Yo he visto llorar a técnicos en el cuartito de la lavandería, después de perder un partido, como Esteban Turbio, pobrecito, que llegó al club siendo un gordito jodón y rubicundo y se fue con una patada en el culo, tres meses después, con ocho kilos menos y un color en la cara que daba pena, se lo juro.

En cambio el utilero, como en mi caso, siempre está ahí, calladito, anónimo, preparando el mate para los muchachos, doblando las camisetas, contando los pares de medias, viendo si no desapareció algún pantaloncito. Oculto bajo el cemento de la tribuna, como si fuera un búnker ¿sabe? Uno de esos búnkeres que uno veía en las películas de guerra, que eran todos de cemento y apenas sobresalían de la tierra.

Y usted está ahí, todo el día, día y noche, siempre con luz artificial, enterrado en vida, pero seguro, escuchando, a lo sumo, el rugir arriba de la tribuna, el griterío, la silbatina. E incluso, a veces, le juro que es impresionante, el temblar incontrolable del cemento, la vibración del cemento, como si fuera un terremoto, como si en cualquier momento se le fuera a caer a usted encima toda esa masa de concreto y piedra y hormigón, además de miles y miles de personas, sobre la cabeza.

Admito que es un trabajo anónimo, muy anónimo. Siempre sueño que algún día la AFA disponga que cuando se da la constitución de los equipos se incluyan los nombres de los utileros. O que los pongan en el tablero electrónico, con la formación, en chiquito nomás, en letra más chica que la letra con que se ponen los nombres de lo jugadores, los técnicos y los suplentes. Pero que se ponga.

Mi mujer siempre me lo reprocha. Siempre me dice que yo daba para más, porque yo hace veinticinco años que estoy laburando de esto en el club. Dígame cuantos técnicos han estado 25 años en alguna parte.

Ella es maestra y a veces me ayuda con la ropa de los muchachos planchando o zurciendo alguna camiseta. Usted habrá visto ahora como se agarran, se tironean. Antes no era así. Y le digo que éste, aunque no lo parezca, es un trabajo muy espiritual, no se vaya a creer. Y no sólo por el contacto con los pibes de distintas culturas; acá llegan muchachos de Santiago, del Chaco, de Corrientes, hasta de Venezuela han venido; sino también por el tiempo libre que siempre me queda para leer.

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Botella al mar para el Dios de las palabras, por Gabriel García Márquez

Intervención de Gabriel García Márquez en el Congreso de Zacatecas, abril de 19974000

A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado!

El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los Mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: ¨Parece un faro¨. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es la color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras.

A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.