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27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto #WeRemember #NosotrosRecordamos #Shoá#Holocausto #Nuncamás

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“Los niños en el Holocausto, y los niños y el Holocausto, con Nora Gaon del Museo Beit Lojamei haGuetaot”

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UN POETA EN ISRAEL, CON JUAN ZAPATO – En esta ocasión, el poeta Juan Zapato entrevista a Nora Gaón, responsable del área en español del Museo de los Combatientes de los Guetos – Beit Lojamei haGuetaot, sobre los niños y el Holocausto.

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“Palabras familiares”, Nora Gaon

Esas palabras eran familiares. Las palabras que estaba escuchando en ese mismo momento las había escuchado en otro tiempo, en otro lugar. No las comprendía pero sabía que habían estado allí, antes de aquel amargo ahora.

Hanna, ¿me escuchas? Hanna…

Después llegaron los gritos, aquellos gritos que se habían convertido en rutina. Generalmente me ponían nerviosa, cerraba los ojos porque creía que así no los escucharía, que mi mente me llevaría otra vez a pensar en esas palabras que deseaba descifrar, pero los gritos eran ladridos humanos en aquella noche fría. Trataba de taparme los oídos para no oírlos, pero los tonos de las voces eran agudos y penetraban a través de los dedos que querían proteger mi alma. Los gritos eran órdenes: “¡Silencio! ¡Raus! ¡Recuento!” ¡Tantas veces quise gritar!… pero mi voz quedó enmudecida. Los gritos se enredaban en los llantos de todas nosotras, en el pelo rapado, en aquella trenza que, como gesto de bienvenida a aquel lugar, había sido cortada con brutalidad.

Hanna… mírame a los ojos por favor, quiero decirte algo…

La rutina en este lugar está llena de sorpresas como en aquel parque de diversiones al que me llevaban cuando era una niña. Después del silencio trataba de encontrar las luces de los tiovivos, la música de la noria. Entre las luces, aparecían nuevamente las palabras que había escuchado hoy. ¡Aquel parque de diversiones era tan parecido a este! Quizá la única diferencia es que aquí los trenes son de verdad y traen a gente que tiene miedo.

Hanna… ¿alguien me puede decir qué le pasa a mi niña? Hanna, ¿me escuchas?

7e43f295ea992727e936364e168e3e5aEn uno de esos trenes llegó gente de lugares que yo no conocía, nunca había visto trenzas tan negras, ojos tan llenos de miedo, palabras tan difíciles de pronunciar. De reojo, observaba al grupo de muchachas que había llegado en aquel tren. Por un instante pensé en darles la bienvenida y no contarles lo que les espera, ¡como si supiera qué nos espera! Ayer alguien dijo que estoy aquí desde hace casi un año.
¡Un año! En estos momentos tendría que estar en el colegio. Una de las muchachas nuevas se parece mucho a mi compañera de pupitre. ¿Será ella? No, no puede ser ella, mi compañera sonreía, la chica nueva tiene una boca pequeña, una boca llena de miedo que no sonríe.

Hanna… no puede ser que no comas, vas a debilitarte. ¿No me escuchas…?

Toda mi atención estaba centrada en las “nuevas”. Hablaban una lengua que yo no conocía pero que tenía algo familiar, como esos aromas de la niñez: pan recién salido del horno, las velas de sabbat dejando un hilo de humo, o el aroma de la muñeca que apretaba contra mi pecho a la hora de dormir. Aromas familiares que trataban de transformarse en palabras.

Hanna… niña, ¿Por qué has subido a la cama más alta?

Necesitaba pensar, tratar de recordar dónde las había escuchado. Para eso necesitaba “altura”. Mi cama era la más baja y la compartía con otras tres chicas, por eso trepaba a la litera más alta y desde allí trataba de entender de qué hablaban las muchachas. De repente una dijo algo y la otra, la que se parecía a mi compañera, comenzó a reírse pero su risa se transformó en llanto. Las palabras se mojaron con lágrimas. Quizás llamaba a su madre, o a su padre, o a los dos.

Hanna… te traje un trozo de pan, lo dejo envuelto en el pañuelo sobre tu cama…

Pensaba si tal vez aquellas palabras las había escuchado en mi familia. La palabra familia era mágica. Los pensamientos levantaban el vuelo y me traían la memoria de mi padre y de mis dos hermanos menores. ¿Qué habrá sido de ellos? Mi padre solía decirme a menudo: “Hanna, escucha, escucha los trinos de los pájaros. Ellos hablan un idioma que nosotros hemos olvidado”. Los diálogos entre las muchachas eran como esos trinos. Aquellas muchachas-pájaro habían llegado a una gran jaula. No sé si volverán a volar.

Hanna… niña… no te has comido el pan ¿En qué piensas hija?

Y los pensamientos me llevaron a aquel momento en que nos sacaron de nuestra casa. Los soldados, altos como las torres de mi ciudad, entraron de repente. Los había visto caminando por las calles, uno de ellos me sonrío cuando pasó a mi lado. Una persona que sonríe no puede hacer daño, ni gritar, ni maltratar. Nos pusieron a todos contra la pared del vestíbulo, a todos menos a quienes estaban buscando y no encontraban. Un soldado se quedó apuntándonos con su fusil, la punta de la bayoneta tocó mi mejilla varias veces. Mamá lloraba en silencio, quise consolarla pero no me atreví a moverme. Dijeron algo, preguntaron cosas.

Hanna… llueve afuera, trata de no mojarte cuando salgas…

Entre las palabras incomprensibles de los soldados solo entendí dos nombres, el de las criadas que trabajaban en nuestra casa, aquellas dos muchachas italianas que habían llegado a nuestra ciudad antes de que yo naciera. Para mí eran como dos hermanas mayores. Después de pronunciar sus nombres, la punta de la bayoneta comenzó a hacer sangrar mi mejilla mientras el soldado sonreía, igual que aquél que me sonrió en la calle. Entonces, mi padre hizo una señal y les mostró cómo llegar a la cocina. Dos soldados sacaron de allí, a empujones, a las criadas. Ellas lloraban en otra lengua, en la misma lengua que hablaban cuando preparaban panes caseros, mermeladas agridulces, en la que me cantaban canciones de cuna.

Hanna… hija, escóndete por favor, dicen que nos vienen a sacar de aquí…

Gritos. Otra vez aquellos gritos. Se llevaron a las criadas a la otra sala mientras nos sacaban de la casa. Yo las oía suplicar. Sus voces se habían convertido en gritos de animales heridos. En un arranque incomprensible me di la vuelta. El soldado de la bayoneta me gritó algo y me marcó la frente. La cicatriz se secó en este último año, el recuerdo no.

Hanna… están entrando, están armados, Hanna, ¡baja, por favor!

61dbc2163bf0d9933e774c9b27135b0bGritos, nuevamente gritos. Al bajar de la litera no veo a nadie conocido a mi alrededor. No veo a mi madre. ¿Por qué no me advirtió, por qué no me llamó? Las muchachas de las trenzas están allí de pie con sus cabezas rapadas. Una de ellas me dice algo con voz tranquila, como si nada nos amenazara. Algo filoso y cortante me apunta, el frío metal que toca mi frente me traduce sus palabras: “quieta, quédate quieta, no te muevas, no temas”. Y yo entiendo lo que dice porque habla la lengua de los panes caseros y de las mermeladas. Por fin se abrió el pesado telón que no me permitía comprender lo que decían, estaba al lado de mi compañera y entendía claramente sus palabras.

Finalmente llegó el silencio. Esta vez era diferente. Esta vez era diferente a todos los otros silencios. Después de haber escuchado las palabras en ese idioma desconocido-conocido, el silencio se transformó en una masa de palabras. El silencio era blanco y pegajoso. En el último año había escuchado muchos silencios pero este era imposible de sobrellevar, durante aquellos momentos de silencio blanco se estaban llevando a mi madre, la sacaban a empujones del barracón. Y yo escuchaba las palabras que hasta hace poco no comprendía mientras mi alma estaba a oscuras, más a oscuras que nunca.

Nora Gaon


“La canzone del bambino nel vento”, Francesco Guccini & I Nomadi

Son morto con altri cento,
son morto ch’ero bambino:
passato per il camino,
e adesso sono nel vento.
Ad Auschwitz c’era la neve:
il fumo saliva lento
nel freddo giorno d’inverno
e adesso sono nel vento.
Ad Auschwitz tante persone,
ma un solo grande silenzio;
è strano: non riesco ancora
a sorridere qui nel vento.
Io chiedo come può l’uomo
uccidere un suo fratello,
eppure siamo a milioni
in polvere qui nel vento.
Ancora tuona il cannone,
ancora non è contento
di sangue la belva umana,
e ancora ci porta il vento.
Io chiedo quando sarà
che l’uomo potrà imparare
a vivere senza ammazzare,
e il vento si poserà

Francesco Guccini©


“Aquí cae mi pueblo”, Gonzalo Rojas

golpe-in-cile

Aquí cae mi pueblo. A esta olla podrida de la fosa
común. Aquí es salitre el rostro de mi pueblo.
Aquí es carbón el pelo de las mujeres de mi pueblo,
que tenían cien hijos, y que nunca abortaban como las meretrices
de los salones refinados, en que se compra la belleza.

Aquí duermen los ángeles de las mujeres que parían
todos los años. Aquí late el corazón de mis hermanos.
Mi madre duerme aquí, besada por mi padre.
Aquí duerme el origen de nuestra dignidad:
lo real, lo concreto, la libertad, la justicia.

Gonzalo Rojas©


“Jai”, Ariel Zylbersztein

Fuente: http://maialoschblank.wordpress.com/


“Izkor”, Abba Kovner

Quién gritó y cayó en su grito
La mujer abrazando a su bebé y que sus brazos se desplomaron
El bebé cuyos dedos buscan el pezón materno y este esta azul de frío
Las piernas
Las piernas que buscaron salida y ya no había
Y las manos cerrándose en puños
Y los puños que levantaron el hierro
Y el hierro que se transformó en el arma de la esperanza, de la desesperación y de la rebelión
Y ellos de corazón generoso
Y ellos con sus ojos abiertos
Son los que se arrojaron sin posibilidad de salvar
Recordemos el día, su mediodía
El sol que ascendió sobre el altar sangriento
Los cielos altos y mudos
Recordemos los montículos de cenizas debajo de los jardines florecientes
Recordara el vivo a sus muertos
Porque ellos nos enfrentan
Y sus ojos alrededor
Y no cesaremos, no cesaremos hasta que seamos dignos a su memoria.

Abba Kovner 1918 -1987

BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Líder de la resistencia judía y comandante partisano, poeta y escritor hebreo.

Nacido en Sebastopol, Rusia. Curso estudios secundarios en la escuela hebrea de Vilna, donde se incorporó al movimiento juvenil sionista socialista “Hashomer Hatzair”. Cuando Vilna fue ocupada por los nazis en 1941, resolvió que la única respuesta posible era la resistencia activa. Concentro sus esfuerzos en la creación de una fuerza judía combatiente clandestina. Ello inspiró a otros jóvenes judíos de toda Europa oriental a hacerle frente a los nazis. El 21 de enero de 1942 se creó una agrupación militar judía en Vilna.” La organización Partisana Unida (FPO). Abba Kovner fue uno de sus líderes y luego su comandante a partir de  julio de 1943. Durante la deportación final en septiembre de 1943  dirigió las acciones de la FPO y la fuga a los bosques de los combatientes del guetto. Luego dirigió una unidad partisana en los bosques.

Después de la guerra participó en la creación del movimiento HaBrijá, (La Huída) el cual organizó la evacuación de centenares de sobrevivientes judíos hacia el oeste para llegar así a Palestina. Él mismo se estableció en Eretz Israel junto a su esposa Vitka Kempner y se convirtió en un escritor importante (Extraído de la Enciclopedia del Holocausto, Yad Vashem, Jerusalem, 2004)


“Si acaso”, Wislawa Szymborska

Podía ocurrir.
Tenía que ocurrir.
Ocurrió antes. Después.
Más cerca. Más lejos.
Ocurrió, no a ti.

Te salvaste porque fuiste el primero.
Te salvaste porque fuiste el último.
Porque estabas solo. Porque la gente.
Porque a la izquierda. Porque a la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque hacía sol.

Por fortuna había allí un bosque.
Por fortuna no había árboles.
Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno,
un marco, una curva, un milímetro, un segundo.
Por fortuna una cuchilla nadaba en el agua.

Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de.
Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie,
a un paso, por un pelo,
por casualidad,
¡Ah, estás! Directamente de un momento todavía entreabierto.
La red tenía un solo punto, y tú a través de ese punto.
No dejo de asombrarme, de quedarme sin habla.
Escucha
cuán rápido me late tu corazón.

Wislawa Szymborska©

De “Si acaso” 1978        
Versión de Abel A. Murcia

Poeta y ensayista polaca nacida en Kórnik, Poznan, en 1923.
Vivió en Cracovia desde que  su familia se trasladó allí en 1931. Estudió Literatura Polaca y Sociología en la Universidad Jagiellonian, dedicándose desde entonces al ejercicio literario.
Con su primera publicación “Busco la palabra” en 1945, seguida de“Por eso vivimos” en 1952 y “Preguntas planteadas a una misma”en 1954, logró situarse en los primeros planos del panorama literario europeo. “Apelación al Yeti” en 1957, “Sal” en 1962,“En el puente” en 1986, “Fin y principio” en 1993 y “De la muerte sin exagerar” en 1996, contienen parte de su restante obra.
Fue galardonada con importantes premios, entre los que se destacan, Premio del Ministerio de Cultura Polaco 1963Premio Goethe 1991, Premio Herder 1995  y Premio Nobel de Literatura1996.  Recibió además el título de Doctor Honorífico de la Universidad Adam Mickiewicz en Poznan, 1995. 
Falleció el 1° de febrero de 2012.