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“Afirmaciones negativas”, Amando de Miguel

Son muchas las oraciones aparentemente negativas, pero que afirman y reafirman. Por ejemplo, el “yo no digo nada”, después de haberlo dicho o dejado caer. Es una forma enfática de asegurar que lo dicho va a misa.

Más chusco es el recurso a una negación para comenzar una frase afirmativa. Por ejemplo, “no, si yo opino lo mismo”. Ese “no” equivale a realmente un “sí”. El extremo retórico podría ser el de repetir varias veces el “no” para indicar que “sí”. Hay gente que emplea ese paradójico recurso con mucha gracia.

Para indicar que algo es significativo, el que habla puede decirle al interlocutor: “ni te cuento”. En realidad, ya se lo ha contado o por lo menos lo ha dejado caer.

Una expresión muy castiza es el “¡no te digo!”, que equivale a aproximadamente a “mira lo que te he dicho”. De forma parecida el “¡no me digas!” traduce el asombro y la curiosidad por lo que acaba de decir el interlocutor.

El “no” parece a veces insuficiente. Se puede matizar con el “como que no”, que es una negación irónica y un tanto vulgar.

Hay otras partículas negativas aparte del “no”. Por ejemplo, está el “nada” que puede significar “mucho”. Es el caso de la famosa frase de “no es nada lo del ojo… y lo llevaba en la mano”. Se atribuye al arriesgado torero Desperdicios, corneado en la cara por un toro. El diestro salió por su pie para la enfermería de la plaza llevando el ojo en la mano. El hombre decía para animar a la cuadrilla: “No es nada lo del ojo”. Desde entonces la expresión “no es nada lo del ojo” tiene un sentido ponderativo para indicar que ese “nada” irónicamente, quiere decir “mucho”.

Hay otras formas ponderativas con apariencia de negaciones. Es el caso de “menos da una piedra”. Se usa irónicamente para consolarse de lo conseguido, que puede parecer poco, pero que se agradece. La fórmula “nada más y nada menos” tan barroca, sirve el mismo propósito de conformarse con lo que se tiene o se observa; puede equivaler, incluso, a insinuar que algo resulta bastante notorio. La frase hecha “nadie es más que nadie” alude a una deseable igualdad entre las personas.

En el lenguaje infantil se puede enunciar directamente una frase afirmativa con una intención negativa. Así, “me importa” indica realmente que uno hace como que no le importa algo para consolarse o para conseguirlo.

Amando de Miguel©


“Conjugación de un verbo irregular”, Bertrand Russell

Yo soy tenaz.
Tú eres testarudo.
Él es un imbécil terco e incorregible.

Bertrand Russell©


“Todo lo contrario”, Mario Benedetti

-Veamos –dijo el profesor-. ¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de IN?
-OUT – respondió prestamente un alumno.
-No es obligatorio pensar en inglés. En español, lo contrario de IN (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.
-Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no?
-Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano.
-No se burle, profesor.
-Vamos a ver. ¿Sería capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo IN, no confirman la ortodoxia gramatical?
-Probaré, profesor: “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió fulgente pero dómito, hizo ventario de las famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento.”
Sulso pero pecable –admitió sin euforia el profesor.

Mario Benedetti©


“Errores comunes en el lenguaje periodístico”, por Alberto Fernández, colaboración de Pilar Úcar Ventura

1. A nivel de expresión

Ya no recuerdo a qué se refería aquella secretaria que salió en las noticias de cierta cadena cuando le preguntaron. Sea lo que fuese, ella lo había "consultado a nivel de jefes". ¿No sería bastante más sencillo y natural decir "lo he consultado a los jefes"?
Un locutor de radio mencionó que los sombreros de paja son muy molestos cuando hace frío, "a nivel de que entra aire en el sombrero". Verdaderamente, los periodistas locutan mucho, pero parece que no saben ni hablar.

A nivel personal, a nivel mundial, a nivel general… Cosas así se pueden escuchar casi todos días. Creo yo que se trata de un galicismo, que proviene de la expresión "au niveau de", y que ahora se ha convertido ya en un tópico del que incluso algunos correctores ortográficos de ordenador avisan. Como diría mi profesora de francés, "C´est une expression très à la mode" a la que casi nos hemos acostumbrado.
Es correcto decir que nos situamos al nivel de Europa, que tal punto está a nivel del mar, que el nivel de lenguaje de un escrito es culto… siempre que haya distintos niveles que distinguir, pero nunca lo es usarlo porque sí.

En un artículo al que fácilmente se puede acceder desde Internet, se dice que "la expresión no es correcta, pero tampoco es incorrecta"*, aunque el autor del artículo agrega: "Deducimos de la omisión del Diccionario de la RAE y del María Moliner, que es mejor no usarla, y que su pronunciación obedece más a una falsa acreditación cultural que a un sincero conocimiento de la lengua."*. En el Libro de estilo de El País podemos leer que se trata de una "expresión que suele ser mal empleada, puesto que implica un concepto de altura (`a nivel del mar´, `no ha llegado al nivel de otras veces´). Es incorrecta cuando se usa para extensiones o similares: `está prohibido a nivel estatal´, `hay que hacerlo a nivel de prueba´. En el Museo de los horrores del Centro Virtual Cervantes nos encontramos con que «el sustantivo nivel significa "altura", "grado, categoría, situación". No debe utilizarse a nivel de sin que aluda a esos significados». También se nos proponen ejemplos correctos:

-Yo no puedo ponerme al nivel de ese jugador.

-A nivel del mar.

-A nivel de la superficie terrestre, hay anticiclón.

-Ya estamos a nivel europeo.

Lo que está claro es que la expresión a nivel se puede sustituir por otras (a nivel personal: personalmente, a nivel mundial: en el mundo, a nivel general: en general, a nivel de Estado: a escala o en el ámbito estatal…), y suena bastante más idiomático.

* Citas de http://www.aviondepapel.com/cajas/anivelde.htm

2. En base al lenguaje, vamos muy mal

Muchísima gente utiliza la expresión en base a. Algunos porque prefieren emplear expresiones rimbombantes (tipo a nivel de) que suenan sofisticadas, pero se quedan en mera apariencia. Otros porque ya se ha convertido en un hábito. La expresión en base a es utilizada por todo tipo de personas, desde catedráticos de Derecho y abogados hasta tertulianos de programas de cotilleo y sucesos, pasando por periodistas serios. Y todos cometen un error al usarla.

La locución en base a es una "de las peor utilizadas", según un artículo del Museo de los horrores. Otra fuente que empleo para este curso la califica de "horrible latiguillo y barbarismo de políticos y abogados". El corrector de Word nos indica que la expresión se ha convertido en un tópico. Lo que me sorprendió fue encontrar que su origen está en el lenguaje forense.

Pues, para los que no quieran que les confundan con gente de tal profesión (tan respetable como otras, o más), aquí van algunas construcciones que se pueden usar en su lugar:

-A partir de

– Basándose/basándonos/basado en

-Sobre la base de

-Tomando como base

-En relación con

-Según

-De acuerdo con

-Con

Hay que decir que la opción que se emplee dependerá del contexto. Lo que nos queda claro es que hay muchas soluciones para el problema, y que un poco de reflexión antes de hablar no nos vendría mal.

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“DICCIONARIO SMS”. Cuando la urgencia por comunicarse distorsiona las formas

La incomunicación es, sin dudas, la gran paradoja de la era de las comunicaciones. Y los mensajes de texto son abanderados en la causa: se economizan palabras, se sacrifican haches, acentos o signos que se creen inútiles a los fines prácticos, se intercalan números y hasta se usan combinaciones de signos para mostrar estados de ánimo (estar 😦 es estar triste). Las contracciones y abreviaturas en los mensajes permitieron forjar un código de pertenencia: está “in” quien escribe “n ksa” (en casa). Está “out” quien insiste con poner comas, acentos o signos.

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Dnd tan t2
– N ksa, t llmo.
– X ai voy. TKM
– Tb 🙂

Para quienes sienten que para entender un diálogo así se necesita traducción simultánea, la Asociación de Usuarios de Internet de España creó www.diccionarioSMS.com. Allí "qdo" es “cuando”, “ijo” es “hijo”, “sb2” es “sábados”. Ya cargaron 11.400 términos, aunque el ahorro de signos genera confusiones: “t llmo” es “Te llamo” o “Te llamó”, tal la precipitación que existe, la sensación de que no hay tiempo, que todo se acelera, incluso el lenguaje.

Cuando se economizan letras, se borran las particularidades hiladas a su historia: que “hacer” se escriba con hache tiene sentido desde su historia, no desde lo práctico. Cuando escriben “iso” en vez de “hizo”, se ahorran letras, pero se vacía a la palabra de su bagaje histórico, dice el psicoanalista y experto en tecnología Julio Moreno.


Botella al mar para el Dios de las palabras, por Gabriel García Márquez

Intervención de Gabriel García Márquez en el Congreso de Zacatecas, abril de 19974000

A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado!

El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los Mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: ¨Parece un faro¨. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es la color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras.

A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.