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«Meteoros, lluvias y poemas», Estíbaliz Espinosa

Una estrella fugaz

para una mujer

que no sabe qué pedir.

Suzuki Masajo

Tres versos, 17 sílabas en total y un microcosmos de significado capturado en una imagen: esto es un haiku de una transgresora poeta japonesa del siglo XX. El tema es curioso [daría para mucho, siendo mujer su autora y fisgando algo de su fascinante vida personal]. Nos remite a algo verosímilmente posible si en agosto nos encontramos bajo la lluvia de Perseidas o en diciembre bajo las Gemínidas: olvidar qué deseo pedir. Entre otras cosas, porque las estrellas fugaces no están ahí para cumplir deseos de primates ni de organismos eucariotas en general, y siento que muera un unicornio cada vez que alguien lee esto. A ver si lo compenso: no cabe duda de que pedir un deseo cuando se ve una estrella fugaz es un buen ejercicio, hasta sorprendente, para descubrirnos a nosotros mismos qué deseamos. Y una vez llevamos dos o tres formulados, igual nos apetece saber más sobre cómo se originan esas «estrellas», por qué aparecen en la misma época del año, de dónde vienen, adónde van…

Perseida y Pléyades [M45]. Foto de Óscar Blanco en A Veiga. Agosto 2018

«Necesitamos imaginación en ciencia, no todo es matemáticas y lógica, también belleza y poesía». Parecen palabras contemporáneas, el eslógan de un festival de sciencepoetry; son de Maria Mitchell, la primera astrónoma oficial de EEUU, directora del Observatorio del Vassar College [Nueva York] y formadora y defensora de mujeres en ciencia. Nació hace justo 200 años, se codeó amistosamente con John Herschel, Mary Sommerville o Alexander von Humboldt e incluso se le autorizó entrar en el Observatorio del Vaticano, aunque sólo hasta que se pusiese el sol… [un mírame y no me toques para un observatorio estelar, pero allá que fue].

Años antes, en 1847, Maria había avistado un cometa no periódico –bautizado en su honor como el cometa Miss Mitchell – desde su Nantucket natal y obtuvo por ello la medalla de oro prometida por un rey con afición a la astronomía, Federico VI de Dinamarca.

Por muy presentes que sigan las palabras y el carácter de su descubridora, el cometa Miss Mitchell no es de los que vuelven. Algunos de los cometas que sí nos visitan con regularidad precisamente provocan lluvias de estrellas, en las que a veces pedir un deseo es lo de menos. Muchos cometas son escultores involuntarios de meteoros y meteoritos.

No son lo mismo, claro. Todos conforman un ovillo de polvo y roca, pero el cometa, de órbita más elongada, se parece más a una bola sucia de nieve y hielo que, al calor del Sol, desprende una estela de polvo y gas ionizado muy vistosa, verdiazul; una coma en latín [κόμη en griego], una cabellera. Y de coma, tenemos cometa. Una bola de hielo desmelenada. Partículas y pequeñas rocas desprendidas de esa cola de polvo seguirán en su órbita y se cruzarán con la nuestra. Las llamamos «lluvia de estrellas», si bien la mayoría son esquirlas del tamaño de un grano de arena que entran en incandescencia al roce con nuestra atmósfera. Esos son los meteoros y se desplazan en «tubos meteóricos»: un hula hop de polvo y detritos.

La condición que convierte un meteoro en meteorito y le otorga su sufijo es el hecho de llegar a tocar nuestro planeta. Un meteoro pasa por el cielo como un ave de paso dejando una firma luminosa –de ahí lo de estrella fugaz, aunque no tenga nada de estrella – y puede convertirse en meteorito si no se desintegra y se hunde en algún lugar de nuestra Tierra, tal vez un océano, bosque o desierto. A la espera de que alguien dé con él y lo destripe.

[Sí, también puede caer sobre nuestras cabezas, pero esa probabilidad es 1 entre 1.600.000; mucho menor que la probabilidad de que nos caiga un rayo, nos ataque un tiburón o ganemos la Lotería. Podemos seguir mirando al cielo sin mayores aprensiones].

Lo que conocemos como lluvia de estrellas, en inglés meteor shower [ducha de meteoros], es un fenómeno frecuente y periódico protagonizado por meteoros. En griego μετέωρος significa «suspendido del cielo» y en principio podía aludir a la lluvia, la nieve, el arco iris, las auroras boreales… De ahí que todos esos fenómenos dispares en origen entren en el campo de estudio de la meteorología. Todos se manifiestan una vez pasado el lienzo transparente de nuestra atmósfera.

En la llanura de Tesalia, al norte de Grecia, los monasterios de Meteora nos recuerdan la raíz de esa palabra: las montañas sobre las que se erigen suscitaron la ilusión óptica de colgar o flotar en el cielo, son inmensos pilares de roca del terciario erosionados por un gran río.

Pero retomemos el hilo de los meteoros y su relación con los cometas [y algún que otro asteroide]. Como hemos apuntado, las conocidas como lluvias de estrellas suelen ser periódicas dado que su origen se encuentra en aquellos restos de roca desprendidos de un cometa en su período orbital en torno a nuestro Sol –que, como vemos, es menos nuestro de lo que pensábamos-. Hay muchas lluvias a lo largo del año, desde las Cuadrántidas de comienzos de enero hasta las fabulosas Gemínidas de diciembre, las que cuentan con mayor tasa horaria zenital o THZ, es decir, número máximo de meteoros por hora; sin olvidar las Líridas de abril, las Oriónidas, las Boótidas o las Leónidas, entre otras.

Todas ellas se originan en los restos de polvo dejados atrás por las colas de un cometa; ese enjambre de escombros cruza el plano orbital de nuestro planeta, aunque el cometa se halle ya pasado Saturno. El entrañable Halley [1P/Halley es su título oficial], que volverá a visitarnos hacia julio del 2061, es responsable de dos lluvias de estrellas al año, las Eta Aquáridas en mayo y las Oriónidas en octubre, coincidiendo con dos puntos de corte con su órbita. Las Perseidas son, por su parte, polvareda del cometa Swift–Tuttle [de nombre técnico 109P/Swift–Tuttle]. Y las espectaculares Gemínidas de nuestro invierno boreal serían migajas de otro tipo de roca, un asteroide: (3200) Phaethon, nombre que alude a otro mito, Faetón, el hijo caído por guiar con torpeza la cuadriga del astro rey.

Este variado menú de lluvias tiene algo común: todas ellas suenan igual. Riman, de hecho. Si regresamos al griego, el sufijo –idas significa «descendencia». Perseidas serían hijas de Perseo, Dracónidas de Draco y Gemínidas de Géminis. Una filiación metafórica, desde luego. De hecho, como todo lo relativo a las constelaciones, depende sólo del punto de vista humano desde su posición en la Tierra, es decir, se trata de ilusiones ópticas y de perspectiva que comparte nuestra especie. Todos los meteoros parecen surgir de una región del cielo donde reina una constelación, de las 88 totales reconocidas por la Unión Astronómica Internacional, de la cual toman su nombre como «hijos de». Esa región se denomina radiante, ya que los meteoros en aparienciairradian de ahí. Podemos verlos rayar otro punto del firmamento; en ese caso, trazamos su línea imaginaria y desembocamos en la constelación matriz. Si no es así, se trataría de un esporádico: un meteoro que no forma parte de la lluvia de estrellas, pero al que queremos igual.

Para una observación de Perseidas la constelación en el punto de mira como referencia es Perseo, el héroe que montaba a Pegaso, siempre cerca de Casiopea y Andrómeda, sus colegas de mito. Para las Leónidas, Leo, constelación fácil de ver al hallarse en la franja imaginaria del zodíaco, la línea de los eclipses, la eclíptica [quizás la línea más importante para la observación astronómica: una extensión de la recta imaginaria que uniría Tierra y Sol y la proyecta en el fondo de estrellas]. Y el radiante de las Camelopardálidas? Y el de las Cuadrántidas? Ahí os lo dejo.

Esto es un cometa, y qué cometa: el Hale-Bopp, de 1997, visible en el cielo durante varios meses y más brillante que Sirio. Créditos de la imagen: A. Dimai and D. Ghirardo, (Col Druscie Obs.), AAC

***

«¡Ou ti! roxa estrela
que din que comigo
naciche, poideras
por sempre apagarte,
xa que non pudeche
por sempre alumarme…!»

[«¡O tú! roja estrella
que dicen que conmigo
naciste, bien podrías
por siempre apagarte,
ya que no has podido
por siempre alumbrarme…!»]

Rosalía de Castro

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“Palabras iniciales”, Roberto Fontanarrosa

Puto el que lee

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Roberto_Fontanarrosa_Retrato_WebLo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente.
Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.

El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

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Conversación entre Rolando Revagliatti y Rafael Alberto Vásquez

Rolando RevagliattiRafael-Alberto-Vasquez

Rolando Revagliatti – ¿Cómo nos armarías un boceto de tu transcurrir desde aquel primer 11 de  octubre… hasta poco antes de la irrupción de “La verdad al viento”?

Rafael Alberto Vásquez – Nací en el barrio de Boedo, concurrí a la escuela primaria argentino-alemana Germania Schule, etapa durante la cual perseguía a mi madre para leerle poemas de una antología infantil que me habían regalado, y el secundario lo hice en el Colegio Nacional de Buenos Aires. A los quince años comencé a urdir poemas y fundé una “revista literaria” de pocas páginas, hecha a mimeógrafo, para vender en la misma división del Colegio, primero, y más adelante colocarla en librerías de la calle Viamonte, en cuyas inmediaciones estaba la Facultad de Filosofía y Letras. A fines de 1949 ingresé a la Facultad de Derecho y rendí las primeras materias. Fue recién en 1961 cuando después de aprobar una de tercer año, decidí abandonar la carrera. En 1950 trabajé unos meses como auxiliar administrativo en el Colegio Nacional: conocí a Manuel Antín, quien también trabajaba allí. Nos hicimos muy amigos, compartiendo estudios, salidas al cine y al teatro, y también la poesía, ya que Antín, antes de dirigir películas escribía poesía y dramaturgia. 1951 fue un año perdido, de marzo a diciembre, cumpliendo el servicio militar obligatorio en un cuartel de Ciudadela.

Tres años después, en el no 16 de la revista-libro “Buenos Aires Literaria”, soy publicado por primera vez: una nota bibliográfica de cinco páginas sobre tres libros de poesía aparecidos por entonces. En julio de 1955, en el no 1 de la revista “Letras Mundiales”, se editan, en tres páginas, también por primera vez, poemas de mi autoría. En el mismo año en que abandono Derecho, en concurso organizado por la SADE y el Fondo Nacional de las

Artes, fui uno de los veinte autores seleccionados para la edición de un libro con préstamo del Fondo. Uno de los jurados, Bernardo Ezequiel Koremblit, también director del área cultural de la Sociedad Hebraica Argentina, comenzó a reunirnos a los seleccionados y así fui conociendo a los escritores Luis Ricardo Furlan, Inés Malinov, Atilio Jorge Castelpoggi, Julio Arístides, Emma de Cartosio, Osvaldo Rossler, José Isaacson, con lo cual concluyó mi aislamiento. Además de esas reuniones, que no sé ya con qué periodicidad se hacían, recuerdo que Julio Arístides y José Isaacson conducían la FADRYGLI (Federación Argentina de Revistas y Grupos Literarios Independientes), con encuentros en un café de la calle Cerrito esquina Bartolomé Mitre. Y se organizaban lecturas de poemas, en la SADE, en un colegio, en Estímulo de Bellas Artes. Después, esta nueva forma de comunicación empalma con la creación del grupo Barrilete. Porque a Roberto Santoro también lo conocí en las escaleras de la Hebraica. Me lo presentó Luis Ricardo Furlan, que venía con él; y Santoro, con su libretita mágica llena de anotaciones, chistes, teléfonos y direcciones, supo darme el teléfono de otro poeta que yo quería conocer: Horacio Salas. El azar que interviene en la vida. Yo acostumbraba a cortarme el pelo en una vieja peluquería que estaba en la Avenida de Mayo entre las calles Chacabuco y Piedras, al lado de las oficinas del diario “La Razón”. Entre las revistas disponibles para los clientes que debían aguardar su turno, una tarde me puse a hojear un ejemplar de “Vea y Lea”, revista para todo público que compartía entonces una franja del mercado familiar con “El Hogar” y con “Mundo Argentino”: no sé si te suenan esos nombres… Todas ellas, además de chismes, notas de actualidad, fotos, traían algún cuento y algunos comentarios bibliográficos. El que me interesó, por la habilidad del cronista y por las trascripciones poéticas del libro comentado, era sobre el primero, “El tiempo insuficiente”, de un joven poeta, Horacio Salas. Esa conexión con su poesía dura hasta hoy, que sigo admirando su estilo y continuamos la amistad. Pero no mucho después aquel encuentro sirvió para que Santoro me pidiera un poema para publicar en su revista mensual de ocho páginas, “El Barrilete”, iniciada en agosto de 1963. Y hacia fines del mismo año me convocó para integrar un grupo de trabajo literario que, además, se hiciera cargo de su revista, crecida en páginas que, con altibajos, idas y venidas de sus integrantes, duró hasta fines de 1974.

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“De la mística al flamenco”, en el programa Shalom


“Ramón Gómez de la Serna y los cafés literarios” Juana Martínez Gómez

En España, así como en otros lugares de Europa, los cafés literarios llegaron a convertirse en las más activas sedes de una universidad libre en la que se gestaban los movimientos artísticos, intelectuales y espirituales[1]que contribuyeron a crear las transformaciones de la modernidad. Algunos intelectuales, como Unamuno ―incluso desde su cargo de rector de la Universidad de Salamanca—, vieron en el café el germen de la verdadera universidad popular en España.

Para Gómez de la Serna el café también era una  institución independiente con un valor alternativo al de la cultura oficial. Era una especie de para-academia mucho más vital que la Academia, en donde según él “se muere mucho, se muere dentro, mucha gente”, y los que más se morían, según él, eran sobre todo los jóvenes.

El café es un espacio de conversación y de escritura, una especie de ágora, de plaza pública en donde implícita o explícitamente se adopta una actitud desafiante hacia las instituciones establecidas, aquellas más cerradas o estereotipadas. Ramón buscó un lugar donde reunirse con “los suyos”,[2] y encontró Pombo, una antigua botillería junto a la Puerta del Sol, en el centro de Madrid, bien comunicada con el resto de la ciudad ―los tranvías de la época se encargaban de ello―, que le atrajo por darse la paradoja de ser un lugar anticuado donde se podría reunir con los jóvenes  innovadores: “Siempre me pareció un café vetusto, pero tendrá gracia que en él se cobijen y alboroten los más modernistas”.[3]

Tertulia en el café Pombo

Todos los sábados organizaba una tertulia para la que él reivindicaba la supremacía de la conversación sobre la lectura, de la que simulaba irónicamente desconfiar por ser “el acto más desvanecido, más pobre del espíritu, más deleznable que se pueda realizar, por bien escogidas que estén las lecturas”.[4] Mientras que veía en la lectura (y también en la música) una forma de aislamiento, una “abstracción onanista”, la tertulia resolvía una necesidad esencial del alma de relacionarse con otras almas y crear la amistad, pero, para Ramón, no cualquier amistad, sino la amistad grande y pactada para pensar.

Entendía la tertulia como una mezcla de revista y de diario íntimo donde se expresara la verdad de forma completamente sincera. Y muy importante era también para él que el lugar de la tertulia fuera un sitio reservado y puro pero desde el que pudiera captarse el pulso de la calle y donde se sintiera el “alma humilde y real de la vida”, de manera que las emociones individuales, subjetivas, y la actualidad del mundo exterior no se vivieran separadas sino que quedaran perfectamente trabadas en la experiencia tertuliana.

En Pombo se propuso crear un clima de serenidad y estabilidad que fuera un verdadero refugio frente a las amenazas de entonces contra la civilización, “un oasis frente al mundo que se bombardeaba”, de donde estaba desterrada cualquier actitud pomposa y engreída, y en el que los términos “humildad” y “sinceridad” eran claves de la actitud requerida entre los tertulianos. Quiso también que las reuniones pombianas evitasen el tono trascendente para no caer en la hueca grandilocuencia y en la “tontería” en las que, según Ramón, era muy fácil caer en las discusiones serias. En consecuencia, las tertulias se desarrollaban en un tono relajado y con un gran sentido del humor: “Lo echo todo a chirigota. Se nota menos la intromisión del tonto y todo marcha con una banalidad que va bien al fondo de la reunión. Es preferible oír esa insistente ironía que oír las absurdas opiniones de los inevitables”.[5]

Con un aire alegre y bondadoso Ramón se encargaba de que el visitante sintiera de inmediato el ambiente peculiar de Pombo. Así, las presentaciones de los recién llegados se hacían siguiendo un ritual que introducía a los tertulianos en la situación requerida por él:

Yo hago las presentaciones un poco en broma. Me parece que se van a avergonzar, se van a encontrar cohibidos y se van a reír unos de otros silenciosamente, si las hago con esa seriedad que caracteriza a las presentaciones. Así digo yo al que entra: ―Fulano de Tal bastante buen artista ―Fulano de tal bastante triste humorista ―Fulano de Tal que ha estado en los mejores presidios del mundo, vistiendo los elegantes pijamas del presidiario. ―Fulano de Tal que habla el inglés a la perfección. ―Fulano de Tal que tiene un alfiler de herradura. Quiero conseguir así que nuestra unión esté desprovista de orgullo y la gobierne una exquisita ironía amable. Porque las cosas del mundo no pueden ser miradas en serio más que con ironía.[6]

Tertulias Café Pombo

Cumpliendo con toda esta parafernalia de rito iniciáticose encontraron cerca de treinta latinoamericanos, escritores en su mayoría, que en los años de existencia de Pombo, es decir entre 1914 y 1936, vivían o estaban de paso en Madrid. Allí llegaron, directamente o desde París, los chilenos Augusto D’Halmar, Vicente Huidobro, Teresa Wilms Montt, Joaquín Edwards Bello y Pablo Neruda; los guatemaltecos Enrique Gómez Carrillo y Francisco Soler y Pérez; los peruanos Alberto Hidalgo, Alberto Guillén, César Miró, Xavier Abril y Ventura García Calderón; los venezolanos Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona, Pedro Emilio Coll y Arturo Uslar Pietri; el cubano Alonso Hernández Catá; el dominicano Pedro Henríquez Ureña; el colombiano Jorge Zalamea; los argentinos Alberto Ghiraldo, Oliverio Girondo y Jorge Luis Borges, y los mexicanos Martín Luis Guzmán, Artemio de Valle Arizpe, Orozco, Eusebio de la Cueva y Alfonso Reyes. Seguramente algunos fueron una vez, dejaron su foto y su firma y no volvieron más porque se sintieron incómodos con el singular estilo que Ramón imponía a su tertulia. Borges, sin duda, fue uno de ellos:

Me mezclé alguna vez con ese grupo y no me gustó su manera de comportarse. Había allí un gracioso que llevaba un brazalete del que colgaba una campanilla. Daba la mano a los concurrentes y la campanilla sonaba, y Gómez de la Serna decía invariablemente: “¿Dónde está la serpiente?” Suponía que eso era divertido. En una ocasión se volvió orgullosamente hacia mí. “¿Seguro que usted no ha visto en Buenos Aires nada parecido?” ―me dijo―. Tuve que convenir, gracias a Dios, que así era.[7]

Pese a esta primera reacción contraria, Borges y Ramón lograron mantener durante algún tiempo una relación respetuosa que no excluía cierta admiración. Al principio, para Gómez de la Serna, Borges era sólo el hermano poeta de la pintora Norah Borges, que vivía un intenso noviazgo con su amigo Guillermo de Torre, estudiante de Derecho y tertuliano de Pombo. Ramón lo retrataba como un “muchacho pálido, de gran sensibilidad, un joven medio niño al que nunca se encuentra cuando se le llama, […] huraño, remoto, indócil, sólo de vez en cuando soltaba una poesía que era pájaro exótico y de lujo en los cielos del día”. Cuando se conocieron en Madrid, Ramón ya había leído Fervor de Buenos Aires y consideraba a Borges un “Góngora más situado en las cosas que en la retórica”; sin embargo, descubrió al poco que el joven porteño llevaba siempre en el bolsillo una edición príncipe de los Sueños de Quevedo y que no titubeaba en divulgar su amor excepcional por el poeta español.

La Gaceta de Pombo

Otros visitantes, sin embargo, más acordes con la filosofía de Pombo, se hicieron asiduos tertulianos, como el venezolano Pedro Emilio Coll, hacia quien Ramón sentía un gran respeto por considerarlo un hombre justo, bueno, generoso, sensato y ecuánime. Lo veía como un gran intelectual, que compartía con él su espíritu antiacademicista, y valoraba muy especialmente su contribución al entendimiento de la idea de América entre los españoles y a la difusión de la literatura hispanoamericana en la península. Pero Ramón sintió, y lo dijo explícitamente, una predilección especial por los mexicanos:

Yo encuentro que los mejicanos  son como mis compañeros, mis paisanos del otro Madrid, del único otro Madrid fuera de España, que es Méjico. Madrid con sus grandes edificios de Carlos III y grandes muestras churriguerescas. El Cuartel del Conde Duque está en todas las calles de Méjico.

Llegan francos, con miradas exaltadas y levantadas, y ese tono apasionado, cálido, característico, del español. Su mirada no rechaza las cosas, sino que las acepta, sabiendo escoger las de más carácter, aunque sean las que más aspecto tengan de pobreza. Son los mejicanos los que encuentran con nuestra nítida facultad de miserables el encanto de una clase de luz, de una clase de frío, de una clase de hambre. Eso solo los castellanos y los mejicanos saben comprenderlo. ¡Y para eso qué clase de fineza espiritual no es necesaria!

Yo me los encuentro constantemente en mi camino y charlamos como condiscípulos.[8]

Alfonso Reyes

El más asiduo a la tertulia de Pombo fue Alfonso Reyes y fue también uno de los primeros visitantes del café cuando llegó a España desde París, el mismo año de su inauguración como sede de los encuentros literarios de Ramón. Lo primero que observó el patriarca de Pombo fue la tragedia que vivía cada día el mexicano al no tener a mano las librerías de París. “Reyes nos lo repetía con la voz gangosa de niño gordo que cuenta lo que le ha pasado en un dedo del pie”.[9] Sólo se llevaban un año de edad y compartían, a pesar de las grandes diferencias entre ellos, un modo de vivir y sentir el arte. La común identificación debió ser muy grande, a juzgar, entre otras cosas, por el retrato que Ramón le hizo en Madrid, señalando, con su particular óptica, detalles de la personalidad de Reyes que, dichos por Ramón, resultan inolvidables:

Reyes tenía tipo de haber sido un célebre doctor en otra parte y de estar pasando la crujida de incógnito, apesadumbrado con sus cargos de ocasión, como con un gabán excesivamente pesado y largo. Reyes, con su cabeza de pera y su sonrisa en los ojos, oía todo lo que se decía en todas partes y sabía contestar la respuesta atinada, y que hasta cuando no tenía más remedio que ser maligna era bondadosa. […] Alfonso Reyes, regordete y muy parecido a un señor chiquitín ―mucho más chiquitín de lo que en realidad es―; es como un gnomo de los bosques, con el rostro aperalado y seriecísimo de los gnomos. Con su rostro carrilludo. De carrillos caídos ―sin que por eso su tipo sea de gordo―, siempre lleva una viva impresión de listo, muy sobre sí; siempre esperando que le pregunten para contestar, siempre como esos chiquillos que quieren parecer mucho más listos de lo que son. Él ya lo es bastante, pero quiere serlo más, y toma tipo de iniciado en todas las cosas, […] Si a Reyes le afeitasen la ceja derecha se quedaría sin malicia. En la ceja izquierda tiene los acentos de las cosas, y eso es muy importante en él, porque Reyes es el acentuador por excelencia.[10]

Aunque Reyes asistió a algunas de las muchas tertulias que se hacían en Madrid durante los años en que él permaneció en la ciudad, entre 1914 y 1924, su presencia en Pombo fue muy frecuente y su tertulia le dejó una honda e inquietante impresión: Pombo es una realidad trascendente, no se le puede olvidar. Las proclamas de Pombo hablan siempre de los Iscariotes, de los infieles y de los buenos apóstoles: recuerdan la manía persecutoria de los profetas. ¿Qué tragedia se esconde en Pombo? ¿Quién los ha vendido? ¿Por qué le exigen a uno ese compromiso sagrado de la firma en cuanto se acerca? Yo tiemblo[11]

A pesar de ese temblor, Reyes fue uno de los contertulios más participativos en las distintas actividades que, además de la tertulia de los sábados, Ramón organizaba con un gran espíritu lúdico. A éste le gustaba fomentar el juego, por ejemplo,  con concursos de “palabras expresivas”, palabras que debían llevar en su escritura su significación gráfica para aproximarnos más a las cosas que representan. Los contertulios se ejercitaban también en el arte de “los borrones de tinta”: la kleksografía, que es el “arte de aprovechar el borrón que cae en el papel y convertirlo en una figura pintoresca, organizada, elevada sobre su categoría de casualidad”;[12] o en el “juego del cerdo”, que consistía en dibujar un cerdo con los ojos tapados y sin levantar la mano hasta el final para, de manera súbita y sin pensar, pintar los ojos, etc.

Para un escritor tan madrileño como Ramón Gómez de la Serna, pero, sin duda, el más internacional de su tiempo, el encuentro con los escritores que venían de América fue un gran acicate, y por eso trató de mantenerse siempre en contacto con ellos. Incluso desde su exilio en Argentina recordará más tarde sus antiguas amistades pombianas con escritores americanos: “Allí recibí a través de los años a los jóvenes ―y a los viejos― que llegaron de América y los senté a mi derecha y recabé para ellos el respeto y la amistad de todos, siendo por eso que en todas las Repúblicas de habla española quedan artículos insertos en sus diarios y alusiones en muchos libros que le recuerdan [a Pombo] con afecto”.[13]

Con el transcurrir del tiempo, y ante las incomprensiones y hostilidades de algunos de sus compatriotas, Gómez de la Serna llegó a ver más factible su proyección en América que en España:

De todo me recompensa esa diáfana repercusión con que cuento en el público de América y en sus juventudes […]

El caso sincero de mi espíritu ha encontrado allí la atención desinteresada, sencilla, sin prejuicios ni cabildeos. Nos hemos entendido con la más espontánea de las inteligencias. Hay muchos ratos en que sólo confío en el espíritu clarividente y absuelto de América.

Yo creo y espero en esas juventudes y en aquellos públicos que, aún con canas en las sienes, comprenden, ven, tienen la expedita mirada de frente que yo necesito. Espero que alguna vez me salve sólo América…[14]

Juana Martínez Gómez©

Catedrática de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus líneas de investigación están la narrativa hispanoamericana y las relaciones literarias entre España e Hispanoamérica.

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Publicado en: Julio  Ortega (compilador), Reyes, Borges, Gómez de la Serna. Rutas trasatlánticas en el Madrid de los años veinte. México (Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y Cátedra Alfonso Reyes): Grupo Orfila, 2011.


[1] Vid. Antoni Martí Monterde, Poética del café,  Anagrama ,Barcelona, 2007

[2] Así llama a los que conectan con sus ideas y sus formas en claro distanciamiento de los que no, de “los otros”

[3] Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1948

[4] Ramón Gómez de la Serna, La sagrada cripta de Pombo, Imp. G. Hernández y Galo Sáez, Madrid, 1924 p.6

[5] La sagrada cripta de Pombo, ed.  cit.  p. 9

[6] La sagrada cripta de Pombo, ed cit. p. LXVIII

[7] Saul Yurkievich, “Jorge Luis Borges y Ramón Gómez de la Serna: el espejo recíproco” en España en Borges,ed. El Arquero, Madrid, 1990. p. 88. Recogido de Emir Rodríguez Monegal: Jorge Luis Borges: Biographie Litteraire, Paris, Gallimard, 1983

[8] La sagrada cripta de Pombo,E. Cit., p.408

[9] Ibidem, p.439

[10] Ibidem p. 439-440

[11] Alfonso Reyes, Simpatías y diferencias, O.C. T.IV.

[12] La sagrada cripta de Pombo ed. Cit. p. LXXVII

[13] Ramón Gómez de la Serna, Nuevas páginas de mi vida, Alianza editorial, Madrid, 1970, p.96

[14] La sagrada cripta de Pombo, ed cit. p. 545