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Las letras y la música del Paraguay hoy en la Feria y a las 18:00 coloquio con Andrea Bauab

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El Secretario Consular de la Embajada del Paraguay en Israel, Sr. Fernado Allo Acevedo, acercándonos a la vida y obra del Premio Cervantes Augusto Roa Bastos, hoy en la “Feria Internacional del Libro de Jerusalén 2017”

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David Karlsberg interpretando el arpa paraguaya.

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Hoy 18:00 coloquio con la autora Andrea Bauab

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Los esperamos en nuestro Stand #9.

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“Desvíos y extravíos en la actual poesía venezolana”, Ramón Ordaz

ordaz2Más allá de las fronteras idiomáticas, la poesía es una, un solo tronco de cuyo cuerpo salen infinitas ramificaciones, sobre las que se posan las diversas aves del mundo a ejercitar sus cantos; árbol polifónico, la poesía crece, se multiplica a través de ramas y raíces. Telúrica por sus cimientos; coral, aérea, espacial por los alados cantos que fluyen de sus transitorios albergues. La poesía es obra de una dualidad: fija en un punto de la tierra; móvil, viajera, inasible entre la estelar música de las esferas y el concierto de voces humanas que emergen como una sola oración solicitando la presencia de Dios, y ese Dios es el poema que nadie ha escrito todavía. Por imposible, por lejano que se presente, no cesará el hombre en su intento de alcanzarlo algún día. El día aquí no es lo que creemos, las horas tampoco, pero ayudan a que conozcamos la medida de las cosas: caemos así en el curso de la temporalidad, en la angustia de nuestro tránsito, en la seducción y deseo de una trascendencia de los que sólo puede dar cuenta el más delgado verso de la poesía: “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz”. Ningún ser sobre la tierra podría negar la violencia de esta verdad poética. La luz lo es todo, de ella nacen todos los cantos, todas las resurrecciones. Tenemos, entonces, que la poesía no tiene patria; que ningún imperio lingüístico podría apropiársela, que ningún territorio, por mucho que tenga de tierra prometida, puede ser su vergel o paraíso.

No han sido pocos los intentos de concretar una visión panorámica de la poesía venezolana. Poetas y críticos de inobjetable autoridad intelectual como Juan Liscano, Guillermo Sucre, Oscar Rodríguez Ortiz, José Ramón Medina, Luis Beltrán Guerrero, Elena Vera, Vilma Vargas, José Napoleón Oropeza, Javier Lasarte, Rafael Arráiz Lucca, Joaquín Marta Sosa, Antonio Pérez Carmona, Gina Saraceni, Alejandro Oliveros, entre otros, han intentado aproximaciones que tienen la virtud del testimonio, el plausible propósito de ciertas valoraciones que hoy podemos apreciar como escalones que conducen a una unidad irradiada por efecto de la suma de múltiples cosmovisiones, es decir, por la amalgama de disímiles y encontradas miradas de nuestra poesía en el contexto de la literatura nacional. Estemos de acuerdo o no, son estas contribuciones imprescindibles frente a cualquier exigencia que se plantee mostrar con datos valederos, legitimados por el discurso operante, la más mínima de las listas de nuestros poetas ante el mundo. Entendemos que es imposible dar cuenta de todos nuestros poetas, menos en nuestros días cuando insumos como el papel constituyen un producto suntuario, ya que editar tantos volúmenes para complacerlos a todos devendría en un desangre de la economía y en la más terrible de las demagogias. A fin de cuentas, papel aguanta todo, y no es esta la dirección de lo que queremos expresar. Una antología pretende ser una muestra representativa en la que estarían los infalibles, pero después de ellos queda un amplio margen para el escamoteo, para que los caprichos del antólogo expulsen sus fantasmas, sus criaturas congeladas bajo el hielo de inexistentes generaciones. La franca verdad es que la mayoría de nuestros poetas carecen de ubicación. Son meteoritos, bólidos errantes frente al sistema cerrado de quienes han echado sus cartas en grupos y manifiestos, en supuestas generaciones o confluencias de época o en la revista que los pudo haber unido circunstancialmente en el objetivo común de gritar al mundo la inconformidad juvenil. Hechos como estos han devenido después en parto de los montes; ya que no poca gracia ha colocado en la palestra, en los escenarios más importantes de la vida nacional, a muchos de esos afortunados seres que del acto fortuito del pasado saltaron al quicio inmediato que abre las puertas de Miraflores. Sí, el palacio presidencial se llenó de poetas, de bufones, de alabarderos, de rastreadores de oportunidad, de arribistas de toda laya que sin mediar acuerdo empezaron a inflar glóbulos rojos y a sacarse de la boca banderitas tricolores, a escribir y a cantar al padre de la patria con ritmo monocorde como nunca jamás se había hecho; era la resurrección de los patriotas que como cabalgadura encincharon el avión presidencial y las apuestas naves de nuestras aerolíneas para esos interminables vuelos de la poesía. Imposible dar cuenta de semejante acoso “intelectual”, de tantos relamidos flirteos al poder. Tanta desvergüenza no provoca sino escepticismo, la respuesta irónica como única salvación ante el coro plaudente de nuestros poetas que, aletargados en las botillerías, quedaron para exhibición en los frascos del frasquitero mayor, Enrique Hernández D’Jesús, cuyas artes malabares imponen jurados, premios, ediciones y hechos afines que tengan que ver con el ramo de la poesía. Puede sonar a burla, pero sabemos cuán corto se queda nuestro entendimiento. El escarnio proviene de esos sujetos del poder. ¿Por qué tanta agua sucia y cielo tan empañado en el panorama de nuestra poesía? La explicación es una sola: el destierro de la crítica. Hace más de tres décadas que el oficio del crítico empezó a perder vigor, a volverse laxo y complaciente frente a la producción literaria del país. La crítica académica, si es que se puede hablar con propiedad de ella, jamás trascendió el aula universitaria, amén de regodearse en exámenes de las obras que se diluían en estudios semióticos, lingüísticos, estructuralistas, culturalistas, etc. Excepcionalmente hicieron incisiones allí, en el centro del problema, en la raíz del mal que debían atacar para que no se propalara una literatura inoficiosa, insustancial, surgida de la entraña de una bohemia marcada por la esterilidad y el oficio fácil y volandero de la escritura. El halago, el encomio y el coro laudatorio determinaron la iglesia pobre de nuestra crítica. Que el crítico rozara con su escalpelo la ultrasensible piel de un poeta, era ganarse de antemano también el destierro del oficio. Así la indecencia y la falta de ética fue ganando terreno: mejor alabar que condenar, mejor celebrar que enjuiciar; mejor estar con Dios y con el diablo que permanecer en el limbo, hasta que sin anuncio alguno la crítica se esfumó de nuestro espacio, lo que dejó las puertas francas a toda suerte de populismo literario. Emulando a un nadaísta colombiano, Gonzalo Fragui pondría el inri a tan noble oficio: “Los críticos en el fondo son buenos, pero en el fondo del mar”.

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