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«Puerta de Atocha–Estación de los desamparados», Eduardo Chirinos

PuertadeAtocha

Váca mi estómago, váca mi yeyuno.
César Vallejo

1

Paradojas del movimiento. En el interior del tren
el paisaje se percibe desde la quietud. Todo
lo sólido se desvanece en el aire, deja partículas
de polvo, su estela multicolor en la retina.
En el exterior, en cambio, el paisaje es inmóvil.
El tren perfora la quietud como una aguja en la
arteria, como la sangre que circula en un cuerpo
inerte pero todavía vivo. Y el sol. El sol benéfico
que arde en los metales, en la memoria que
agradece la llegada del tren. Y me adormece.

2

Ahora, por ejemplo, veo paisajes con vacas.
¿Por qué el tren me hace pensar en paisajes
con vacas? Del soporte de fierro cuelgan bolsas
como ubres. Están conectadas a mi cuerpo y mi
cuerpo, callado, las recibe. Miro sin entusiasmo
las ubres de las vacas. Su leche rosada y salina
que ha de llegar hasta mí. Una enfermera entra
a la habitación y pide mi boleto. Las vacas pastan
en las laderas de los Andes, vuelan por los tejados
de Madrid, aterrizan sin alas a orillas del Jocko.
Yo bebo su leche, palpo las ubres que cuelgan del
soporte de fierro. Siempre de pie, junto a mi cama.

3

Estación de los Desamparados, mayo de 1973.
Todo está en orden: el sol, el río, los asientos
numerados. Domingo familiar en las afueras
de Lima. Escucho la algarabía del tren, su
insistente y frágil traqueteo. ¿Quién hace
tanta bulla? Quiero descansar, pero tampoco
quiero que se vayan. Me hace bien tanto
alboroto, tanto laberinto. La enfermera
me pide mi boleto. No lo tengo, pregúntele
a mis padres, tal vez esté escondido entre
las sábanas. El tren partió con media hora
de retraso. Miro las aguas del río. Ellas
también viajan, pero en sentido contrario.
Conforme suben se tornan más limpias,
más violentas, menos habladoras.

4

Silencio. Lo que necesito es silencio. Cierro
los ojos, acomodo la cabeza en la almohada
y trato de dormir. Pero no puedo. En cada
estación los ambulantes ofrecen sus productos:
bolsitas de cancha, de camote frito, de maní
tostado. Artesanía barata para turistas pobres.
La enfermera me trae la comida en una bandeja
de aluminio. Dice que volverá en dos horas.
Se llama Eulalia como la santa del pueblo,
como la marquesa de Darío que ríe y ríe y ríe.

5

Estación de Atocha, septiembre de 1986.
Frente a nosotros viaja una familia de gitanos.
El compartimento es pequeño y huele mal.
Aquí no hay cante jondo, ni romance con luna,
ni sangre de cuchillos. Con una navaja el padre
corta un queso. La niña duerme en faldas de la
madre, el niño me ofrece revistas pornográficas
por tres duros. El destino se aleja a la velocidad
del tren, se adentra en la noche, se hunde sin
piedad en la pupila del lobo. Me aferro a los
barrotes de la cama (“váca mi estómago, váca
mi yeyuno”). En la próxima estación se bajan
los gitanos. Y yo debería irme con ellos.

6

Imagina un tren que parte de una estación
cualquiera. Imagina que en cada estación el
tren se multiplica. Que lo que fue al comienzo
un tren solitario y reluciente son ahora miles
circulando sin control. Invadiendo lentamente
y en silencio cada vía sana y libre de tu cuerpo.

7

Infiernillo es rojo y da miedo. Estoy hablando
de mi primer viaje en tren (Lima-Jauja, 1967).
Atrás quedó Desamparados, la cuesta amable
de Chosica, Matucana, San Mateo. Mejor no
mires, advierte mi madre. Estelas de sal en los
rieles podridos de la Oroya (3,700 m.s.n.m.).
El tren perfora la montaña y la divide en dos
en tres, en cuatro. La enfermera pregunta
si he comido ancas de rana. Hace tiempo me
arrodillé ante la Señora de los Desamparados,
me preguntó si leía revistas pornográficas.
No supe contestarle. Me perturban los ojos
del niño gitano, su insoportable olor a queso.
Mejor no mires, advierte mi madre. Abajo
camiones pequeñitos transportan minerales
a una fundición. Me siento mareado. Mejor no
mires, advierte mi madre. Mejor no mires.

8

Eulalia entra a la habitación y pide mi boleto.
Volteo nerviosamente los bolsillos, reviso una
y otra vez la billetera, rebusco entre las sábanas.
Si no lo encuentro tendré que bajarme en la
próxima estación. No te preocupes, me dice
un pasajero. Ahora ya eres uno de los nuestros.

9

El tren es una mancha que enturbia la pureza
del paisaje. Perfora la quietud como una aguja
en la arteria, como la sangre que circula en un
cuerpo inerte, pero todavía vivo. Y el sol. El sol
benéfico que arde en los metales, en la memoria
que agradece la llegada del tren. Y me despierta.

Eduardo Chirinos©


“Palabras iniciales”, Roberto Fontanarrosa

Puto el que lee

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Roberto_Fontanarrosa_Retrato_WebLo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente.
Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.

El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

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“El almohadón de plumas”, Horacio Quiroga

”El Almohadón de Plumas”, cortometraje en Stop Motion basado en el cuento de Horacio Quiroga, Dirección y animación: Hugo Covarrubias, Voces: Leonardo Perucci, Laura Olazábal y Claudio Riveros. Asistente de dirección y producción: Muriel Miranda, Música: Ricardo Contese Chile, 2007. FIX Producciones.


“Borges al final del milenio”, Graciela N. Ricci

Ser para siempre pero no haber sido…
J.L. Borges, Los enigmas

Introducción

Cuando se nombra a Borges, no es raro que, en la mente de sus lectores, aparezca por asociación alguna de las numerosas imágenes reiterativas que invaden con generosidad su obra: laberintos, ríos, espejos, bibliotecas, relojes…
borgesGracias al particular estilo de Borges, pletórico di alusiones, inversiones, reversiones y juegos lingüísticos, gran parte de dichas imágenes ha ido transformándose y cargándose de connotaciones y estratificaciones semánticas inusuales, ambiguas, paradojales. Es el caso del ‘río’, lexema que Borges ha mencionado en innumerables ocasiones, citando en otras tantas la conocida frase de Heráclito: “No se entra dos veces en el mismo río”. El río, en los textos de Borges, se vuelve símbolo de la vida, en general, y del tiempo que pasa inexorable, pero al mismo tiempo, y a través de su uso reiterado, la imagen se ramifica adquiriendo densidades significativas. Dado que el río, junto con el espejo, es una figura que, en la historia y en la geografía de América Latina, ha asumido una importancia singular2, mi trabajo partirá de esta perspectiva, con la pretensión de aportar algunas reflexiones inéditas a los innumerables artículos sobre Borges que la inminente llegada del centenario de su nacimiento y del nuevo milenio ha hecho desbordar de sus cauces de papel. Y como creo que Borges es, a pesar de él mismo, uno de los escritores paradójicamente más representativos de Argentina, dichas reflexiones van a estar ligadas al país y al continente que lo vieron nacer.
La pasión de Borges por los ríos se puede conectar curiosamente con el hecho de que América Latina sea definida como el continente ‘al sur del río Grande o Bravo’ y que el Río de la Plata no signe solamente la entrada al país más austral, junto con Chile, sino que a veces se transforme en sinécdoque para nombrar a toda la Argentina, e incluso a Uruguay y Paraguay (la cuenca del Plata). El agua refleja, como los espejos, realidades sensoriales que son, esencialmente, ilusorias, y los ríos literarios de América Latina no escapan a esta característica: reflejar proyecciones deformadas que contribuirán a construir, a través de la palabra del que las interpreta, una historia del mundo soñada.
Así como Colón, hace ya más de quinientos años, describió narrativamente en sus cartas un paraíso de oro utópico para convencer a la mirada europea de que su viaje no había sido inútil, también nosotros, descendientes de su mente narrativa, continuamos proyectando cielos virtuales en nuestros ríos mentales. Y desde entonces, desde Colón en adelante, América, gracias a nuestros ríos-espejos, ha quedado colgada de un sueño que llena sus espacios de viajes, marcando a la Frontera como esa dimensión móvil que permitirá el reiterado diálogo entre la realidad y la utopía. No es por simple coincidencia que de Borges hayan surgido versos como los siguientes, tomados de su poema
Laberinto:

“No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro
que tercamente se bifurca en otro
Tendrá fin… “

Estas palabras de Borges dibujan, tal vez mejor que muchas otras, una característica de su pensamiento que, creo, es también propia del pensar latinoamericano: la repetición de lo elusivo, de ese movimiento de oscilación continua entre bifurcaciones laberínticas que impide la llegada a un centro. Es esa ausencia de un centro la presencia más fuerte en la obra de Borges; descentralidad que funda una dirección, define las tonalidades que marcan nuestra literatura y llevan, paradójicamente, a considerar a Borges un precursor de la post-modernidad y del modo de pensar multiprospéctico de este final de siglo.

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“Los dos reyes y los dos laberintos”, Jorge Luis Borges/Mariano Antonelli

Los dos reyes[1]Los dos reyes[2Los dos reyes[3Los dos reyes[4

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.”

Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

Jorge Luis Borges©

Ilustraciones de Mariano Antonelli©

Fuente: http://historietapatagonica.blogspot.com/


“Feichi pünh ta ñi elugemum kütxal–La noche que nos regalaron el fuego”, Cuento mapuche

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“Una piscucha de nombre Ramón”, Gabriel Morales

Cada  año, en el décimo mes… Ramón se preparaba para recibir con los brazos abiertos, esos vientos tan famosos, que, todavía aún, sobreviven en el recuerdo y en las pláticas de los mayores.

Él mismo, con sus propios dedos, tocaba y escogía, en los bambúes tiernos, las varas dóciles, pero resistentes, que le servirían para dominar las alturas y viajar sobre sus hombros; “hay que dejarse llevar por las alas del viento, pero teniendo también la fuerza suficiente para resistir sus cambios bruscos y inesperados, y poder regresar a la casa”. Decía con la mirada fija en el horizonte.

Preparar el engrudo era uno de sus oficios más felices, chiflando y  riendo, como quien ha hallado el hechizo mágico para alzar el vuelo convertido en pájaro.

Machacándolo con la clásica piedra de río, redonda y bien labrada, sacaba almidón de la yuca  y ya seco por el sol, lo ponía en un cumbo de lata, le echaba un poco de agua, lo meneaba con una cuchara de palo, a fuego lento; no sin antes agregarle las esenciales gotas de limón, que además, de resultar en un pegamento increíble, capaz de soportar los ventarrones, tenía la facultad de no arruinarse y durar mucho tiempo más.

Al empezar ha sentirse en el ambiente las primeras brisas, parecía como que las hormigas le picaban en los pies, y los nervios no lo dejaban quieto, porque de un momento a otro, se presentía que lo dormido de la tarde, se despertaría entre los árboles al ritmo de los fuertes soplos.

Entonces no aguantaba más, rompía el pequeño cuche de barro, sacaba sus ahorros y se iba él personalmente a comprar el papel de china.

“Yo voy a ir, porque a mí no me dan gato por liebre…” Decía entusiasmado.

Y era todo un acontecimiento verlo parado frente al despachador de la tienda, cerrando los ojos como mago de circo en trance, y con su mano, deslizaba palma y yemas sobre la fineza del papel y hablaba a viva voz…

“Para sentir el cuerpo como volando y lo fresco del norte dándome cachetadas en la cara…”
Y lo reafirmaba moviendo su cabeza, con la seguridad del que sabe lo que hace. Ramón podía leer y escribir, chapuceado, pero podía, y como el periódico era escaso por esta zona, cuando llegaba a caer en sus manos, lo cuidaba como a las niñas de sus ojos; pero no por que le gustara leerlo, sino porque el timón, o sea la cola, de sus inigualables barcos de papel, debía ser de la insustituible página de diario.
“Para poder subir y moverse entre los buenos y los malos aires, los flecos tienen que ser del mismo papel de china, lo único que de diferente color. Y la cola como es de un papel más grueso, es lo que le da resistencia frente al viento, y fácil encumbras la piscucha hasta donde querás…”

No había una sola de las piscuchas que fabricaba Ramón, que colaseara, se fuera de lado pues, enredándose en las ramas o viniéndose al suelo; nooo, se elevaban rectas, tipo candelita decían los cipotes, casi encima de la coronilla del que la hacía volar.
Y para eso de echar coca nadie lo igualaba, y si no me equivoco, él fue el primero en usar frenecillos de hilo de zapatero armado con las reconocidas hojas de afeitar Gillette.

Echar coca es cuando el que eleva piscuchas, con el hilo de la suya, enreda el de la otra, lo corta y se la trae para sí, volviéndose en el nuevo dueño de la piscucha atrapada.

Los días pasaban, el tiempo crecía y reía de oreja a oreja con nosotros.  Alcanzaba y sobraba para todo, Ramón estaba allí, sin darnos la espalda, con sus minutos siempre atentos para compartir sus consejos y su larga experiencia de a penas muchacho.

“Para jugar y divertirse, sólo necesitan mis criaturas, aire y viento…” Decía orgulloso de su habilidad.

Y ocurrió que por los asomos de la guerra, Ramón vio romperse un montón de amigos y amigas piscuchas, el corazón le dolió hasta el enojo y las lágrimas, y lloró como un niño sin poder hacer nada.

Los alrededores le parecieron oscuros y sin sentido, ya no había luz ni claridad, agarró un saco de henequén, guardó a todos sus hermanos y a su mamá, y se fue muy lejos… Donde el peligro no los tocara, y poder otra vez caminar y volar a su antojo, sin el enorme riesgo de perder lo colorado que le daba la vida, a pleno sol por sus mejillas.

Ramón no volvió nunca. Con la nostalgia y los años que se quedaron atrás, como en una fotografía vieja, para nosotros él sigue siendo el mismo; aunque haya cambiado sus piscuchas por a saber qué cosas.

Su sonrisa, en arco iris de papel volando por el cielo, desapareció por completo,  y de vez en cuando se ve por ahí, alguna chuca imitación surcando los aires.

Falso espejismo, que lo único que provoca es hacer soñar la memoria y traernos los recuerdos; como cuando aquellos torbellinos del viento bajaban a la tierra y arrastraban sombreros, ropa tendida, sacudían árboles, levantaban faldas.

En el octubre de ayer, Ramón tenía la magia de hacernos olvidar los caminos del mundo y transformarnos en pájaros de papel.

Gabriel Morales©

Datos del autor:

Salvadoreño, Graduado de Letras en la Universidad de El Salvador, UES. Escribe Cuento y Poesía. Ha publicado en Revistas y periódicos de su país. Tiene en su haber la obtención de varios premios a nivel nacional. Entre sus libros inéditos están los siguientes: “Cuentos Comunes y Corrientes”, “Cuentos Cerca de la Cuna”, “Cuentos Breves de los Últimos Días”; “Memoriales de la Vida, las Cosas, Usted y Yo”.

Más de su obra: http://cuentosajenosypropios.blogspot.com/


“La bella durmiente del bosque y el príncipe”, Marco Denevi

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La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.

Marco Denevi©


“El Lenguaje de las Estrellas”

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“El Lenguaje de las Estrellas”¹

El Sol y la Luna tuvieron doce hijos, seis mujeres: Taiwa, Pawak, Shawa, Tiyaylli, Warawa, Tsaiwa; y seis varones: Apauki, Uniwa, Iwa, Jallka, Amayami; que les gustaba cantar, bailar, conversar. Así, unos en el día otros en la noche, formando círculos o medias lunas, conversaban con la gente que les rodeaba. Dicen que las estrellas eran muy alegres, que las personas se contagiaban de su entusiasmo y energía, que por esa razón, la gente canta cuando trabaja, danza cuando está satisfecha con su trabajo, conversa para ahuyentar la soledad y solidarizarse con los demás. En este sentido, antiguamente los Yayas decían que mantener alegre el espíritu era la principal garantía del desarrollo y bienestar de la comunidad.

Dicen que un día Inti Tayta, Pura Mama y sus hijos estuvieron muy enfermos y tuvieron que retornar junto a su padre Pachakamak. Desde entonces no han vuelto, pero su energía, su alegría, sus cantos, sus diálogos se transmiten en cada parpadeo de las estrellas y en el brillo de los luceros; que por esa razón los Yayas² conocen el lenguaje de las estrellas, dialogan con ellas y saben en que momento se debe sembrar, saben determinar con precisión los días y los meses que transitan en este estrecho camino del tiempo.

Ariruma Kowii³©

 

¹Relato de su obra "Diccionario de nombres kichwas" (Kichwa shutikunamanta shimiyuk panka), Ecuador, 1998.

²Ancianos, personas de mucho respeto en la comunidad.
³Escritor Kichwa. Nació en Otavalo, Ecuador, en 1961. Maestro en Letras en Estudios de la Cultura en la Universidad Andina Simón Bolivar, Ecuador.


“Julio Cortázar lee el comienzo del capítulo 7 de Rayuela”

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. "


“Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento”

libreria La mañana del viernes 3 de abril de 1993, como prestador de servicio social del Juzgado Segundo de lo Civil en el distrito judicial del centro, me tocó auxiliar al Actuario de la mesa de asuntos pares para llevar a cabo un embargo en el Juicio Ejecutivo Mercantil 344/93. A las nueve en punto pasó por nosotros el abogado que llevaba el caso, recién bañado. Nos subimos a una camioneta que había estacionado en doble fila frente a las puertas del Juzgado.

Ser prestador de servicio social en un juzgado lleva las de perder cuando se trata de cargar, coser expedientes, ir a traer o dejar cosas. El actuario sacó de la gaveta el expediente, tomó su código, hojas blancas, papel carbón y me pidió cargar la máquina de escribir, una Olimpia de tapa blanca que pesaba casi 10 kilos y que ahora debe estar vendida como hierro viejo.

En la cabina de la camioneta, el abogado que litigaba el asunto ofreció llevarnos a comer unas carnitas a Zaachila si terminábamos temprano el embargo. El actuario con su cara regordeta volteó a verme y sonrió haciéndome un guiño. Promesa de por medio, nos perfilamos hasta una casa ubicada al fondo de una vecindad en el centro histórico, desde donde se veían los campanarios de Santo Domingo.

Hecho el trámite el Código de Comercio y la Ley General de Títulos y Operaciones de Crédito establecen para estos penosos casos, “constituido legalmente en el domicilio que se señala como de la parte demandada, y requerido que fue el deudor del pago que por concepto de tá tá tá…” se procedió a trabar formal embargo sobre bienes que bastaran para garantizar las prestaciones reclamadas, como no se encontraba en la ciudad el deudor, según informó quién dijo ser su sobrina, el Actuario al entrar al domicilio procedió a señalar los bienes objeto del embargo, vio un refrigerador destartalado, una estufa repleta de platos sucios y tazas con residuos de café, la casa era un cuchitril, un chaislone mugroso constituía toda la sala; no había nada digno de embargarse.

Al final del pasillo había una puerta cerrada, la sobrina dijo que ahí no podíamos entrar porque ese cuarto tenía llave, realmente no tenía llave, solamente estaba atrancada; al abrirla descubrimos que era una señora biblioteca, libros por todos lados, en las cuatro paredes, de extremo a extremo, desde el suelo casi hasta el techo, sobre banquitos, apilados en dos viejas sillas y en medio de tantos libros y un verdadero desorden, sobre una mesa de madera sólo había un pequeño espacio donde había hojas sueltas, apuntes y una maquinita Olivetti, de esas portátiles que venían en su estuche (para mí, que era quien las cargaba, todas las máquinas de escribir eran portátiles) a pesar de los ruegos de la sobrina para que no tocáramos ningún libro de la biblioteca, el Actuario dijo que con todos esos libros se garantizaba el pago del adeudo y sin hacerle caso a la muchacha me continuó dictando el acta y yo seguí escribiendo. Los dos cargadores, el mismo abogado litigante, el Actuario (a quien el abogado lo llamaba siempre “lic”) y yo empezamos a bajar los libros de los estantes y cargarlos hasta la camioneta.

Por mis manos de estudiante pasaron libros de todo tipo y diferentes editoriales, colecciones, enciclopedias, diccionarios… recuerdo que el Actuario me decía “a ver muchacho, bájame esos libros que están ahí a tu lado, esos grandotes colorados” (como si fueran mangos o ciruelas que se bajan de un árbol) se refería a la colección original de 1888 de “México a través de los Siglos”; “Ayúdame a cargar estos verdecitos de pasta roñosa” (era la colección completa de los Clásicos editada por Grolier) “Estos chiquitos yo creo que los dejamos lic, no han de valer mucho, son de puras caricaturas” (se refería a los libros de Rius).

Recuerdo haber tenido, durante las casi 5 horas que duró la diligencia, libros que iban desde Emecé, Siglo XXI, Porrúa, Lumen, Editores Unidos Mexicanos, Planeta, Fondo de Cultura, toda la biblioteca breve de Seix Barral, Ediciones de Cultura Popular, Espartaco, Jus, Grijalva, Era, colección Austral y la famosa BAC, hasta libros viejos que venían de la librería del Señor San Germán y Julián S. Soto en el Oaxaca del siglo XIX, pasando por las ya desaparecidas ediciones Botas, Dante quincenal y Sepsetentas.

Casi al terminar, el abogado litigante, empapado en sudor se me acercó y en voz baja me dijo: “órale mi lic, chínguese un libro, mire, aquí encontré éste que le puede servir para la carrera” era una edición reciente de “El abogado del diablo”, que no se lee ni por equivocación en la facultad de Derecho.

Nunca supe bien quién era el demandante en el juicio ni quién era el dueño de tantos libros, ignoro por qué no pagó la deuda o por qué nunca acudió a defenderse en el juzgado, sólo recuerdo que al final, cuando ya quedaban pocos libros y los estantes estaban casi vacíos, noté que las hojas que al principio estaban sobre la mesa, ahora estaban regadas en el suelo, levanté este pequeño legajo que en su hoja frontal decía “breve manual para robar libros y no sentir remordimiento” lo que llamó mi atención y me hizo tomarlo antes de salir, bañado de polvo, rumbo a mis clases vespertinas en la facultad.

Hace poco, en un cambio de casa encontré este documento dentro de una caja donde guardo diversos papeles que aún conservo de mi época universitaria. Por si llegara a ser útil a alguien que leyere esto, aquí lo transcribo tal cual:

“BREVE MANUAL PARA ROBAR LIBROS Y NO SENTIR REMORDIMIENTO”

I.- ¿POR QUÉ ROBAR UN LIBRO?

(Parte deontológica en el fino arte del hurto a las librerías)

Un libro es como un hijo para quién lo ha escrito, el autor siempre se queja que cuando alguien roba su libro y no lo compra, él está perdiendo, pero desde el momento en que lo saca a la calle y lo pone a la venta, ese vínculo de consanguinidad literaria se rompe ¿Cómo puede alguien vender un hijo y rebajarlo con un descuento para lograr que se lo lleven? El libro es de quien lo lee, así sea transitorio y fugaz este elemental acto. La posesión bibliográfica es un derecho que legitima la forma en que se obtiene.

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“Acerca de la actualidad de la poesía”

mucha-alphonse-mucha-nouveau-reverie-1186102 En el contexto de una época caracterizada por la búsqueda del éxito inmediato y por el culto de la imagen, dominada por las exigencias del mercado e indiferente a los intereses más profundos del ser humano, la poesía aparece como una manifestación extraña y en cierta forma anacrónica.

Es cierto que también los otros géneros literarios tienen dificultades para acceder al reconocimiento del público, pero es no menos indudable que todos ellos (la novela, la dramaturgia, el cuento y el ensayo) generan un promedio de ventas mayor al de los libros de poesía. La pregunta que se impone es entonces la siguiente: ¿Qué es lo que hace al poeta reincidir?, ¿Qué es lo que sostiene su misteriosa actividad? No está muy claro que exista una sola respuesta a esta pregunta, ni siquiera está claro que exista alguna, pero una posible contestación es la siguiente: la poesía es, justamente a causa del lugar marginal que ocupa en la sociedad de nuestro tiempo, la más indicada entre todas las actividades humanas para generar un proyecto de vida alternativo.

Al no buscar el éxito y al no "pretender " cambiar la sociedad, representa una acción que constituye un fin en sí misma. Una acción que le permite al hombre objetivarse evitando al mismo tiempo el riesgo de toda alienación. Decir que la poesía actúa sin pretender no equivale a presentarla como cómplice de un determinado orden social y político, sino presentarla en su aspecto más característico: como un misterio que irrumpe en la existencia del ser humano transformándola. La poesía es crítica respecto de cualquier sistema, y lo es por el hecho de utilizar el lenguaje en un sentido distinto al cotidiano, haciendo posible de ese modo el acceso a realidades virtuales que tornan más amplia, fecunda y profunda nuestra experiencia vital.

La dignidad de la actividad poética radica en que usa al lenguaje como un medio para acceder al interioridad del ser humano, o para mostrar el modo en el cual el ser se manifiesta en cada época, por utilizar una expresión heideggeriana. Por usar el lenguaje como un fenómeno estético, es ajena a su empleo en un sentido retórico. No busca producir un efecto, no pretende convencernos de nada, simplemente sucede, y logra transformar el ser del hombre modificando sus intereses y su concepción del mundo en el cual le ha tocado habitar.

La poesía pertenece al ámbito de la libertad inevitable. Pertenece al ámbito de la libertad porque es una acción que constituye un fin en sí misma, pero al mismo tiempo pertenece al ámbito de lo inevitable, ya que nadie, ni siquiera el mismo poeta, puede evitar que tenga lugar la experiencia poética.

Si el poeta sintiese que puede prescindir de su obra debería hacerlo, ya que la poesía, como toda obra de arte, tiene su origen en una intuición de carácter misterioso que luego es desarrollada por obra y gracia del "oficio" del creador. La inspiración es amiga del esfuerzo diario, dijo Baudelaire; pero la intuición debe ofrecérsele al poeta sin que éste la demande, y ella habrá de ser siempre el punto de partida de la poesía auténtica.

Creo que no hay mejor manera de acceder al significado de la palabra poesía, en la medida que esto resulta posible, que remitiéndose al significado etimológico del término. La palabra poesía procede del griego poiesis que significa producción; pero eso no basta para agotar el tema, ya que es evidente que no toda producción es una poesía ¿cuál es, entonces, la diferencia fundamental entre la poesía y las otras formas de producción? La respuesta es muy simple: lo propio del hecho poético es que éste no produce objetos como un medio para conseguir alguna otra cosa, sino que es una acción que constituye un fin en si misma, esa es la razón por la cual quienes cultivan la poesía pueden encontrar en ella una forma de realización no material.

La poesía resulta fundamental en una época como la nuestra porque en ella, como bien lo advirtiera Max Horkheimer, cada vez somos más incapaces de hacer una cosa por amor a ella misma. No resulta casual que filósofos como Nietzsche o Heidegger, que constituyen referentes fundamentales del pensamiento actual, hayan visto en la poesía una posible superación de la misma filosofía, esto se debe en el caso de Heidegger al hecho de que el lenguaje poético estaría más cerca del ser que el filosófico; y en el caso de Nietzsche a que la poesía no es especulativa sino productiva, como lo expresara el propio Nietzsche en sus escritos.

Para terminar, entonces, tendríamos que decir que la poesía es paradójica en tanto y en cuanto constituye una pasión activa que nos libera del plano de lo cotidiano para transportarnos a un plano más trascendente al cual el poeta no puede ni debe calificar. La poesía es, en ese sentido, una aproximación a lo inefable que se distingue por su enorme capacidad de sugerir.

Alejandro Félix Raimundo©


“La sueñera”, por Ana María Shua

lasuenera

1

Para poder dormirme, cuento ovejitas. Las ocho primeras saltan ordenadamente por encima del cerco. Las dos siguientes se atropellan, dándose topetazos. La número once salta más alto de lo debido y baja planeando. A continuación saltan cinco vacas, dos de ellas voladoras. Las sigue un ciervo y después otro. Detrás de los ciervos viene corriendo un lobo. Por un momento la cuenta vuelve a regularizarse: un ciervo, un lobo, un ciervo, un lobo. Una desgracia: el lobo número treinta y dos me descubre por el olfato. Inicio rápidamente la cuenta regresiva. Cuando llegue a uno, ¿logrará despertarme la última oveja?

2

Un grito entra por la ventana. Si lo dejo salir, volverá a molestarme. Rápidamente bajo las persianas y me entiendo con él. Le propongo sonar libremente en los horarios que prevé el reglamento. El es frugal. Yo soy generosa. Sin embargo, la convivencia resulta imposible. A la larga, dormir toda la noche con un grito reprimido suele traer dolores de cabeza.

3

Estoy bien despierta por ahora, acostada en el borde de un sueño hondo. El fondo no se ve. El agua es viscosa y corrupta. A veces, salen monstruos. Sin embargo, no me asusto. En la vigilia estoy seca y segura: un palazo bien dado y zácate, monstruo al agua. Lástima que con tanto ajetreo no voy a poder dormirme nunca.

4

Quiero dormir. Ante los Dioses del Sueño, postrada, imploro. Este es tu sueño me responden furiosos. Entonces, quiero despertar. Caminarás, me ordenan, por un largo pasillo. Hallarás dos puertas. Una de ellas guarda tu despertar. La otra, la más monótona de tus pesadillas, que es la muerte. Debes abrir una: el azar o tu ingenio pueden favorecerte. Camino por un largo pasillo hasta alejarme de los Dioses del Sueño. Veo dos puertas. Junto a ellas, inmóvil, espero. Creado por Dioses tan poderosos como los del sueño, tarde o temprano sonará el despertador.

5

Apenas cierro los ojos, me caigo. Con los ojos abiertos, busco la grieta. No encuentro la solución de continuidad en el aire. En las sábanas hay hormigas, pero no huecos. Al colchón no lo reviso: para mí es como un hermano. Todo bajo control, vuelvo a dormirme. Apenas cierro los ojos, me caigo.

6

En la selva del insomnio no es necesario internarse. Crece a mi alrededor. No hay bestias más feroces que los grillos. En un claro, creo divisar el sueño. Me acerco lentamente, acallando, para no despertarlo, el rumor de mis pasos. Sin embargo, cuando recojo la red, está vacía. Para volver a encontrar la pista tengo muchos recursos: enumerar los árboles del bosque, olvidarlos, concentrarme en el curso de las aguas de un río, tomar café con leche (varias tazas), recordar hacia atrás o hacia adelante. Entretanto, por un momento, me distraigo, y el sueño se arroja sobre mí. Me duermo tan feliz que no recuerdo ya quién era el cazador y quién la presa.

7

Quebrado su frágil sueño, se levanta. De un extremo a otro recorre la habitación, desesperado. Una y otra vez ataca la fuente del ruido, tratando de eliminarla o alejarla. Ojeroso, vencido, cae por fin y se duerme, acunado por su propio agotamiento. Qué poco dura tu frágil sueño, mi pobre mosquito. Qué pronto lo quiebran de nuevo mis pasos insomnes.

 

Ana María Shua©


“En busca del tiempo leído”, por Laura Devetach

Primera parte:

Los textos que nadie nos puede quitar

Quiero referirme a algunos aspectos del acercamiento a la lectura de ficción y poesía que no tienen mucho que ver con las relaciones “oficiales” propuestas para el abordaje a estos textos. Me refiero al reconocimiento y valorización de los orígenes, de las fuentes del tiempo leído con deseo, con gozo, sufrimiento, curiosidad, sobresalto. Me refiero a ese tiempo privadísimo que se logra transgrediendo algunas normas de la vida cotidiana institucionalizada. Un tiempo no cronológico durante el que nada se mide, ni se pesa, ni se ciñe a obligaciones. Suele suceder en lugares no convencionales y comienza con la vida misma, mucho antes de que aprendamos a leer la letra escrita.

Tiempo neto leído, me gusta llamarlo, –si tengo que hablar del que fuera mío– con sabor a fruta caliente, al inalienable tiempo de la siesta, o al de la noche, a escondidas y con linterna, o en el baño, o en la cama, o debajo de la cama. La cuestión era aislarse, sustraerse del espacio-tiempo lineal para deambular en los cuentos, en los poemas. Construir una burbuja, un lugar en el mundo sin nuestros adultos, aunque fuese ahí nomás, al lado, pero dejándolos afuera de esas búsquedas de los caminos de la libertad.

* * *

Para muchos chicos de mi generación, (finales de los años 30 y los 40) –y creo que para casi todos los chicos– la vida se iba llenando de palabras, de historias o de fragmentos de historias, ritmos y cadencias escuchados al vuelo. Historias contadas o, simplemente, cosas dichas sobre la vida cotidiana. Los chismes, los sucedidos, las narraciones de películas vistas o de las novelas por capítulos que salían en las revistas de la época, las poesías populares, las canciones. Y los repetidos estribillos del folklore familiar privado:

medio de pan

medio de criollo

seis facturas.

Repetido y repetido para no olvidar, hasta que se convertía en puro ritmo, en una pequeña canción. O las letanías maternales:

tendé la cama

peinate

llevá un saquito

comé todo.

Y nosotros remedando –esa palabra decíamos–:

llevá un sapito

llevá un coquito

llevá un ñañito

llevá un plopito.

O –Mamá, quiero ir a lo de la Nené.

–Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe.

–¿Qué es cántaro, mamá?

– (silencio musical)

–¿Qué es cántaro mamá? ¿El que canta–ro?

Y todo se repetía como en un ritual o en un juego

¿De dónde salen las palabras luminosas si no es de situaciones como esas? La literatura y el habla cotidiana se mezclaban en una oralidad no comprendida todavía. A veces, para nosotros, las palabras eran pura cadencia, tonos y tramas que nos decían muchísimas cosas misteriosas.

Lo escuchado vino de la mano del ritmo, del gesto, del olor, del afecto, del gusto. La palabra entraba por todo el cuerpo. Eran palabras con olor a humo, gusto a buñuelos, mandarinas verdes, ardor en los labios, un chirlo en la cola, moras calientes, la tonada de la región del Litoral, la fuerza o suavidad de una mano que nos ata el moño a la cabeza, el olor del mate que aún no tomábamos. Eran, son, palabras en el cuerpo.

Todo esto fundó un piso, inició un camino, preparó un espacio para los libros de cuentos y poesías que a algunos de aquellos niños que fuimos, por suerte, nos llegaron. A muchos otros no, ya se sabe. John Berger, escritor y pintor inglés que desde sus obras me ayudó tanto en estas indagaciones, dice: La elección de una palabra es como encontrar el lugar preciso del cuerpo que se quiere tocar con la lengua materna” .

Para eso hay que tener un sentido del cuerpo completo, del cuerpo en la realidad, que es la que nos ayuda a tener una identidad. Berger se ocupó también de la mirada como un instrumento para leer la realidad. Con su programa de la BBC en los años 70 que se llamaba “Modos de ver” ayudó a un inmenso público a apreciar el arte. Dice también: Creo, como creían los chinos, que lo que parece una creación no es sino el arte de dar forma a lo que se ha recibido .

Laura Devetach, escritora argentina, nacida en Reconquista, provincia de Santa Fe. Autora de “La torre de cubos”, “El brujo de los tubitos”, “La hormiga que canta” y “Así, así, asá”, entre otros numerosos e imperdibles títulos.


¿Qué idioma se habla en Puerto Rico?, por Luis López Nieves

INTRODUCCIÓN

Recientemente estuve en el Primer Congreso de la Lengua Española, celebrado en la hermosa ciudad de Zacatecas, México. Allí descubrí, asombrado, que un alarmante número de hispanohablantes no está muy seguro de cuál es el idioma de Puerto Rico. Esta nota pretende aclarar esta duda.

TRASFONDO HISTÓRICO

En el siglo XIX casi toda Hispanoamérica se liberó de España, excepto Cuba y Puerto Rico. En el 1898, tras la mal llamada guerra Hispano-Americana (Hispano-Estadounidense), los norteamericanos se quedaron con Puerto Rico como botín de guerra. De inmediato impusieron el inglés como único idioma oficial de la nueva colonia. El nombre del país, incluso, cambió a Porto Rico. El gobierno, de generales y civiles norteamericanos, operaba en inglés. El sistema escolar enseñaba en inglés desde el primer grado. Niños de seis años de edad, tanto de la ciudad como del campo, debían recibir instrucción en inglés.

Claro, los puertorriqueños no hicieron caso. Los maestros daban las clases en español y sólo cambiaban al inglés -con la complicidad de los estudiantes- cuando alguno de los supervisores gringos se asomaba al aula o salón de clases.

En el 1948, tras una larga lucha de cincuenta años que no tengo espacio para contar, los gringos se dieron por vencidos. Aceptaron el español como idioma dizque cooficial y permitieron que el sistema educativo regresara al español. Los gringos simplemente oficializaron la realidad, porque el idioma de un país no se cambia por decreto.

(La situación de los puertorriqueños que han emigrado a Estados Unidos es otra. Al igual que los mexicanos, dominicanos, colombianos y demás latinoamericanos emigrantes, la lengua que hablan ha sufrido cambios. Pero el tema que hoy me ocupa es el español hablado en la Isla de Puerto Rico.)

HISTORIA INMEDIATA

A fines de la década del 80, Rafael Hernández Colón, gobernador autonomista de Puerto Rico, decide eliminar al inglés como idioma cooficial y anuncia que la única lengua de Puerto Rico será el español, aunque el inglés seguirá enseñándose como lengua extranjera, al igual que en otros países.

La comunidad hispánica del mundo, con sobrado motivo, celebra la acción de Hernández Colón. España, por ejemplo, nos otorga (al Pueblo de Puerto Rico) el Premio Príncipe de Asturias por nuestra defensa del español. No se olvide que nuestro enemigo es el imperio más poderoso de todos los tiempos y que nosotros, en cambio, somos el país más pequeño de Hispanoamérica, un poco más chicos que El Salvador.

Bueno, unos pocos años después, en el 1992, un anexionista recalcitrante gana la gobernación de Puerto Rico. Absolutamente histérico, lo primero que hace al llegar a La Fortaleza (residencia oficial de nuestros gobernadores) es volver a designar al inglés lengua cooficial de Puerto Rico.

Eso fue todo lo que pasó. Un decreto. Una ley. Cosas que ocurren sobre el papel.

ACTUALIDAD

La noticia de la restitución del inglés como lengua cooficial ha creado gran confusión fuera de Puerto Rico. Al no conocer su mero carácter burocrático, algunas personas han pensado que el español se dejó de hablar o que se impuso al inglés como lengua única obligatoria.

La lengua de Puerto Rico es y será siempre el español. Estamos, eso sí, bajo un fuerte ataque de los gringos que quieren que hablemos inglés. Somos el único país de Hispanoamérica que todavía es colonia. Necesitamos el apoyo de todos los hispanohablantes. Somos el hermano menor que pasa por un momento difícil; sin embargo, como no tenemos representación diplomática propia, a menudo la comunidad hispana del mundo nos excluye de actividades a las que debemos asistir por derecho propio, como es el caso de las cumbres de jefes de estado ibero-americanos. La poca representación que tenemos en el mundo es vicaria, por medio de los hermanos cubanos, que nunca nos han olvidado. Desde la otorgación del Premio Príncipe de Asturias también hemos visto un fuerte apoyo de la prensa española. A ambos les damos las gracias.

El español de Puerto Rico está vivito, coleando y dando candela… como decimos los puertorriqueños. Todos los días luchamos para que siempre sea así. ¿Cómo pueden ayudarnos los demás hispanohablantes?

  1. Háganle saber al mundo que en Puerto Rico el español sigue vivo y en lucha, porque es la verdad.
  2. Incluyan a Puerto Rico en todas las actividades que atañen al mundo hispano, porque somos hispanos.
  3. Conozcan en lo posible nuestra literatura e inclúyanla en sus antologías de literatura hispanoamericana, porque somos hispanoamericanos.
  4. Envíen copia de este artículo a todos sus amigos, para que se enteren.

Muchas gracias, Luis López Nieves.

San Juan de Puerto Rico, Abril de 1997.

Nota: Publicado por la revista mexicana “Archipiélago”, Núm. 11 Año 2 / Marzo-Abril 1997, p.10.