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«Su excelencia», Javier Obregón Gómez

santosyubero

Antonio Muñoz Molina con su habitual rigor y buena prosa nos dejaba en el suplemento de El País, Babelia, de la semana pasada un artículo de opinión con el título de «Su Excelencia» que merece, como todos los suyos, ser leído. Y éste me ha llamado especialmente la atención. Reflexiona sobre su vida, en su pueblo Úbeda, Jaén, allá por la década de los 60 siendo niño, a los que su buena memoria le hacen aún hoy fácilmente recordar. Fueron años, nos cuenta, de ausencia de libertades, de conmemoraciones patrióticas, de retratos de Franco y José Antonio en la escuela, de conmemoraciones de efemérides y batallas gloriosas en una retórica de lirismo falangista y arenga cuartelaria que lo invadía todo.

Esos años yo, como niño, también los viví. Jugábamos a nuestros propios juegos infantiles en el Paseo Pereda o en el Patio del Instituto de Santa Clara, pero no me llegó ese ambiente opresor excluyente y triste del que nos habla Antonio Muñoz Molina que le tocó vivir. Éramos una familia que teníamos pocas simpatías a Franco ,y sólo nos llegaba como rescoldos casi apagados la vida oficial Régimen en sus actos y parafernalia partidista . Pero también a mi esos recuerdos, de la década de los 60, se me hacen vivos ,aunque se me olvidan quiero recordarlos y más de una vez me confunden, pero están ahí, y forman parte de mi vida y mi niñez. El franquismo nos llegaba, yo diría apagado ,atenuado y de refilón.

Los largos nodos que precedían a las películas de un Franco omnipresente, inaugurador de pantanos nos aburría; Jugábamos en pandillas señalando a los rojos» por su uniforme a los del Colegio de la Sagrada Familia, sin saber muy bien las connotaciones de tal adjetivo, nosotros los azules los del Colegio de San José, éramos los buenos, ellos los malos a los que en nuestras bandas infantiles había que pegar. Sabíamos de la existencia de una piscina climatizada en La Alameda de la Falange, a la que nunca asistimos. Visitamos entusiasmados los actos la Semana Naval en 1968 viendo barcos, destructores y portaviones, señal inequívoca del poderío de la España Imperial y nos gustó, teníamos 14 años. La visita a nuestra ciudad del Caudillo aplaudido por masas enfervorecidas nos dejaba exhortos, le veíamos pequeño y diminuto desde lo alto de un balcón de Jesús de Monasterio, contemplando los pañuelos agitados al grito de !Franco¡ !Franco¡ En las clase de Formación Política que se nos impartía en Instituto de Santa Clara se nos recordaba los principios fundamentales del falangismo, se denostaba a la democracia, y se tildaba con todo tipo de insultos a historiadores como Menéndez Pidal, a escritores y políticos como Lorca, el homosexual; a Azaña, el verrugas; a Lutero , el monje impío y de lascivos deseos… Fueron también años de imágenes y de recuerdos penosos, de cosas que no entendíamos y nos era difícil de encajar para nosotros como niños que éramos y a los que no encontrábamos explicación.

Vimos subir a cientos de santanderinos por la calle de Francisco Quevedo, para asistir a un fusilamiento público, ejemplar se decía, en el Cuartel del Alta de un chico joven que había dado muerte en un atraco a un guardia civil. Pese a todo jugábamos y nos divertíamos, las chapas y las canicas ocupaba una gran parte de nuestro tiempo, el fútbol y el ciclismo nos deleitaba. Seguíamos con apasionamiento la marcha de nuestro Racing y nos entusiasmaba los triunfos de nuestros ciclistas locales (Pérez Francés, Ventura Fernández)…

Pero al rememorar ese tiempo pasado y leer como recientemente el Tribunal Supremo en una sentencia indicaba que el 1 de Octubre de 1936 ya era Franco jefe del Estado de España, comprendo la indignación Antonio Muñoz Molina ante el silencio y la incomprensión de muchos historiadores que no han querido significarse ante el tamaño de tales aberraciones históricas, cuando lo más propio hubiera sido señalar la ilegalidad de esa acción conspirativa, la de la insurrección del 18 de julio, en un régimen que por esa fechas seguía siendo aún la República reconocida internacionalmente con un presidente elegido democráticamente. A uno no le hace falta ser radical, escribe Antonio Muños Molina, para que la sangre se hiele en las venas al enterarse que el Tribunal Supremo, el templo civil de la legalidad democrática, el cónclave de las mentes jurídicas más sabias y más escogidas del país, considera que aquel día primero de octubre de 1936 el jefe del Estado de España era el general Franco. La últimas palabras del autor en este articulo son ciertamente esclarecedoras . No es decente que al cabo de medio siglo la tumba de un dictador sea un monumento público…. No es decente ni es lícito, y ni siquiera creo que sea legal, aunque lo autorice el Tribunal Supremo. Soy, de los que piensan, que los recuerdos de muchos que vivieron esos años ,de los emigrantes, de los encarcelados, de las familias de los fusilados, de los marginados y perseguidos son motivos más que suficientes para que se proceda a borrar ya definitivamente con la mayor celeridad posible ese símbolo mortuorio, público ,el del Valle de los Caídos del quién lo hizo posible.

Javier Obregón Gómez© https://www.facebook.com/javi.tron.16/posts/1607776002686695