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“Un error”, Gabriel Alzate

24f470da9e0ad64586c2a15cfe620a66Les habían dicho que aquella mañana llegarían al pueblo.
Desde temprano salieron a esperar en la carretera principal. Habían ido casi todos con excepción de algunos ancianos y unos niños a los que fue imposible despertar.
Alguien avisó que la hora había llegado.
Otro más comentó que no podía tardar.
El sol subió y se puso vertical. La expectativa fue creciendo con la tarde: entonces resolvieron sentarse a descansar, pero en sus ojos continuó la espera y el posible asombro.
A eso de las cuatro, cuando el sol cegaba y era necesario usar la mano a modo de visera para detallar las montañas, los caminos y las grutas en las rocas, ya habían olvidado a los que quedaron en el pueblo.
En la noche, cuando regresaron cansados y desilusionados a contarles a los demás que nadie se había presentado, hallaron el pueblo en ruinas: ni una señal de vida, ni un quejido, ni leños humeantes. Nada.
Todo fue, según dedujeron, un simple error: el invasor se había presentado a la hora justa. Con terror justo acabó el poblado y a quienes quedaron en él.
Decepcionados, los invasores se marcharon maldiciendo la cobardía de los hombres que, abandonando a sus ancianos y a sus niños, habían resuelto huir.

Gabriel Alzate©


Nació en Medellín, Colombia, en 1951. Profesor de Literatura en la Universidad Nacional del Valle, director de la biblioteca de la Universidad de San Buenaventura, en Cali. Ganó el Premio Nacional de Novela de su país en 1985, con Baile de máscaras. Otras obras: La hora del lobo (cuentos). Los muchachos son ustedes (cuentos). Este cuento fue tomado de la revista Ekuóreo Nº 14, Cali, Colombia, marzo de 1981


“La mujer con aros inmensos…”, Carlos Skliar

marinavivirfuegoLa mujer con aros inmensos y pelo recogido lee Vivir en el fuego de Marina Tsvietáieva. Con asombro repentino, como si hubiera dado con un mensaje crucial, marca y remarca con su lápiz labial una parte del texto. Sonríe, luego, con un erotismo que sobrecoge a todos. Compro ese libro enseguida. Paso días buscando, sin éxito, esa frase.

Carlos Skliar, de su libro “No tienen prisa las palabras”


“Venganza inocente”, Dolores Espinosa

El pequeño baja todos los días a la playa portando dos diminutos cubos. Se acerca a la orilla, recoge agua, sube hasta donde se encuentra la arena seca, tira el agua, regresa a la orilla y vuelve a repetir todo el proceso. Una y otra vez. Durante toda la tarde. Incansable.
Si alguien le pregunta qué hace, él responderá sin detenerse:
-Seco el mar.
Si ese alguien le inquiere sobre el por qué, el pequeño se detendrá, mirará fijamente al inquisidor, y responderá:
-Porque él se llevó a mi papá.
Y aferrando con fuerza sus pequeños cubos, continuará, tenaz e infatigable, con su fútil venganza.

Dolores Espinosa© http://testamentodemiercoles.blogspot.com/


“Tráfico (accidentes ejemplares)”, Javier Setó

Fue cuestión de mala suerte. No nos pusimos de acuerdo. Yo le cedía el paso y él a mí. Yo se lo volví a ceder y él me hizo seña de que pasara. ¡Parecía que no se fiara! Le volvía a hacer seña y él a mí. Por un momento nos quedamos los dos parados, ¡y justo cuando arranco se le ocurre pasar! Porque llevaba yo el coche. Si llega a ser a la inversa, a ver quién estaría ahora contándolo.

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Fue culpa suya. No nos poníamos de acuerdo. Yo le cedía el paso y él a mí. Yo se lo volvía a ceder y él me hacía seña de que pasara. ¡Parecía que no se fiara! Me fastidia la gente desconfiada. Cuando pasó, me lo llevé por delante.

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Nunca me explicaré qué hacía ese tío allí en medio.

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Ya íbamos picados desde unas cuantas calles atrás. Cuando nos paramos en aquel semáforo rojo, al lado de la hierba, a los dos se nos ocurrió lo mismo. Bajamos para liarnos a hostias. Él era más fuerte. ¿Qué tiene de raro que yo cogiera la inglesa? Que se lo hubiera pensado antes de bajarse. Mejor, antes de hacerme la putada.

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Pero ¿quién iba por su carril? ¿Él o yo? Entonces ¿a qué tanta discusión? Si se tragó el pilote, que se joda.

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¿Que él iba por su carril? De acuerdo. Pero yo tenía que meterme, y él ya podía verlo. Y además yo llevaba el camión. Loco y cabezón: por eso se fue al barranco. ¿Yo qué tuve que ver?

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Lo que más me fastidia es que tuviera que ser yo precisamente quien lo atropellara.

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Yo siempre se lo he dicho a mi mujer: tenía que estar prohibido que la gente pasara por los pasos cebra. Son criminales.

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Por más que me juren, yo aquella isleta con el árbol no la había visto jamás.

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Como un conejo. Igual que un conejo.
Sólo sé que debió ver las luces y se quedó paralizado. Yo también. ¿Qué iba a hacer? Era de noche y de pronto sólo lo vi a él. Tiempo a frenar, no me daba. ¿Qué iba a hacer?
Le pasé por encima. Ya digo. Como un conejo.

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Debía estar de Dios, porque, por más que hice por esquivarlo, siempre aparecía delante.

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A mí que no me digan. Vino directo hacia mí. Prácticamente se metió debajo de las ruedas. Ese tío era un suicida, un tarado. Bastante que tuve que verlo, me abolló el coche y me hizo llegar tarde… Y ya la tenía convencida. Ese día caía… Fijo… No quiero ni acordarme. El que peor parado salió, a fin de cuentas, fui yo. El tío quería morirse: santo y bueno. Yo quería lo otro: me jodí. Entonces ¿a qué tanto jaleo?

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¡Qué tío más malo! Era de estos pesados, ya saben, de esos que van apollardaos, sin saber por donde les da el aire, como de paseo, sin ninguna consideración por los demás que circulamos con ellos y que trabajamos y no podemos permitirnos el lujo de dedicarnos a la vida contemplativa.
¡Qué jodío! Además, ni comía ni dejaba comer. No me extrañaría que lo hiciera a propósito, hay gente que es así. Intentaba pasarlo por la izquierda: para la izquierda que se iba. Lo intentaba por la derecha: allí estaba, siempre en medio. De verdad: no había visto un tío más malo conduciendo desde aquella mañana. Me tenía nerviosito perdido.
¿Que lo adelanté? Claro. En cuanto pude. Si se espantó y se empotró contra el camión, ¿qué culpa tuve yo? En el fondo, mejor para él. Mejor para todos. Créanme.

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Ya lo vi venir desde lejos. De esos tíos que se creen los amos de la carretera y que parece que les han puesto un petardo en el culo, con perdón. Venga a pegarse atrás, y a sacar el morro, y a adelantar a la mínima. De verdad: esa gente es un peligro para todos.
Lo único que pensé cuando se empotró con el camión fue: ¡se la dio!, y luego, que no me pasara nada a mí. También, y que Dios me perdone, que sólo había tenido lo que andaba buscando.
¡Claro que levanté el pie del acelerador! ¡Claro que le facilité la maniobra! ¡De verdad! ¡Lo juro!

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¿Que el abuelo se acojonó cuando lo adelanté y se fue al barranco? ¿Y qué tengo yo que ver con eso?

Javier Setó©

 

 

 


“Selección de Microrelatos”

“MALA SUERTE”

Chang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó el arte de matar dragones y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de ejercerlo.

Jorge Luis Borges

“IRREBATIBLE”

Nuestro Profeta, ¡sean con él la paz y la plegaria!, dijo: “El verdadero sabio es el que prefiere las cosas inmortales a las perecederas.” Y se cuenta que el asceta Sabet lloró tanto, que se le enfermaron los ojos. Entonces llamaron a un médico, y le dijo: “No puedo curarte, como no me prometas una cosa”. Y el asceta preguntó: “¿Qué cosa he de prometerte?” Y dijo el médico: “¡Que dejarás de llorar!” Pero el asceta repuso: “¿y para qué me servirán los ojos si ya no llorara?”

Las mil y una noche

“LA CREACIÓN DE EVA”

Adán se sintió invadido por un profundo sopor.
Y durmió. Durmió largamente, sin soñar nada.
Fue un largo viaje en la oscuridad. Cuando despertó.
Le dolía el costado y comenzó su sueño.

Álvaro Menén

“EL CASTILLO”

Así, llegó a un inmenso castillo, en cuyo frontispicio estaba grabado: “A nadie pertenezco, y a todos; antes de entrar, ya estabas aquí; quedaras aquí, cuando salgas.”

Diderot

“LOT”

-¡Que tedio puede llegar a padecerse al lado de un justo!
Todos se divierten en Sodoma, menos en esta familia
En la que tanto se teme al pecado-. Y exasperada
La mujer de Lot prosiguió su soliloquio:
-¿Es que nada vendrá a darle sabor a mi vida?

Olga Harmony

“EL ENIGMA”

El gran mago planteó esta cuestión:

—¿Cuál es, de todas las cosas del mundo, la más larga y la más corta, la más rápida y la más lenta, la más divisible y la más extensa, la más abandonada y la más añorada, sin la cual nada se puede hacer, devora todo lo que es pequeño y vivifica todo lo que es grande?

Le tocaba hablar a Itobad. Contestó que un hombre como él no entendía nada de enigmas y que era suficiente con haber vencido a golpe de lanza. Unos dijeron que la solución del enigma era la fortuna, otros la tierra, otros la luz. Zadig consideró que era el tiempo.

-Nada es más largo, agregó, ya que es la medida de la eternidad; nada es más breve ya que nunca alcanza para dar fin a nuestros proyectos; nada es más lento para el que espera; nada es más rápido para el que goza. Se extiende hasta lo infinito, y hasta lo infinito se subdivide; todos los hombres le descuidan y lamentan su pérdida; nada se hace sin él; hace olvidar todo lo que es indigno de la posteridad, e inmortaliza las grandes cosas.

Voltaire

“LA INCRÉDULA”

Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, queme pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.

—Lo sé —respondió—, pero quiero estar cierta.

Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme,profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.

Edmundo Valadés

“HUMOR NEGRO”

“… y luego había el niño de 9 años que mato a sus padres
y le pidió al juez clemencia por que él era un huérfano.”

Carlos Monsivaís

“LA VENIA”

Una dama de calidad, se enamoró con tanto frenesí
De un tal señor Dood, predicador Puritano, que rogó
A su marido que les permitiera usar de la cama, para
Procrear un ángel o un santo. Pero
Concedida la venia, el parto fue normal.

Drummond

“PRECISO”

Un hombre, al pasar ante una cantera, vio a tres operarios labrando la piedra. Preguntó al primero:
—¿Qué hace?
—Ya ve, cortando estas piedras. El segundo le dijo:
—Preparo una piedra angular.
El tercero se limitó a decir impávido.
—Construyo una catedral.

Hernando Pacheco

“ILUSIÓN”

El hombre de un momento pretérito ha vivido, pero no vive ni vivirá; el hombre de un momento futuro vivirá, pero no ha vivido ni vive; el hombre del presente vive, pero no ha vivido ni vivirá.

ElVisud dhimagga


“Aún guardo aquella vieja postal parisina”, Luzciernaga

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Aún guardo aquella vieja postal parisina, de la bella mujer desconocida, y la dedicatoria en letra de piquitos, escrita con pluma fuente. La guardo por linda, por antigua, por que es mía, porque alguien un día decidió que a quien pertenecía llevaba demasiado tiempo muerta como para que le importara el paradero de aquella postal. Por eso ahora es mía, no es dirigida a mi la dedicatoria, pero la guardo con celo como un caro recuerdo de familia.

De la familia que siempre quise, de los antepasados que quise ver reflejados en viejas fotografías sepia recordando cada nombre, cada dato.

La familia que me acogiera cuando de niña me cayera de un árbol, la abuela condescendiente que cuando yo fuera adolescente me hiciera contarle como eran los ojos de aquel muchacho simpático y educado para poder recordar los del abuelo, cuando a hurtadillas la miraba al verla pasar junto a su madre camino al mercado.

De aquello me queda solo esa postal, de la mujer bella, sin tiempo, sin prisa, sin preocupacion y sin edad.

Y el recuerdo de aquella extensa familia que no tuve jamás.

Luzciernaga©


“Las líneas de la mano”, Julio Cortázar

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina donde un hombre bebe triste coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

Julio Cortázar©


“La fe y las montañas”, Augusto Monterroso

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Al principio la fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.
Pero cuando la fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.
Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

Augusto Monterroso©


“El tigre enfermo”, Marcelo Birmajer

Un tigre que cuando cachorro había sido capturado por humanos, fue liberado luego de varios años de vida doméstica.

La vida entre los hombres no había menguado su fuerza ni sus instintos; en cuanto lo liberaron, corrió a la selva.

Ya en la espesura, sus hermanos, teniéndolo otra vez entre ellos, le preguntaron:

—¿Qué has aprendido?

El tigre meditó sin prisa. Quería transmitirles algún concepto sabio, trascendente. Recordó un comentario humano: “Los tigres no son inmortales. Creen que son inmortales porque ignoran la muerte, ignoran que morirán”.

Ah, pensó el tigre para sus adentros, ése es un pensamiento que los sorprenderá: no somos inmortales, la vida no es eterna.

—Aprendí esto —dijo por fin—. No somos inmortales, sólo ignoramos que alguna vez vamos a…

Los otros tigres no lo dejaron terminar de hablar, se abalanzaron sobre él, le mordieron el cuello y lo vieron desangrarse hasta morir.

—Es el problema de los enfermos de muerte —dijo uno de los felinos—. Se tornar resentidos y quieren contagiar a todos.

Marcelo Birmajer©


“Los noctuidos”, Fanny Buitrago

Hay ciertos insectos que nacen al amparo de la noche cerrada. Crecen, procrean y mueren antes del amanecer. Nunca llegan al día de mañana. Sin embargo, experimentan segundo a segundo, la intensa agonía de vivir, se aparean con trepidante gozo y luchan ferozmente para conservar sus territorios vitales, sus lujosas pertenencias: el lomo de una hoja, la cresta moteada de un hongo o el efímero esplendor del musgo tierno besado por la lluvia.

Quizá —instintivamente— en un punto ciego entre la muerte implacable antes del estallido del sol matinal y la promesa infinita, telúrica, de la evolución hacia un estado superior, dichos insectos se frotan las patas lanzándose a una lucha fratricida. Envanecidos con la tentación de liquidar a sus semejantes y dominar el mundo.

Fanny Buitrago©


“El carné”, Margret

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Comencé comiéndome las uñas como distracción cuando estaba aburrida, o preocupada. Con los años me comí el estómago porque los nervios subían por él a mi garganta como culebrillas amenazando asfixiarme. Cansada de las cargas, me comí los riñones. Ahora estoy comiéndome el corazón para que no me duelan los sufrimientos. Después tendré que comerme el cerebro para olvidar memorias.

Me pregunto si valdrá la pena que aún lleve el carné de donante de órganos.

Margret©


“Progenie”, Manuel Moyano

Un viento helado asola las calles de Walterschlag. Johannes Hiedler sube a su dormitorio, se desnuda con cierta premura y se desliza bajo las sábanas en busca del contacto cálido de su esposa. La besa. La abraza. Han pasado apenas cinco minutos cuando se dispone a derramar su simiente —entre bramidos espasmódicos— en el vientre de Anna Maria Neugeschwandtner. Es marzo de 1762. Johannes Hiedler no tiene forma de saber que su inminente desahogo va a dar como resultado un hijo llamado Martin, el cual a su vez engendrará con el tiempo (fruto de una relación incestuosa) un varón bautizado Johann Nepomuk. El señor Hiedler tampoco puede saber que este Johann Nepomuk tendrá un bastardo de nombre Alois, quien, hacia 1885, hará germinar en el seno de Klara Pölzl un vástago llamado Adolf. Johannes Hiedler, por supuesto, ignora también que ese futuro tataranieto cambiará su apellido por el de Hitler y que, durante la primera mitad del siglo XX, acabará por desencadenar una hecatombe de dimensiones planetarias. Johannes Hiedler no puede saber nada de todo eso, claro, así que ahora regresemos a su confortable hogar en la ciudad austriaca de Walterschlag, a marzo de 1762, y dejémosle culminar esta sencilla noche de amor.

Manuel Moyano©


“El azar y el destino”, por LoveSick

I

Estaba pensando en el azar y en el destino cuando el azar quiso que conociera a una mujer y el destino me unió a ella.

II

Convivíamos los cuatro: El destino, el azar, ella y yo. El destino siempre estaba dispuesto a hacer alguna cosa, mientras que el azar se hacía el loco y saltaba por la ventana. Ella y yo contemplábamos estas escenas boquiabiertos.

III

Al final ella se puso de parte del destino y yo del azar: Ella tenía ganas de que hiciéramos algo y yo salté por la ventana

LoveSick©


“El cuaderno rojo”, por Diago Lezaun

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Era el primer cuaderno entero para él solo de toda su vida: tamaño cuartilla, cuadriculado, de tapas duras y rojas, lleno de hojas vírgenes para llenar de garabatos, retratos de papá, de mamá y el hermanito, y los primeros ensayos de palabras. A Pablo le hizo muchísima ilusión.

Tanto que a mamá le dio no sé qué el abrirlo y saborear las señales y símbolos de la vida interior de Pablo. El día que mamá, como quien comete un robo (o al menos así se sentía) entró al cuarto de Pablo, abrió el cuaderno y leyó davi muetro y tato malo sintió un sudor frío, corrió al ritmo de su corazón a la cuna, en su dormitorio, pero cuando llegó, Pablo, con la almohada aún entre las manos, ya había dejado de apretar.

Diago Lezaun©


“Sueño y vigilia”, por Alejandro Martino

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Podemos hablar de los sucesos del sueño única y exclusivamente por comparación con los de la vigilia.

Yo, que en los sueños vuelo con la naturalidad innata de las aves, en la vigilia tengo dificultades para saltar el agua de las zanjas cuando llueve un poco.

Yo, que en los sueños traduzco del latín al ruso, del griego al alemán o del quichua al guaraní, en la vigilia lucho con mi idioma natal para saber dónde van las tildes, las haches y las zetas.

Yo, que en sueños no necesito más que abrir los ojos o afinar el oído para comprender el sentido último del arte, en la vigilia confundo izquierda con derecha, arriba y abajo y, a veces, me quedo helado ante las tres luces de un semáforo.

Yo, que en sueños domino la perspectiva histórica de la humanidad, hito por hito, pueblo por pueblo, desde el Big Bang hasta el año 1998 de la era cristiana (5759 del calendario hebreo) en la vigilia no justifico que mi padre haya nacido antes que mi hijo.

Podemos hablar de los sucesos del sueño única y exclusivamente por comparación con los de la vigilia. Se los digo yo, que en sueños escribí lo que ustedes leen ahora y en la vigilia no hago otra cosa que esperar el sueño.

Alejandro Martino©


“Vela en este entierro” por Roger Wolfe (selección)

1

Leyendo a John Berryman en un avión a
Barcelona. No entiendo demasiado, pero me gustan
algunas de sus imágenes. Versos como por ejemplo:
«Yo mismo seré muy pronto polvo; pero aún no». He
usado una cita suya, de hecho, en mi más reciente —y
todavía inédito— libro de poemas: «El hombre
equivocado». Título que a su vez es una cita de
Leonard Cohen: «Encerraron al hombre/ que quería
gobernar el mundo;/ estúpidos/ encerraron al hombre
equivocado».
Tendría que haberme traído conmigo el
manuscrito, porque esta noche he quedado con mi
editor para cenar. Pero éste es un viaje de trabajo, en
realidad. Encajando la literatura en los huecos
disponibles, como siempre.
Quién fuera rico. La gente interesante, leí hace
poco no sé dónde, rara vez tiene dinero.

 

5

–Para Pancho, mi viejo;
dondequiera que estés

—Son los riñones —me explica el
veterinario—. Y tiene también afectado el corazón.
Tengo al perro desde hace 12 años. El
pronóstico no es bueno.
—Pierdes un perro —le digo—, y pierdes un
pedazo de tu vida.
En la sala de espera, sentada en una silla,
solloza una mujer. Le han dicho que a su perro lo van
a tener que ingresar.
—Sí, lo sé —me dice el veterinario.
Alzo la vista. Leo lo que hay escrito en la
esquina superior derecha de una radiografía que cuelga
en la pared:

                                               King: pastor alemán, 8 años, 11 meses. Se
                                               comió un cinturón. Está con cuadro 
                                               gástrico. Posible cuerpo extraño en
                                               estómago.

 

8

Para desarrollar su teoría de la relatividad,
Einstein se limitó a pensar en el universo.
Eso es lo único que de verdad es necesario
hacer. Sentarse y pensar.
Y pensar.
Y pensar.
Y pensar.
El mundo entero se estrella, hecho pedazos, a
tu alrededor.

 

32

Son las 22.56. Madrid está en calma, ahí fuera.
No se oye un sonido en todo el edificio, excepto el
leve ruido, aquí dentro, de las yemas de mis dedos
sobre el teclado. Y la música a bajísimo volumen que
fluye de mi pequeña radio de sobremesa. Se trata de un
rap dedicado a Richard Wagner. Un negro de Harlem
declama en inglés: «Nadie te entendió, tío; nadie te
entendió como te entiendo yo…». La cosa es
literalmente alucinante. No encuentro otra manera de
expresarlo.
Pero en cuanto pueda lo voy a intentar.

Roger Wolfe©

Fuente: http://www.microrelatos.com