Archivo de la etiqueta: Miguel de Cervantes Saavedra en el Blog de Juan Zapato

“Pierre Menard, autor del Quijote”, Jorge Luis Borges

A Silvina Ocampo

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores —si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

i_boquij0Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.

He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:

a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).

b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).

c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).

d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).

e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.

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“El árbol de la literatura”, Juan Goytisolo

El árbol de la literatura - Juan GoytisoloNo pudiendo eludir una vez más la obligación de referirme a mi trabajo de escritor a pesar de la arraigada convicción, tantas veces expuesta, de que, si el esfuerzo generador de una obra incumbe al autor, el resultado de ella pertenece a todo el mundo con excepción del mismo, voy a centrarme aquí no en mi quehacer novelesco (personas mucho más capacitadas que yo se han ocupado ya en el tema), sino en la exigencia ética que lo vertebra: el código de honor personal propio de todo autor que se estime y decida poner su vida entera al servicio de lo que juzga más importante de ella, esto es, su labor creativa.

Este código personal varía, como es natural, de un autor a otro e incluye o no valores humanos de bondad, honradez, generosidad y criterios de ética social y cívica; como nos enseña la experiencia, el creador riguroso consigo mismo puede muy bien carecer de estos últimos, ser un sujeto arribista, insensible, utilitario o cínico y mantener en cambio la indispensable exigencia respecto a su empresa artística en la singladura de su arriesgada navegación: naufragar como persona desde el punto de una ética social embebida de valores progresistas y triunfar, no obstante, en su difícil empeño de creador.

La historia reciente nos procura algunos ejemplos de ello: de autores censurables conforme a criterios avalados por la opinión común y evolución histórica, pero merecedores como artistas de nuestra rendida admiración.

Dicha contradicción chocante ha originado un interminable y a mi entender estéril debate entre quienes al condenar al hombre condenan al artista y los que al salvar al artista se muestran indulgentes con los errores y defectos del hombre; sí, a decir verdad, la antinomia entre moral y estética revela la vieja ambigüedad de las relaciones existentes entre la sociedad y el creador, en tanto y en cuanto que la primera juzga al segundo con criterios ajenos a los que articulan su particular aventura artística.

Quien adopta una postura o participa en una acción política y moralmente reprobable desde el punto de vista de un consenso ético-social, ¿puede producir una obra literaria válida?, se preguntan confusos los buenos ciudadanos; o, en otros términos, el logro artístico de aquella, ¿tiene la increíble facultad de suspender nuestro juicio moral acerca de quien la engendró?

Plantear la cuestión en estos términos nos mantiene en un terreno propicio a toda suerte de trampas y equívocos, y vamos a tratar de salir de él. Por un lado, conviene recordar que, en virtud de su carácter evolutivo y maleable, la opinión común está sujeta a opiniones y cambios que, aun entre quienes se sitúan en el ámbito de una ética social abierta a los valores de la libertad, democracia y progreso, su fidelidad ciega a los mismos puede conducirles, como hoy sabemos, a abrazar y sostener errores incluso horrores.

Por otro, habrá que tener bien presente, a la hora de formular juicios negativos o aprobatorios, que la relación del poeta, dramaturgo o autor de ficciones con la sociedad en que vive y a cuyo encargo social responde es, en cualquier caso, menos importante que la que le une al corpus literario de su lengua y, a partir de éste, al patrimonio literario universal.

Sólo abandonando la concepción tradicional de ese compromiso con las fuerzas que encarnan la dinámica social de su país y su tiempo por otras respecto al tronco arborescente y frondoso dela literatura de la que es vástago, podremos ver las cosas más claras y establecer un código de honor personal del creador gracias al cual la antítesis a la que antes nos referíamos perderá su razón de ser: si, como sostengo desde hace años, el deber primordial del escritor es devolver a la comunidad cultural y lingüística a la que pertenece un idioma nuevo, distinto y más rico del que recibió de ella en el momento de emprender su tarea, la formulación ética dela exigencia se sitúa en un campo distinto del que evocaba al comienzo de este texto.

Pues el escritor que toma su trabajo a pecho se enfrenta ab initio a la existencia de un árbol cuya vida aspira a prolongar y, sobre todo, enriquecer, y cuanto más alto, copudo, espeso y ramificante sea aquél mayores serán sus posibilidades de juego y aventura, su campo de maniobras de artista dentro del cual emprenderá sus rastreos y andanzas. Mientras podemos identificar fácilmente al escritor de segunda fila por su reductivismo imitador –su adscripción a un determinado modelo canon-, el escritor que aspire a dejar una huella, a crear un ramal o bifurcación en su ´árbol, no estará sujeto a influencia particular alguna porque su voracidad literaria le vedará detenerse en un autor concreto, en un molde único: como Cervantes o Borges, ambicionará saquearla totalidad del acervo cultural de su tiempo.

El maravilloso diálogo del autor con el árbol se llevará a cabo sin tener en cuenta los gustos y criterios dela época, abarcara el pasado como el presente, descubrirá las semillas de la modernidad en los mal llamados siglos oscuros, ahondará en las raíces del tronco y su conexión con diversas culturas. Empresa exaltadora y demencial que, como demuestra el ejemplo de Cervantes, transmuta sutilmente la locura del personaje chiflado por sus lecturas caballerescas en la locura del autor trastornado a la postre por el poder vertiginoso de la literatura.

El escritor consciente de sus privilegiadas relaciones con el árbol entablará diálogo con todos y cada uno de los componentes que lo integran, de los brotes más novales y tiernos a las raíces secundarias de donde brotan a veces los esquejes y plantas adventicias. A medida que ahonde en los sustratos en los que aquél crece y descubre su enlace soterrado con los demás árboles, arbustos y plantas del bosque portentoso dela escritura, asumirá la tesitura libre y abierta de nuestros antiguos y auténticos modernistas; su obra será así crítica y creación, literatura y discurso sobre la literatura.

Un árbol vasto, complejo y frondoso como el de las letras castellanas es un verdadero festín para el creador comprometido a fondo con su quehacer solitario: la multiplicidad de raíces grecolatinas, hebreas y árabes, sus mestizajes fecundos, trasvases, metamorfosis, opacidades, misterios le brindan una posibilidad excepcional de expandir su propia creación, de extender sin cesar a nuevas y enjundiosas áreas las reglas de su juego.

Mi interés delos últimos años por autores prerrenacentistas –Juan Ruíz, Rojas, Delicado- y posmudéjares –San Juan dela Cruz, Cervantes- se debe ante todo a que la composición y estructura de sus obras no obedecen, como en el caso de los primeros, a la aplicación de un modelo o canon, sino que son fruto, se diría, de un desarrollo puramente orgánico o, tratándose del reformador carmelita, de una onírica y casi indescifrable lógica interna, emparentada de un lado con el irracionalismo verbal de la vanguardia artística de nuestro siglo y del otro la sutil y multívoca expresión sufí.

La relectura de Cevantes por Borges y de Góngora por Lezama Lima han impulsado en el ámbito de nuestro idioma una poderosa corriente novelística, fundada precisamente en un compromiso total del narrador con ese árbol nutricio, cuyas hojas son libros, códices, manuscritos, cartas, poemas: obras como Don Julián, Juan sin tierra o Makbara no son novelas a secas, sino textos elaborados en correspondencia y polígono con Góngora, Cervantes y el Arcipreste de Hita, producto de un merodeo obsesivo por el árbol y su proliferante ramaje.

Vislumbrar las señas inequívocas de la modernidad en la tesitura receptiva y abierta del arte medieval y su prolongación mudéjar; volver una y otra vez a la locura de Cervantes, admirables dislates de San Juan dela Cruz, genialidad incandescente de Góngora es la delidad que se le debe exigir al creador: su empeño apasionado, absoluto, absorbente con el árbol que le alimenta y al que, con humildad y amor, agregará algún día, si puede, sus propios y modestos frutos.

Juan Goytisolo© Revista Vuelta Número 128/Julio de 1987


“Huellas leonesas y judías en El Quijote”, Santiago Tracón Pérez

Entrevista de Raquel Cornago a Santiago Tracón Pérez, en el programa “El Marcapáginas” de Radio Sefarad.

Cliquea en la imagen para escuchar el reportaje:

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Dice Santiago Trancón de su libro “Huellas leonesas y judías en El Quijote”: “El libro que  ofrezco es el fruto de una larga investigación sobre el Quijote, uno de los libros más importantes e influyentes de la historia. A pesar de las muchas interpretaciones y estudios que se han hecho de la obra, nunca se ha realizado una lectura profunda sobre las claves judías que Cervantes dejó a lo largo del texto, que son muchas más de las que hasta ahora habían sido descubiertas. 

Presento un conjunto de datos y referencias que muestran de modo indiscutible el origen judeoconverso de Cervantes y cómo la cultura y la tradición judía influyó en su vida y en su escritura. 

Vivimos hoy un renacer del pensamiento y la cultura sefardí en nuestro país, el interés por descubrir las profundas raíces y las huellas hebreas que han conformado nuestra cultura y nuestro modo de pensar y de ser. España no sería lo que es sin Sefarad. Sefarad pervive en innumerables rincones de nuestra geografía. Hablamos de huellas físicas, pero también invisibles, culturales, psicológicas, que son más decisivas. Podríamos decir, en sentido real, no figurado, que gran parte de los españoles de hoy somos, o seguimos siendo, hispanojudíos. A todos ellos interesará especialmente este libro, que les ayudará a comprender mejor la importancia decisiva que tuvo la persecución y expulsión de los judíos de nuestro país”.

Las especiales condiciones de edición de su libro –Trancón ha optado por el crowdfunding en lanzanos.com – ocupan parte de este Marcapáginas protagonizado por Cervantes, “el soldado que nos enseñó a hablar”. 

http://www.lanzanos.com/proyectos/huellas-judias-y-leonesas-en-el-quijote/


“Capítulo XVI: De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo”, Miguel de Cervantes Saavedra

El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha

“Capítulo XVI: De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo”

quijoteop El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho qué mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una caída de una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas. Tenía el ventero por mujer a una, no de la condición que suelen tener las de semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía de las calamidades de sus prójimos; y así, acudió luego a curar a don Quijote y hizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la ayudase a curar a su huésped. Servía en la venta, asimesmo, una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las dos hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchón que, en otros tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años.

En la cual también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un poco más allá de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas de sus machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo contenía cuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón que en lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran de lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta.

En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija le emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamaba la asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a partes a don Quijote, dijo que aquello más parecían golpes que caída.

-No fueron golpes -dijo Sancho-, sino que la peña tenía muchos picos y tropezones.

Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo:

-Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas estopas, que no faltará quien las haya menester; que también me duelen a mí un poco los lomos.

-Desa manera -respondió la ventera-, también debistes vos de caer.

-No caí -dijo Sancho Panza-, sino que del sobresalto que tomé de ver caer a mi amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo que me parece que me han dado mil palos.

-Bien podrá ser eso -dijo la doncella-; que a mí me ha acontecido muchas veces soñar que caía de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al suelo, y, cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada como si verdaderamente hubiera caído.

-Ahí está el toque, señora -respondió Sancho Panza-: que yo, sin soñar nada, sino estando más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos cardenales que mi señor don Quijote.

-¿Cómo se llama este caballero? -preguntó la asturiana Maritornes.

-Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho Panza-, y es caballero aventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se han visto en el mundo.

-¿Qué es caballero aventurero? -replicó la moza.

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