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Juan Gelman: ¿y si Dios dejara de preguntar?, Carlos Monsiváis

JuanGelman

¿Así viaja el amor/ de ser a antes de ser?
Carta a mi madre
J.G.

La obra de Juan Gelman es un ir y venir entre las atmósferas de todos los días y la reflexión sobre la escritura poética. Gelman describe casi al principio la trayectoria de su oficio:

A este oficio me obligan los dolores ajenos, las lágrimas, los pañuelos saludadores, las promesas en medio del otoño o del fuego, los besos del encuentro, los besos del adiós, todo me obliga a trabajar con las palabras, la sangre.

Años más tarde, al inventario fundamental Gelman añade la pesadumbre de la patria perdida, de los seres amados destruidos por la dictadura, de la revolución que no llegó, del exilio que se compensa de un modo substancial por los nuevos arraigos, de la composición de circunstancias:

No era perfecto mi país antes del golpe militar. Pero era mi estar, las veces que temblé contra los muros del amor, las veces que fui niño, perro, hombre, las veces que quise, me quisieron. De “Bajo la lluvia ajena” (Notas al pie de una derrota).

Si los temas de Gelman no son tantos, son incontables sus métodos para describirlos, incorporarlos a otras multitudes de símbolos o de realidades que fueron o serán símbolos. Él siempre es sorprendente, en la medida en que sus soluciones literarias no vienen de la monotonía del hallazgo petrificado, ni de los fuegos de artificio de quien diseña sus maestrías para ya no molestarse en ejercerlas. Él va y viene de las metáforas que abandona sin arrepentimientos, de las versiones de los poemas de su tradición original, de las palabras que inventa con tal de esclarecer su sentido, de la autobiografía indirecta y la confesión directa, del amor al deseo y del sentido del dolor puro, del puro dolor:

Nota XX

no bajo a los infiernos/ subo
hasta mi hijo clausurado
en su bondad/ belleza/ vuelo/
y torturado/ concentrado/
asesinado/ dispersado
por los dolores del país/…

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…hundióse en “La Boca” un buque de pesca, Juan Zapato

...hundióse en La Boca un buque de pesca

 

Poema que integra el libro “EnREDados”, 1ra. muestra po’etica de Netwriters, Legados Ediciones ISBN: 978-84-941038-2-7

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“Los tiempos nuevos se están viniendo encima”, Jorge Luis López Aguilar

Los tiempos nuevos se están viniendo encima
sin dar lugar al miedo, a la nostalgia
se están viniendo encima
a entibiar tanta piel abandonada
tanto aburrirse del fracaso.

Los tiempos nuevos tienen los ojos claros
y sueñan despacito porque saben que los sueños
a veces se derrumban sin que se entienda como,

Los tiempos nuevos tienen tu nombre
y se te enredan en el pelo buscando un no sé qué
y descansan en tus manos, y preguntan
por qué razón se estuvo solo tanto tiempo,
Los tiempos nuevos llegan sencillitos a buscarte
te reclaman imperiosos, se descuelgan
desde el museo de los fracasos
para gritar presente a la hora de la vida
a la hora del amor
a la hora de la construcción
a cada hora vestida de tiempo nuevo.

Surgen desde la tumba de los besos
brotan de lo que se creyó la nada
cantan desde las palabras nunca oídas
y te besan despacio entre los dedos.

Porque este tiempo nuevo es el tiempo de siempre
porque el amor ya estaba inventado
pero en mi fe y mi corazón son nuevos
pero en la ternura con que te recibo
y sin tu frágil seguridad de hembra querida
son nuevos.

Porque todo se renueva en el momento
en que se queman las naves
la amada seguridad
para querer de nuevo, sin temores.

Jorge Luis López Aguilar©


“Palabras”, Juan Disante

Siempre me dio por coleccionar palabras.
Otros juntan estampillas, peinetones antiguos o corchos retocados. No es mi caso.
A mí me subyugan determinadas palabras.
Me las voy encontrando por el camino.
A veces en la reflexión.
Y también las tropiezo en el mercado o en cualquiera de esas audiciones de radio donde el locutor las deja caer, y ahí quedan abandonadas y sin destino.
Ya tengo varios frascos llenos que ocupan toda la alacena del altillo.
Y creo que voy a tener que habilitar otro lugar.
De vez en cuando, especialmente los domingos por la mañana en que toda mi familia duerme, doy vuelta los recipientes sobre una mesa y las reviso.
Las miro,
las huelo.
Las pongo a contraluz y las comparo.
Y siempre me las llevo al oído para escuchar sus cadencias cuando las agito.
Responden al tacto de bordonas singulares.
Al sesgo único de cada alma. 
Como “guaino”, que en realidad expresa un son musical pero que, al principio ya sonaba cadenciosa, conforme me dijo la señora que me la obsequió.
O como “abedul” que, por más que no quieran, fue el germen de todas las abedulinas, o si fuéramos más lejos, el abedular;
En todo caso por aquello que al principio fue sólo el verbo.
A algunas las fui descartando por frágiles, como “deleznable”, porque el sentido que me imprimió al comienzo, se da de patadas con el diccionario.
A decir verdad, suelo disfrutar con “tremolina”, que se las trae.
O “azafrán”, por su giro pajizo.
O con una difícil: “Cardamomo”.
También en un frasco tengo “Viracocha”. ¡Qué hechizo que posee! Sabe a dulce maíz… y a cierta confusión de los orígenes. De tal modo que, quizá algún día, todos los niños a quienes bautizaron Rodrigo, vuelvan a llamarse Viracocha.
¡Vaya a saber!
“Humo” es pingorotuda. Hay que mostrar eréctil los labios.
No es “ahumar” que ya es fatuo.
5adb41e8cedb6d26b9d5302ce26d32d8Pero, desde hace algún tiempo estoy obsesionado con una que me cargué y que, como a un endeblucho lechuguino, me tiene achichonado: “pliegue”.
La boca, para poder mencionarla, tiene que horizontalizarse hacia los lóbulos en una línea perdida.
Hay que gesticular una reidora por las comisuras.
Hasta donde pude percibir, pliegue es el grácil sesgo de una imagen en la que la luz permite mostrar el claroscuro de sus formas.
Es ahí donde la vida puede apreciarse en toda su contiguidad, porque torna, rola, reaparece.
Es el punto donde algo se ceña y estría.
Resulta un acaecer para cualquier mortal que desee volverse hacia sí, porque hubo una vez en que dudamos y fuimos débiles.
Luego nos encontró la embriaguez del almibarado bies de la falda de siempre en busca de la bocamanga trashumante.

¡Qué objeto la palabra!
Las hay gracejas, taimadas, aprobantes.
También menuditas y chuscadas.
Cual misterio de la creación.
El habla.
El amor.
El regreso…
Pliegue… pliegue… pliegue…
Ji… ji… ji…        

Juan Disante©


“Iom haZicarón”, Juan Zapato

 

yom-hazikaronNo por repetida, repetidas veces la imagen deja de estremecerme. Tan solo ciento veinte segundos detenidos de mi vida en medio de la jornada. Ciento veinte segundos donde es debido aspirar profundamente, inflar el pecho, e intentar comprender parte de la historia de la sinrazón. Ser uno de ellos sin serlo, en el segundo final donde nos abandona la vida.

Ciento veinte segundos donde es imposible abstraerse sin que la piel no se erice, sin que las venas no se manifiesten, ciento veinte segundos donde la mirada intenta contener su alrededor y está todo quieto, interrumpido. La sirena va decayendo en su sonoridad de fondo en todo Israel, en estos segundos prolongados y multiplicados por cada uno de nosotros de recordación por nuestros caídos.

Tan sólo suficientes ciento veinte segundos.

Juan Zapato© http://juglarias.wordpress.com

 


“Las Malvinas”, José Pedroni

Tiene las alas salpicadas de islotes
Es nuestra bella del mar.
La Patria la contempla desde la costa madre
con un dolor que no se va.

Tiene las alas llenas de lunares,
lobo roquero es su guardián.
La patria la contempla. Es un ángel sin sueño
la patria junto al mar.

Tiene el pecho de ave sobre la honda helada.
Ave caída es su igual.
El agua se levanta entre sus alas.
Quiere y no puede volar.

El pingüino la vela. La gaviota le trae
cartas de libertad.
Ella tiene sus ojos en sus canales fríos.
Ella está triste de esperar.

Como a mujer robada le quitaron el nombre:
lo arrojaron al mar.
Le dieron otro para que olvidara,
que ella no sabe pronunciar.

El viento es suyo; el horizonte es suyo.
Sola, no quiere más.
sabe que un día volverá su hombre
con la bandera y el cantar.

Cautiva está y callada. Ella es la prisionera
que no pide ni da.
Su correo de amor es el ave que emigra.
La nieve que cae es su reloj de sal.

Hasta que el barco patrio no ancle entre sus alas,
ella se llama Soledad.

José Pedroni©


“Conejos en la nieve”, Eugenio Mandrini

eugeniomandrini

Alguien se pasea sin paraguas bajo la lluvia. ¿Para apagar
la locura que lo sigue como una sombra en llamas? ¿Para
gozar como nadie, en ese instante, el cielo sobre su cabeza
¿O para tocar la lluvia con todo el cuerpo y ahogarse en su
perfume?

Instantáneamente después de haberse amado, un hombre y una
mujer quedan en silencio. ¿Angustiados al intuir que allí
algo se ha roto para siempre? ¿Temerosos de presentir que
es la muerte quien ordena esos pequeños cataclismos? ¿O felices
de escuchar el eco de los gemidos que aún perduran en la
penumbra?

Un padre y su pequeño hijo van por la calle tomados de la
mano. ¿Quién elige el camino, quién el regreso? ¿Quién esa
noche soñará que llevó de la mano al otro? ¿Y quién, al
despertar, sabrá que él es el camino?

Un gorrión –ave deslucida– salta obsesivo de un árbol a
otro y a otro. ¿Qué busca? ¿El espíritu del bosque? ¿La
razón de su inquietud? ¿O escapar de los abismos del aire?

El otoño ensombrece a los árboles y se lleva al olvido la
luz de las hojas. ¿Qué quiere demostrar? ¿Qué es el secuaz
de la tristeza? ¿Qué es la tristeza misma engastada en el
tiempo? ¿O que es el alimento irresistible de los exiliados
del mundo?

Quien a menudo se interroga en el espejo, ¿qué espera?
¿Una respuesta que lo haría añicos? ¿Multiplicarse para
repartir las penas? ¿O llegar al fondo de su maltratado
corazón?

La nostalgia, antigua dama que sólo sabe dar opacidad al
ojo y palpitación a la voz, apoya la cabeza en el hombro
de una nueva víctima. ¿Qué hacer entonces? ¿Cortarle los
cabellos llorosos y arrojarlos al fuego? ¿Morderle los labios
hasta apagarle los suspiros? ¿O seguirla, enternecido,
hasta su alcoba de niebla?

Un poeta escribió cierta vez que una mujer tenía en la voz
la flor de una pena. ¿Dónde encontrar esa flor? ¿En los
pantanos que el alcohol refleja en los vasos sin fondo?
¿En la memoria de algún colibrí que libó de esa flor hasta
dejarla sin luz? ¿O en alguien que soñó con los jardines
del paraíso y, puesto a morir, se hizo tatuar esa flor
en el consuelo del pecho, para iluminar el ataúd?

Interminablemente los perros aúllan a la luna. ¿Es acaso
un homenaje a sus ancestros, los tenores olvidados? ¿Es el
aullido un arpón y la luna el linde oscuro de la ballena
de Ahab? ¿O simplemente es un lamento que imita la voz
de la vida?

¿Y si de pronto al doblar una esquina o mirar al fondo de un
aljibe, como un sobresalto o un estallido, aparece la
Belleza? No importa si en forma de revelado amor, de cielo
en un prado nunca visto o de pájaro posado sobre una rama
invisible. Importa que es ella, desnuda en toda su luz,
invasora como el diluvio, real como la sangre de la historia.
¿Qué hacer entonces? ¿Cerrar los ojos y ordenar a la lengua
el olvido del grito para no enloquecer? ¿Arrodillarse
como el sediento ante el último espejismo? ¿O seguir
de largo, imperturbable o con cierto vaivén de
soberbia en los pasos, dado que la Belleza es sólo
un reino fugaz?

Ahora bien: ¿qué miro yo tan fijamente en la llanura blanca
cuando quiero escribir y el poema se niega? ¿Conejos
en la nieve?

Eugenio Mandrini©


“gómel’, Natalia Litvinova

gomel manzanas

mi abuelo lo único que hacía era afeitarse y temblar
frente al televisor.

mi padre todas las mañanas se perdía en el campo,
transformado en un punto tridimensional de la nieve.

regresaba con una sonrisa mística en su rostro y nadie
sabía por qué.

en verano también esa misma sonrisa y frutillas
en sus manos, en primavera frambuesas.

la sonrisa de mi padre traía frutos maravillosos.

mi abuelo temblaba cada día más, su cabeza recaía
como mandolina y se erguía como un piano.

un día mi padre regresó con manzanas

mi abuelo dio con la clave del silencio.

 

Natalia Litvinova©  Poema del libro “Esteparia” Ediciones del Dock, 2010, Argentina.
http://www.ciclopaenlabocadeunmudo.blogspot.com/


“Boceto de Ingmar Bergman”, Adrián Desiderato

ingmarbergman
Bergman decía 
sé como levantarme en las mañanas
cómo lavarme el rostro
cómo vestirme para salir al día
sé cómo cepillarme los dientes
cómo peinarme
cómo tomar café
sé cómo dirigir a mis actores
cómo marcar una secuencia
encuadrar una toma
pero no sé qué hacer con Dios
Bergman decía
no sé dónde guardarlo
no cabe en mis almuerzos
en ningún sitio cabe
decía Bergman
me duele la cabeza
decía
entonces la miraba a Liv Ullmann
y filmaba el infierno.
Adrián Desiderato©

“Ropa en la soga”, Luis Luchi

lasoga

La limpieza expone a efectos públicos
esa intimidad tan custodiada.
El sol elige el centro de la bandera
la convierte en zona de combate;
las golondrinas hacen sus primaveras
y los gorriones el resto de los solsticios.
Vientos de paso silban los broches,
les cierran las bocas.
Entre las guerras de pañuelos
pierden los del luto en los orillos,
los lloros de los mayores con lágrimas,
con mocos inconsolables a secarse.
Parado en un extremo
atado al alambre cubro las estaciones,
los fantasmas disfrazados con sábanas
exaltan la pasión escéptica de los domesticados.
En la otra punta un poste
me deja hacer
y no se cae de asombro.

Luis Luchi©

Luis Yanischevsky Lerer conocido por su pseudónimo literario como Luis Luchi nació el 11 de octubre de 1921 en el barrio de Villa Crespo de Buenos Aires, Argentina, hijo de Gregorio Yanischevsky y Paulina Lerer, inmigrantes judíos ucranianos. Hacia 1926, su familia se muda a Parque Chas. En 1944, Luis Luchi se casa con Irene Lavalle, con quien tiene tres hijos. Militó activamente en el Partido Comunista, sin embargo, a través de los años habría de acercarse al anarquismo. Trabajó como obrero gráfico en editorial Atlántida y como vendedor viajante de libros, sin embargo, después decide dedicarse a la poesía, manteniéndose al margen de la cultura oficial. En la década de 1960 participa en el grupo “El Matadero”, grupo de cuentistas cuyo nombre rendía homenaje al relato homónimo de Esteban Echeverría. El grupo se reunía en el café El Estaño, ubicado en las calles de Talcahuano y Corrientes, al que habían renombrado “El Gardelito” y estaba integrado por Guillermo Cantore, Blas Raúl Gallo, Nenina Caro, Mario Lesing, Arminda Ralesky y Lubranolas, entre otros, quienes se proponían publicar a jóvenes con sentido popular. Luis Luchi sólo habría de publicar su cuento El Brasilerito en 1961 en la antología Cuentistas argentinos contemporáneos editada por El Matadero. A finales de la década y principios de la siguiente, Luis Luchi forma el grupo “Gente de Buenos Aires”, junto con el poeta Roberto Jorge Santoro, el actor Héctor Alterio, el músico Eduardo Rovira y el artista plástico Pedro Gaeta con el objeto de acercar la cultura al público presentándose en clubes de barrio, sociedades de fomento y escuelas. Luis Luchi, profundo admirador de César Vallejo y Vladimir Mayakovsky recurre a la ciudad, el barrio, el tango y las luchas sociales como temas de su obra, siempre marcada por el humor y la ironía. Luis Luchi muere el 21 de octubre de 2000 en Barcelona, España.


“En una cajita de fósforos”, María Elena Walsh

 

María Elena Walsh

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Un rayo de sol, por ejemplo.
(Pero hay que encerrarlo muy rápido,
si no, se lo come la sombra).

Un poco de copo de nieve,
quizás una moneda de luna,
botones del traje del viento,
y mucho, muchísimo más.

Les voy a contar un secreto.
En una cajita de fósforos
yo tengo guardada una lágrima,
y nadie, por suerte, la ve.
Es claro que ya no me sirve.
Es cierto que está muy gastada.
Lo sé, pero qué voy a hacer,
tirarla me da mucha lástima.

Tal vez las personas mayores
no entiendan jamás de tesoros.
“Basura” dirán, “Cachivaches”,
“No sé por qué juntan todo esto”.

No importa, que ustedes y yo
igual seguiremos guardando
palitos, pelusas, botones,
tachuelas, virutas de lápiz,
carozos, tapitas, papeles,
piolín, carreteles, trapitos,
hilachas, cascotes y bichos.

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Las cosas que no tienen mamá.

María Elena Walsh©


“Se va noviembre”, Gianni Siccardi

noviembre

Desaparecen noviembre y tantas cosas.
He bebido en tu boca
el llanto y el tormento.
Me he perdido
en el enjambre de tu nombre.
He tambaleado
en el relámpago de tu mirada.
He despertado
junto al abismo de nuestra juventud.
           
Pero se van noviembre y tantas cosas.
Se va el jardín, el viento, las palabras,
se van tus ojos y tu nombre.
Y para siempre se va el mundo.
           
Llegan las sombras
la distancia
llega la ausencia
llega el torrente del silencio
mientras se va noviembre.

Gianni Siccardi©


“Guerrero del Arco Iris”, Rata Blanca

Sufriendo nuestra inconciencia
tal vez pueda morir,
la tierra hoy se desangra,
¿qué harás sin su existir?

Ayúdame, tu ser también
es de este mundo,
tus hijos no podrán vivir
entre el dolor.

Peleemos contra los tontos,
que harán nuestro final,
la vida la da esta tierra
no hay otro lugar.

Ayúdame, tu ser también
es de este mundo,
tus hijos no podrán vivir
entre el dolor.

Guerrero, sólo tu puedes
ganar con la verdad,
luchemos por los que vienen
por ver felicidad.

Ayúdame, tu ser también
es de este mundo,
tus hijos no podrán vivir
entre el dolor.


“Del libro Dos sentencias”, Aída Roisman

I
tarde descubrí alientos en el mundo
revelación del tú-corpóreo
de piel animal
y en mano del asombro
vislumbré que estás que estoy
y comencé a ser que eres
y comencé a ser que soy
una filial de espejos en espejos
ángel caído de tu luz

II
con fuego a cuestas y argumentos
hacia la propia tempestad
lejos del ancla y las amarras
y por simple causalidad
de los corales
en sosiego de mar
de lenta sal
o porque sí
regresé a mis puertos

III
ni se trata sólo de Brecht
y el golpe en mi puerta
ni del gesto hermanado 
apenas de mi nada
sino de la devoción
terca del desierto
de acostarse panza arriba
custodiando todo el aire
y el maná

IV
obstruido el paso
la voluntad
un alfiler quebradizo
 
cada anhelo      
un  trazo excedido
a mitad de camino
 
se empujan grietas
rajaduras firmes o sigilosas
en el muro sin muro
 
y el nunca arribo
al tú ansiado  
es una propia ausencia
 
una estrella descompuesta
a las siete de la tarde
a la hora de alumbrar         

Aída Roisman©

Los poemas pertenecen al libro inédito “Dos sentencias” (textos inspirados en el libro de Martín Buber “Yo y tú”).

Datos de la autora:

B.A : Filosofía y Estudio de las lenguas de romance Universidad Hebrea de Jerusalén. Israel.
Master en Estudios Románicos. Universidad Hebrea de Jerusalén. Israel.
Profesorado de Letras. Universidad Católica de Córdoba. Córdoba.

Libros de poesía publicados:
1991 “Ningún lugar cómo”. Ediciones Último Reino. Buenos Aires.
1994 “Un apodo de las cosas”. Ediciones Argos. Córdoba.
2000 “Miradas de la palabra quieta”. Ediciones Argos. Córdoba.


“Colores”, Juan Zapato

 

sombras

Como el color del Sol

cuando abrasa al hombre pobre de pobreza,

en la intemperie plomiza de la urbe,

en su soledad de púrpuras,

en el abandono gris de la esperanza,

las canas tiñen de cenizas su cabeza,

sus zapatos cubiertos del ocre que lo embarra.

 

El neón emblanquece el pavimento,

y su sombra musgo se funde en la vereda.

Juan Zapato©


“8 Haikus”, Guillermo Ibáñez

1

Final de mares,
consunción de los tiempos,
final previsto.

2

Irisaciones.
Luminosidad de mar,
brillantes peces.

3

Con los trebejos
enlazados en juego,
el destino va.

4

Hay un precio,
subidos los peldaños;
otras auroras.

5

Hallar el no de
todas las cosas. Abrir
últimas puertas.

6

El cielo gris,
el alma rebosante,
¿qué es lo demás?

7

Iridáceos,
siempre purpúreos
esos amores.

8

Un papel escrito
en la mano de un hombre
desequilibra su paso.

*
Guillermo Ibáñez


“Carlitos de vacaciones”, Juan Zapato

Carlitos de vacaciones, Juan Zapato©

Colgaste los botines de la fantasía
en un desesperado grito de libertad.

Los rinconcitos de mi corazón
continúan agitándose a mayor velocidad,
cuando los engranajes de la alegría
se tocan, para fabricar el movimiento.

Este amor sentado sobre el cordón de la vereda
solito está, esperando ver una vez más,
las vueltas al mundo de tu paraguas mariposa,
compartiendo en complicidad tus travesuras en el circo.

Nace el cine del silencio
y millones de niños aplauden tu llegada,
los padres levantan una flor en tu honor.

Le quisieron cortar los piolines de la loca poesía,
y se refugió en un concierto de palomas por la paz,
y un puño de esperanzas,
apoyó tu idea de un mundo capicúa.

La función ha culminado,
ahora preparas una cajita de fósforos
para guardar tus piruetas,
mientras nosotros aquí masticando caramelos
nos quedamos dormidos saboreando tu sabor,
con la ilusión de tener un pájaro sobre el pecho al despertar,
listo a remontar  vuelo,
en el viaje que realiza el barrilete de tu vida.

Te digo hasta siempre Carlitos,
No siento decir fin…

Juan Zapato©


“Dame una mentira enorme”, por Luis Benítez

Dame una mentira enorme, que haga temblar los pulsos de la edad
con su pisada grave y significativa,
que espante de mí los pájaros negros y los gusanos
que cosecho sin proponérmelo en la dársena del miedo
y se las arregle para hacerme creer que el hombre puede salir de sí,
ser uno con la mujer y amarla sin destruirse.
Algo que dure un momento y venga de tus labios,
para que yo me esconda y los altivos y los necios no me vean.
Detrás de esos frágiles decorados vivirá feliz y pequeñito,
lejos del tedio y de los ojos que escrutan en la noche.
Sin miedo al silencio y a las fieras,
luego que la mentira fuese pronunciada,
como por un hechizo efímero correrían los talones del infortunio
y ni él, ni la miseria, pescarían ya nada en mis sentidos embotados.
La angustia del hombre ardería como bruja-fénix
y estos ojos y estas pobres manos que rezan sin llegar
al rabo de Dios en las alturas, arrojarían al suelo,
deshecho, el viejo corazón de la amargura,
contentos en su careta nueva.
Dame una mentira enorme,
que haga girar al revés el tiempo en los relojes
y arrúllame en ella,
hasta que en mis labios aparezca
la helada sonrisa del idiota.

Luis Benítez©

De "Poemas de la tierra y la memoria"


“Nadie estuvo en sus ropas”, por Eduardo Dalter

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Nadie estuvo en sus ropas, en su patria, en sus raíces.

Un silencio de lobo avanzó y corcoveó por estas calles.

El terror derribó puertas y espió por las mirillas.

Una conmoción de muerte, de la puerta para afuera

y de los ojos para adentro, nos exilió del otro

y fuimos gente sola, de mirada huidiza, en los rincones

como las hojas tristes que los vientos amontonan.

Eduardo Dalter©


“Dios se persigna”, por Marcela Predieri

Dios se  persigna

Su ser impar vaga

   con una copa de ron entre las manos

En su lágrima hay una cicatriz de piedra

Cuando la veo retiro mi mano de su mano

como si ella pudiera avanzarme

o montarme a su lomo detrás de los relojes

Pero Dios juega a los dados en mesas de billar

está exhausto

y su vejez es noche en nuestros muertos

Quién dijo que es todo poderoso

Cobarde

              Él podría

                         (y lo sabe)

pero no consigue llorar

Por eso aúlla en la noche eterna de su nombre

Su desgarro de soga

y las perpendiculares de la cruz

        le recuerdan a la madre que no tuvo

Un Dios huérfano

cómo no acunarlo

Vení Dios

              papá cuenta cuentos a la luz de la Custodia

              y mamá sabe una canción que te hará dormir

Vení Dios

             tengo un lugar dentro de mi mano

             para vos y tu cansancio

Pobrecito

Marcela Predieri©