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«Shavuot: Festejemos la entrega de la Torá», Rab Yerahmiel Barylka

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De las múltiples caras que tiene Jag Hakatzir, –la fiesta de la cosecha; Jag Habicurim –la fiesta de las primicias, y Jag Atzeret –la fiesta de la Asamblea, – elegimos detenernos únicamente en una.
Aclamamos a la fiesta de las «semanas» Shavuot o del juramento la shevuá mutua del pueblo con su Creador, como Zman Matán Toratenu, el tiempo de la Entrega de la Torá, y no como Zman Kabalat Toratenu, la fecha de la Recepción de la Ley.
Al decir de rabí Menajem Mendl de Kotzk, uno de los grandes maestros del mundo jasídico, «mientras que la Torá fue entregada una sola vez, su recepción es diferente para cada judío y es continua». Recibimos un regalo, pero depende de todos y cada uno aceptarlo y recogerlo en función de nuestra predisposición y de nuestras capacidades únicas y exclusivas.
Según este razonamiento, la gran fiesta de la Recepción de la Torá, la tenemos todos los días, en cada oportunidad en la que dedicamos tiempo a su estudio y profundización y al cumplimiento de lo que prescribe.
La Torá nos concedió un entorno y una estructura para organizar el contexto de la vida moral. A través de la Torá, las inclinaciones morales dispares y fragmentadas del hombre, se unifican y se integran en un patrón general de vida. Así se evita, que cada grupo o individuo que goza de poder terrenal, pueda establecer su propia tabla de prioridades morales según sus intereses egoístas.
Sin ir muy lejos, en nuestros días vemos de qué manera ciertos gobernantes aplican sus protocolos para el tratamiento del COVID-19, siguiendo, a veces sin percibirlo siquiera, los intereses de su propio estrato cultural, económico y social. Cuando oímos que la vida de las personas ancianas vale menos que la de los jóvenes y que por ello, hay que postergar su atención médica, admitiendo una eutanasia eugenésica cercana al darwinismo social no podemos dejar de estremecernos. Estas acciones nos recuerdan ideologías estructuradas para eliminar a quienes consideraban perjudiciales a su sociedad. Estas gestiones son justificadas por virtudes sueltas, ideales enloquecidos, y paradojalmente también una auténtica bondad sin fundamento. Pero, al carecer de estructura, permiten justificar cualquier acción. O, cuando ciertos regímenes someten a sus poblaciones a un encierro forzado, adiestrando a sus «manadas», como las llaman, para someterlas automáticamente a cualquier decisión que sea medianamente convincente para su seguridad, avasallando libertades básicas.
Sin el parapeto de la Torá, las virtudes pueden volverse venenosas, los ideales pueden devorarnos, la bondad puede estrangularnos. El perfeccionismo moral puede volverse nihilista y amenazarnos con la destrucción total.
La Torá nos habla de un principio fundamental que aparece en su texto de diversas maneras: «Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis leyes, por los cuales el hombre vivirá si los cumple; yo soy el SEÑOR» en Vayikrá 18:4. Y, «Los saqué de la tierra de Egipto, y los traje al desierto, y les di mis estatutos, y les hice conocer mis decretos, por los cuales el hombre que los cumpliere vivirá», en Yejezkel 20:11.
La Revelación en Sinaí, nos indica que los humanos debemos tener la capacidad de someternos a los principios que recibimos allí y completar la libertad que recibiéramos pocas semanas antes con los límites de la norma y la ley suprema, que nos permitirá liberarnos de los tiranos y dictadores. Obtendremos la verdadera libertad cuando aceptemos nuestro sometimiento a los deseos del Creador resumidos en la Torá, que sigue viviente en cada uno en todos los tiempos.
Recibimos todos los días a la Torá y ello nos ha permitido aprender que en función del principio supremo de la vida, no solo podemos postergar el cumplimiento inmediato de algunas de sus normas sino que tenemos el derecho y la obligación de descubrir nuevos caminos para salvar la vida.
En nuestro tiempo aprendimos de la Torá que podemos donar partes de nuestro cuerpo para salvar la vida de alguna persona, incluso cuando para ello debamos causarnos dolor. También que podemos permitir el uso de nuestros órganos para que sean utilizados después de nuestra muerte para permitir la vida de otros.
La razón debe fusionarse con la emoción. Pero la experiencia emocional y la
expresión por sí solas también son insuficientes para lograr el bien.
Todos los años volvemos a festejar la fiesta de la Entrega de la Torá, para no
olvidarnos que es el centro de la revelación y que debe ser acompaña por la
alegría de la recepción.
Con alegría y placer podremos postergar ciertas avideces y apetitos que pensamos debemos satisfacer inmediatamente, para dar lugar a la solidaridad con el Otro, y elevarnos desde nuestro espacio terrenal egoísta a lo más sublime que es consagrar a la vida sin menoscabar las libertades y los derechos de los demás, sujetándonos a una normatividad que nos posibilitará imitar al Creador con justicia y verdad.

Rab Yerahmiel Barylka©