“Monólogo del soldado israelí moribundo”, Alberto Mazor

soldado_herido_Ese goteo es el de la vida líquida que se extingue a través de mi piel mutilada, es el sonido de la oscura visión de la nada, nada en el corazón, nada que ayude a curar; simplemente nada.

Ese sonido es el de los alaridos escondidos dentro de aquel oxidado tanque con su presencia nebulosa; es el sonido del silencio que suavemente me rodea, que sosiega mi oscuridad, sofoca el ruido, sofoca mi voz, sofoca mis pensamientos, me sofoca.

Como una vasija vacía y rota estoy aquí; en el suelo, resquebrajado, en pedazos; piezas que encajarían a la vista, pero simplemente no encajan adecuadamente, y sí, sigo dentro de la oscuridad.

El eco se escucha húmedo y hueco; es el susurro de las ánimas que, en pena, acompaňan la soledad, el vacío, el abismo que soy, que seré, que fuí.

De pronto sólo veo el agua, como si estuviera ahogado en las penumbras de los yacimientos de mis lágrimas, en las grutas de esa mirada negra.

Así es como se escucha el sangrar; mi manera de sangrar.

Y el corazón me dice: «¡Sangra joven soldado; no te olvides de sangrar!, no te olvides de presenciarlo todo, no te olvides de recordarlo y seguirlo paso a paso sabiendo que es la primera y última vez que lo haces; mantén conciencia de tu desangre, mantén sensaciones de él, de ese cálido líquido derramándose lentamente por la parte posterior de tu cabeza; conserva en él el tacto del camino que han trazado los verdugos en tu piel, formando gotas de sangre al final de cada dedo; mantén el sonido de ese goteo en el que la vida se extingue; duerme el sueňo de la guerra, enamórate del vacío, descubre las cicatrices y llora.

Esa también es tu manera de sangrar.

Déjenme sangrar y recuerden cada gota que cae; déjenme sangrar y dejen que la sangre sea tan negra como el pantano; déjenme sangrar y observen; sean testigos; déjenme sangrar, déjenme caer. Es así como la mente se tuerce en la oscuridad.

Son tantos los pensamientos que quisiera poder expresar, escribir, declamar, dibujar o esculpir. Sangrando pido auxilio, grito en silencio a la sociedad que me ilusionó y me marginó; que me hundió en ella cada vez más.

Esta es, así también, una manera de sangrar.

Tomen mis manos con fuerza, casi con violencia, con odio y rencor; observen bien mientras éstas rompen en llanto rojo, baňando el suelo de mármol blanco; el dolor ha sido liberado. Déjenlas fluir y déjenme extinguirme; hoy el pecado ha hecho su estrago.

Esta es así, mi particular manera de sangrar.

Y ellos, mis soldados, que llaman desde arriba y desde abajo, desde las alturas y desde la penumbra, en un sosiego de confusiones fantásticas que los lleva a desangrarse a través de su piel brillante, suave y perfecta. Ellos sangran y sonríen irónicamente, sangran y lloran de pesar, sangran y maldicen el dolor que encrespa la piel, ahonda la mirada, hace perder la noción y espera la estocada final.

Sea la locura la que sangra por sus poros; la de la incómoda conciencia de saber que se sangra hasta perder la razón de ser.

Esta es así, su manera de sangrar.

Entiérrenme debajo de esa fuente de sangre roja y de penetrante olor; dejen que su contenido corra con la pasión y el anhelo que traiámos antes de que todo este espejismo explotara. Dejen que me enrede en su oscuro sabor, tan oscuro como el resto de sangre que aún corre por mis venas y me convierte en loco, en ánima, en víctima y victimario de la barbarie nocturna que mitifica mi existencia.

Sean ustedes, mis dadores de vida y mis verdugos, quienes beban de esa fuente, quienes alimenten sus entraňas con su sabor.

Esta es así, una manera de sangrar.

Los ojos sangran oscuridad, nuestros susurros traen silencio, nuestros cadáveres alimentan las sombras, nuestro roce se torna violento. Fuera de la vista seguimos viviendo, sangrando; dentro de las horas olvidadas seguimos apareciendo, decimos lo que no pueden escuchar, maldecimos sus sueňos, nos escondemos en sus ojos y nos lamentamos derramando lágrimas de sangre pura y bendita que colman todo esta maltratada región para, de una buena vez, desenvenenarla.

Arrastrándonos en la oscuridad, malheridos, desangrándonos, nos burlamos del alma, nos ahogamos en sus corazones sedientos de sangre, sedientos de vida; matamos sus esperanzas, somos sus fantasmas, somos sus miedos y las voces que temen oír; somos sus conciencias y sus inconciencias; nos han hecho sangrar y los hemos desangrado.

Son todas, éstas, nuestras maneras de sangrar.

Alberto Mazor©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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