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“Zyklon B”, Juan Zapato

cajademuñecasMe presento, soy Miriam, la muñeca de Yael, les cuento nuestra historia.

Como no conozco el calendario, sólo puedo decirles que era de mañana, muy temprano porque aún se escuchaban los trinos aunque el Sol no asomaba ni asomaría en Lodz.

Unos fuertes gritos provenientes de la calle, hicieron asomarse a la ventana a Beca, la mamá de Yael, las tres estábamos solas ese día ya que Ádan el papá, había marchado a Varsovia días atrás.

Beca, despertó a Yael y la vistió con premura, yo que estaba apoyada sobre los piececitos de mi dueña, salté al levantarse ella. Sin lavarse el rostro bajamos las tres. Las miradas de todos reprimían preguntas, el aire estaba viciado del humo de los escapes de aquellos camiones militares, a los que nos condujeron violentamente. Llegamos a una estación de ferrocarril, sería la primera vez para las tres y la última para dos. Por los cuentos que la bobe2de Yael solía contarle por las noches, los viajes en tren eran muy placenteros, yo no lo veía así, estaban abarrotados esos vagones sin asientos y sin luces, el viaje era interminable, el olor nauseabundo, hasta que por fin llegamos a un lugar de mucho verde que sobresalía por encima de la fuerte niebla. Descendimos pero no descendieron todos, algunos quedaron en los suelos sucios de aquel vagón.

Sobre el andén, nos hicieron formar, sentía miedo y Yael me apretujó sobre su pecho y sus latidos vibraban en mí. Separaron a los hombres de las mujeres, nosotras tres seguíamos juntas, sin saber a dónde debíamos ir.

Atravesamos unas rejas y nos hicieron formar nuevamente, un soldado que llevaba en su gorra la insignia de los piratas, nos separó a las dos de la mano de Beca y nos arrastró hacia donde estaban muchos niños y vimos alejarse a Beca con los ojos borrosos del llanto de mi dueña. Una mujer soldado, con voz dulce nos dijo, no temáis nada iremos a las duchas y luego se reencontraran con sus familias. A todos los niños los hicieron desvestirse y en un descuido me separé de Yael, hacía frío, el lugar olía desagradable. Unos hombres recogieron las ropas y entre ellas me arrojaron en un gran recipiente, no volví a ver a Yael.

Entre muchas pertenencias de aquellos seres humanos aguardo a que venga por mí, intento reconocerla entre esos jóvenes que visitan Treblinka, dije que no entiendo de calendarios pero me la imagino que ya debe ser como de diecisiete años.

Juan Zapato©

Del libro “Juglarías” …un poeta en Israel, ISBN: 978-965-91073-0-8

http://www.latorredebabelediciones.com

1 Pesticida que fuera utilizado como arma química por los nazis en las cámaras de gas de los campos de exterminio de Auschwitz-Birkenau.

2 Abuela en idish.

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‘Taller de escritores en el kibutz Sa’ar”, Juan Zapato

“El diálogo escrito”

El ejercicio propuesto, consistía luego de ver el video, en recrear el dialógo entre los protagonistas. Ninguno de los asistentes tenía conocimientos de francés. El objetivo buscado además de la producción literaria, era el trabajo gramatical. A continuación se adjunta la hoja entregada al final de la sesión, con el diálogo original y su traducción al castellano.

Cortometraje: Gratte-papier / Pen pusher de Guillaume Martinez

Personajes Francés Español
El joven

Les / regard / autour / son /
sur vous

je / ne / peut / voir / votre /
visage / mais / les / regard /
parle

Las/miradas/de todos/están
fijas/en vos

Yo/no/puedo/ver/tu/
cara/pero/las/miradas/
hablan

La joven

il ne / disent / rien / sur /
vous

y/no/dicen/nada/
de vos

El joven

hélas / je / était / le centre /
avant / que / tu / ne / viens

Lamentablemente/yo/era/el centro/de la atención/antes/
que/vos/llegaras

La joven rassure toi / je / va / partir Despreocúpate/yo/me/voy
El joven

non / bouger / pas

le stress / gronde / dehors /
ici / il s’assied / c’est mieux

Le ciel étoilé vaste, clair et
paisible. C’est une
magnifique nuit. Seule sur le
toit de son immeuble, Eda est
installée sur une chaise
longue. Des notes de piano
cristallines…

No/no te/ muevas

El estrés/retumba/afuera/acá sentados/es mejor

El cielo estrellado, está vasto, claro y pacífico. Es una noche magnífica. Solo en la azotea de su edificio, Eda está instalado en una silla. Notas cristalinas de piano…

La joven Je / par I / go Me/voy

“Con la voz del pueblo…”, Gregorio García García

Mis versos son de pueblo de buen trigo,
de hermandad, de alegría y de la pena,
los jóvenes, mayores, gente buena,
en mi alma bien guardados van conmigo,

gente obrera, de buenos soy abrigo,
todo un arte derrochan en la escena,
voz del pueblo es la voz del que faena,
la razón va con ellos, soy testigo,

voy con ellos, mi voz con su razón
que tiene el verso sano de la gente
y bebe el agua limpia de su caño,

soy humano con alma y corazón,
yo no quiero esta guerra al inocente
en que hacen marrulleros el amaño.

Gregorio García García©

Nacio en Consuegra, España. Durante treinta y cinco años fue albañil en todas las especialidades y encargado general d obra.
Su afición a la poesía y a escribir es muy reciente. Todo empezó allá por el año 2004, en un polígono de Valdemoro, Madrid: cuando enlucía, a pie de calle, la fachada de una nave industrial, un peón que hacía limpieza, desde la terraza de la planta de arriba, descargaba libros con una carretilla en el contenedor que estaba a su lado. Al caer do rebotaron algunos en su cabeza; viendo a Pablo Neruda caer junto a otros inmortales  entre escombro por el suelo, le dio pena y recogió todos sus trozos. Cuenta que fue Neruda quien al leerle sus “Veinte poemas de amor…” le contagió su enfermedad. Después, rescató del contenedor otras importantes y antiguas joyas literarias que aún conserva.
Ha publicado relatos en antologías y poemas en revistas. El presente se incluye en “EnREDados”, 1ra. Muestra poética de Netwriters.


“Cartelera Cultural”

CHARLA-COLOQUIO EN VIGO:

O vindeiro mércores 23 de abril ás 20:00 horas terá lugar no Hotel México en Vigo (Vía do Norte 10) a Charla-coloquio e presentación do libro “Juglarias: un poeta en Israel” do escritor israelí Juan Zapato.

O acto ademais da presentación do devandito libro, será un repaso ao estado actual da literatura israelí nos nosos días. Moi en especial a editada en español xa que Juan Zapato.

O acto será presentado por Pedro Gómez-Valadés, presidente de AGAI (Asociación Galega de Amizade con Israel)

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“LA MUJER Y LA POESIA”

Será el tema que abordará la poeta y escritora

Ial Vered

El Jueves 24 de Abril a las 17:30 horas

En el salón biblioteca de la OLEI TEL AVIV

Marmorek 9 entrada por Bilu 39

Mina Weil                                   Iael Vered

Presidente                                   Secretaria

aielc

ESTACIONAMIENTO: AUDITORIO MANN

ÓMINBUS 26 126 9 189 289


“Carta a Julio Cortázar”, Susana Rinaldi

Hay una película francesa cuyo título me da pie a este momento de nuestro espectáculo, ese título dice: “Préparez vos Mouchoirs”, préparez vos mouchoirs es preparen sus pañuelos, preparen sus pañuelos señoras y señores que ha llegado el tiempo de llorar. Y recordando a mis padres en la historia universal del teatro, los griegos, que decían es bueno que de tanto en tanto las sociedades hagan catarsis llorando y llorando, hasta tocar fondo para extraer lo mejor de uno mismo.

cortazarEste es el momento de mi espectáculo donde yo preparo mi pañuelo, y preparo mi pañuelo porque voy a hablar de un amigo muy querido con el que ya no puedo conversar, porque se fue a vivir a otra galaxia y supongo que debe andar por ahí escribiendo instrucciones para subir a una estrella. Este amigo mío tiene la costumbre de aparecerse en sueños de golpe y de golpe así como aparece se va, sin darme tiempo a nada, pero siempre, ¿saben?, en cada uno de esos sueños me deja el mismo mensaje: escribíme Susana, escribíme, contáme. Y yo le escribo, le escribo cartas larguísimas como estas que dejo en el viento, porque solo el viento conoce la casa donde sigue viviendo este argentino tan nuestro, que no podía pronunciar las erres, ese maravilloso Julio, ese irrepetible Cortázar.

Querido Julio, como sé que te gustaban mucho esos vendedores ambulantes, divinos macaneadores que te vendían un pelapapas que una vez comprado no pelaba ninguna papa y no servía para nada, esos vendedores ambulantes que hacían muñequitos de papel, que manejaban con hilitos invisibles hasta darles vida, aquellos divinos macaneadores, Julio querido, ya no están, han sido reemplazados por otros vendedores. Sabés lo que venden Julio, ¿a qué no sabes? Venden plantillas pinchudas importadas de la China, según ellos si usás esas plantillas y caminás cien cuadras por día adelgazás, eso no es todo, también venden pajaritos de felpa importados de Japón y una pomada mágica que quita los dolores, todos los dolores, y la pomada tiene una extraña inscripción que asegura que viene directamente del Tibet. Horroroso Julio, te cuento que es horroroso. Los divinos macaneadores que tantas alegrías nos dieron a vos y a todos los argentinos ya no son vendedores ambulantes, siguen vendiendo pero ahora tienen sitio fijo, despacho con alfombras, salen en televisión, salen en las tapas de algunas revistas, y ya no son pobres ahora son ricos y famosos, chau los pelapapas, chau muñequitos de papel, la gente está demasiado apurada.

cortazar1Te acordás de ese tango que te gustaba tanto, ese tango de Laurens que dice “como cambian las cosas, los años…”; ahora no hace falta que pasen los años, las cosas cambian a tal velocidad que el titular de la tarde desmiente al titular del diario de la noche y el titular del diario de la noche es desmentido por el titular del diario de la mañana. Te explico: Hay un crimen, un crimen horrible, el diario dice “fue encontrada el arma asesina”, por la tarde el diario dice “el arma encontrada no es el arma asesina” al día siguiente el diario dice “son inútiles los esfuerzos para encontrar el arma asesina”, la noticia final es desconsoladora, nunca existió un arma asesina, nunca existió ese crimen, la víctima se suicidó, parece que estaba deprimido.

En cuanto al amor Julio, también figura en los diarios, al lado de las cotizaciones de la bolsa encontrarás estos avisos: “futbolista muy viril te espera en su departamento” y ¿te cuento otro?, “grandota linda de cara te espera solita en casa”. ¿Qué me contás?, y sigo ampliándote la información. El otro día murió un actor, en los últimos tiempos la crítica lo había descuartizado “lamentable actuación de un actor del que se esperaba mucho más, deslucida actuación de un actor, una buena obra teatral y un actor que no merece ese texto”, insisto el otro día murió ese actor, ¿sabés cuál fue el titular de las primeras planas?, ha muerto una gloria de la escena nacional”, vos me dirás “por eso Susana lo que hizo Gardel fue mágico”, sí Julio, fue mágico. Pero tengo la sospecha de que en nuestro país hay que morirse para que te perdonen la vida, porque si estás vivo, molestás, pensás, tenés ideas, sos un testigo, opinás, te indignás, es embromado esto, es triste, es muy injusto. Y al mismo tiempo recuerdo que en Rayuela vos escribiste “es necesario cambiar la vida, sin moverse de la vida”, sí, es necesario cambiar la vida, viviendo como en una frontera, como con una bandera levantada aunque el enemigo este cerca, aunque parezca que avanza. De la vida no nos sacará nadie, y nadie nos sacará la ilusión de haber vivido cambiando la vida. Mientras tanto yo sigo escribiendo y esperándote en algún café de París, para llorar un poco, juntos, porque llorar juntos es como sonreír.

Susana Rinaldi©


“Tres poemas de Julían Centeya”

Hermano, si ésta te escribo
confiando que la recibas,
es porque mucho me digo
que es algo más que misiva.
A en ella mi voz amarga
desde tanta soledad:
otra vez la adversidad
me ha caído con su peso,
de nuevo me encuentro preso
víctima de la sociedad.

Condenado porque pienso.
Éste es mi crimen, hermano,
y sometido al suspenso
de un juez de ciega mano
̶ nada bueno, espero en vano ̶
caerá el golpe sordo
de la sentencia que luego
en un número señalado
del mundo me habrá alejado
y del cual siempre reniego.

Mis ideales conocés
y de eso estoy acusado
por hombres que desconocen
los derechos que he cantado,
y todo lo que he luchado
para ellos es delito,
mas no ha de callar mi grito
ni cesar mi rebelión:
no me importa la prisión,
yo sueño un bien infinito.

Porque si ser idealista
es vivir en el pecado,
bien claro salta a la vista
por qué vivo desclasado;
otra vez me han apresado
y me van a condenar,
mas no habrán de sofocar
mi actitud de rebeldía
por lo que debo luchar.

Puesto que conocés ya
los motivos de esta carta
escrita en la soledad,
donde el hambre se descarta,
no pienses nunca que harta
el alma por la maldad
de la infame sociedad,
se habrá de entregar vencida.
Yo busco el sol de una vida
que a todos dé libertad

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 ENCHABONADA

Yo, que te embagayé con mi ternura,
que en vos me hice chanta
y que por vos con esta chifladura
vivo la más posta metedura
con un cuore gorrión que te la canta.

Yo, que te hice a mí cuando ya nada
a la vida, creelo, le pedía,
entro a junarte y hoy enchabonada
sé que te tengo porque estás ganada
entera como sos, sin fulería.

Hoy te quiero encara. Voy a batirla
con esta lealtad con que chamuyo.
Me era igual empezarla que finirla,
llegaste vos, oí… voy a decirla:
pa’ mí sos todo, mi beguén, mi orgullo.

Te quiero, lo sabés, y sos mi vida,
chalao me entrego a tu ternura mansa.
No pido más y en la contrapartida
de la suerte, entendé, soy una herida
que me cerraste a besos y esperanza.

Me ganaste cuando ya de recalada
iba a estararme estando para el quedo.
Mi vida era baraja rejugada,
andaba propiamente pa’ la nada,
¡yo, que siempre supe cuando puedo!

Me hice de vos y en vos engayolado
encontré la precisa salvadora.
En tus manos el cuore va entregado
y es mi deber saber que estoy jugado.
Yo nunca fui feliz… ¡lo soy ahora!

Pero entiendo, y te hablo francamente,
que si me salvo yo a vos te hundo.
mi deber es hablarte claramente,
quiero  que entiendas que yo voy al frente.
¡De que me querés vivo otro mundo!

Y me declaro entero. Me desnudo.
Te bato mi verdá, vos entendela.
Tengo que abrirte y es un golpe rudo.
Salvate… estás a tiempo. Esto es muy crudo.
No queda otro camino. Comprendela.

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Alguna vez he vuelto  ̶ quien lo duda ̶
a lo ya inexistente que me da el pasado.
He regresado como un convidado
que le pidió al recuerdo dulce ayuda.

Volví a los muros de la derruida
casona que me dio patios y flores,
la primera aventura y sus temores
pero antes el misterio de la vida.

Y regresé a las voces sucedidas,
a imágenes que fueron tan queridas
en los años distantes de mi infancia.

Lo no visto lo vi sin ser viajero
en un minuto  ̶ ¿un siglo? ̶
que me devuelve a mí con su fragancia.

Julián Centeya©


centeya julian…Julián era un hombre triste que sonreía.
…su tristeza es la tristeza de un hombre que se encuentra ante el dilema de ser sincero en un mundo de hipócritas, valiente en un mundo de cobardes, bueno en un mundo de malvados.

César Tiempo (prólogo del libro “Piel de palabra, La musa maleva y otros poemas inéditos”).


Vocabulario

batir: decir.
beguén:capricho amoroso.
embagayar: enredar.
enchabonado: en amor, estar entregado del todo.
cuore: corazón.
chamuyo: hablar envolviendo con la conversación a alguien.
chanta: pobre, olvidado. En otro sentido, tipo molesto.
finir: del italiano: terminar.
fulería: cosa, actitud, conducta inmerecida. Ser víctima de una fulería.
junar: conocer.
metedura: se dice del individuo ganado por una pasión.
posta: que tiene calidad: trabajo “posta”; mujer atractiva.


“Ciclo las siete noches. La Divina Comedia”, Jorge Luis Borges

Noche primera: La divina comedia. – Entre junio y agosto de 1977, Jorge Luis Borges pronunció siete conferencias en el Teatro Coliseo de Buenos Aires: La Divina Comedia, La pesadilla, El libro de las mil y una noches, El budismo, ¿Qué es la poesía?, La cábala, y La ceguera, más tarde recogidas en su libro Siete Noches.


“Lira Política, David Gutiérrez García

1891947186 

Las silvas ancestrales
que paran el dolor y los sentidos
son cantos actuales,
palabras como aullidos
en contra de políticos podridos.

Si hubiera más Sanjuanes *
y menos graduados del soborno
y menos charlatanes
pisando nuestro entorno
seguro que acababa este bochorno.

Si hubiera más poemas
volando como átomos visibles
y menos monotemas
que no son comprensibles
los días nos serían asumibles.

Pero no hay más que cutres,
maestros del discurso monocorde
tan cursis y tan futres,
expertos del engorde
con ellos no seré misericorde.

Esta es nuestra desgracia
vivir en el Estado Posmoderno
sólo con bancocracia
y “listos” del infierno:
¡cojamos esta mierda por los cuernos!

David Gutiérrez García©

* San Juan de la Cruz


“Perfumes y aromas”, Juan Zapato

A la intemperie el perfume a brea se bifurca a través del vaivén de las barcas amarradas y el canto de las gaviotas se adueña de una nueva mañana.

131Un nuevo recorrido me ha de revelar los secretos a la vista de esta ciudad y el olfato de rata de biblioteca me transporta por la calle del Sol, hacia su librería. A sendos costados de la puerta de entrada, libros leídos aguardan a un ávido lector que se atreva a adoptarlos y en la vidriera derecha, ejemplares acuñados de clásicos hispanos y allende los mares. Ahora el perfume se ha impregnado del ambiente, huele a hojas de árboles voluminosos, de encuadernación delicada. Árboles de vida, que contienen aprendizajes, mundos donde encontrar las respuestas a los interrogantes, que aún no nos hemos formulado.

El recinto acoge con una tenue luz y el silencio encierra el rumor de tantas letras hilvanadas en historias de la Historia, aventuras noveladas, relatos cortos de largas travesías, versos ahogados libertarios o susurros pasionales.

133Dejo atrás este lugar mágico de colores sepia y al traspasar la puerta, un vecindario poblado de cafés y bares trasnochados -que al adormecerse el día han de adquirir sesgos intelectuales, rescatados por soñadores sesentistas de cabellos agrisados-, me invita.

El fresco amaina el paso y por delante un bullicio se aproxima por la plaza del Mercado La Esperanza de Haití, pero los aromas y el colorido nos esperan dentro del recinto, en cada puesto de pescados y frutos de mar.

Ya es hora… de adquirir unas flores en el kiosco que he visto al ingresar, sé que le han de agradar.

Juan Zapato©


“El discreto encanto de la…”, Juan Zapato

103El murmullo del oleaje se posa con timidez sobre el perfil costero del mar Cantábrico a orillas de Santander.

El aire fresco le hace compañía y el ronroneo del motor de una barcaza -que se aventura en la mañana, y se interna lenta en busca del rumbo diario-, nos dicen que hoy 8 de Enero da inicio un nuevo año gregoriano, de fondo una incierta neblina oculta los rostros de Somo y Pedreña.

Soy un extranjero, no de ahora, sino de siempre, desde el día aquel que abandonara el vientre de mi madre y comencé a deambular un nuevo mundo.

Una geografía todavía desconocida a mis ojos, aunque por momentos, ciertas fachadas edilicias me confundan entre nostalgias de otras geografías también desconocidas. Calles que van poblándose en minutos apresurados, de transeúntes que aún conservan sus trabajos. No son las trombas de ayer por las “rebajas”, incomprensibles a quien tiene una mirada foránea, un virus llamado consumismo, que se propaga en la sociedad y afecta al criterio.

Encaminando los pasos hacia El sardinero, bordeando la escollera, unos pescadores ocupan el tiempo intercambiando anécdotas, mientras una lubina forcejea para no ser prendida. Me acerco en silencio a un hombre de canas, para no interrumpir la escena y escuchar y aprender. Sobre la piedra está tallado un nombre: Pedro, así bautizaré a este pescador que ante el saludo de otro parroquiano y la pregunta sobre ¿qué haces Pedro?, responde: buscando el tapón… hace años que busco el tapón, que haga correr el agua de este mar y los barcos quedarán sobre la tierra. Ya verás cuando lo encuentre…

122El Sol invita a continuar. Ahora una sirena anuncia la proximidad de alguna embarcación y las campanadas de las iglesias, no quieren ser menos, no pueden perder presencia entre los perdidos andantes. El mediodía llega y una dama de elegante vestir almuerza cómodamente sentada sobre un banco y compartiendo conversación con un elegante caballero, y el detalle infaltable: dos copas de vino blanco, reposan sobre los baldosones de piedra del paseo marítimo. Por cierto la crisis no puede empañar el estilo.

Ya es hora… me escurro entre las oraciones sueltas de una conversación plural que entran y salen por mis oídos, como un lenguaje que se ha mudado de mí.

Juan Zapato©


“La madre de Ernesto”, Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenes miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llévalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Abelardo Castillo©


“El hombre del apuro”, Roberto Arlt

arlt1El hombre que “necesita un millón de pesos para mañana a la maña­na sin falta” no es un mito ni una creación de los desdichados que tienen que servirle todos los días un plato humorístico a los lectores de un periódico; no.

El hombre que “necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta”, es un fantasma de carne y hueso que pulula en rededor de los Tribunales…

En el momento en que terminaba de escribir la palabra “los tribunales” una ráfaga tibia ha venido de la calle, y el tema del hombre que necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta, se me ha ido al diablo. Y he pensado en el hombre del umbral; he pensado en la dul­zura de estar sentado en mangas de camiseta en el mármol de una puerta. En la felicidad de estar casado con una planchadora y decirle:

-Nena, dame quince guitas para un paquete de cigarrillos.

Han venido días tibios. No sé si se han fijado en el fenómeno; pero to­dos aquellos que tienen un pantalón calafateado, emparchado o taponado, que según las averías del traje se puede definir el género de compostura, re­miendo, parche o zurcido; todos aquellos que tienen un traje averiado sobre las asentaderas, meditan con semblante compungido en la brevedad del im­perio del sobretodo. Porque no se puede negar: el sobretodo, por rasposo que sea, presta su servicio. Es cómplice y encubridor. Encubre la roña de abajo, las roturas del lienzo. Si siempre hiciera frío, la gente podría prescindir de los sastres y hacerse un traje cada cinco años.

En cambio, con este “vientecillo” tibio, pronóstico de próximos calo­res, los sobretodos saltan, y no sólo los sobretodos quedan amurados en un rincón del ropero o del bulín, sino que también la fiaca que llevamos infiltrada entre los músculos se despereza y nos hace pensar que de no conseguir… ¡quien pudiera conseguir un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta! ¡Quién pudiera! O estar casado con una planchadora.

Porque todos los consortes de las planchadoras son fiacas declarados. El que más labura es aquel que hace diez años fue cartero. Luego lo exonera­ron y no ha vuelto a laburar. Deja que la mujer pare la olla con la cera y el fie­rro. El, es cesante. ¡Quién fuera cesante! Hace diez años que lo dejaron en la “vía”. A todos los que quieran escuchar le cuenta la historia. Luego se sien­ta en el umbral de la puerta de calle y le mira las gambas a las pebetas que pa­san. Pero con seriedad. El no se mete con nadie. No trabajará, como dice la mujer, “pero eso sí: él no se mete con nadie. Más de una ricachona quisie­ra tener un marido tan fiel”.

Uno se explica cómo ocurren los crímenes. Una palabra apareja otra, la otra trae a cuestas una tercera y cuando se acordaron, uno de los acto­res del suceso está vía a la Chacarita y otro a los Tribunales. Lo mismo ocurre en cuanto uno escribe. De una cosa se salta involuntariamente a la otra, y así, cuando menos pensaba uno, se encuentra frente al tema de la fidelidad de los fiacas. Porque es bien requetecierto: los hombres del umbral, los que no quieren saber ni medio con el trabajo, aquellos que son cesantes profesionales o que esperan la próxima presidencia de Alvear, como anteriormente se esperaba la presidencia de Irigoyen; la nombrada cáfila de “squenunes” helioterápicos, es fiel a la “donna”. ¿Por qué? He aquí un problema. Pero es agradable insistir. Todo fiaca umbralero, le es fiel a su cónyuge. El no trabajará, él se tirará a muerto, él mangará a su Sisebuta para los cigarrillos y la ginebra en la esquina; él le tirará un cas­cotazo a los perros, cuando joroban mucho en el barrio; él irá al boliche a jugar su partida de truco o de siete y medio; él irá nocturnamente a cum­plir a los velorios y a decir el sacramental “lo acompaño en el sentimien­to”. No seré yo quien niegue estas virtudes cívicas del fiaca, no, no seré yo; pero en cuanto a fidelidad… Allí sí que puede estar segura la señora planchadora de que su hombre no le falta ni un chiquito así… ¿Es que el leguiyún no cree en el amor?

A lo sumo, este nene, se limita a mirar y a sonreír cuando pasa una buena moza recién casada, como quien dice, pensando en el marido: “¡Qué señora posta tiene fulano!”. A lo sumo la saluda con picardía, al máximo aventura un chiste un poco rana, un chiste de hombre pierna que se ha retirado de los campos de combate antes de que lo declaren inútil para toda batalla; pero de allí no pasa. No, señor. De allí no pasa. El es capaz de caminar diez cuadras a patacón para visitar a su compadre o a su co­madre; él es capaz de ir para votar al caudillo parroquial, a cualquier par­te; él, si se ofrece un asado con cuero, no negará su participación en el escabio, pero en cuanto a líos con polleras, ¡eso sí que no!

Y ella vive feliz. El le es fiel. Cierto que no trabaja, cierto que se pasa el día sentado en el umbral, cierto que pudo haberse casado con Men­gano, que ahora es capataz en la Aduana; pero el destino de la vida no se puede cambiar. Y la planchadora piensa que si bien es cierto que todas estas cosas no se pueden pretender de un hombre constituido normalmente y de acuerdo a todas las leyes de la psiquiatría, en cambio él le es fiel, rotundamente fiel… y hasta le cuenta, a quien la quiere escuchar, que no falta una amiga… Fulana… “que le quiso quitar el marido”.


“Que el soneto nos tome por sorpresa”, Jorge Drexler


“Un haiku”, Juan Disante

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Aquella vez

había dejado la bicicleta apoyada sobre el muro

para ofrendarle un recuerdo a mi abuela.

Al regreso sólo estaba su sombra

y sobre la pared descascarada

escrito un haiku

que hablaba sobre mi futuro.

 

Esta vez

cincuenta y tres años después

la sombra de mi bicicleta sigue allí

y sobre la pared descascarada

un nuevo haiku

habla sobre mi pasado

habla sobre mi nieta.


“Rapsodia Judía”, Adolfo (Fito) Chammah

Kol Nidréi, Aníi maamin, Nigún y Shofar, Procesión nocturna, danza, oración.

musica1

Distancia y murmullos entre el proscenio y mi espera.
Dos canastos rebosantes de flores y ramas viva adornando el escenario.
Los músicos van entrando, ellos de elegante smoking, ellas de negro soirée.
El violino concertante cual clave de sol andante da ejemplo con su sonido y
                                                                                                                  /todos ajustan el “la”.
El aplauso adelantando al talentoso maestro y opresto la batuta diestra
                                                                                                         /que sugiere a los violines.
En un adagio muy lento dar bienvenida a los vientos.

Ébano y níquel, níveas manos, rojos labios, con su largo clarinete una elegante
                                                                                                                                                  /solista
va triturando promesas en la antigua melodía del esperado Kol Nidrei.
Fui frelajando ansiedades y con la imaginación alerta las raíces de la sasngre
palpitaron en mis ojos, y un vendaval de recuerdos casi afiebrado despierta.
La figura del abuelo e su sufrido silencio, el taled, las filacterias, el pan
                                                                                                                        /trenzado, las velas
y un  laberinto de ensueños con Chagall y su paleta.

El Purim con su suave rojo, o el violinita verde o el rabino de limón.
Aní maamín “yo creo” pregonan con su color.
Rojo, verde, azul, turquesa y en mi follaje de otoño el amarillo tristeza.
La cadencia del shofar, cuerno de macho cabrío, sonando bronco y terrible
recuerda al pueblo elegido que Adoshem es uno y solo
y la plebe con unción se prosterna arrepentida rogándole su perdón.

En la procesión no, qué ensación tan extraña: la alegría de un jasid todo
                                                                                                                           /vestido de negro
con su gorra y las polainas y un charco rojo en el pecho de alguna daga pagana
que paraliza su danza.

Las violas y los oboes, los cellos y los violines recitan una oración.
Es dulzura y es torrente, es esperanza escondida, es lejanía, es presente.

Adolfo (Fito) Chammah©

Nació en Tucumán, Argentina. Desde joven se sintió atraído por las expresiones artísticas. Estudió en el Conservatorio Nacional de arte escénico. En Argentina fue miembro del elenco estable del teatro S.H.A., perteneció a la comisión directiva del club C.A.S.A., dirigente de FESELA. (Federación Sefaradí Latinoamericana) y de la D.A.I.A. Publicó artículos en diarios y revistas de la comunidad judía. Creador y director de “Encuentro con la canción Sefaradí (música y poesía). escribe cuentos y poesías e intervino en dos antologías y en numerosas veladas literario-musicales.
En Israel se integró a las peñas “Escritores del Alba” y “Brasego”. En la actualidad es miembro activo de la peña “Literarte”, es socio de la Asociación Israelí de escritores ene Lengua Castellana.


“Sé todos los cuentos”, León Felipe

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Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan
con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

León Felipe©


“El cuento o la Historia”, Juan Zapato

“El cuento o la Historia”

Lider Hamas con niño bombaEl cuento creó al niño con la piedra, que el mayor le entregó y la arrojó en su inocencia como un juego más de niños, entonces se atisbó la sonrisa de hiena del mayor.

La Historia a través del Libro, menciona ochocientas veintitrés veces a Jerusalén y esta ha sido la capital del pueblo judío. La Historia además nos muestra que una vez expulsado de su tierra, nunca fue capital de ningún otro pueblo, ningún invasor le dio ese statu quo, ni hubo nación tal llamada Palestina, ni población árabe que históricamente haya manifestado rasgo cultural que la distinguiera de sus pares de otras latitudes.

Diez, veinte, cincuenta, cien, quinientos, mil misiles arrojados sobre las poblaciones del sur en lo que va del año. ¿Cuántos misiles tu patria soportaría sobre su territorio, sin responder? y ¿quién es el agresor y quién el que se defiende? Y ¿cuál es la mano asesina que utiliza como carne de cañón, al ignorante, al necesitado, para su pusilánime accionar?

La Historia contemporánea del siglo pasado deja sus antecedentes en la ‘Declaración Cambon” del Ministerio de Asuntos Exteriores francés de 1917, como también la conocida “Declaración Balfour”, del gobierno británico a fines del mismo año y finalmente la Resolución de 1947 de las Naciones Unidas, estableciendo la creación de dos estados, uno judío y otro árabe (no haciendo mención alguna a un estado palestino, ni pueblo llamado así, ya que no había tal determinación, ni denominación).

Ya circula por internet y en las pantallas de televisión mundial, la sangre de un inocente niño muerto, como trofeo de lo que sus verdugos fundamentalistas necesitan para su ruin causa, porque se esconden entre civiles, porque la vida no tiene mayor valor y el odio es su religión.

Mahmud Ahmadineyad no es un niño de pecho, ni ofrece leche al pueblo palestino, sino misiles Fajr-5. Hamás no es un movimiento revolucionario, sino una banda terrorista y nadie en su ideario de izquierda, puede abrazar la causa de estos criminales.

La cuota de sangre ha sido colmada, es hora de pedir un alto el fuego, para rearmarse, para ganar tiempo, para aparecer como víctimas, para volver a escribir otros cuentos y manipular la Historia, que la ignorancia consume, la misma que opina y juzga, la misma ignorancia que comprenderá cuando ya sea tarde, que ha sido dominada por el oscurantismo. Los niños de las piedras del ayer, juegan con fuego y se queman, juegan a la guerra y la guerra no es un juego. Israel tiene todo el derecho a existir y existirá y un estado árabe también, que desee convivir en Paz.

Juan Zapato©


“Trabajo domestico”, Fefa Martí Maldonado

Huguita, hija, perdona que te dé la brasa de esta manera pero es que, de verdad, necesito desahogarme un poco y tú eres de las pocas personas con las que tengo la suficiente confianza; si no pudiera contártelo, te juro que acabaría majareta, en serio te lo digo.

¿Quieres un poco más de infusión de valeriana? Yo es que la tomo mucho, por los nervios, ya sabes, y no es que lo diga yo pero me sale muy rica. Hija, qué bien que hayas venido, así podemos charlar tranquilas. Yo ya estaba necesitando descansar porque hoy, como comprenderás, me he dado una paliza. Tengo que aprovechar estos días, cuando se va de caza, claro, porque si no, estando él aquí, es imposible. Luego me digo que para qué tanto trabajo y tanto esfuerzo si en cuanto vuelve ya tengo otra vez la casa como un vertedero, pero es mi natural, qué le voy a hacer si soy limpia de nacimiento.

Y ésa es mi desgracia, claro, porque si me conformara, pues asunto arreglado. Él lo ensucia todo, yo miro para otro lado y se acabó el problema. Pero no, no es mi forma de ser. No puedo soportar el suelo lleno de manchas de pintura, las paredes, todo… Porque, créetelo, no tiene ningún cuidado, Huguita. Deja los cuencos tirados por cualquier parte y, claro, llegan los niños, entran sin mirar y los vuelcan y pisan la pintura y me llenan todo el suelo lleno de huellas; eso cuando no tienen la ocurrencia de pringarse las manos y estamparlas a continuación en las paredes, en cuanto me descuido tengo una colección completa de huellas palmares de todos los colores. Se lo enseñó él, ya ves, como si fuera una diversión, una gracia. Diversión para ellos, claro, pero no para mí, que luego tengo que ir detrás, renegando de todo lo renegable, limpiando huellas de pies y manos, y no veas lo que cuesta, que hay colores que no salen ni con agua caliente, sobre todo el rojo, que no sé con qué lo hace pero no hay quien lo quite, y encima el pringue de la grasa… Y él es igual, no creas que le importa lo que manche cuando está a lo suyo. Que digo yo que podría molestarse un poco y buscar la manera de pintar al aire libre. Pues no.

Y como encima el resto del pueblo le anima, pues para qué queremos más. El otro día vinieron unos cuantos vecinos y todo era alabarle el dibujo y los colores y el diseño y el movimiento de las figuras y qué bonito todo y qué artista eres, Tron. Y a mí se me llevaban los demonios porque me había pasado la mañana fregando como una loca una mancha violeta que no se iba ni pidiéndoselo de rodillas y porque el grupo de cazadores había quedado precioso después de que yo me estuviera dos horas borrando un monigote que el pequeño había pintado al lado del ciervo.

¿Te apetece una tortita de maíz? Están recién cocidas, como llevan ya dos días fuera pues me ha dado tiempo a hacer de todo, fíjate la de cosas que podría hacer si no tuviera que estar todo el rato detrás de él y de sus dichosas pinturas. A veces lo pienso y, te lo digo de verdad, Huguita, me da tanta rabia trabajar tanto para que no sirva de nada ni nadie me lo agradezca que el día menos pensado hago la maleta y me voy a la cueva de mi madre. De verdad te lo digo.

Fefa Martí Maldonado©

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“Nueva York: Oficina y denuncia”, Federico García Lorca

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A Fernando Vela

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, cantando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio,
yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

Federico García Lorca. Oficina y denuncia de Poeta en Nueva York.


“La ventana” León Felipe–Héctor Alterio